Poesía de Nicaragua: Jennifer Quiroz

Leemos a la poeta Jennifer Quiroz (2003), dentro del marco de nuevas voces de la poesía nicaragüense gracias a la curaduría del poeta y crítico Víctor Ruiz.

 

Jennifer Quiroz (Rivas, 2003).​​ Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN, Managua. Obtuvo mención de honor en el concurso universitario de poesía “Joaquín Pasos”. Actualmente es profesora de Inglés​​ y Español.

 

 

 

 

SOLA FRENTE AL MAR​​ mis ojos se pierden​​ 

en su extensa piel azulada,​​ 

el ruido de las aves​​ atrae​​ mis oídos,

la arena cubre mis pies en un lento vaivén delicioso,​​ 

estrías de sol encienden el agua

tomo un puñado de luz y me sumerjo.​​ 

 

El mar moja mis tobillos, se aleja,​​ 

se estrella con fuerza entre mis muslos,​​ 

me rodea

​​ y me adormece a cada paso que doy.​​ 

 

Mi cuerpo se aliviana,

ha dejado el peso de la vida en la orilla.​​ 

Ahora soy solo yo y el suave batir del agua.​​ 

Entonces me hundo, me entrego,

me purifico entre sus olas.​​ 

 

 

 

TE LEVANTAS​​ del sueño en las mañanas,

con el cabello enmarañado te diriges al espejo

y te observas:​​ 

 

tu imagen nace en el leve inicio del día

la transparencia de tus pezones

anuncia el descubrimiento de tus pechos

tras la fina tela de la blusa.​​ 

 

La silueta de tu cuerpo se dilata,

la pálida luz del sol​​ 

le da vida a tu vientre que poco a poco

se dibuja frente a tus ojos.​​ 

 

Pasas las manos por tu ombligo​​ 

en un suave vaivén circular.​​ 

 

Alzas levemente las piernas,​​ 

la línea delgada del short​​ 

deja ver el inicio de tus nalgas

que aún guardan la caricia​​ 

de las sábanas en las que dormiste.​​ 

 

Entonces, dejas escapar una mano,​​ 

que se funde y vive al ofrecimiento​​ 

de la mañana.​​ 

 

Son ahora las seis,​​ 

la luz diluye la imagen por hoy,​​ 

pero mañana regresará​​ 

y su encuentro te saciará una vez más.  ​​​​ 

 

 

 

UN RAYO DE SOL​​ abraza la cáscara madura  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

de la naranja que cuelga de la rama más alta.

Yo la observo

el estruendo de otras naranjas​​ 

que se estrellan en el suelo me sobresalta​​ 

y despoja del letargo matutino. ​​ 

 

El extraño retorno me enfrenta​​ 

a paredes con telarañas,​​ 

vigas viejas y polvo​​ 

de la gastada estructura de una casa.

 

En la cocina, el humo delata la vida​​ 

que se esconde tras esas paredes.​​ 

 

La conversación impaciente de dos viejos

se derrama en el aire,​​ 

mientras la risa escandalosa de los niños

irrumpe en la sonoridad del tiempo.

 

Todos están en sus mundos,

todos viven a prisa,

encadenados

a un espacio que se diluye.​​ 

 

Yo, sembrada en la hierba​​ 

sostengo mis piernas

con los brazos cruzados,​​ 

observo:

el picoteo incesante

de zancudos y el presente​​ 

me desperezo nuevamente

y me levanto.​​ 

 

Contemplo el amplio paisaje…

 

¿Cuántos secretos escondes, añeja vida?

¿Cuántos secretos de pena y dolor?

 

 

 

PALABRAS, SOLO PALABRAS​​ 

 

I

Tendida sobre la tierra

Cierro los ojos y el mundo muere1​​ 

 

II

La brisa de enero me nubla la vista.

Los pasos de mi madre invaden la casa.​​ 

Mi padre no existe.​​ 

Mi uniforme cuelga al filo del espejo,

sobre la tierra están mis zapatos

¿Quién usó mis zapatos ayer?

El olor a café recorre la casa.​​ 

Mi abuela apresurada pregunta​​ 

¿Dónde está la niña?​​ 

Despierto.​​ 

Estoy en la cama.​​ 

Una lágrima me quema los ojos.​​ 

 

III

Hay una luz ¿La puedes ver?

El patio y el cielo se abren

¡Silencio,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ silencio!

 

 

 

INSOMNIO​​ 

 

La noche cae

con sus largos brazos frente a mis ojos.​​ 

 

Una moneda gira en el centro de la tierra,

la tierra que es mi cuerpo,​​ 

el cuerpo que es mi ojo,

gira lentamente y sin caer.​​ 

 

Todo gira.

 

Mi cuerpo cuelga de un hilo,​​ 

como las estrellas levita en el aire,​​ 

no se crea nada en la nada.

