OTRAS CLARIDADES
libro de poemas de Nadia Contreras
Otras claridades de Nadia Contreras es un viaje poético y desgarrador al corazón de la locura. Un libro que no busca respuestas fáciles, sino que abre puertas a las preguntas más incómodas sobre lo humano, lo que se quiebra y lo que resiste.
A través de las voces de Liam y Ava, figuras que se mueven entre el dolor, la lucidez y el abismo, la autora nos sumerge en un universo donde la poesía se entrelaza con la filosofía, la historia y la ciencia. La locura no es aquí un diagnóstico, sino un espejo; no es un margen, sino el centro desde donde puede releerse el mundo.
Contreras convierte la fragilidad mental en un prisma de belleza y contradicción: los destellos de conciencia, las sombras clínicas, las preguntas sin resolver que aún desafían a la neurociencia y a la sociedad. En su escritura hay ecos de Foucault, de Merleau-Ponty, de todos aquellos que han intuido que la mente humana no puede encerrarse entre paredes blancas ni en gráficos cerebrales.
Otras claridades es un libro para quienes no temen mirar de frente la oscuridad, para quienes saben que en el límite entre razón y delirio se revela otra forma de verdad. Una obra conmovedora que nos confronta con nuestras propias grietas y nos recuerda que en lo roto también hay luz.
FRAGMENTOS
Podría permanecer en este laberinto de estrías, recovecos, espirales, túneles, celosías. ¿Qué delgados son los extremos? La locura, lo que inicia, es así, como un hilo trenzado en diferentes direcciones o como un puente colgante que, si se quiebra, se haya un inesperado camino. Una mancha al fondo. Una mancha como un pañuelo azul con un círculo amarillo. Donde mirara, fuera la pared, la cama o el tapiz, el pañuelo se colocaba delante. ¿Dónde quedaban los demás objetos, Ava? En la simulación, dicen, pongamos un público o la ciudad de casas que resaltan el juego del deterioro. En tan sólo un instante, la brújula se enturbia y, en esta misma confabulación, el pañuelo toma la forma de perchero. Afuera, el horizonte permanece enmarañado.
*
Dentro del vientre, lo que parecía fortalecido día a día, exhalaba frío y miedo. Las pastillas prodigan cierta paz, dijo ella, y todo se volvió estático alrededor del bebé. Eras perfecto. Desde la cuna vacía mirabas el techo, el cielo, las estrellas. ¿Quién se atrevía a romper tu corazón envuelto como una paloma? Tan unido a mí, tan unido a la pared de tramado sinuoso. Pero la infancia cayó de espaldas detrás de una figura; una figura sin pulso, sin aliento. Lo extraño era hablar con la otra figura, la que se hizo agujero debajo de la cama y, desde ahí, su profundidad se precipitó dentro de nosotros como la fiebre. “Los hermanos son un nuevo espíritu”, dice una voz desde la distancia. Abre la ventana, Liam, arráncate la parte oscura.
*
La escritura mantiene su vaivén, dices,
con el cuaderno en la mano.
La locura es más uniforme si escribes.
Era yo quien llevaba hojas y lápices a todas partes,
la función de la escritura era enlazarnos,
incluso sin planes,
al destino, al aire y sus tejados.
Escribamos, pues, un libro a cuatro manos,
un libro, Ava,
Para respirar el día gastado,
el día
en que ya no fuimos los mismos.
Entregados a la misma idea,
darle prisa al cansancio, al invierno;
hablar incluso de una carne nueva
como una piedra hundiéndose
en el centro funesto de la cama.
*
Pretendes dibujarla a ella, pero la forma es imprecisa, líneas agazapadas en el arrabal, o sobre el mantel, donde está tu corazón fundido en contrariedades. El revés de la hoja, es la mujer; en las partes brillantes sacude con manos fuertes las raíces, las púas. No va por la sombra ni avanza por debajo de ella. Se queda quieta. La línea se corta o se estira. Sus hilos crecen en una nueva tragedia: alguna vez tuvimos un nombre, una casa, una habitación. ¿Lo recuerdas, Ava? Entre aquella figura y la nuestra, no hay cercanía. Si la hubiera, tendríamos la posibilidad de negarnos al descaro de otro telón.
*
En la imagen trunca y desesperada del dolor alguien se refleja conmigo. El hueso se esfumó en el instante y ahora mi mano es un escorpión. Al fondo, alguien dice que estamos salvados, pero la cortina no deja de hervir. El veneno, fuera de las gotas, se despilfarra en el aire. La respiración es un rasgo vital y el veneno es sólo un trazo precisamente negro como el de un vaso que estrella su paraje de mimbre. Forrarán el hueso con hilos de mi piel. ¿Y si me desprendo otro hueso? Mira, por encima del paisaje soy la cima amputada. Detrás de ti hay una caja con forma de reloj de arena. ¿La observas?
*
A la hora de la hora,
los brazos y los pies fijan las piezas blancas
como la curvatura.
El techo no fue suficientemente alto.
Mis alas tenían el color
de las tardes de claridades eufóricas.
Caí, sin embargo, en el equilibrio,
en la coreografía de lo que no se refleja.
Quería convertirme en pedazos,
o cuando menos,
en un fragmento que tuviera mi forma.
*
Una placa colocada en un extremo y otro. Antes, se comenzaba así: en el rango de longitud de onda, la luz existía dentro de sí misma. No había intervalo de tiempo medible. Y si se medía, la adolescencia relumbraba en licores. Me hundí en los relámpagos, dijiste, y tocabas un tambor invisible. La calle se había llenado de brisa y alguien hacía segunda voz a la angustia. La noche había entrado en ti con su figura de disfraz. Mira, Ava, en la simultaneidad del tiempo, se refleja el cielo borroso del mago. En los primeros movimientos, el truco queda registrado en láminas iridiscentes. Todo engaño tiene jardines secretos.
*
Si hablara de la noche, de su lumbre en el agujero de la boca, por el revés de la imagen, o la manera en que se alarga —a veces lisa, a veces vidrio— pensaría en árboles y cómo mi imagen se ve refractada en ellos. El viento mueve con lentitud la poca fronda. ¿Cómo quisiera escindir los tallos secos? No los colorea el sol, no se conviertan en piscina donde el cielo es más azul, más radiante. Digo las palabras “madre”, “padre”, “hermano”, “tallo”, “hojas”, “viento” y es como si sólo arrojara saliva al hablar. Las palabras son ataúdes. Cuando te reías, cuando te elevabas, la música cubría el ataúd y la ola caída sobre ti. ¿Puede sobrevivir un perro a la fuerza del agua que estalla en su deriva? No abras la boca, te decían en las clases de natación. Sin embargo, hubo una fisura por la que entró el arcoíris, una fisura muy dentro de los parpados. En la antigua y nueva memoria, Liam, te pusiste a escarbar en sus brillos.
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Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976) es escritora, académica y gestora cultural. Licenciada en Letras y Periodismo, maestra en Ciencias Sociales y especialista en Educación. Fundadora y directora de Bitácora de vuelos ediciones, ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA. Ha recibido premios nacionales de poesía y su obra ha sido traducida al inglés, portugués e italiano. En 2014 recibió la presea “Griselda Álvarez” por su trayectoria literaria. Entre sus libros más recientes destacan La niebla crece dentro del cuerpo y La infinita aproximación.




