Los espejos de la paternidad
¿Puede la paternidad transitarse en clave de complicidad? El yo poético de El libro de Zoe, tácitamente, pareciera hacerse esta pregunta. Por cierto, esa es nuestra inferencia que parte del juego de espejos que, para nosotros, propone el yo poético de este libro. Debemos, para sustentar nuestra proposición, tejer hilos intertextuales con el yo poético que ha construido el autor en sus libros anteriores. La figura del padre del yo poético en los anteriores libros de José Carlos Yrigoyen era una figura que, más allá de sus matices, revelaba una confrontación. Como contraparte, como reverso de esto, es que el yo poético, al asumir la enunciación desde la paternidad, la articula desde la perspectiva de cómplice, de aquel que se aproxima a la figura de la hija, como compañera de ruta de un viaje que se erige en espacio de aprendizaje compartido. De este modo, el yo poético le habla a la hija como se le susurra al espejo de aquello que él mismo fue: “porque la adolescencia, hija mía,/ es un edificio al que nos resistimos/ a entrar y yo me resistí hasta que me fue imposible hacerlo” (39).
La hija redime al padre (yo poético) y es a la vez posibilidad de un nuevo lugar de enunciación en su ruptura con la ley (del padre). Como señalamos, la mirada del yo poético busca ser cómplice de la de la hija. Se dice: “te estoy mirando y pensando/ hija mía, en el incierto destino que nos espera” (40). De otra parte, el padre del yo poético sigue siendo también en este poemario lo negativo: “conocía la mentira pues mi padre me la enseñó con sus actos” (36). La paternidad siempre conlleva un matiz de culpa en tanto lugar del poder. No olvidemos, y el yo poético lo enuncia claramente en este libro, que Dios es también padre. Se dice: “No conoce a Dios Padre ni sus anchos tentáculos” (32). De esos tentáculos redime al yo poético, como espacio cómplice de enunciación, la hija. Es precisamente, el espacio de ruptura del yo poético con el orden el que le permite dialogar con la hija. Se dice, por ejemplo: “internémonos en la ciudad con esa inexplicable violencia/ que me ha hecho aborrecible para mis colegas y para todos los demás/ que te ha apartado de las aulas” (44). La hija, en última instancia, es vista como doble, como se percibe el reflejo de una creación gemela: “y unámonos como se unen los cuerpos a las avenidas/ como el lenguaje secreto que hablan los gemelos/ cuando no los escucha nadie” (44). En ese sentido, el oyente final de este libro es la propia hija. Ella es, asimismo, único lugar de redención: “pero tú serás la sangre que se reitera y que me salva” (63). Por lo mencionado, teniendo como mediadora a la hija, la adultez no solo es cuestionada, sino que, transgredida, se vuelve posibilidad del decir para el yo poético: “reuní a los niños que descansaban de sus labores recolectoras/ y les dije: no confíen en ningún adulto” (43). Por eso, se puede afirmar que en este territorio de enunciación hay una ruptura con la tradición tutelar: “aquel sitio es donde se nos ha encomendado llegar/ oponiéndonos a la dirección establecida por las leyes del pasado” (40). O también: “solo los malvados se definen por su origen/ y no es nuestro caso” (41). Y: “Nosotros conducimos contra la norma porque no hemos tenido elección” (41).
Ante ello, Eros reivindica la libertad y quiebra la ley, el orden patriarcal: “y aquí te lego mi único consejo: deberás interrogar/ al pospuesto fuego de la sexualidad y con sus respuestas/ componer un himno abreviado” (41). Y es en ese espacio de reivindicación, a partir de lo erótico como legado, a partir del cual el yo poético dialoga con la hija, pues: “te enseñará a amar la vida/ porque la muerte no demuestra nada” (42).
Así, el viaje en poesía que emprende el yo poético con la hija es liberador y restitutivo, quiebra la norma y, más allá de la razón, es un recorrido interior/ exterior que logra que la palabra sea el sentido último de un juego de espejos en clave de complicidad. Este libro de José Carlos Yrigoyen debe ser celebrado como se hace con los rituales más íntimos, más intensos y lo confirma como una de las voces poéticas más importantes de la poesía peruana de las recientes décadas.
José Gabriel Cabrera Alva
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José Gabriel Cabrera Alva (Lima,1971) estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los libros de poesía El libro de los lugares vacíos (1999), Canciones antiguas (2004), Ombligo de ángel (2007), Del mal amor (2016), Tristania y otros híbridos de la peste (2023) y Contralengua (2025).





