Poesía de Nicaragua: Hamilton Sánchez Estrada

Leemos al poeta Hamilton Sánchez Estrada (Granada, 2004) dentro del marco de nuevas voces de la poesía nicaragüense bajo la curaduría del poeta y crítico Víctor Ruiz.

 

Actualmente estudia Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN Managua.​​ Obtuvo mención especial en el concurso de poesía Joaquín Pasos promovido por el Área de conocimiento, arte y humanidades de la UNAN-Managua. Ha participado como expositor en la revista Índice y en la JUDC, esto le ha permitido compartir valiosas experiencias sobre la educación. Participó como personal de apoyo en el Diccionario de Lengua de Señas​​ Nicaragüense​​ realizado por el departamento de pedagogía de la UNAN-Managua y publicó un artículo en el 2024 titulado Competencia y disfrute literario en los estudiantes de 9no grado en la revista Lengua y Literatura de la UNAN-Managua.

 

 

Entierro de noche

 

Yo no lo entiendo:

Te he puesto caballos que picotean nubes y las hacen piedras,​​ 

guitarras que saltan luceros y se comen los satélites,​​ 

una cadena que emite la voz de Dios,​​ 

relaciones sexuales que se reparten en guerras,​​ 

un grano de arena donde se hacen bodas​​ 

y nada.

 

(Un recuerdo:

Hacíamos el amor, pero el amor no te gustó tanto,​​ 

es de esperarse, el amor es asqueroso:

El tufo que sale al juntarse nuestras partes es digno de llamar cientos de zopilotes,​​ 

el tobogán de saliva que se hace de nuestras bocas es de un parque acuático;​​ 

las pieles sudorosas,​​ 

la lengua putrefacta,​​ 

el aliento a intimidad,​​ 

los regaños del cielo,​​ 

los cortocircuitos de las caricias...)

 

Te han puesto cabellos de oro,​​ 

risa de princesa,​​ 

alas de cisnes,​​ 

castillos de mármol​​ 

y ahí sí,

inmediatamente partiste tu cuerpo y lo metiste en una bolsa.

 

Ya sé, ahora sí puedo organizar nuestro funeral.

 

 

Futuro

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ A María Meléndez​​ 

 

Ya pronto nos va a atravesar la risa

como la carne en un machete

y nos va a preguntar que a dónde vamos;

y nosotros le vamos a responder que no sabemos:

que la estamos siguiendo.

 

 

Rola para escucharla en celebraciones

 

Me da frío cuando tu aliento me besa el olfato

en días que se parecen a un primer te amo:

En esos días los huesos se lloran hasta derretirse

y las rolas llaman una vez más al deseo.

 

En esos días los gritos se salen

como el de un caballo que se enciende

en una noche de sábado

y baila hasta el punto de morir violado.

 

Tengo frío en los días cálidos:

es entonces cuando tus besos me pegan

en los dientes,​​ 

en la frente​​ 

y el ombligo

hasta dejarme tirado en el suelo

buscando tu camino en los pasos.

 

 

Yo soy director de orquesta

 

Movía mis manos marcando el tempo:

salían las negras, las corcheas, las blancas

y a los timbales le tiraba solo semicorcheas.

 

La gente bailaba y gritaba

al son del grupo de marimba que yo dirigía.

 

Al finalizar el show todos se retiraron.

Me di la vuelta, recogí mis cartones y mi abrigo del suelo​​ 

(en su bolsillo aún habita su foto)

cuando uno de los músicos me llamó

y me regaló la comida que le habían dado.

 

 

Oración​​ 

 

Señor:

Hoy hemos regalado el dinero que teníamos para comer una semana,

se lo hemos dado a mucha gente que apenas conocemos​​ 

a cambio de que repitieran palabras.

 

Hay un altar en la sala de mi casa y no lo entiendo:

se ve que es de acá​​ 

con fondo de tela​​ 

con ojos que alumbran,​​ 

con cosas sin vida.

 

La gente repite palabras frente a cosas que son de acá:

Dios te salve María...

 

De vez en cuando escucho tu pronombre:

En el nombre del padre, del hijo...

 

Escucho como ellos lo repiten como si fueran parte de una orquesta;

Ansiosos,​​ 

con hambre,​​ 

con los ojos riéndose,​​ 

con la cabeza en sus casas,

con las manos estiradas.

