Lo que me dijo el fuego:
Kratos de Roxana Elvridge Thomas, una poética de la kratofanía
Hablar de la poesía de Roxana Elvridge-Thomas (Ciudad de México, 1964) es hablar de una obra original y compleja que se distingue por la fina costura de un verso sonoro, de un ritmo diestro que a ratos sugiere el susurro y a ratos, a través de un contrapunto trazado con maestría, el arrebato. Aliteraciones, anáforas y catacresis se entrelazan para enarbolar una poesía que se rehúsa a dejar de ser música. Sobre esta base sensorial, Elvridge-Thomas erige un delicado edificio de referencias cultas, anclado en una tradición rica y plural. Pero no se trata de una literatura para eruditos de sofá de cuero y pañuelo de vestir. Al contrario, al priorizar el ritmo y la sonoridad del lenguaje, su verso apela a los sentidos, a articular las cuerdas no sólo del juicio sino del cuerpo. Así, pese a la erudición de sus temas y la inteligencia de su composición formal, Elvridge-Thomas parece reclamar la atención del espíritu antes que la del intelecto de sus lectorxs.
Todos estos elementos están presentes en Kratos, un poemario en que Elvridge-Thomas explora, mediante la palabra poética, episodios de diferentes tradiciones religiosas para formular una noción mística de la escritura y la lectura de poesía. Esta exploración se manifiesta como una colección de kratofanías a través de diferentes estrategias poéticas (alegorías, prosopopeyas, narraciones, monólogos, etc.) que constituyen una suerte de panteón poético personal. La kratofanía es una forma de hierofanía, es decir, de manifestación de lo sagrado. Sin embargo, a diferencia de la teofanía, que es una forma de hierofanía que solamente (de)muestra la existencia de lo sagrado, la kratofanía es la manifestación de la fuerza y el poder divinos: un acaecer de la divinidad en el mundo que de manera ineludible hiere el sitio, el tiempo y el cuerpo que lo experimenta. En Kratos, la fuerza divina que se manifiesta sobre el mundo profano es la palabra poética, y el objeto de esta manifestación es el cuerpo de la poeta (y, por extensión, de sus lectorxs), herido y transformado irremediablemente por la escritura. Mediante plegarias, conjuros y súplicas, la voz lírica le ruega al lenguaje poético que irrumpa en el parloteo cotidiano, que levante su voz sobre el ruido de fondo del existir profano. Con esto, la voz poética busca crear un espacio de enunciación de lo sagrado, aún si, como ocurre con el multicitado ángel de Rilke, tanto poeta como lectorxs corremos el riesgo de perecer ante su existir más potente. Kratos magnifica así, como el rezo, la función performativa del lenguaje poético: la palabra que implora, sugiere y desea es al mismo tiempo la palabra implorada, sugerida y deseada.
Quizá pueda explicarme mejor trayendo a colación la historia de Sémele, uno de los personajes que habitan Kratos y un ejemplo clásico de kratofanía. “La materia no ha sido decidida del todo”, explica Ovidio en el libro III de las Metamorfosis, al comenzar a narrar la historia de esta amante del dios Júpiter: “hay a quienes les parece que la diosa fue más violenta que justa y quienes la alaban”. El poeta latino se refiere, por supuesto, a la venganza que cobró Juno sobre la mortal amante de su esposo. Invadida por los celos, la diosa se hizo pasar por la anciana criada de Sémele para sembrar en ella una duda: ¿y si su amante no fuera realmente el dios, sino un mortal que se aprovecha de su ingenuidad? Para comprobar que su amante no le estaba tomando el pelo, es decir, para corroborar la divinidad del hombre que la había seducido, Juno le sugiere a Sémele pedirle al supuesto Júpiter que se muestre ante ella tal cual es, no con su disfraz de mortal sino con el fulgor con que se presenta ante los otros dioses. Júpiter accede, no sin reparo y sólo tras reducir sus propias fuerzas y vestirse con sus armas secundarias. Sin embargo, pese a estas precauciones, los miedos de Júpiter se cumplen: la visión del dios es demasiado potente y, dice Ovidio, “el cuerpo mortal de Sémele no pudo soportar la tormenta y fue consumido por el fuego de aquel regalo nupcial”.
