Nueva poesía cubana: Lisbeth Lima Hechavarría

Leemos, en el marco de la serie de nueva poesía cubana que prepara Giselle Lucía Navarro, algunos textos de Lisbeth Lima Hechavarría (Santiago de Cuba, 1995) es Licenciada en Biología. Antropóloga Física. Tiene publicados los libros Rostros y Matices de vida. Es editora y correctora del sello editorial independiente Babélica y forma parte del Consejo Editorial de Libros Duendes, en Ecuador.

 

 

 

 

 

II

 

El faro que me habita ha mutado de luz.

La torre se agiganta en un cielo quejumbroso

y acumula sueños de un pálido gris.

Hoy mis manos no son manos,​​ 

ni mis brazos el equilibrio de un puente.

Mis manos son la doble vía de una carretera inmensa

y si llego tarde, me sobrará el mar para tragarme el fondo.

 

 

 

 

 

 

 

III

 

Hoy te vi dejar de ser.

El nuevo tú que invade​​ 

arremete contra mi pecho.

Puso capucha de​​ nylon​​ sobre estos ojos

que han quedado firmes ante la pena.

 

Tus manos ya no son tus manos

ni tu rostro el que me aviva dentro.

Raramente me llueve un solo párpado.

Has comenzado a sudar la esencia,

y del lado izquierdo, el sano,

se anuncia la derrota.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

Entre mis brazos de agua corres a un auto de nube,

pesa el recuerdo.

Apura, dijiste, haciendo espacio sobre la camilla.​​ 

No hubo tope para mis pupilas en el techo.

Encharqué a la niña en el orillo de los ojos

y pretendí subir contigo a la espuma.

Se va, mi amor, no lo demores.

De agua también mis manos

se aferraron a esos brazos de titán​​ 

que estribos fueron siempre a mis deseos.

Aquí sigo, sobre un viaje en pausa

cual reloj sin pilas de repuesto.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

IX

 

Despuéblame sin prisas

como  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ viento  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ de  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Oyá

sobre

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ espinales

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ profundos.

B  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ a  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ r  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ r  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ e  ​​ ​​ ​​​​ con todos

sin piedad desde el cielo

y habítame, ahora distinto,​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ ahora sin ti

ahora conmigo, rearmada de asfalto.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

XI

 

Todo el mundo sabe que existe.

Ella se arrodilla, sola en casa,

cuando los hijos han dejado ya

la mesa llena de migas.​​ 

Espanta este dolor que aqueja,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ “Dios mío”.

No agendes el pedido del mortal​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ que condenaste,

haz que lluevan estos ojos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ cual diluvio.

Arrastra la amarga muerte.

Espuma mi cuerpo grácil,

que levite hasta él.

Reármalo dentro, ceniza a ceniza.

Materializa en este pecho de tierra

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ húmeda

Lo que arde en este sol que muere.

 

 

 

 

 

 

 

XII

 

Sentada a los pies de casa, no tu casa

ni mi casa, no nuestra casa… la casa, en fin,​​ 

sentada a sus pies, fui un peldaño más.​​ 

Todos sabían antes que yo, aunque siempre supe.

 

En hordas comenzaron a caerme los pedazos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ de casa.

Subí incrédula y empujé la puerta del cuarto,

ese sí, nuestro cuarto.

La cama vacía anunció la eternidad.

 

Nunca más te aguardaré a los pies de casa.​​ 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

Firmé papeles sin leer, cuando nadie más

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ podía hacerlo.

Vestí tu cuerpo muerto, sin saber que habías

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ muerto,

y descansé sobre tu pecho vacío.

Ya nada quedaba de ti sobre esa camilla pestilente

por donde tantos desfilan,

por donde tantos vi desfilar

mientras llenaba mis bolsitas rotuladas,

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ llenas de huesos.

 

Llevé a cremar tu cuerpo muerto

y recibí las cenizas hirvientes

sin saber que habías muerto.

 

Nada supe aquellas horas,

donde todo vivía menos yo.​​ 

 

 

 

 

 

 

***

 

 

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