Yo, el resplandor: Poesía inédita de Ramón Palomares

Los poemas inéditos de Ramón Palomares en una edición de la Colección de Poesía Acirema de Caracas, con tres notas entrañables de los amigos del poeta, Gustavo Pereira, Luis Alberto Crespo y Pedro Ruiz, este último compilador del volumen. Busca tu ejemplar en Círculo de Poesía Libros de Xicoténcatl 270, del Carmen Coyoacán.
 
 

Ramón Palomares y sus poemas inéditos

(Palabras para celebrar una amistad)

 

GUSTAVO PEREIRA

 

 

I

 

Cuando cae la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en enero de 1958, Ramón Palomares, por entonces de 22 años, concluía su carrera docente en el Instituto Pedagógico de Caracas. Allí había encontrado compañeros, profesores y lecturas que encausarían definitivamente su acendrada vocación poética, aunque por lo demás, el entorno silvestre y fascinante de su pueblo natal, Escuque, y una familia como la suya de educadores y poetas, en cuyo seno descubrió la poesía, ya habían conformado en él lo que sería.

 

La Caracas de entonces desandaba en esos años, como en lenta despedida de lo que alguna vez fue, los postreros sosiegos del valle abrigado por la neblina matutina y el lejano eco de una paz que el tráfago urbano fue transformando en delirio.

 

A mediados de aquel año aparece su primer libro,​​ El reino, con el sello de​​ Sardio, nombre del grupo de jóvenes escritores y artistas conformado el año anterior y al cual se había integrado. Conservo todavía la singular edición de rústica apariencia artesanal, con carátula sencilla despojada de ilustraciones, en cartulina beige y versos en doble espacio que adquirí en la librería "Pensamiento vivo" del Centro Simón Bolívar, a poco de terminar mi bachillerato en el Liceo Andrés Bello. "Convencidos de la autenticidad y de la trascendencia poética de​​ El reino, hemos querido iniciar con él la colección de poesía que auspicia​​ Sardio", decía la nota de contraportada del libro. Yo había leído algunos de los poemas del para mí desconocido poeta en el​​ Papel Literario​​ de​​ El Nacional​​ y desde entonces quedé conmovido tras la lectura de la elegía a la muerte de su padre, que todavía me sigue pareciendo una de las más estremecedoras de cuantas conozco en la literatura castellana.

 

Si ahora destaco la evocación es porque entre los poemas publicados en ese suplemento por el autor de​​ El reino, esperaba encontrar en el libro uno que también había llamado mi atención, "El viudo", publicado el 9 de mayo del año anterior. Un par de estrofas de ese texto, que transcribo a continuación, dan una idea del rumbo ya fijado en su carta de navegación, rumbo que apuntaba al​​ menos a dos territorios confluyentes en las formas del lenguaje, pero sólo en esto, porque en lo demás parecían distanciados, ontológicamente, de los incluidos en​​ El reino:

 

Los vientos, abiertos a la cólera​​ 

saben de una bandera, rojo su color,​​ 

como la brasa o la amapola.

Baja aquel lento gavilán​​ 

que trae el recuerdo de los amigos.

....

 

Todos estos pájaros se despiden

Adiós. Adiós, flores.

Margaritas del corazón.

Rosas de la sonrisa roja, de entregar a las estrellas.

Tú, lirio, ojo sagrado,

de sorprender las caricias y la caída del lucero fugaz

Y allí, adiós pequeña perla,​​ 

clavel, clavel blanco del amante abandonado

Y se despiden así los pájaros​​ 

y abandonan los fragantes, mágicos jardines​​ 

para que en el viento aparezca un navío resplandeciente...