La destreza de la versificación sería suficiente para hacer de Kratos un libro sobresaliente, pero Elvridge-Thomas va un paso más allá. Además de trazar, su pluma hiende la página en blanco. La poeta le pide a sus lectorxs tomar la posición de Sémele. Pero no la inocencia dubitativa de la Sémele de Ovidio, sino la de la amante que arde en deseo por la tormenta que la aniquilará: “sus muslos de ámbar, sus brazos de atleta, sus rizos que enmarcan el rostro felino” (p. 57). Así, quien se adentra en las páginas de este libro debe dejarse seducir por “su aroma, naranja cuajada al ocaso, su lengua un grato ofidio danzando entre pliegues, su palabra tentadora” (p. 57). En estos versos, tomados precisamente del poema titulado “Sémele”, se revela lo que me parece el núcleo del poemario: una particular concepción de la kratofanía, que hiere, sí, pero que lo hace a través de la seducción; una manifestación violenta de la divinidad cuya fuerza no es solamente la potencia aniquiladora de lo sagrado, sino el deseo que, como la polilla en otra alegoría clásica, inevitablemente nos conduce hacia el fuego que ha de consumirnos.
Esta poética que le guiña el ojo a la experiencia mística tiene en las páginas de Kratos un principio y un final tangibles: el libro comienza y termina con dos piezas paralelas que invocan, la primera, el instante previo a la palabra y, la segunda, el instante que sucede a la palabra. Entre este primer silencio y el último, el poemario atraviesa por diferentes etapas. Comienza con una plegaria: un proemio mediante el cual la poeta, a la manera de los maestros de la antigüedad, ruega por el favor de la divinidad. Elvridge-Thomas construye después el templo que será el espacio en el que ocurrirán las kratofanías poéticas que constituyen el eje central del poemario. Este espacio, como se nos revela en la serie de poemas que forman la tercera sección del libro, es el cuerpo mismo. Justo antes del final se manifiesta el fuego: “Krateros”, quizá la pieza más poderosa del libro, que propone una interpretación kratofánica de la creación (“todo fue creado con violencia”). Finalmente, un conjuro despierta a la poeta y sus lectrxs del trance, como mencioné, tras el silencio que sucede a la palabra.
El poemario comienza y termina así con un “Silencio”. Sin embargo, no se trata de un libro circular. Entre el primer silencio y el último ocurre algo que nos impide volver al punto de origen. La palabra poética es aquí kratofanía: ineludiblemente hiere y transforma el espacio, el tiempo y el cuerpo que la experienta.
Antes de concluir, me gustaría comentar un par de aspectos, centrales a la propuesta de este libro, que lo hacen sobresalir entre el abultado conjunto de la producción poética contemporánea. En primer lugar, la de Kratos es una voz lírica que intenta adentrarse en la experiencia de lo sagrado a través de la exploración de un tema y una forma unitarias, complejas, y que son el resultado de un arduo trabajo de investigación. Pero la poética de Elvridge-Thomas no pretende nada más la confección de un libro redondo, del tipo que se proponen para obtener becas y ganar concursos de poesía. Como en un templo de virtuosa ingeniería en que cada roca contribuye a hacer cada columna, cada columna un muro, cada muro el templo, los poemas que conforman este poemario, al tiempo que se complementan, son piezas únicas y contienen en sí un universo de significación. No hay palabra aquí que sea mero pretexto: quien abra este libro al azar, caerá inevitablemente en una página que se sostiene por sí misma y en la que se encontrará, no lo dudo, con algo que lo compele.
Por último, la experiencia ante la que Elvidge-Thomas busca posicionar a sus lectorxs no es la de una poesía inofensiva. La lectura atenta de Kratos recompensa, sí, pero el apetito que estos versos pueden satisfacer no sacia los antojos pasajeros; antes bien, nos encontramos ante poemas que exigen a quien los lee revelar la naturaleza íntima de sus deseos y, sobre todo, atenerse a las consecuencias. Las kratofanías de Elvridge-Thomas no constituyen, pues, una serie de fábulas con su moraleja, sino un escrupuloso ritual: en Kratos, la poeta nos invita a una ceremonia. Además de una colección de poemas poderosos, tan conmovedores como violentos, tan eruditos como sensuales, y siempre estremecedores, este libro no es una advertencia, sino una invocación.
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Plegaria
Alzo mi verbo ante tus llamas
pido a ti el inicio del incendio.
Solo cuento con mi boca
solo tengo una voz que impreca los abismos
único artificio mi alfabeto contra el pozo
contra el piélago que draga los anhelos.
Red de letras que intenta abrazarte
como Tú abrazas mi impaciencia.
Clamo tu mirada
pido tu semblante
espero tu respuesta.




