Poesía norteamericana: Marcela Sulak

Leemos, en versión de Jeremy Paden, algunos textos de la poeta y traductora norteamericana Marcela Sulak. Su libro más reciente es La culpa (2024).

 

 

 

Marcela Sulak​​ es poeta​​ y traductora​​ oriunda de Tejas. Es​​ también​​ profesora de literatura en la Universidad Bar-Ilan en Ramat-Gan, Israel​​ donde dirige el programa graduado en creación literaria Shaindy Rudoff y dicta clases de literatura estadounidense, poesía, creación literaria y traducción.​​ Es la editora de​​ The Ilanot Review​​ y sus ensayos literarios, poemas y traducciones han aparecido en numerosas revistas, entre ellas:​​ The Boston Review, The Iowa Review, The Los Angeles Review of Books, Asymptote​​ y Gulf Coast. Es autora de varios libros, entre ellos:​​ La culpa​​ (2024), una novela corta en versos,​​ La ciudad de los​​ papirocielos​​ (2021),​​ La decencia​​ (2015),​​ Inmigrante​​ (2010) y su libro de memorias,​​ Una boca llena de semillas​​ (2019), una colección de microensayos líricos, todos publicados por​​ Black Lawrence Press. Traduce​​ al inglés​​ desde el​​ alemán, el​​ checo,​​ el español,​​ el francés, el hebreo​​ y el yidish.​​ Co-editó​​ con​​ Jacqueline Kolosov​​ el libro​​ El parecido familiar: una antología y exploración de 8​​ géneros​​ de literatura híbrida​​ publicada en​​ 2015​​ por la​​ Rose Metal Press.​​ En 2019​​ Sulak​​ fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en traducción por su trabajo con el libro de poemas de Sharron Hass,​​ La música de la vía ancha, su quinto libro de traducción​​ que​​ ha sido recientemente​​ publicado​​ por​​ la​​ University of Texas Press.​​ Una traducción previa, Veinte muchachas para envidiarme:​​ La poesía escogida​​ de​​ Orit Gidali, fue​​ nominada​​ para el premio PEN en poesía traducida en​​ 2017.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las cartas de amor de La Malinche a Fernando Cortés

 

 

 

1. Ningún cuerpo de agua ha sido nombrado por Cortés

 

 

Casi nunca lo imagino encarnado

cuando pienso en él.

 

Los aborígenes siempre
son la inversa:

palomillas blancas como-una-página-en-blanca,

tiradas por​​ 

la luz oscura de la razón.

 

Estas mañanas me despierto—descorriendo

las tapas​​ 
de un​​ tomo que se cierra lentamente—en​​ 

ese​​ vacío​​ oscuro

iluminado con foco que todos presumimos

ser el escenario.

 

Entre las sólidas riberas de su voz,

me gusta la manera en que mi lengua fluye​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

2. Como su traductor,

 

 

no hubo nada que​​ yo​​ temiera​​ 

más que su silencio,

menos las palabras​​ contra

las que el mundo recibe​​ 

sus degradaciones.

 

Él dijo que las calles estaban​​ adoquinadas​​ con​​ oro.

Él dijo que las calles estaban adoquinadas.

Él dijo que había calles.

Él dijo allí, allí.

 

 

 

 

 

 

 

 

3. Cartografía

 

 

Si hay solo una

verdadera senda,

como dicen los frailes,

debe de haber

muchos mapas, y sus​​ 

cartógrafos cacofónicos,​​ suscitan

nuestra atención a las​​ 

semejanzas entre ella​​ 

y una lengua dorada.

 

Me dicen La Chingada,

a causa de él,

pero fue mi madre​​ 

la que me vendió,

y ¿no es verdad que hice un

mapa tan bueno

que se podrá rellenar cada pérdida​​ 

con un mundo?

 

 

 

 

 

 

 

 

4. Fotos de las vacaciones en el nuevo Edén

 

 

Típicamente​​ 

viajo en sistemas de transporte

local,

sacando fotos por las ventanas​​ 

polvorientas.

 

Im-

pávidas, nuestras aproximaciones seculares

viajan

por el papel fotográfico​​ 

de lo divino.