 

Nunca, en nuestra prolongada y fraterna amistad, hice alusión a Ramón sobre esta ¿deliberada? ausencia, puesto que entre oficiantes de la poesía, poco o nada y sólo en contadas y específicas situaciones, se habla sobre el trabajo personal. Lo cierto es que el poema se ubica a la par de toda su obra posterior a​​ El reino, pues éste representó, como libro precursor, el comienzo de una propuesta a seguir que tomó un nuevo curso, aunque fuere como lo fue, propuesta excepcional y única. Lo vine a descubrir ahora, cuando escribo estas líneas y encuentro, junto con los fragmentos que anoté de "El viudo", la entrevista que el poeta Pedro Ruiz le hace a Ramón en el libro de la Colección Premios Nacionales de Cultura (Ramón Palomares, Habitando el reino,​​ Caracas, Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2007): "Ya en​​ El reino​​ –dice Ramón– me planteaba que era necesario desarrollar elementos de lenguaje que expresaran con más énfasis nuestro entorno. No puedes estar a cada rato mirándote en el espejo del otoño o en la nieve invernal. Aunque son elementos admirablemente poéticos, en situaciones como las que personalmente vivía, no habían sido vivenciados de modo suficiente. No eran mis vivencias (...) Y en ese lenguaje, el lenguaje de​​ El reino, priva más una búsqueda estética, un orden más clásico (...)"

 

El poema "El viudo", como decíamos, bien pudiera haberlo incluido él en uno de sus libros posteriores, pero tampoco, que yo sepa, lo hizo, acaso porque desistió de reiterar los temas vivenciales que ya comenzaba a plantearse en ese texto. Parece confirmarlo el hecho de que tampoco aparece en esta compilación de poemas inéditos que él mismo organizó en su mayor parte y dejó a su familia y a nuestro querido Pedro Ruiz para que decidieran sobre su destino.

 

Durante estos largos años yo también me había olvidado del poema, hasta que ahora, en una ficha entre las páginas de​​ El reino, descubro los fragmentos que por entonces, cuando no conocía a Ramón, recogí y anoté tal vez con el propósito olvidado de comentarlo con él cuando los azarosos vientos del destino juntaran nuestros pasos. Lo último ocurrió pocos años después, cuando se juntaron nuestros pasos, pero lo primero, el propósito fallido, tomó otro derrotero, el del compartirse con los lectores de este libro.

 

II

 

Vida y obra de Ramón Palomares forman parte de una misma determinación, ser fiel al espíritu de la realidad de la que formó parte durante toda su vida: los hechizos del paisaje andino, los seres alados y terrestres de su reino, con sus fantasmas de candor y reverencias, el rumor que se desliza en la flor y emerge entre la bruma y el cobijo de la presencia familiar de los humildes con su habla de sosegadas entonaciones y arcaísmos. "Para mí ha sido por demás clara la relación de pertenencia con las clases desposeídas, a las que pertenezco por mi clase, por mi formación y mis ideales" —decía a Pedro Ruiz en la entrevista citada. Y agregaba: "Ese ha sido un nicho de especial importancia porque nací en un ambiente de extremada pobreza".

 

Pero su poesía abreva también en otras aguas, las clásicas de la gran literatura universal y de la historia humana, incluyendo las aún casi desconocidas de las culturas indígenas americanas, presentes todavía en el vocabulario popular cuando éste nombra sus ríos, montañas, utensilios, sitios del corazón. Otras veces su razón sensible se interroga y se subleva ante el cerrojo, la mortaja o la vanidad, y se expresa, aunque en infrecuentes ocasiones, en alusiones encubiertas o sutiles o imperceptibles dardos o alegorías, como podemos leer en los primeros textos de la sección titulada​​ Flor de eternidad:

 

Cuán loco y torpe eres Mi Paraíso

Negro como los perros del infierno (...)

 

No aspires a librarte de la muerte​​ 

sino a vivir.

La batalla se libra a tu pesar​​ 

y no encuentras las armas,

 

(en el poema "Paraíso")

 

O bien:

 

Muerte

enemiga de los espejos

aparta la bandera de España (...)