(Nadie repite de balde).

 

En el altar vos no estás.​​ 

Lo que ahí está es la cabeza de un muerto y unos moldes.

 

Esos moldes los hizo el escultor de la esquina

el que acaricia a su mujer con unos gritos

el que vivió dentro de la señora de su hermano

el que ha... a la hija del párroco.

Ese que va a la iglesia todos los jueves y domingos.

 

Exijo justicia:

Hay un altar en mi casa, pero creo que no es para vos.

 

 

La tierra prometida

 

A la par mía está enterrado Jesús.

 

(Durante mi velorio los amores salían como demonios

y las alabanzas para mí me servían de sombras.​​ 

Pero, la soledad,​​ 

las maldiciones,​​ 

los señalamientos,

los pecados,

el infierno,​​ 

el incesto,​​ 

la mierda,

las blasfemias​​ 

y las pajas a mano cambiada no murieron conmigo.)

 

Jesús está enterrado a la par mía.

Él jamás declamó una oración en los montes,

jamás olió la luna, jamás comió palabras:

él está como un hombre más en el ciclo del hambre.

 

Yo he visto desde que morí como

las palomas se han estado comiendo su carne

mientras unos gatos tratan de ahuyentarlas,

pero estas se los comen también.

 

Al hombre su padre lo abandonó desde niño:

Una tarde salió a declamar leyes y enseñó miedos, espantos

y nunca volvió.​​ 

Mi madre tuvo que buscarme un padrastro.

 

Ay, si lo escucharan:

Me arden los ojos de tanto silencio,

padre, ¿Por qué me has abandonado?

las pieles de Magda son ricas,

el guaro rojizo sí me subía a los cielos…

 

Estamos en la tierra prometida: el cementerio.

 

 

Confesión

 

No pueden verte las flores cuando saltás

ni sentirte la tierra cuando corrés:

Vale más, sino provocarías que los poemas tiemblen.

 

Los pisos de la tierra abren sus ojos para ver tu falda

y el movimiento de tus rodillas hablan canciones
que salen directo como una bala​​ 

buscando refugio en una cabeza.

 

Tus rodillas cómo las quiero en mi pecho.

 

Ahora persigo algo tuyo:

un murmullo,​​ 

un viento que sea tranvía de tus​​ zapatos

y de tus aromas a recién nacido,​​ 

a recién bautizado​​ 

y a recién visto por mí.

 

Ya​​ hasta aprendí a hallarte

en las teclas de un abecedario,​​ 

en las voces de los aires acondicionados​​ 

en las caricias de las mesas​​ 

y los besos de mis​​ libros.

 

Tus rodillas cómo las quiero en mi pecho.

 

Veo que los rincones de tus brazos tienen vacíos enormes

y tu rostro un breve espacio para mi boca.

 

Sé que me has visto​​ agasajando una​​ banca,​​ 

cantando​​ direcciones,

pidiendo auxilio,​​ 

inhalando​​ café,​​ 

lambeando​​ un caramelo…

 

Y me viste los ojos, yo lo sé,​​ 

y eso fue como la reacción de beber alcoholes.

Por eso corriste lejos y cerca,

luego más lejos y más cerca…

Pero me viste y en ese momento pude ser más grande

que los pisos de la tierra y que las piedras que pisaste.

 

¡Ah!​​ tus rodillas cómo las quiero en mi pecho.

 

 

Final de la dedicatoria​​ 

 

Te vi con una purísima en el rostro​​ 

Así que te escribí unos versos en una piedra​​ 

Y te la tiré, (te reventé la frente)​​ 

Entonces saliste corriendo creyendo que te quería matar.

 

Tus pasos no dejaron ni tu ausencia​​ 

Y, desde entonces, ando en un baile de Masaya​​ 

Como perro perdido en procesión.

 

 

Después del final​​ 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ A Melissa Polanco

La memoria no se lleva a la muerte,

ni viceversa.

 

La memoria es propia de la vida

y al morir huye, aunque

algunas veces, antes de morir,​​ nos deja y ya no vuelve.

 

Por eso creo infinitamente en la poesía,

en el papel,

en los versos

porque ahí todo es eterno:

te escribí algunos poemas.

 

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