 

 

 

 

 

 

 

 

5.​​ Dioses maternos y paternos

 

Teosinte silvestre es muy pequeño y difícil de abrir.​​ 

Parecía una imposibilidad al comienzo, hace siete,​​ 

ocho, doce mil años atrás, que algo​​ 

saldría de ello. Pero entonces apareció un​​ elote

 

y de él, la madre y el padre de los dioses.

Estamos​​ más allá de todo eso​​ ya. Aún no hemos

aprendido cómo vivir en ese mundo. Y​​ aun así

sus huellas mojadas reaparecen en los sueños de sequías.

 

Las siete vacas hambrientas que consumieron

las siete mazorcas suculentas. Tenemos casi​​ 

la​​ misma oportunidad​​ de sobrevivir en el cascabillo

de un “nosotros,” envueltos en​​ hojas de maíz verde,

 

como el porvenir​​ lo tiene​​ de sufrir un aborto natural—aunque

ella se envejece con el paso de cada año​​ y por ende

uno siempre puede​​ esperar sin esperanzas,​​ ya que la esperanza

sería esperar por la cosa equivocada.

 

 

 

 

 

 

 

 

9. Puedes decirme madre, por supuesto

 

 

Me dicen La Malinche,

porque fui traidora. Cortés me decía

Dona Marina. Nuestros amigos

 

nos llamaban el mismo nombre.

Puedes decirme madre,

por supuesto. Pero lo que me gusta más,

 

son las​​ ignoradas​​ llamadas al sol,

y el maíz y las monedas, aquellas voces

luminosas que buscan a sus dioses por la eternidad.

 

 

La decencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una aceituna, una carta

Resumen del registro inquisitorial de Genevre Fonseca, Portugal 1642

 

 

Hay visiones que son peligrosas:

navíos​​ color​​ púrpura, azul o​​ magenta

que navegan por un cielo despejado​​ 

 

tu madre muerta​​ 

te ha conducido al cielo​​ 

tus hermanas te esperan​​ ​​ 

en la presencia de solteros​​ 

 

Y​​ obras de las que se debe​​ abstenerse:​​ 

el cantar y el tocar el laúd​​ 

disfrutar con gran júbilo​​ 

del confeccionar ropa nueva​​ 

 

Y​​ artículos que levantan​​ sospechas​​ o envidia​​ 

un corte de tela verde y fina,​​ 

pescado hurtado ligeramente frito

un corte de tela purpura​​ ​​ 

el olor de la canela​​ 

 

Hay frases que no te podrán salvar:​​ 

una rueca frente a una ventana​​ 

un cirujano famoso de esposo​​ 

una​​ edad tierna​​ 

 

Y si​​ se te mostraran​​ señas​​ del cielo​​ 

una mazorca de maíz​​ 

una​​ aceituna​​ 

una​​ carta​​ 

Genevre,​​ devuélvalos.​​ 

Genevre,​​ pida perdón.​​ 

 

Inmigrante

 

 

 

 

 

 

 

 

El chocolate

 

El día en que obtuve la patria potestad mi abogado me regaló un chocolate amargo ​​ 

en envoltura negra y plateada. Hace una vez vi vainas de cacao
secándose en la plaza de pueblo venezolano

 

durante Semana Santa; a través de las puertas entreabiertas de la iglesia, santos descascarados​​ 

husmeaban y fueron cargados​​ 

como infantes que padecen de​​ cólicos​​ por las calles nocturnas. El chocolate criollo

se espesaba con​​ harina de maíz y corteza de canela​​ 

​​ 

que alguien le​​ arrancaba​​ de los​​ árboles.​​ Para llegar a ese pueblo encontramos un pescador,​​ 

abrimos paso

entre​​ filas de marsopas,​​ luego caminamos cinco kilómetros

tierra adentro por​​ bananeros y cacaoteros,

 

que prefieren la sombra.​​ Hace una vez solo los hombres​​ podían​​ beber

chocolate.​​ A las mujeres se le permitía usar los granos de cacao como moneda,

para comprar carne o esclavos o pagar tributo.​​ Se siente bien imaginar un solo grano,

 

escondido en la boca proscrita,​​ la lengua​​ 

enroscada,​​ juntando la fuerza para empujar.​​ El rey azteca tiraba

cada vaso de oro martillado después del primer uso;​​ su​​ chocolate​​ era fresco como la sangre roja.