 

Sí España dice Muerte

nosotros arrasamos el color de su fuego​​ 

y este corazón volará como una nube de azufre sobre la frente de tus

guerreros

 

Gentes de América

Hemos de creer en nosotros

 

(en el poema "Muerte")

 

O en este breve poema, "Estado de cuenta":

 

Este es el corazón de la vida

Un diálogo permanente con la realidad​​ 

o tal vez un monólogo en el que un espejo invisible

parece respondernos.

 

III

 

Existen formas de estar en el mundo que devienen de raigambres intransferibles porque pertenecen al alma. Y aunque las confluencias culturales forman parte de la historia humana, también en nuestra América, en sus especificidades, se fueron instaurando entrañables comarcas milenarias de recurrentes savias, víctimas con el tiempo de la intolerancia supremacista y la invisibilización, no para formar parte de la gran cultura universal sino con el propósito de despojarlas de toda pertenencia material y espiritual. Ramón Palomares integra el género de poetas que han recobrado con orgullo, como hijo de una cultura y una historia, la parte que le toca de esa pertenencia desde el alma y para el alma. Su poesía rescata la otra poesía, la ocultada casi siempre en los manuales, la del habla de los siglos transformada en hechizo, ternura y portentos recobrados. En este libro confluyen los temas eternos del poeta enraizado en su reino de resplandores, pero que no reniega de otras savias inmortales. De allí las presencias de reinos universales que forman parte del legado humano e imantan con su ejemplo tanto como la razón, los sentimientos. De allí las alusiones a los forjadores de nuevos horizontes, a quienes abrieron las compuertas de lo sensible para que entrara el fulgor errante del misterio y se develaran sus sombras. De allí los cantos a Humboldt y Bonpland, tan admirados por nosotros dos, en este y otros libros como​​ Alegres provincias. De allí las​​ Honras fúnebres​​ para que Bolívar despertara en poesía y con ella despertaran sus relámpagos. De allí​​ Santiago de León de Caracas, para que la gesta conquistadora del valle de Guaicaipuro y Tamanaco y Tiuna y Terepaima y Catia y tantos otros, no quedara en la sola historia de sus victimarios.

 

Esta compilación contiene en realidad tres libros. El primero,​​ Yo, el resplandor, de lenguaje bucólico de exultante sobriedad, se pasea ante las pequeñas maravillas del paisaje andino y los seres que lo pueblan. El segundo,​​ Flor de eternidad, tal vez podría concluir donde comienza el poema a Humboldt, que junto con el dedicado a Bonpland, podrían representar un único poemario hermanado con​​ Alegres provincias​​ (1988). Y finalmente​​ Otros poemas, textos que datan de diversos años y que Ramón ha debido salvar y seleccionar después de las meticulosas y casi interminables revisiones y correcciones que solía hacer.

 

Para dicha de los lectores, poder tenerlos en un solo volumen, no deja de representar una especie de guiño del querido hermano que desde su presencia inmortal quiso agrupar las líneas maestras de su imperecedero magisterio.

 

 

 

El silencio de una poesía escondida

 

LUIS ALBERTO CRESPO

 

 

"Quieto, muy quieto, como si nada hubiera ocurrido", escribió antes de que se detuviera su corazón (su latido de liebre). Yo lo vi una noche, entre los dos, hasta el amanecer, hace ya muchos plenilunios, y me dijo:​​ el licor iniciático nos avivaba la nostalgia, que en su pasado había comenzado con la pobreza, los pies descalzos en una placita de Escuque. Mal podía avizorar entonces mi contertulio, que aquella su confidencia y las lentas palabras que ennegrecían aún más sus pupilas y ardían en el suspiro, habrían de permanecer largas noches al fondo de un arca, tiempo después de haber concluido su obra señera, tarde ya, cuando las últimas golondrinas de su balcón enlutaron su vida en medio de ese murmullo que fue siempre su callada conducta de creador de sentimientos y arcanos de niebla y aromas.

