II
El faro que me habita ha mutado de luz.
La torre se agiganta en un cielo quejumbroso
y acumula sueños de un pálido gris.
Hoy mis manos no son manos,
ni mis brazos el equilibrio de un puente.
Mis manos son la doble vía de una carretera inmensa
y si llego tarde, me sobrará el mar para tragarme el fondo.
III
Hoy te vi dejar de ser.
El nuevo tú que invade
arremete contra mi pecho.
Puso capucha de nylon sobre estos ojos
que han quedado firmes ante la pena.
Tus manos ya no son tus manos
ni tu rostro el que me aviva dentro.
Raramente me llueve un solo párpado.
Has comenzado a sudar la esencia,
y del lado izquierdo, el sano,
se anuncia la derrota.
VIII
Entre mis brazos de agua corres a un auto de nube,
pesa el recuerdo.
Apura, dijiste, haciendo espacio sobre la camilla.
No hubo tope para mis pupilas en el techo.
Encharqué a la niña en el orillo de los ojos
y pretendí subir contigo a la espuma.
Se va, mi amor, no lo demores.
De agua también mis manos
se aferraron a esos brazos de titán
que estribos fueron siempre a mis deseos.
Aquí sigo, sobre un viaje en pausa
cual reloj sin pilas de repuesto.
IX
Despuéblame sin prisas
como viento de Oyá
sobre
espinales
profundos.
B a r r e con todos
sin piedad desde el cielo
y habítame, ahora distinto,
ahora sin ti
ahora conmigo, rearmada de asfalto.
XI
Todo el mundo sabe que existe.
Ella se arrodilla, sola en casa,
cuando los hijos han dejado ya
la mesa llena de migas.
Espanta este dolor que aqueja,
“Dios mío”.
No agendes el pedido del mortal
que condenaste,
haz que lluevan estos ojos
cual diluvio.
Arrastra la amarga muerte.
Espuma mi cuerpo grácil,
que levite hasta él.
Reármalo dentro, ceniza a ceniza.
Materializa en este pecho de tierra
húmeda
Lo que arde en este sol que muere.
XII
Sentada a los pies de casa, no tu casa
ni mi casa, no nuestra casa… la casa, en fin,
sentada a sus pies, fui un peldaño más.
Todos sabían antes que yo, aunque siempre supe.
En hordas comenzaron a caerme los pedazos
de casa.
Subí incrédula y empujé la puerta del cuarto,
ese sí, nuestro cuarto.
La cama vacía anunció la eternidad.
Nunca más te aguardaré a los pies de casa.
XIII
Firmé papeles sin leer, cuando nadie más
podía hacerlo.
Vestí tu cuerpo muerto, sin saber que habías
muerto,
y descansé sobre tu pecho vacío.
Ya nada quedaba de ti sobre esa camilla pestilente
por donde tantos desfilan,
por donde tantos vi desfilar
mientras llenaba mis bolsitas rotuladas,
llenas de huesos.
Llevé a cremar tu cuerpo muerto
y recibí las cenizas hirvientes
sin saber que habías muerto.
Nada supe aquellas horas,
donde todo vivía menos yo.
***
Poetas cubanos del dossier
Taimi Dieguez Mallo / Luis Enrique Mirambert del Valle / Ana Margarita Arada Clavería / Reynaldo Zaldívar / Reineris Betancourt /



