Poesía peruana: Noraya Ccoyure Tito

Leemos poesía peruana. Leemos algunos textos de Noraya Ccoyure Tito (1986). Ganó el Huauco de oro 2025 con el poemario De pájaros y peregrinos. Además de poeta es actriz.

 

 

 

Noraya Ccoyure Tito (Lima, 1986) es Licenciada de la carrera de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Master en Escritura Creativa en The University of Texas (El Paso). Directora, actriz y fundadora del grupo de teatro LLAQTA. Obtuvo una mención de finalista del Premio Paz de poesía con un poema en Miami BookFair (2022). En el 2023 publicó su poemario​​ Canto de ballena negra​​ bajo el sello editorial Alastor Editores. Ganadora del Huauco de oro 2025 con su segundo poemario​​ De pájaros y peregrinos.

 

 

 

 

 

 

 

C O R D E L  ​​ ​​ ​​​​ D E  ​​ ​​ ​​​​ R O P A

 

 

Yo quiero hacer un ruido con los pies

y quiero que mi alma encuentre su cuerpo

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Nicanor Parra​​ 

 

 

Mi vecina sube a la azotea a la primera hora del día,

lleva una canasta bajo su brazo​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y de su pecho  ​​ ​​ ​​​​ colgando va​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ pena desteñida.​​ 

 ​​​​ 

El viento revuelve su cabeza​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y la neblina traspasa sus dedos,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ ella le gruñe al mal tiempo​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y camina hacia el cordel

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ camina y escolta las últimas sombras

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ camina y aprieta ropas recién lavadas:

 

 ​​ ​​​​ -------un alambre con puntas zurcidas

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ recibe las prendas del hijo muerto--------

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Hilos de agua se desprenden por las mangas de la camisa militar

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y el viejo pantalón

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ en muda oración de carne abatida,​​ 

 

 

 

hilos de agua tornándose materia​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ multiplicándose en ampollas rojas  ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y espuma fermentada,​​ 

 

hilos de agua aferrándose a los pies de mi vecina,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ quien tristemente reconoce en aquel charco de sangre

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ la boca de su hijo:​​ 

​​ “MADRE, NOS DIJERON QUE VOLVERÍAMOS”.

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

El sol de Lima  ​​ ​​ ​​ ​​​​ con sus enormes ojos​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ evapora el encuentro entre mi vecina y su hijo,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ los manantiales clandestinos​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ no sobreviven  ​​​​ en la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

E N  ​​ ​​​​ U N  ​​ ​​​​ R I N C Ó N  ​​ ​​​​ D E  ​​ ​​​​ L A  ​​ ​​​​ N O C H E

 

 

Nadie me dijo que comenzarían

hoy los siglos de la noche. Lunes

de una ciudad sobre la desolación

Jorge Enrique Adoum

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ En un rincón de la noche,​​ 

señoras con trajes naranjas

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ recogen bolsas de basura​​ 

al son de un cuadrúpedo rodante. ​​ 

 

La neblina se adueña del asfalto

y ellas se detienen ante los despojos de Lima,​​ 

son niñas saltando de un abismo a otro​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ en cámara lenta.​​ 

 

En medio de jeringas y latas de gaseosa,​​ 

un vestido de novia se estruja en los fondos​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ del cilindro recolector,​​ 

—todas corren ​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ corren y rodean el pequeño tonel—

 

ellas sonrientes se prueban [una tras otra]

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el pálido hallazgo,​​ 

ya no son niñas

 ​​ ​​ ​​ ​​​​ ya no son señoras​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ son novias de carne y hueso

 ​​ ​​ ​​​​ 

El baile de bodas​​ 

inicia al ritmo de un carnavalito

para ahuyentar el frío,​​ 

agitan sus cuerpos en contra del viento

y danzan sobre aceras, ​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ desmonte​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y vidrios rotos,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ se turnan el dramático velo​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ en cada cambio de semáforo.​​ 

 

A la primera sonata del día,​​ 

se elevan los postes de la ciudad

y ellas desaparecen en su cuadrúpedo rodante,​​ 

dejando en las fauces​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ de la máquina trituradora,

un pedazo de tela blanca

que tiembla  ​​ ​​​​ gozosamente​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ en la oscuridad.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

C A N T O  ​​​​ D E  ​​​​ B A L L E N A  ​​​​ N E G R A

 ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

La ballena negra​​ 

se hace carne en sus paseos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ por la avenida.  ​​​​ 

 

Tras recorrer algunas cuadras,

recoge un pedazo de ciudad ​​ 

y lo arrulla con el lento​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ vaivén  ​​ ​​ ​​​​ de sus aletas.

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

Tan distraída va que cruza la calle

sin atender a los semáforos​​ 

y una muchedumbre de corbatas

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ la atropella: ​​ 

 

SU DESCOMUNAL CUERPO

CAE A LOS PIES DE UN POSTE

 

Un quejido​​ 

brota de su herido espiráculo,

pero nadie viene en su ayuda. ​​ 

 

 

 

 

El crepúsculo llega

con su llovizna partida,

la ballena negra​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ canta sus últimas notas​​ 

de playas y aguas perdidas.

