Salmo para los levemente inclinados
Este no es
un buen año.
Pero posee
testigos.
Cuando los miras protestar ante el poderoso,
ya que quién más lo hace,
se mantienen
como astas afuera de la casa de justicia
tras un viento del noroeste.
Han venido con
los zapatos incorrectos
para la revolución.
Aun así
aquí están.
Consuela, Señor,
sus cuerpos –
cada uno un signo de interrogación
haciendo tiempo
como un perchero,
colgando como abrigos ajenos.
Ellos son tu legión
de cucharas dobladas.
Son los únicos
que han venido–
con su andar ortopédico.
He visto a mi gente reclinarse–
no hacia la esperanza sino uno hacia el otro.
Entonan sus cantos fuera de ritmo
y lo hacen en serio.
Esta es mi gente:
sin lágrimas– nada más
que el vapor desde una tetera
que nunca consigue hervir.
En tiempos como estos, no nos olvides:
a los desequilibrados
que se ladean unos contra otros
como libros húmedos
olvidados en las escalinatas–
Nadie los abre ya.
Pero ellos aún insisten
en avanzar con la trama.
Consuélanos a los que seguimos de pie–
mitad espantapájaros
mitad saxofones
con un graznido.
En tanto la rigidez se torna política estatal,
consuélanos sentados–
en ese colapso que llaman calma.
En el año en que vengan por nosotros
mira a mi gente
hacer carteles de protesta
con las cajas viejas de pizza.
Mira–
aquí no hay gente aburrida
lo cual es desafortunado.
Podrías pensar que estadísticamente
contaríamos con al menos algunas–
almas sencillas
con nada más que trivialidades por hacer.
Pero ninguno es tibio.
Cada uno–
un portafolios
que se mantiene unido
con cinta adhesiva.
Estos son tus santos deslucidos por manchas de café
quienes se alzan no con trompetas
sino con Advil.
Se ponen de pie
y aguardan
arrugados como mapas
de un país
que ya no existe.



