JORGE MANZANILLA: EL SILENCIO ES UN CUERPO DESMEMBRADO
Por Marco Antonio Murillo
En la tradición de la poesía mexicana más reciente, marcada por la ideología Woke y una voluntad de experimentar con el lenguaje de corte referencial, Negra Efeméride de Jorge Manzanilla nos propone que volteemos a ver la realidad sucia del contexto político y social mexicano. Manzanilla realiza una tarea riesgosa, se plantea: ¿Vale la pena recuperar la expresión poética de los textos patrióticos del romanticismo mexicano? Sí que lo vale, siempre y cuando mantengamos los pies en el siglo XXI y no lleguemos al clásico palimpsesto de poesía escolar: la oda a Benito Juárez, los sonetos a La Corregidora o los tercetos de La alhóndiga de las granaditas. El poeta hace una labor revisionista sobre la historia de México, y descubre que, por ahora, de poco sirve hablar de los héores y episodios nacionales que construyeron nuestro país (tal y como cantaron los poetas del siglo XIX), importa más indagar en los orígenes de la violencia que lo carcome en todos sus niveles.
El título Negra efeméride anuncia el tema: la efeméride o acontecimiento como registro histórico, y lo oscuro como herida que pudre la sociedad mexicana desde sus raíces. El poema, entonces, se convierte en un archivo donde el presente y la historia conviven sangrientamente, y donde la palabra funciona como denuncia y testimonio. Pero también el título consigue una paradoja: el poemario está signado por epígrafes de Platón, autor de la célebre La república, libro en el cual se plantea la idea de una sociedad y un gobierno perfectos. Esta paradoja se enmarca en el actual momento histórico: las calles mexicanas son zonas de batalla, mientras que en las mañaneras la presidente se ahoga en elogios sobre la reducción de los asesinatos y la pobreza en todos los rincones de México. Esto es un hecho penoso y patético que la historia de México recordará siempre.
Los poemas avanzan en torno a 3 capítulos y 1 prólogo: “Carrizo y ocarina”, “Estribillo nacional” y “República”. El poemario apela a un lenguaje simbólico que bebe tanto de las mitologías mesoamericanas como de la imaginería católica, para luego insertarse en el tiempo político del México moderno: Tlatelolco, Acteal, Aguas Blancas, Ayotzinapa, la guardería ABC, los feminicidios, la narco-guerra. Esos dolores mexicanos se plasman en un verso vigoroso en su imaginación, pero claro en sus imágenes. El lector se sitúa en un umbral doble: por un lado la construcción mítica, que convierte, por ejemplo, a la serpiente y al águila de la bandera mexicana en símbolo de violencia; por otro, la crudeza de la nota roja. Escribe Jorge en el poema “Chihuhua”:
Primer casquillo:
No encontraron Pólvora, sólo coágulos de lo que pudo ser un grito.
Michelle, dorso desnudo.
Segundo casquillo:
Nadie se atreve a pronunciar porque hace falta un rayo
que venga y no se vaya.
Michelle, un tiro en la frente.
Manzanilla parece advertir, desde el prólogo, que consiste en un poema titulado “Manifiesto a la res pública que”, que su apuesta es colocar a la poesía en el sitio del periodismo de denuncia: la metáfora, entonces, no es evasión, sino testimonio de un país que es un campo de batalla. El lector de poesía actual se preguntará si no es este el trabajo del periodista, y no será aquella (el periodismo) la forma en la que el mensaje de un país históricamente en llamas llegaría a una mayor audiencia. La prosa periodística, que atiborra páginas y páginas de los diarios nacionales, ha agotado sus datos, los reportes de la violencia son ya un lugar común, que a nadie alarma. El poema que propone Manzanilla abre grietas de sentido, utiliza el hallazgo poético y la metáfora no para maravillarnos, sino para sensibilizarnos. El poeta lo formula con claridad: Buscamos la Palabra / bajo el polen de nuestros miedos. Es decir, no se trata de repetir el horror, sino de encontrarle resonancias simbólicas que obliguen al lector a enfrentarlo desde su visión crítica.
El primer capítulo del libro, “Carrizo y ocarina”, lo constituye la figura de nuestro lábaro patrio: el águila y la serpiente. Manzanilla se da cuenta que esta imagen simbólica (un águila devorando una serpiente) es violenta, como toda la historia mexicana desde la fundación del pueblo azteca. Desde el poema “Serpiente verde” hasta “Águila de pencas”, los textos van explorando la mitología mexicana: serpiente franciscana, serpiente roja en la independencia, serpiente espina en las guerras insurgentes. Cada una porta un tiempo histórico distinto, como si la serpiente misma fuera un hilo conductor entre los mitos prehispánicos, la evangelización y las luchas de independencia. Pero la serpiente devorada no sólo es símbolo histórico, también es figura del sacrificio, y de las heridas de nuestro presente social: Que esta cabeza edifique la patria / sobre esta muerte, glorifiquemos.