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

Aquel débil cántico ​​ 

conmueve al poste que la sostiene,​​ 

y pronto sus demás compañeros​​ 

—ordenados en una línea​​ 

a lo largo de la calle—

la rodean y bajan sus cascos.​​ 

 

En el reflejo de su abismal ojo,

 ​​ ​​ ​​ ​​​​ el pedazo de ciudad​​ 

(que aún dormita en su regazo)

 ​​ ​​ ​​​​ apaga todas sus luces​​ 

y aguarda el siguiente día.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

E S T E L A  ​​​​ E N  ​​​​ E L  ​​​​ E S T A N Q U E

 

Para la otra Estela

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ I

 

La última vez que vi a mi hermana mayor​​ 

buceaba alegremente y en sus pies

cadeneta de peces traía,​​ 

 

a través del vaho de la Tarde​​ 

 

me contó de la carretera​​ 

donde hallaron muerto a su primer amor,

me contó de la enfermedad​​ 

que transformó su cuerpo de gacela​​ 

en costal de frutales secos,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

de la angustia de Mamá​​ 

al encontrarla en el mercado​​ 

tratando de vender sus muslos,​​ 

 ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ de su desconcierto​​ 

por la nocturna visita de dios​​ 

que intentaba colgarla del techo. ​​ 

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Estela me contó de aquel hospital

con su olor a pastillas vencidas

y de las duchas de madrugada​​ 

para acabar con el temblor de sus manos,

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ me contó de un muchacho​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ con guardapolvo blanco​​ 

que lavaba su rostro con dulzura,

a quien le dijo adiós​​ 

al verlo con una mujer cuya sangre

no era tan espesa como la suya,​​ 

 

me contó que el tiempo

era un niño travieso​​ 

que nunca limpiaba sus babas

y más bien raspaba sus pupilas,​​ 

 

me contó de aquella fría mañana,​​ 

cuando frente al espejo​​ 

comprendió que esa mujer y Ella​​ 

eran la misma cometa perdida​​ 

en un cielo lejano  ​​​​ 

 

 

 

 

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ II​​ 

 

Mi hermana mayor volvió al agua​​ 

dejando en la superficie a los inquilinos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ que habitaban su cabeza,​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ solo alcancé a ver la sombra de una cadeneta​​ 

perdiéndose en los fondos del estanque.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Estela nadaba camino a casa.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

C A R T A  ​​​​ P A R A  ​​​​ U N  ​​​​ P E L Í C A N O

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ No sé si te amo o te aborrezco

  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ como si hubieras muerto antes de tiempo

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ o estuvieras naciendo poco a poco

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ penosamente de la nada siempre

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Blanca Varela​​ 

 

Papá,​​ 

hoy que corre buen viento

debemos conversar

aunque una pared de tierra nos separe. ​​ 

 

Alguna vez me dijiste:

“la muerte es una puerta sin casa”

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Y era verdad.

 

Pues​​ tras varios años de tu partida,​​ 

tus escamas aún revolotean en las ventanas,

tus ropas cuelgan en el viejo ropero,​​ 

tu cola yace enredada en la caja de luz.​​ 

 

Papá,​​ 

ahora soy una mujer grande

y comprendo que la vida picoteó

incesantemente tu pecho de pelícano

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ forjándose una herida​​ 

de la cual nacimos mis hermanos y yo.​​ 

 

 

Recién comprendo que el dolor ​​ 

hundió tu cuello en el río,

haciendo de nuestro hogar​​ 

un buche amargo ​​ 

(donde el único alimento

eran piedras y plumas muertas),  ​​​​ 

 

recién comprendo el porqué

de tus violentos graznidos

durante la repartición de la comida,

de​​ tu obsesión con el vientre de mamá:​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

eran poses de tirano para ocultar

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ pasado de huérfano

 

recién comprendo tu silencio de agua,

tu torpe vuelo sobre nuestras cabezas,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ tu ausencia dominical,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ eras un viejo pelícano​​ 

con el corazón lleno de arena.

 

 

 

 

 

 

 

V I E R N E S  ​​​​ S A N T O

 

 

 

Entonces Pilato mandó a azotar a Jesús con un látigo que tenía puntas de plomo. Los soldados armaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto púrpura.  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Juan 19, 1-3.​​ 

 

 

Pater Noster que estás en los cielos

santificado sea tu nombre, reza mi abuelo

y su caballo espanta zorros​​ 

a la vera de un viernes santo se estaciona

 

seis niños duermen, pero no duermen

 ​​​​ se postran  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ señal de cruz​​ 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Venga a nosotros tu reino,

responden tiesos los hijos mayores​​ 

y el abuelo los flagela con el chicote​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ porque es tiempo de ascenso​​  

tres latigazos de cuero  ​​​​ tres peldaños al cielo

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Mi abuelo se aproxima a mi madre,​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ quién tiembla ante la parábola del azote​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ tres veces besa el látigo de tres puntas

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ tres veces besa la tradición de servir su pellejo​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ tres veces besa los colgajos de un dolor conocido​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ hágase tu voluntad

 

 

La santísima trinidad corta la piel de mi madre​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ así en la tierra como en el cielo

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ — santificada sea su espalda, sus heces, su orina

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y sus gritos se ahogan en las paredes tejidas con Motuy

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Viernes santo en Huaccana​​ 

seis niños duermen, pero no duermen

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ postrados  ​​ ​​ ​​ ​​​​ señal de cruz​​ 

 

los cardenales del cuerpo de mi madre no van al cielo

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y el niño Jesús sigue muriendo, ​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ entonces  ​​ ​​ ​​​​ yo me pregunto

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ ¿por qué abuelo no caíste en la tentación de amarla​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ como ella te amó alguna vez?  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Amén.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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