 

Callado modo el suyo fue su labor de​​ miglior fabro, que sólo al concluir su escritura hímnica y blanca (nunca transcurrió tiniebla alguna en lo que dijo, ni siquiera cuando sobrevenía el melancólico pesar), cedía su mutismo poético a la verdad pura de la transfiguración de lo vivido en belleza.

 

Débese al fervor poético de Pedro Ruiz, a su paciencia de labrador, y a la largueza de la amada del poeta, que tal escritura escondida se ofrezca hoy a nuestros ojos y a la delicia a que nos habituara toda su obra hasta hoy conocida.​​ 

 

¿Cómo ocurrió tal silencio? ¿Por qué hubo de suceder el golpe seco y perfectamente serio que escuchara Antonio Machado cuando biografió el momento en que ocurriera nuestro último domicilio para que las manos del asimismo poeta, el memorialista trujillano y la ternura de María Eugenia Chávez, dieran con estos escritos varios (misivas, cartas, pétalos, anotaciones, "epístolas desvaídas") hasta topar con una maravilla largamente sumergida en el secreto?

 

No puedo menos de evocar aquella noche en que Ramón Palomares tocara a las puertas del recodo donde entonces existiera el refugio altamirano de Juan Sánchez Peláez. Traía su amigo (con quien tanto quería) un puñado de hojas escritas con sumo celo y casi de seguidas entonó su contenido: era la primera vez de​​ Alegres provincias, aquella prosa indispensable para entender la eternidad y perfección verbal con que Ramón Palomares, después de Paisano y de​​ Adiós Escuque, sintiera la travesía de Humboldt, recreando en glosa maestra la aventura por selva y asombro del autor del viaje a nuestros equinoccios.

 

Si no hubiera ocurrido la revelación que confesara a Pedro Ruiz, harto hubiera sido nuestro desvarío en el desconocimiento del origen de ese oro de manuscritos, mudos durante tantas horas, los cuales fulgían entre la vegetación de ese suelo de trazos, borraduras, oraciones, juramentos, al fondo del baúl que decimos.

 

Supimos entonces que sus títulos,​​ Yo, el resplandor,​​ Flor de eternidad​​ y algunos poemas solitarios, reservaban (acaso incomprensiblemente, a pesar del recato a que nos habituara su autor en revelar algún recuento de sus desvelos) el hallazgo azariento de tales tesoros, algunos de ellos dados por perdidos en algún mentidero de café y cerveza durante cierto descuido de su inventor.

 

¿A qué tanta soledad sufrieran esas maravillas? Alguien —nos refiere Pedro Ruiz— rescataría del olvido parte de sus escrituras, sobremanera las de​​ Yo, el resplandor, que Palomares las había destinado a la nada de las cosas perdidas.

 

Acercarse hoy a su lectura regala el descubrimiento de una poesía humboldtiana, esta vez liberada de la glosa que le diera génesis, atribuida sólo ahora, al arte figurativo y lírico del maestro. Obra de incalculable belleza es de quien hiciera alianza con el afuera del aroma, el murmullo y el canto, trasuntada en motivo de orfebrería. Su frecuentación, hoy, que vive la perpetuidad de su publicación, es gozo inagotable cuando tienen vecindad temática y vastedad estética estas dos creaciones. Así, aquella, la de​​ Yo, el resplandor​​ y esta, la​​ Flor de eternidad, por decir la individualización de la poesía que se nombra y se confiesa y la reinvención humboldtiana de un sorprendente Palomares, hallase ya libre del préstamo a Humboldt, dueño de un nuevo lenguaje de exuberancia, o si no de un​​ work in progress​​ donde lo íntimo y lo cósmico se visitan, sin que ocurra nunca una interrupción lingüística pero sí de estilo post​​ Alegres provincias.

 

Alcanza Palomares en ambas obras una hasta ahora desconocida maestría, "una urdimbre encantada", entre dulzura y rudeza, aspereza y sedosidad, identidad y desdoblamiento, puramente Ramón Palomares, tocado por una sorprende perfección de lo maravilloso.

