Poesía española: Samir Delgado

Leemos poesía española. Leemos algunos textos del poeta canario Samir Delgado (1978) con traducción al inglés de Colin Carberry. Los poemas hacen parte de País natal (Editorial “El sastre de Apollinaire”, Madrid, 2024). Actualmente vive en Durango.

 

 

 

 

Samir Delgado (Islas Canarias, 1978)​​ es​​ poeta y crítico de arte.​​ Miembro fundador de la Revista Trasdemar de Literaturas Insulares y del proyecto “Leyendo el turismo” junto a Acerina Cruz y David Guijosa. Es autor de los libros​​ Banana Split​​ (XXIV Premio de Poesía Emeterio Gutiérrez Albelo),​​ Galaxia Westerdahl​​ (XV Premio Internacional de Poesía Luis Feria),​​ Las geografías circundantes. Tributo a Manuel Millares​​ (Gobierno de Canarias),​​ Jardín seco​​ (Editorial Bala Perdida) dedicado al artista Fernando Zóbel,​​ Pintura número 100. César Manrique in memoriam​​ (XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales),​​ La carta de Cambridge​​ (Olifante Ediciones) que obtuvo el Prix International de Littérature Antonio Machado 2020 (Collioure, Francia),​​ Antes de la cosecha​​ (Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, 2023) y​​ País natal​​ (El sastre de Apollinaire, Madrid 2024). Ha sido beneficiario de la beca de movilidad internacional para autores literarios del Ministerio de Cultura de España por el proyecto “La rosa de Bridgehampton” en Nueva York y la Beca PECDA Durango 2024 del Gobierno de México. Recientemente ha publicado el ensayo​​ Turisferia​​ (Premio Colección Clavijo y Fajardo de Ensayo, Gobierno de Canarias, 2024) y forma parte de la Audioteca de Literatura Canaria Actual.

 

 

 

 

 

País natal.​​ Selección de poemas de Samir Delgado

 

 

 

 

Asteroidea

 

Todas las estrellas de mar ​​ 

regresan en el agua de diciembre.​​ 

Es un modo de renacimiento ​​ 

volver al mar de una isla​​ 

—una sola mirada avecina ​​ 

a los días pasados del mundo.​​ 

Caminas la lúnula de esta orilla ​​ 

al encuentro del bosque​​ 

del rumbo perdido de las hojas. ​​ 

Llegas aquí solo para ver este sol ​​ 

—porque se puede mirar ​​ 

una sola vez muchas veces—​​ 

y al cerrar los ojos se eterniza,​​ 

al pairo de todas las noches​​ 

sitiadas por la playa​​ 

qué mejor suerte que el silencio​​ 

del mar de noche volviendo hacia ti.

 

 

 

 

 

 

 

Asteroidea

 

Starfish emerge

in the December rain.

To leave an island​​ 

for the sea is a species​​ 

of rebirth—a mere glance​​ 

recalls all the world’s yesteryears.

You scan the shore’s​​ 

moonscape for a forest path​​ 

lost to leaves.

You came here to stare at this sun

—because one can see this but once,

repeatedly. And when you close your eyes,​​ 

it becomes eternal, night after night adrift,

besieged by the beach.

There is no better fate than the sea’s​​ 

nocturnal silence engulfing you.

 

 

 

 

 

 

 

Clochard

 

El jardín con gatos de la casa de la playa. 

Fortín diurno, jardincito crucial 

para soles momentáneos, la sombra 

mece las hojas del platanal y la buganvilla.  

Sobre la mesa la grisalla del cuaderno cotidiano.​​ 

La armazón de papel contrae todos los pífanos​​ 

untados de luz y los ecos de Zicatela y Zipolite,​​ 

Lanikai y Kailua, Montelimar, Tortuga Bay.  

Afuera el espolón salino, la lengua voraz  

de arenales pacíficos, el caletón de lluvias nuevas.​​ 

Has cruzado temprano el puente del sueño  

semejante al​​ clochard​​ recién llegado 

a los guijarros y el zacate, la bruma matinal  

toca de una vez al corazón y vuelven las huellas ​​ 

hacia el agua —ascuas de luz en la estación 

de todos los cerúleos de Malinche. 

Este planeta se hace más visible  

a partir de la soledad náufraga. 

Sentirse del lugar gracias a los revoltijos  

de arena vieja en la esterilla de mimbre. 

Es la hora de las campanas interiores, 

rozar con los dedos el mástil del atardecer​​ 

y los líquenes enjuagados del tamarindo. 

Todas las hogueras desprenden una memoria de ti.

 

 

 

 

 

 

 

Clochard

 

A beach house garden with its cats.

Daytime stockade, vital little garden

of momentary suns, the leaves of the banana grove,​​ 

bougainvillea, swaying gently in the shade.

On the table, a daily journal’s grayness.

A paper frame shrinks around small​​ 

glinting whistles, echoes of Zicatela, Zipolite,

Lanikai and Kailua, Montelimar, Tortuga Bay.

Outside: the salt-lashed seawall, a quiet​​ 

sandbank’s hissing tongue, a rain-fed creek.

Like the drifter, you crossed the bridge​​ 

of sleep early, to gaze upon pebbles and grass.

Morning mist touches the heart, and footprints​​ 

return to the water’s edge—embers of light​​ 

in blue Malinche’s season of volcanic puffs.​​ 

From this shipwrecked solitude,​​ 

the planet comes into focus.

You feel one with this place thanks​​ 

to the scattering on old sand on the wicker mat.

It's the hour of the inner bells,

time to caress the sunset mast with your fingers

and the tamarind tree’s rinsed lichens.​​ 

 

Each wavering bonfire bring back a memory of you.

