hojear un libro
buscar con la mirada
un rastro en el papel
un guiño en algún trazo
una señal de tinta
una huella grisácea
que congele la vista
que capture los ojos
y a nosotros también
y nos obligue a recorrer el texto
buscando algún sentido
que oculto e imperceptible
agazapado al acecho
espere ese momento
de saltarnos al cuello
ojear unas páginas
buscando cualquier significado
por confuso que sea
que consiga explicarnos
finalmente quién somos
más allá de este tiempo
mare nostrum
un día te creímos cuna de una vida
que mecían las fábulas a una y otra orilla
de los sueños
te hacíamos azul y blanco espuma
y pintábamos de luz
también de noche
tus imágenes en nuestras retinas
entre tus playas la arena recordaba
castillos de una infancia
que el tiempo había derribado
hoy
mediterráneamente ajenos
nos contemplamos en los ojos opacos
de los cadáveres
que tus aguas ceniza arrojan
a la costa
reos desmadejados de tu paraíso roto
nos condenamos
a este único infierno
a miguel Labordeta
dialogando con su retrospectivo existente
y a antonio pérez lasheras
que me adentró en su mundo
prospectivo inexistente
nosotros que nacimos
sin conocer la guerra
como tantas veces nos han dicho
hemos sido testigos
de más guerras que nadie
triste récord el nuestro
que no recogerá
ningún libro de masas
apenas un poema
las hemos compartido
en comidas y cenas
y si la realidad no nos bastaba
el cine acudía velozmente en su ayuda
y materializaba el horror
arrebatándole a la imaginación
todo trabajo
en muchas ocasiones
había que recrearse en la tragedia
qué mejor forma
que hacer de la figura de los niños
la imagen de esas guerras
esa niña sin nombre
arrancada a la muerte
de entre los cascotes
de la guerra de españa
los niños que nos miran
desde la puerta de entrada al holocausto
la niña vietnamita del napalm
esos niños soldados
de las guerras en áfrica
los niños reclutados
por los jemeres rojos
que juegan a matar
con muertos de verdad
los niños de las calles brasileñas
caídos en la guerra diaria de la vida
el niño kurdo que lejos de reír en una playa
yace muerto en su arena
hay veces que el papel
ya no lo aguanta todo
kim phuc
alan kurdi
quién recuerda sus nombres
convertida en monumento
de un largo anonimato
su ausencia se abre paso
en la herida del tiempo
dónde acabaron todos
quién hizo de sus vidas
poco más que únicamente una fotografía
cuántos muertos
nos han acompañado
en nuestras vidas
en qué lugar de nuestra memoria
yacen ahora sus cuerpos
nosotros que nacimos
el año en que empezó la construcción
del muro de Berlín
podemos
como tantos
de los que nos precedieron
-o llegarán después-
esbozar grandes mapas
de ese pozo sin fondo
que es nuestra condición
hasta aquí lo que fue
lo que ha sido
lo que hemos dado en llamar
nuestra vida sin guerras
éramos niños a la conquista de la noche
a bordo de dos camas mecidas por las sombras
en el único océano de una misma infancia
pertrechados con más o menos ropa según
fuera verano otoño invierno o primavera
clavábamos la vista en nuestro único cielo
y nos contábamos historias como los viejos
marinos hacían en los cómics de bruguera
el plafón del techo permanecía grabado
durante unos instantes al apagar la luz
en nuestros párpados cerrados y sin más guía
que aquella falsa estrella disfrazada de luna
nos adentrábamos ambos en ignotos mundos
pasada la tormenta náufragos de los sueños
abrazados a la almohada la luz del día nos
echaba a las costas de esta otra realidad
Vivimos rodeados de fronteras
nos agarran y arrojan contra el día
presos en las costuras de la noche
nos proyectan contra el cristal de la ventana
retenidos
en la superficie inmóvil de las aguas
a un paso
de la transparencia inasible del aire
Noviembre llega gris,
de un gris perla apagado.
Y llega silencioso.
A pesar de los gritos en las calles
de quienes como yo
entienden que la vida
es más bien otra cosa.
Debería, sin embargo,
decir, tal vez,
que llega mudo
y que se niega
a hablar de su transcurso.
Noviembre llega
y se irá como se van los meses,
después de hurgar paciente
en los días y noches
y de dejar vacíos
los cajones del tiempo.
Así llega noviembre,
y así se nos va yendo.
Y no nos queda más
que un crepitar de hojas.
Varsovia, noviembre de 2020
día(s) de muertos
se nos acabó la mar
¿recuerdas? fue en el bósforo
se la bebieron los tiempos
desacompasados de los sueños
los reflejos de las aguas
se despojaron de sus brillos
y vertieron el azogue de la noche
sobre los recuerdos
un par de días antes
en las costas de antalya
-para ser más exactos
a treinta y un kilómetros al suroeste-
se dejó sentir un terremoto de 2,7
en la escala de richter.
como en las antiguas profecías
un mochuelo abandonó
el abrazo la caricia de la madera de un olivo
vistió los aires de nuevos vuelos
dibujó sus augurios
y se perdió en el occidente
en esmirna levantan los cadáveres
de otro terremoto
mayor que el anterior
pocos días después
y mientras tanto
en todas mis ciudades
mis fantasmas
acompañan en duelo
por las calles
al muerto que me habita
gramática interior
mis palabras
son la geografía
que me habita
el mapa en el que oculto
mentiras verdades
convencimientos certezas
preocupaciones dudas
mis verbos
deseos inconfesos
desbocados
mis sustantivos
conjuros de existencias
que juegan
a ser no ser
alternativamente
mis adjetivos
un intento constante
de aprehender el mundo
adverbios
preposiciones
pronombres
cómplices necesarios
tierra de nadie
mi silencio
• • • — — — • • •
unos puntos suspensivos se diría
tres rayas que los separan
de un alarido en suspenso
que llega desde el vacío
para decir que este sitio
este lugar que me forma
tiene hechuras de silencio
la humedad del desconsuelo
tres rayas que arrastran mudas
los mismos puntos que abren
suspendidos de la voz
esos otros que las siguen
poca tierra y poco mar
para ocultar un destino
que convierte en desterrado
apenas a un vagabundo