 

Les era un dios.​​ Era espumosa,

se​​ echaba al vaso desde una gran altura.​​ Al bañarnos en el río del pueblo, las niñas

se juntaban alrededor mío,​​ susurrando,​​ ¿por qué la tez tuya es tan clara?​​ ¿tu pelo tan lacio?

 

¿Nos permites trenzarlo?​​ ¿Dime, eres blanca?

El juez, nuestros abogados,​​ su padre y yo hemos decidido el destino

de mi hija.​​ El​​ opaco​​ líquido derramado​​ era tinta,​​ las​​ iniciales​​ con que firmamos​​ nuestro pequeño acuerdo.

 

¿Quién puede conocer el corazón de otro, la sangre

sazonada por la memoria,​​ derramada de una generación en otra

a lo largo de grandes distancias?​​ La palabra maya para chocolate significa​​ amarga.​​ El pueblo

 

hace una vez fue una hacienda;​​ ahora es una cooperativa,​​ los socios son descendientes

de​​ exesclavos.​​ En​​ la vigilia pascual las mujeres se enfilaron​​ 

detrás de la más bella,​​ luciendo un​​ vestido largo de azul

 

celeste adornado de estrellas doradas.​​ Entre las décadas del rosario ella exclamaba,

mientras arrastrábamos los pies al ritmo de un merengue,​​ cargando los santos

por las calles,​​ alguien​​ lanzó una candela

 

romana.​​ La procesión de los hombres se detuvo para traguitos de ron.​​ Sé que lo cobraré ​​ 

hasta que muera.​​ La palabra en maya significa agua amarga. El cacaotero

fue desarraigado del​​ paraíso.

 

La decencia

 

 

 

 

 

 

 

El fin de Venezuela

 

 

i​​ Ser anfitriona en el sur

 

Allá por Roraima las yemas de los dedos de mis manos y​​ mis​​ pies ya habían echado brotes negros—de parentesco desconocido, ya que los dedos de mis pies habían entrado a los​​ huecos​​ de los fondos mojados de los ríos que cruzamos para llegar a ser aquellos éramos cuando parados​​ en este espacio frente la montaña. Pero el cielo​​ se había deslizado, también,​​ derramó alfileres de acero—a sus puntitos los nombramos​​ estrellas.

 

Otras mujeres devinieron​​ en jaguares mucho más fáciles que yo.​​ Cuando llegamos a la ciudad de las luciérnagas,​​ detrás de​​ la​​ meseta​​ tepuy,​​ los brotes en las yemas de los dedos empezaban a dejarse ver—esto​​ me hizo una​​ anfitriona—y diminutas alas brotaron de mis manos y mis pies.​​ Luego las yemas de dedos brotaron de nuevo​​ bajo​​ mi cuchillo, ya que no era tan generosa.

 

A medio camino de la subida de​​ Roraima,

 

La rana punta de flecha, la negra, extendida sobre la piedra al pie
de la catarata,​​ debajo​​ de​​ la​​ cascada de​​ loros verdes. El agua no paraba​​ de​​ golpear.​​ La rana se tornó picada con el salpiqueo.​​ Cada vez que colocaba​​  su pata y empujaba,​​ la tierra asentía a girar.

 

Desde la cima de​​ Roraima,

 

la madre de las aguas,​​ brotes de cristal croaban​​ en​​ su leche.​​ Debería durarnos por un montón de tiempo.

 

Roraima,​​ la Madre de las aguas,

 

el infante lloraba.​​ Toda la noche lloraba,​​ y hasta en la mañana​​ y episódicamente por la tarde.​​ Cada uno tomaba turnos abriéndole​​ la boca​​ el jaguar​​ el águila y el periquito—para que pudiéramos seguir​​ escuchando.​​ Cuando llegamos​​ a la pequeña boca del​​ Orinoco,​​ abierta sobre la meseta​​ tepuy​​ descubrimos​​ que echaba los dientes.