 

 

 

La poesía eterna de Ramón Palomares

 

PEDRO RUIZ

 

 

El día que se marchó (4 de marzo de 2016) Ramón Palomares conservaba plena lucidez. Los últimos días de su vida leía a los poetas amigos, crónicas de viajeros antiguos y libros de ciencia. Leer sobre el cerebro humano era uno de sus temas preferidos; seguramente buscaba explicación sobre el destino humano y su comportamiento.

 

—Vamos al Jardín Botánico —me decía— aquellos días en que yo iba a Mérida y su salud nos permitía dar un paseo por sus lugares preferidos. Tomábamos el camino de La Hechicera, y allí, a un lado de la Facultad de Ciencia Forestales, entrábamos al Jardín Botánico. Lo envolvía el silencio; se volvía un sólo mirar y tocar. Acariciaba las plantas y cuando regresaba de su ensoñación, las nombraba por su nombre común y el científico. Auscultaba el paisaje y siento que recordaba. El nació en un jardín, aquel Escuque que en 1935 tenía apenas 2 000 habitantes y los patios y solares eran una sola sombra de guamos, bucares y caracolíes, porque abajo crecía el café que daba nombradía a aquella comarca enneblinada.

 

En varias oportunidades compartí con él en su casita del Páramo de La Culata. Caminábamos a las orillas del frailejón, o en San Javier del Valle adentro, bajo la sombra de los fresnos. Su libro​​ Mérida, elogio de sus ríos​​ da razón del encantamiento del poeta por aquel paisaje que hizo suyo. Lo habitaba el resplandor, la memoria que atesoran las aguas, y como un iluminado devolvía la eternidad del río en cada verso suyo.

 

Cuando nos encontrábamos en Trujillo desandábamos​​ El Reino. Vamos al Boquerón —me indicaba—, o nos íbamos camino de El Palmar. Con el poeta Jesús Enrique Guédez hicimos una vez el recorrido. El poeta Guédez filmaba "Saludos, ¡Precioso Pájaro!", película dedicada a Ramón Palomares. Fueron días muy hermosos, de grata recordación para el poeta.

 

Ese era Ramón Palomares, el hombre que nos sigue viendo desde el cauce de un río o desde los ojos de un niño campesino. Basta con abrir cualquier libro suyo para ponernos a llorar, a cantar, o a soñar. Para estremecernos ante una obra que tiene una piel sagrada, pues está hecha de la hondura más honda del corazón humano.

 

El libro que ponemos en sus manos forma parte de las páginas inéditas que dejó el poeta. He tenido acceso a ese tesoro con la autorización de su familia, de su esposa María Eugenia Chávez. Junto a Gonzalo, uno de sus hijos, y a mi compañera Omaira, hemos transcrito sus poemas, los escritos a máquina y los manuscritos en pequeñas libretas.

 

El criterio para esta edición fue dividir la obra en tres partes. La primera, el libro titulado​​ Yo, el resplandor, el cual consta de 89 poemas, sin título, pero numerados, tal como los dejó el Maestro manuscritos en una libreta. La segunda parte,​​ Flor de eternidad, es una recopilación de textos, escritos a máquina, que extravió el poeta a mediados de los años 70, y que fueron entregados a su familia en un homenaje póstumo que le hicieron en Mérida, en el 2017. Algunos de esos poemas pudieran ser un antecedente de su libro​​ Alegres Provincias, publicado en 1988, en homenaje a Humboldt. Y la tercera parte,​​ Poemas sueltos, escritos a máquina originalmente por el poeta en distintas décadas, unos con título y otros no.

