Nueva poesía cubana: Luis Enrique Mirambert del Valle

En el marco del dossier de nueva poesía cubana, preparado por Giselle Lucia Navarro, leemos algunos textos de Luis Enrique Mirambert del Valle (Unión de Reyes, 1991). Es poeta, narrador, locutor radial, carpintero, maestro de artes marciales mixtas, agente de seguridad y protección. Ha publicado el poemario Los hijos del invierno.

 

 

 

 

 

 

 

Está primero la palabra, sonando en el vacío.​​ 

El canto visceral del hombre nuevo,

desde la gruta hasta las ramas.​​ 

De las ramas hasta el oído circular de los amantes.​​ 

Trino de pájaros,​​ 

viento en la cañada,​​ 

árboles batiendo sus brazos en el huracán.​​ 

El fuego y la palabra alumbrando las noches.​​ 

La sangre y la palabra abriendo el nacimiento.​​ 

La muerte y la palabra triturando el cráneo del bisonte. ​​ 

Canto que corre por mis venas.​​ 

Está primero la palabra y luego el sacrificio.​​ 

Abro la tierra y siembro el árbol.​​ 

Crece la nación de las palabras,​​ 

cada una hilándose,​​ 

fundiéndose,​​ 

llenando de albura la garganta,​​ 

tapándome los ojos.

Clavos de palabras en tus manos.​​ 

Lanza de palabras en tu herida ventral.​​ 

Dioses de palabras en los rincones oscuros de tu cuerpo​​ 

que nadie toca,​​ 

que nadie recuerda.

Primero está la palabra,​​ 

alba clara del hombre descifrado. ​​ 

 

 

 

 

 

 

 

La primera palabra fue país,​​ 

dibujándose clara en el cuerpo de la madre.​​ 

Un país antiguo y olvidado​​ 

como un muerto animal debajo del estante,​​ 

un ratón que apestaba,​​ 

una tarántula diseca.​​ 

Podía ver la luz filtrarse por los huecos del país, hendijas,​​ 

y más allá el río,​​ 

la arboleda,​​ 

el palmar distante,​​ 

el marabú​​ arañando los colores del ocaso​​ 

y un cañaveral que como un fénix renacía​​ 

de sus cenizas una y otra vez.​​ 

Era una casa de tablas el país,​​ 

madera vieja y firme,​​ 

como firmes son las convicciones de los héroes​​ 

pero no había héroes en mi casa,​​ 

solo humedad, llovía​​ 

y el agua en goteras infinitas​​ 

bañaba los muebles y mis manos​​ 

limpiaban​​ el rostro de mi madre​​ 

y mi abuelo enloquecía:​​ 

Nos vamos a hundir,​​ 

hacemos agua,​​ 

el país se hunde.​​ 

Era un barco el país, surcando​​ 

el tiempo indefinible​​ 

y los soles y las lunas​​ 

entraban por los intersticios,​​ 

se metían debajo de la piel de mi hermano​​ 

mientras dormía, caían en las manos de mi madre​​ 

mientras fregaba las cazuelas,​​ 

me llenaban los ojos de reflejos cósmicos,​​ 

de palpitaciones astrales.

La primera palabra fue país,​​ 

aún vivo en él,​​ 

mi cuerpo tiene la forma de su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era la guerra un pájaro​​ 

y yo escribí su nombre en mi libreta.​​ 

Tu rostro acuchillado. Un pájaro​​ 

de alas enormes y canto de consigna repetido.​​ 

Escribí su nombre para enjaularlo.

Para evitar que nos entonara su odio,

su mentira para siempre,​​ 

y nos aprendiéramos el canto​​ 

con las mismas letras​​ 

de las palabras en el poema. ​​ 

Pero saltó a mis manos.​​ 

Se metió debajo de mis uñas.

El pájaro de canto hermoso y desgraciado​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ (que debíamos matar)​​ 

navegó por el río desnudo de mis venas

mientras tocaba la guitarra,​​ 

mientras acariciaba la espalda de mi mujer​​ 

y sembraba los árboles del bosque.​​ 

El canto que odio con el alma y con los ojos.

El canto miserable,

prohibido,

la voz de los traidores y tiranos

se escriben hoy con las mismas letras,​​ 

con las mismas sílabas​​ 

de la palabra libertad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quisiera ​​ ser Chernóbil​​ 

explotar sin previo aviso​​ 

matarlos a todos con mis átomos

que nazcan deformes los hijos

que corrompa nuestra agua el cesio

tú, seguirás siendo bella

y me cubrirás con piedras​​ 

en la zona de exclusión

donde ni los pájaros cantan​​ 

en silencio recordarás​​ 

mi verso empobrecido

¿acaso no es el amor una bomba atómica

una central eléctrica que explota​​ 

en un país socialista?​​ 

yo exploto, amor, en un país socialista

soy una central eléctrica

un coche bomba

el gesto que el pintor no pudo captar​​ 

con su pincel de pelos de caballos​​ 

los caballos también murieron

yo exploto en un país​​ 

de uranio y de poetas

nadie lo espera

nadie sabe que mañana​​ 

todo va a estar contaminado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poetas cubanos del dossier 

 

Taimi Dieguez Mallo 

Librería

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