 

 

 

 

 

 

 

ii​​ El poner la mesa en el occidente

 

La barca pequeña estaba de costado​​ en la arena del​​ Coro.​​ Adentro,​​ una luz anaranjada—la naranja​​ de párpados cerrados.​​ Afuera​​ era el único azul
que​​ el mar nunca es.​​ La arena era blanca​​ por supuesto.​​ Ayer desplegué​​ una tela​​ marrón​​ resbaladiza sobre una mesa plegadiza:​​ quise crear más tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

iii​​ Costura en el norte: Los dos Caminos, Caracas

 

Para Caracas chillan los choferes,​​ para ti chillan los pericos,​​ un​​ garaje​​ al pie de esta montaña es la razón.​​ Una vez​​ ascendiendo​​ la montaña con mi bolsa​​ de​​ comida​​ hasta mi casa a medio camino​​ de la subida​​ me encontré con uno que vivía​​ en los restos del​​ pueblo​​ que esa montaña vestía en esos días​​ como una gorra deshilachada​​ y lo seguí como un hilo.​​ Ahora no tengo memoria del pueblo,​​ sólo​​ un hilo y la sorpresa súbita​​ de un periquito,​​ que se frenaba​​ con un​​ chirrido​​ un chirrido contra el cielo justo​​ en la ceja
de la montaña, allí al​​ 
fin​​ de​​ Venezuela.

 

Con la boca llena de semillas

 

 

 

 

 

 

 

Banco​​ de semillas

 

Mis padres casi nunca​​ podían​​ terminar el desayuno
sin mencionar el sexo.​​ 
P. ej.,​​ te dije
anoche que estaba resfriada, pero​​ 
te empecinaste,

 

en vez de​​ salud​​ cuando mi padre​​ estornudaba.
Nunca convidábamos a los amigos de la escuela
.
Amar es aprender nuevos hábitos
,​​ unos con huecos,

 

para un campañol o un topo,​​ ellos también tienen​​ ansias, por una semilla
o una​​ sorpresa—por ejemplo, una grama aborigen​​ 
de un valor nutritivo excepcional de venta en restaurantes​​ 

 

de moda en las ciudades capitalinas de noche, fue así
que descubrí décadas después que la mala hierba​​ 
de mi jardín​​ era endibia. Mientras tanto

 

mi padre y mi hermano conversan sobre el cultivo orgánico
se puede​​ ponerse las botas si se promoción bien​​ 
y​​ si la peste, la hierba mala, la sequía, y la lluvia​​ 

 

no estropean la cosecha. La vida no es un​​ hobby,
a​​ fin de cuentas.​​ Amar es poder discernir​​ cuáles campos
llegarán a ser habituales,​​ cuáles palabras serán​​ volteadas,​​ 

 

cuáles​​ pausas producirán​​ un banco de semillas robusto,
cuáles silencios reducirán el contenido de la humedad
por​​ 1%,​​ lo cual bajará la temperatura​​ 

 

de la habitación por​​ un​​ 12°C,​​ porque​​ si se tomasen​​ en conjunto,
se​​ multiplicará por dos​​ la vida útil de la semilla.
Cuáles​​ árboles, por ejemplo, se​​ podrán​​ injertar​​ 

 

tal que produzcan naranjas, toronjas,
limones, y​​ limonsones,​​ desde un mismo tronco.
Y cuáles pacanas pueden aguantar un riego

 

por la prole con un bote de​​ gas—él​​ dijo que​​ 
solo quería ayudar, aunque, conociéndolo,
también quería las chispas,​​ y por el encender

 

las moscas polinizadoras,​​ por amor, esa​​ cosa tan caprichosa.

 

La falla​​ 

 

 

 

 

 

 

 

Las nuevas matemáticas

 

Aunque Sharron Hass haya advertido que la racionalidad es el enemigo de la generosidad

 

el​​ sexo cuatro veces​​ a la​​ semana ÷ por nuestra pelea pública en la cena =​​ al sexo dos veces X, tu mensaje de texto​​ te quiero ver​​ alguna jornada hábil a mediodía.

 

Los cuatro regalos de cumple que compré para tus cuatro hijos​​ ÷ (cuando me dejaste saber que​​ cumplía​​ tu madre​​ solo​​ al​​ informarme​​ que le habías comprado flores
+
el hecho de que me​​ informaras solo​​ porque te había preguntado qué habías hecho ese día)​​ >​​ que tu madre​​ me llamara​​ el día de mi cumple para dejarme saber que​​ me iba a regalar​​ unas nuevas gafas de sol​​ ​​ tu aversión a mis gafas actuales.

