Salmo para los levemente inclinados, poema de Ilya Kaminsky

Ilya Kaminsky (Odessa, Ucrania, 1977) es poeta, traductor y profesor. Ha publicado recientemente los poemarios Dancing in Odessa y Deaf Republic. Galardonado con reconocimientos como la Beca Guggenheim y la Beca Whiting, su trabajo poético entrevera las vivencias personales con un enfoque crítico en torno a temas sociopolíticos contemporáneos. El presente poema apareció originalmente en inglés en The New Yorker en la edición del 19 de enero de 2026. La traducción al español es de Gustavo Osorio de Ita.

 

 

 

 

 

Salmo para los levemente inclinados

 

 

Este no es​​ 

un buen año.​​ 

Pero posee

testigos.​​ 

 

Cuando los miras protestar ante el poderoso,​​ 

ya que quién más lo hace,​​ 

se mantienen

como astas​​ afuera​​ de la casa de justicia

tras un viento del noroeste.​​ 

 

Han venido con

los zapatos incorrectos

para la revolución.​​ 

Aun​​ así

aquí están.​​ 

 

Consuela, Señor,​​ 

sus cuerpos –

cada uno un signo de​​ interrogación

haciendo tiempo​​ 

como un perchero,​​ 

colgando​​ como abrigos​​ ajenos.​​ 

 

Ellos son tu legión

de cucharas dobladas.​​ 

Son los únicos

que han venido–

con su andar ortopédico.​​ 

 

He visto a mi gente reclinarse–

no hacia la esperanza sino uno hacia el otro.​​ 

Entonan sus cantos fuera​​ de ritmo

y lo hacen en serio.​​ 

 

Esta es mi gente:

sin lágrimas–​​ nada más​​ 

que​​ el vapor desde una tetera

que nunca consigue hervir.​​ 

 

En tiempos como estos, no nos olvides:

a los desequilibrados

que se​​ ladean​​ unos contra otros

como libros​​ húmedos

olvidados en las escalinatas–

Nadie los abre​​ ya.​​ 

Pero​​ ellos​​ aún insisten​​ 

en avanzar con la trama.​​ 

 

Consuélanos a los que​​ seguimos​​ de pie–

mitad espantapájaros

mitad saxofones

con un graznido.​​ 

En tanto la rigidez se torna política estatal,​​ 

consuélanos sentados–

en ese colapso que llaman calma.​​ 

 

En el año en que vengan por nosotros

mira a mi gente​​ 

hacer carteles de protesta

con las cajas viejas de pizza.​​ 

Mira–

 

aquí​​ no hay gente​​ aburrida

lo cual es desafortunado.​​ 

Podrías pensar que estadísticamente

contaríamos con al menos algunas–

almas sencillas

con nada más que trivialidades por hacer.

 

Pero ninguno es tibio.

Cada uno–

un portafolios

que se mantiene unido

con cinta adhesiva.​​ 

 

Estos son tus santos deslucidos por manchas de café

quienes se alzan no con trompetas

sino con Advil.​​ 

Se ponen de pie

y aguardan

arrugados como mapas

de un país

que ya no existe.​​ 

 

 

 

 

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