 

El viento se ha llevado mi cuerpo de plumas.​​ 

 

 

 

Un puñado de luz bajo la almohada

 

Esta luz ¿la puedes tocar?​​ 

Viene de tus ojos

(De tu cuerpo aún dormido)​​ 

Palpo tu piel con mis dedos,​​ 

Dibujo círculos en tu espalda​​ 

Tus lunares forman una extraña constelación​​ 

La recorro lentamente​​ 

Hasta llegar a tus nalgas

¿Sientes las hormigas de mis dedos?​​ 

Mis ojos nadan sobre tu cuerpo​​ 

La brisa que se cuela por la ventana

Provoca​​ que gires levemente en la cama

Mi lengua palpa tu abdomen

Y sube despacio hasta tu boca

No hay distancia entre tus labios y los míos​​ 

No hay tregua entre mi urgencia y la tuya

Me recuesto sobre vos​​ 

Me abismo en tu pecho​​ 

Nada me queda de este momento​​ 

solo tu serena respiración.​​ 

Nada me queda de este instante​​ 

solo un puñado de luz bajo la almohada.​​ 

 

 

 

UNA APROXIMACIÓN DE LA MUERTE​​ 

Las arenas han de cubrirme algún hoy.

Luis Cernuda

​​ 

Si yo pudiera pedir un deseo y me fuese concedido

Pediría que todo estuviera inmóvil

que cese el ruido de los autos que transitan por la avenida,

que se estanque el movimiento de sus ruedas.

​​ 

Pediría que los transeúntes se conviertan en estatuas,

entonces me acercaría a ellos y vería en sus rostros

soledades, alegrías y perturbaciones​​ 

que silenciosamente arrastran.​​ 

​​ 

Yo sería la única movilidad del mundo

correría a brazos abiertos

sosteniendo el viento entre mi carne,

gritaría poemas con la riqueza de escuchar mi eco repetido.

Me tendería en la hierba húmeda,

el cielo sería lo único visible a mis ojos.

 

Entonces, si pudiera pedir otro deseo,

pediría ser inmóvil yo también

y esperaría que la tierra me devore.

 

 

 

DESPIERTO

la oscuridad me invade,​​ 

una cortina dibuja sombras en las sombras.​​ 

 

El aire del cuarto hiela los huesos,

las sábanas no me cubren,​​ 

están tiradas en el piso simulando

un trozo de cielo caído.​​ 

 

Pienso dos sílabas, una palabra…

 

Hundo la cabeza entre la almohada​​ 

y la espesura de mi pelo,​​ 

entonces palpo unos cabellos que no son míos

giro lentamente en el colchón

y tu cuerpo de espaldas me recibe. ​​ 

 

Pienso dos sílabas,​​ 

dos palabras,​​ 

dos versos…

 

La serenidad de tu cuerpo dormido​​ 

me llena de paz, ​​ 

cuelgo mis brazos y me abrazo a vos.

Despierto y despertás, me observás,

enlazás tus labios a mis labios​​ 

en un beso impaciente.​​ 

 

La oscuridad ya no invade nada.​​ 

 

Pienso dos sílabas,​​ 

dos palabras,

​​ dos versos,​​ 

un poema.​​ 

 

 

 

OBSERVO TU CUERPO:​​ 

leves respiraciones lo mueven,

lo agitan como un barco que se une a las olas,

lo acomodan, lo arrullan.​​ 

 

Descanso la mirada en tus labios

emanan un leve estallido.

Tu lengua es una niña curiosa que se asoma,

La observo y sonríe.​​ 

 

Me dirijo a tus manos nerviosas,

La derecha cuelga al filo de la cama

rozada apenas por la fina caricia del viento.​​ 

Mientras la izquierda reposa en tu estómago​​ 

que se hunde y llena con cada respiración

la muevo, el opaco brillo de nuestro espacio​​ 

se ensancha y se revela el espectáculo de tu cuerpo.​​ 

 

Te veo ahí, tan frágil, tan dócil, tan mío…​​ 

 

Deslizo mis dedos en vos y una pequeña descarga​​ 

te estremece: sonríes, pero no despertás.​​ 

De par en par tus brazos se abren, me llaman,

me buscan, entonces me abandono,​​ 

te huelo, cierro los ojos y me sumerjo en el sueño.​​ 

 

 

 

HE REGRESADO A LA CASA:

Los mismos rostros

Los mismos pasos,​​ 

Los mismos llantos.​​ 

La pintura roja del viejo barandal​​ 

El orden de los muebles

El tejado de láminas huecas

Todo intacto​​ 

 

Nada ha cambiado​​ 

más que el quiebre en las paredes de mi cuarto​​ 

donde antes leía por las noches tirada sobre el piso.

Ahora el ruido de las voces se confunde​​ 

con la lluvia que entra en los costados.​​ 

 

He regresado a la casa:

La misma angustia,

La misma alegría.​​ 

 

He de irme y regresar muchas veces,

quizá con hijos

quizá sin ellos,​​ 

para pisar el polvo que entierra

las piedras en el patio.

 

 

 

 

1

​​ Verso de Silvia Plath

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