 

En general, es la obra de un poeta universal. Un poeta que vuelve al origen en cada texto. El libro comprende poemas de los años 60, 70, 80, 90 y algunos de principio del siglo XXI. Vale destacar, que ésta es la segunda publicación de textos inéditos de Ramón Palomares. La primera obra, titulada​​ Crónicas del aire​​ (Fondo Editorial Fundarte, 2017) contiene memorias, discursos, anotaciones, poemas sueltos y una entrevista que le realizamos en vida.

 

Y es que Ramón Palomares desde su eternidad nos sigue hablando...

 

 

 

 

 

PARAÍSO

 

Cuán loco y torpe eres. Mi paraíso.

Negro como los perros del infierno.

Torpe como los muertos​​ 

como un cuero curtido con huesos.

Y un pájaro volando hacia abajo

tierra abajo

hasta el fondo.

Esto es asar perros de peste y comerlos así​​ 

en cuclillas.

Así comí y bebí hundiéndome​​ 

y la carne arrastraba mi corazón.

—Ama, Ama de nuevo.

Ama otra vez, ¡Maldito! ¡Vuelve a desear!

Y entonces mi corazón

lloró en su noche y esperaba la luz llorando​​ 

pero jamás llegaba ni despertaba sol alguno.

Flores que volaban conmigo

desesperaban abriendo y cerrando iris y auroras,​​ 

pero yo era como la hélice de un barco muerto

y amarrado como un asesino.

Mi enemigo me golpeaba con cuanta piedra,

palo y vidrio.

Inventaba su infierno​​ 

porque en mi guerra siempre calculó mal.

No aspires a librarte de la muerte​​ 

sino a vivir.

La batalla se libra a tu pesar​​ 

y no encuentras las armas.

Blandir y eludir no estaban en tu orden:

Tu inútil sabiduría.

 

No escuches cómo estoy llorando sin fin​​ 

y tocando cuerdas que el cielo hacía tiempo

creía muertas.

Entre los perdidos, este llanto es

una forma de morir.

Pero este es uno de tus engaños.

Paraíso, porque no sabría descartar.

Y un tesoro de negras perlas.

O un hallazgo de plata​​ 

me perderían,

esplendores de sombría igualdad.

 

 

 

GRAN DIABLO

 

El hombre Achi, Va-sitri, Gran Diablo,​​ 

lo vimos sobre el lomo de un gato grande.

Lo vimos entre hojas altas, en las ramas, agarrándose

la barba.

Velludo, de piernas de oso.

Se apoderaba de las mujeres, vivía con ellas por

la Sabana.

Va-sitri, El Salvaje,

embellecido por mujeres que le querían.

Tiene las orejas como la nieve y frente de venado.

Oso y gibón.

Una dama

recordaba su dulce carácter​​ 

en sus hijos un poco velludos.

Se balanceaba en las cataratas​​ 

volaba a rastras entre nubes de garcitas y ranas​​ 

agarraba por las orejas cerdos salvajes.

Simia satyrus.

Gustaba de flores grandes. Ictiófagos comedor

de frutas acuáticas

corre el viento y arremolina aves asustadizas.

Viento arisco.

Tus hijos avanzan y yo soy su cuchillo.

Del cuero de tus reses lo hicimos.

Los horizontes se han hundido.

Lluvia fuerte.

Agua verde.

Los párpados eran luminosos y sus peces de fuego.

 

Hacia la mañana vi el mundo desde un pequeño pájaro

que bajó

a escarbar y picotear la tierra.

Y estaba el mundo sombrío y asustado​​ 

en una ventana azul.

Y el brote de hojas recién nacidas aleteaban suavemente

en el bajío

negro

donde la hormiga erraba aquí y allá, buscando

su muerte y recogiendo su vida.

Era un día gris y el fuego de la cocinilla apretaba

al agua balbuceando un canto.

Y un rosario

entre paredes amarillentas donde el olor del guiso​​ 

y la sopa

encuentran aire y parten.