Por su parte, el águila aparece atravesada de ironía y dolor. En “Águila espina” leemos: Odio y fusil en el mismo estribillo. En este verso la violencia de la patria se funde con el corrido, que nos recuerda los tiempos convulsos de la Revolución, una lucha armada cuyas conquistas sociales hoy están totalmente diluidas. De esta manera, los símbolos oficiales son siempre palimpsestos de otros: los sacrificios prehispánicos, la cruz y la espada, la bandera mexicana, los narcocorridos. Siempre llegamos al mismo lugar de violencia.
El segundo capítulo del libro, “Estribillo nacional” (nos recuerda el estribillo del himno nacional: Mexicanos al grito de guerra…), acentúa la dimensión de poesía civil. Atrás dejamos la fundación de México y nos adentramos a varios acontecimientos modernos signados por la violencia. Así, llegamos al poema “Sienes de Tlatelolco”, donde la cita a Jaime Sabines nos recuerda aquel fatídico día de octubre de 1968 en la plaza de las tres culturas. En “Pólvora de Aguas Blancas” la sangre de la masacre de campesinos se convierte en aguas turbias, rojas y lodosas, con casquillos / con olor al campo recién regado por la lluvia. En “Pluma Acteal”, el poema denuncia que:
Sobre esta página no se encuentran culpables,
tampoco hay un rastro o cuerpo encontrado.
Ciertamente hay balas, pero no corresponden a nadie.
ironizando la impunidad de los hechos históricos.
La fuerza de estos pasajes radica en que no se conforman con nombrar el hecho histórico; lo inscriben dentro de un registro poético que amplifica su resonancia. Las víctimas no son solo cuerpos caídos, ni datos en la mesa del forense: son materia transformada en palabras y luego testimonio de la verdad histórica en un país cuyas víctimas han sido silenciadas para siempre. En “Cordero de bala en tiempos de narco-guerra” se parodia el lenguaje jurídico y religioso para mostrar la farsa de la justicia:
Hay que levantarnos/ vamos a rezar/ dejemos todo en
manos de Dios/ Hervimos en el padrenuestro y se caen
los ángeles de la boca.
Aprendemos el vocabulario del día: armas, cartucho,
decapitados.
En “Página de 49 colores en guardería ABC” la tragedia infantil se traduce en un cromatismo delirante que vuelve insoportable el dolor: cada color es un cuerpo, un recuerdo, una pérdida. Y en “Salmo 43 Ayotzi vive”, el lenguaje bíblico se pone al servicio de la memoria: Tú que todo lo hueles diremos que: / Toda huella respira con su muerto” Allí donde el discurso político ofrece promesas incumplidas, el poema se atreve a preguntar y a incomodar.
El tercer capítulo, “República”, organiza el libro como un mapa de México atravesado por la muerte. El recurso literario recuerda Canto General de Pablo Neruda y Cementerio general del peruano Tulio Mora, pero con un giro poético. Cada estado tiene su tragedia: Chihuahua y sus feminicidios, Veracruz y sus desaparecidos, Guerrero y sus niños asesinados, Tamaulipas y sus mujeres muertas, Sonora y la infancia violentada. El listado adquiere la forma de un rosario fúnebre nacional, en el que cada nombre propio y cada cifra se suman a una letanía interminable. En “Zacatecas”, el miedo del tiempo pasa por los ojos / y se acuesta en la sábana de octubre. En “Michoacán”, tenemos un sol que sale de los dientes. En Coahuila, el miedo come entre las enaguas. Cada poema nos pregunta: ¿qué significa ser mexicano en un territorio marcado por la muerte y las desapariciones?
Decía Octavio Paz que la poesía mexicana oscila entre el mito y la historia, entre el laberinto de la soledad y la plaza pública. Negra Efeméride se inscribe en ese vaivén, pero desde una perspectiva que no idealiza ni estetiza la violencia, sino que la enfrenta con crudeza. Su mérito principal está en haber encontrado un tono híbrido: simbólico para escapar al panfleto, directo para no refugiarse en lo hermético, y propositivo para no caer en el tono patético de aquellos poemas nacionales del romanticismo. Así, Negra Efeméride nos recuerda que la poesía aún puede ser un espacio de resistencia, una punta de lanza para la memoria, una forma de devolverle dignidad a los muertos y despertar el sentido crítico de los lectores. Como dice en uno de sus poemas: Aprendo que el silencio es un cuerpo desmembrado. / Un cuerpo arrebatado de nombres y adjetivos.
