Dudo si es verso o luz…
Toda mujer teme ante el vuelo,
la posibilidad real de su despegue.
Lo saben Nora Ibsen y Simone de Beauvoir,
Sor Juana, Carlota y María Antonieta.
Juana de Arco que ardió viva.
Lo sé yo, que escribo y tiemblo.
Mi despegue se acerca.
Ya no sé caminar desde que me nacieron alas.
Siento los cantos de quienes me esperan:
las brujas y herejes,
las sádicas y locas,
las que escriben y sueñan.
Estoy en la punta lista para despegar.
Me empujan todas las mujeres
a las que no le han salido las alas.
Dudo
(toda mujer teme ante el vuelo)
Pero debe volar.
Mi madre supura mar
por la herida
que dejaron los recuerdos
la moja con alcohol,
arde,
pero perpetúa al hombre
que la sumergió en sus vicios
y la alimentó con sal.
Sube una montaña a gatas,
postrando su pena en el asfalto
jadea,
siente muros,
detrás el azul.
Se deja caer un instante sobre el gris recio
ahora dice que es gitana y su barco zarpa a la luna
cantan los collares,
escupe caracoles y sonríe
sueña en el agua el futuro
bañado con la espuma de los ojos.
Un náufrago suspendido la espera en otra orilla
sabe que para llegar a él debe hundirse
y mi madre es la herrumbre que sostiene el muelle.
No la vence el oleaje,
regurgita el salitre errante mientras
espera que la marea ceda.
Asesina a la medusa.
Sube el ancla y otra vez a sus aguas me arrastra.
A mí
que, como ella,
nunca aprendí a nadar.
Levitas en mi memoria con recurrencia abusiva.
Juego a olvidarte
en la sal de otra piel menos amarga
y el arrullo de brazos enfermizos.
A veces
el foco de la esquina incrustado en la cama
me recuerda a ti
y el trapecio agrietado vuelve a ser un cuarto.
Entonces
siento el impulso ingenuo de regresar al vino
(nuestro lugar común),
saber a dónde fueron los libros que firmabas
con la gota de cordura salvada del pasado,
de la pantalla que confundíamos con sueños
o la grasa empotrada en el hígado,
alimentada con ausencias.
Las noches que no se enciende el foco soy feliz.
Endulzo el té de jengibre con palabras,
hago acrobacias sobre el librero
y gano el juego del olvido.
Escribo mensajes
perdonándome por haber insistido.
Perdonándote el ciclo que no rompiste,
la herencia de herejías que dejaste atrás,
pero no logran salir:
el trapecio agrietado es una caja sin puertas
aunque no se encienda el foco.
Sobre todo, ya no me engañe.
Camile Claudel
Cuídate del hombre genio.
No oses perturbarlo
o contrariarlo.
Olvida tus razones y conceptos.
No necesitas más que escuchar,
dedicarle tiempo a las costuras,
la cocina y la cama.
(Nunca descuides la cama).
Solo existe el hombre genio.
Vives para sonreírle,
cargarlo en la espalda
y amamantar al niño que promete.
Espera tú tiempo
(que no llegará).
Acaso permítete una sugerencia
que pueda ser usada en tu contra.
Cuídate del hombre genio.
Suya son las buenas ideas
y las buenas manos.
La gloria y la gracia.
Porque el talento le fue dado
(como a ti).
Pero tú
mujer,
naciste loca.
Inocencia:
he llegado a odiar esa palabra.
Recuerda mi osteoporosis natural,
la niña verde que soñó margaritas y despertó espino.
El camino mira y ríe,
no le creo y ríe.
Sabe que faltan bosques grises por invocar,
que la niña creció
pero igual la mujer confía.
Lloro
maldigo el soto
el camino
la tierra infértil.
El caballero rojo se fingió siervo
para imbuirme en su bosque,
y penetró la cueva
y domó la bestia con su propia bestia
(criatura mítica).
Inocencia:
odio esa palabra.
No hay cueva púdica
ni bosque virgen,
ni caballero, si no es leal.
Soy la niña verde
trago el silogismo absurdo
para disipar la maleza.
Soy una hembra amarilla
enroscada en el árbol
indultando el camino
(mira y ríe).
Me descuelgo y sigo,
soy una mujer naranja
(espina y flor)
Avanzo
devuelvo la armadura
alimento esta esperanza
la duda es mi certeza.
Inocencia: he llegado a amar esa palabra.
Hay una soledad verdugo
(como castigo por ser feliz).
Una soledad profeta
Tritura la esperanza con la verdad del destino.
La soledad espejo,
calcada sobre sonrisas falsas.
Una soledad loca
que nutre el delirio y exorciza el ánima.
La soledad puta
que ahoga el desierto
masturbándose con deseos intrusos.
Soledad silencio
parquedad
alianza.
Mi Soledad está hecha de soledades.
Es una dama
recluida en la mitad de un segundo.
En una mano sostiene la copa roja
y en la otra un péndulo.
Percibe la viudez que entraña.
Sonríe patética
mientras espera compañía.
Renuncio a esta casa vesánica.
Pasillo gris con vanos barrocos.
Eterno.
Fúnebre.
Atrás quedarán las vasijas con lunares
que aliñaron el germen de mi templanza.
En el baño dejo la fe,
colgada a la ducha,
justo en el puesto donde capituló el padre.
En el cuarto
(rasgando las paredes)
permanece el librero
(cómplice de rebeldías)
el colchón bañado en alcohol
aderezado con fluidos y promesas.
Los lirios chillan en el portal,
advierten la sed de la renuncia.
En la sala
un vidrio habla de esperanzas.
Dudo ante la puerta final.
Es mi casa disfrazada de hogar la que me aclama.
Guardo una mota de polvo
por si en el nuevo refugio sobra la cordura.
Empujo la madera con el temblor del futuro entre las manos
y el miedo invariable de entrar a otro pasillo.
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