Había un verdor ligeramente húmedo más allá

de las tapias y las tejas​​ 

que guardan el techo

y soplos ariscos irrumpían por las ramas​​ 

gorgoreando y manoseando en las hojas como​​ 

si emprendieran un último

baile

antes de que la lluvia les cortara el sueño​​ 

y las volara hacia el sanjonal

donde el riachuelo las sorbiera.

Un cielo de ácida leche, con rajaduras hoscas negreaba

el lomo sobre

la quemada montaña...

Y el pulso se hizo allí

entregándose al blancor, que se entregaba al miedo​​ 

como en un mar de vastísimos truenos.

Y luego fui agua fría.

Una cabeza chorreando el agua fría y sacudiéndose​​ 

para despertarse

y ser un rostro sorprendido.

Porque sus ojos no lo revelaban sino lo deshacían

en el ámbito

siempre desconocido.

Y arropé tu cabello, hilos penetrantes que resbalaron​​ 

por la piel

estremeciendo el adormilado curso de sangre​​ 

y levantando tu sentido.

El infierno me estremeció con sus voces recordándome​​ 

horas amargas

y hundiendo largos y filosos puñales en mi frente.

Apoderándose del cielo y hurgando en la tierra apenas

visible y soñolienta

hasta que sacudí la cabeza y volví al purgatorio donde​​ 

el pájaro ya

echaba a volar.

Y voló hasta perderse.

 

 

 

PÁJARO DE LA NOCHE

 

Pájaro de la noche

que alumbras el corazón fatigado,​​ 

abre tus alas y en este oscuro océano​​ 

cúrame de la muerte.

Desde tu nido en el fondo del cielo

donde duerme la felicidad

apura tu diadema.

Tu perfección deja caer en mí​​ 

como un canto del cielo​​ 

y el camino de lo eterno a lo perecedero​​ 

cruzaré contigo levantando las flores.

 

Pájaro de la noche

desde tu nido en el fondo del cielo

apura tu diadema​​ 

y cruzaré contigo eterno​​ 

levantando las flores.

El aroma de los astros​​ 

vierte en el rocío​​ 

y mi corazón fatigado

volará más alto que la muerte.

Ya el follaje bajo tus alas

bate su música de esmeralda y cítaras.

 

Pájaro de la noche.

Desde tu nido en el fondo del cielo​​ 

apura tu diadema

y el aroma de los astros vierte en el rocío.

Tus alas de esmeralda y cítara​​ 

llenarán la sombrea de ambrosía​​ 

y mi alma beberá su imposible.

La flor de la muerte​​ 

yace oculta

pero su escarlata me ilumina.

 

Diadema de la noche​​ 

que alumbra el corazón afligido.

Como un pájaro de plata​​ 

abres tus alas en el oscuro océano.

Y el alba llega a curar de la muerte​​ 

desde el nido profundo​​ 

que guarda el dolor​​ 

y la felicidad.

Tus diamantes se mueven

girando hacia el vértigo de un pequeño amor​​ 

que llora.

Y el camino de lo eterno a lo perecedero​​ 

recorres con ligero pie​​ 

y brotan las flores.

Los ojos de los amantes muertos​​ 

y los besos y deseos perdidos​​ 

toman de ti un nuevo rocío

como un herido el áspero alcohol que reconforta.

Ven y te daré las joyas de la noche.

Vuela y aproxímate sin temor.

Ilumínate.

No habían entrado en tus ojos las fuentes negras.

Volar, volar y volar más y siempre

llegarás a la altura.

No la música. El Silencio.

No la oscuridad. La Noche.

No la luz. La Vida.

Sentí unas alas junto a mí​​ 

el olor de unas flores.

Quién era yo que así nacía.

Tal vez un astro, una llamarada muy lejos​​ 

era una muerte.

Y toda vestida de azul​​ 

viéndome en el espacio sin retorno.

Reclínate y me recliné.

Vi mis ojos cerrados.

Vi mi corazón silencioso.

Joyas mías.

Mi eternidad.

 

 

Librería

También puedes leer