 

El que yo pague por una hora de “clases de idioma​​ a la semana para tu hija para​​ intimar con ella​​ =​​ a las clases particulares que le das a mi hija en las nuevas matemáticas1

 

Eres el tamaño justo para mí​​ – (aunque algunos considerarían que eres demasiado bajo​​ X​​ el equivocarte sobre el color de mis ojos cuando enumeras lo que adoras de mi cara) <​​ esto es el amor de mi vida​​ en tus cartas de amor dirigidas a mí.

 

no te ves gorda, sólo te​​ pareces​​ como una​​ de esas​​ a quienes​​ no le importan​​ cómo​​ aparenta​​ en un bikini​​ <​​ la​​ mantequilla​​ que untas sobre​​ la tostada que me preparas y la mermelada que hizo tu madre, el café que me preparaste, a pesar de que ya me habías enseñado cómo usar la​​ máquina.

 

El que conduzcas y compres los suministros​​ para el​​ ciclismo​​ =​​ al que yo prepare y envuelva las bolsas de almuerzo​​ ​​ el que las sendas fueran muy por encima de mis habilidades.

 

Las flores que me compraste​​ ​​ El que tuviera que​​ pedirlos​​ ​​ El que no me gustan​​ los crisantemos blancos teñidos​​ de​​ azul​​ <​​ el masaje que me diste​​ – (el que te diera​​ uno primero​​ +​​ el que tuviera que pedírtelo).

 

Mi enojo y mi furia​​ – mi capacidad de pedirte perdón​​ >​​ el que compraras uvas del súper justo​​ cuando​​ mi huerta y viñedo están en plena vendimia.

 

Mi enojo tácito sobre el que platicaras con el dueño del​​ Airbnb​​ por una hora durante “la escapada cumpleañera” el año pasado (viaje que hicimos con tus hijos ya que cayó en el finde que tocaban visitarte)​​ mientras que​​ yo​​ esperaba para que nos llevaras al mar de Galilea​​ ​​ a tu rabia sobre​​ el que​​ yo​​ sintiera,​​ sin expresarlo, rabia.

 

Pero alguien tiene que llevar las cuentas,​​ por lo​​ tanto,​​ aunque siempre me olvido de​​ ello, tú siempre lo mencionas y luego siempre me acuerdo de que estás equivocado.

 

Extracrédito​​ por haber sido el mar de Galilea y cuando tu pensabas que me ahogaba, empezaste a nadar hacia mí con el flotador rosado de mi hija​​ (que yo misma había inflado),​​ aunque yo había nadado hasta el centro del lago bajo esas condiciones peligrosas en primer lugar simplemente para escaparme de ti.​​ 

 

La falla

 

 

 

 

 

 

 

Por dado

 

Tú, le dijo la mujer al marido, me estás tomando por dado. ¿Cómo, le contesto el marido, prefieres que te tomen? En el bolsillo del marido había un sacacorchos, una tarjeta de presentación y pelusa. Me gustaría muchísimo que me tomen, contestó la mujer, después de escudriñar los limones, por una impertinencia. El marido miró a la mujer. El marido se quitó las gafas de sol para mejor verle las niñas de los ojos. No, no, dijo la mujer. Ahora me tomas una abertura, y eso fue lo que nos hizo llegar a este lugar oscuro en primer lugar. Como ilustración, ella enumeró todas las veces que ella, como una abertura, había tenido ilustrar. No me di cuenta, contesto el marido, que una abertura fuese tan diligente. El esposo caminó veinte pasos y se sentó. Empezó a persuadir cuidadosamente a que unas olas entrar al puerto. Luego los dirigió a chapaletear. Aquí, dijo el marido esperanzado, hay un escenario incipiente para una impertinencia.​​ 

 

La falla ​​ 

 

 

 

 

 

1

​​ Las pedagogías que usan para enseñar las matemáticas en el colegio nunca es la que usaban cuando los padres las aprendieron.

 

***

 

Archivo Jeremy Paden

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