SERPIENTE VERDE
Serpiente verde, de comal que cascabelea entre las hojas y las piedras,
serpiente verde de ajolote, aún resuena la lumbre con su águila,
decimos: ahí viene, para ocultarnos los ojos con su fuego.
Serpiente verde abre el mar y arrastra la tormenta a la piel de los muertos,
serpiente verde con su campo de copal y su mirra envenenada,
diente de serpiente en cruz de espinas, diente de serpiente de ácida montaña,
piel de serpiente, en su incienso brinda al sol su gallo ensangrentado.
Serpiente de primavera, serpiente de verano, de otoño y de invierno,
toma al hombre árbol y al hombre de arcilla, baja al Xibalbá y sube al islote,
este es tu huerto de manzanas, este es el verdor de la carne muerta,
serpiente caña y su árbol de sombra con los fugitivos tristes,
así se inicia la estulticia de las rocas en el llanto del nopal embravecido.
Serpiente de altar, con su relámpago parte la nube en dos.
Y ahora es serpiente de dos cabezas, que no quiere más agua bendita.
Serpiente verde que retuerce su cascabel por nuestra nuca
Serpiente que nos corta y nos llena de polen la panza.
Y ahora somos hijos de serpiente verde que arranca la piel del sol.
6
II
Santísima serpiente, cortas la palabra de Dios
y este es el fruto de la ira, carne muerta.
Serpiente sábila y sábila serpentina
corta el cristal del agua que nadie bebe.
Serpiente espectro de epidermis inasible,
subes al grito de la flor que apenas silba tu sed.
Serpiente sin fe y serpiente del Salmo veintitrés.
Solo quiero que seas sincera y sepamos los secretos
Dinos a todos la verdad, ahora que no hay frailes
¿De qué expedición estamos hablando?
7
III
Una serpiente blanca baña los ríos,
un dedo de agua rosa la curva del aire
y se va huyendo al susurro de serpiente blanca.
Una serpiente blanca busca su instante
para mostrarnos el bosque en su cola
para mostrarnos su rostro de lluvia
y no desvanecer su atroz escama.
Serpiente blanca, noctámbula niña
Dulce Quetzal, racimo de plumas.
Serpiente blanca que lleva el fuego
de todo lo que somos o podríamos ser.
11
EPÍSTOLA DEL ÁGUILA
A Nuestro hermano magnánimo de hiel
compañero en el oficio del odio
Dimas y Gestas en vuestras luchas,
y a toda la comunidad que se reúne en vuestra casa:
Tengamos la gracia de Dios Padre en estos clavos que hablan de vuestra crucifixión. Demos gracia al cálido aire embravecido de estos aposentos. Que mi querido José Venancio beba la hiel que se ha derramado en castas. Que el Águila corte la bilis de su piedra y venga por vosotros que estáis en las costillas de Barbachano y todos bailaremos en arcilla. Tengamos la gracia de Dios Padre que viene vestido de Santo Oficio y usa su lodo en la cara del sol. ¿De cuánto te has perdido, Jacinto? Pues estas rocas han apedreado a su Mesías y cortan la lengua del señalado. Venid a la corona de espinas de luz, que el águila no falla en su garra y sabrá cortar la garganta del desfavorecido. Oremos en la sombra del mestizo que ha tomado a Dios Padre de la mano y ahora nos arrodillamos.
Querido Jacinto, que esta epístola inmaculada no nos escupa. Recuerda que vuestras revelaciones han llegado al aliento del dolor y ahí estamos reunidos desde vuestro extravío. Tenemos a Tepich en el nido del mar y ahora irá por vuestro cuerpo, pues la guerra aún tiene las espinas del sol.
Yo, serpiente águila cubro vuestros ojos y oro por el corazón de Dios.
Que la gracia de Cristo Jesús, el Señor, esté con usted.
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Marco Antonio Murillo (Mérida, 1986). Maestro en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso. Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos (2009), Premio Estatal de la Juventud en Artes (2015) y Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020. Ha sido Becario del PECDA (2009), University Grant (2013- 2016), Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores en dos ocasiones. Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo, La luz que no se cumple, Derrota de mar, Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, y La tradición del viaje a solas, que es una antología de su obra publicada hasta el 2020. Como antólogo fue coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta. Actualmente es editor de poesía en la revista Carátula y docente en el área de creación literaria del Centro Estatal de Bellas Artes.