 

 

 

 

 

 

Cromosfera

 

Mirar de frente un sol cardenal

para la caída de la tarde, el diluvio salino

bate el horizonte de la isla en las piedras:

extremaunción, apolínea circunferencia solar,

epifanía que se observa con los ojos abiertos.

Igual a como se mira el amor,

el cielo estrellado, una catarata adentro.

Este cielo sonrojado de las seis de la tarde

con exploradores del diecinueve, el Mar de Cortés

y la réplica de Gauguin que a toda costa

se resiste al stock en oferta.

Saberse vivo —en el instante íntimo

y salvífico— de este pequeño sol

como un paisaje del planeta a la deriva.

 

 

 

 

 

 

 

Chromosphere

 

At dusk, I stare at a cardinal sun,

salt waves pounding against the rocks

of the island's horizon: extreme unction,

Apollonian solar circle,

epiphany witnessed. It is the same

manner in which one gazes at love,

the star-filled sky, an internal waterfall.

This red sky at six in the evening

with nineteenth-century explorers,

the Sea of Cortez—the Gauguin replica

that resists, at all cost, the stock on offer.

To feel oneself alive in this intimate,

redeeming moment: like a landscape

on a drifting planet, this little sun.

 

 

 

 

 

 

 

Carnival Panorama

 

Y si yo tuviera necesidad de una isla.

Aimé Césaire

 

Contar los barcos a la manera

de un coleccionismo visual —catalejo

en mano. Los barcos uno a uno

—en la lejanía— como señal de civilización.

¿Cuál rumbo, desde dónde, hacia cuál puerto?

Nada se puede saber de sus banderas.

Cada bauprés ofrece una línea

de flotación para el horizonte.

La sombra propia que se hunde de proa

vuelta hacia los retales de la tierra

y el dorado de un contrabajo.

La quietud de este mar no rinde cuentas

a nadie y escuece desde su allá el azul

que otorga y concede otro mar de anclas

echadas al pozo de los camarotes.

Durante días este mar por dentro

y su instante de la datación a la marcha.

Una memoria queda —de cada barco—

en el ojo fiel de los peces, para ellos

este mundo tan oscuro y sin retorno.

 

 

 

 

 

Carnival Panorama

 

Counting distant ships, one by one, like a visual

collecting, with spyglass in hand—is a sign

of civilization. Which course, from where, to which port?

Nothing can be gleaned from their flags.

Each bowsprit offers the horizon a waterline.

One’s own shadow sinks, bow-first,

towards the remnants of the land,

and the glinting of a double bass.

This sea’s stillness is not accountable

to anyone and from the beyond, a blue sting

grants and bestows another sea of anchors

dropped into the cabin’s well.

For days, this inner sea—from dating

to everlasting. Each faithful piscine eye

retains the memory of every ship: for them,

this dark world holds no hope of return.  

 

 

 

 

 

 

Mare imbrium

 

Cómo nos merecemos esas playas

Nathaniel Tarn

 

I​​ 

 

Otras orillas​​ 

de este mar​​ 

 

a través del ojo ​​ 

de cerradura​​ 

del infinito​​ 

 

hacia la desembocadura ​​ 

y el efluvio​​ 

 

lanzas puños de arena al aire​​ 

—luna destartalada de sol.

​​ 

 

 

 

II​​ 

 

Pasar página ​​ 

conlleva la escalinata​​ 

de la prolongación y la inercia​​ 

 

lejos una idea ​​ 

del continente​​ 

se hace lumbre ​​ 

de esqueletos​​ 

 

llegar a ser ​​ 

el náufrago ​​ 

que entra al claro ​​ 

de bosque​​ 

 

la voz solitaria ​​ 

de la hoguera ​​ 

que comba ​​ 

por dentro el frío

​​ 

—esquirla, torcedura​​ 

rabo de nube.

 

 

 

 

 

 

III​​ 

 

La sonaja etérea del mar ​​ 

timbra claroscuros​​ 

y arreboles ​​ 

 

nada se espera ​​ 

del timón y del retorno ​​ 

 

quiere la tromba oceánica ​​ 

salir al paso, desguarecer​​ 

el andamiaje, capitular​​ 

el desorden de los huesos ​​ 

y las eras​​ 

 

alcanza el agua negra ​​ 

estas banderolas terrestres

​​ 

vuelves la mirada ​​ 

hacia el rompeolas nocturno

​​ 

Malinche y sus ojos negros ​​ 

dicen la verdad​​ 

—el sol no se mueve.

 

 

 

 

 

 

Mare Imbrium

 

I

 

This ocean’s

other shores

 

through infinity’s​​ 

keyhole

 

towards its mouth

effluvium

 

you hurl fistfuls​​ 

of sand in the air

 

—the sun-ravaged moon.

 

 

 

 

II

 

Turning a page

implies a staircase

tedium and inertia

 

Far away, an idea

from the continent

torches a bonfire

of heaped skeletons

 

turns into

a castaway

enters​​ 

a forest clearing

 

the bonfire’s​​ 

solitary voice

combats

the inner cold

 

—splinter, twist,​​ 

tail of a cloud.

 

 

 

 

III

 

The sea’s ethereal rattle

hisses, chiaroscuro

and incandescent glows

 

of helm, of return,​​ 

nothing is expected

 

the oceanic whirlwind​​ 

wants to clear

the scaffolding, surrender

the mess of bones​​ 

and epochs

 

reach the black water

these earthly banners

 

you turn your gaze

to the night’s breakwater

 

La Malinche’s dark​​ 

eyes do not lie.

The sun is motionless.

 

 

 

 

 

 

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