Leemos poesía mexicana contemporánea. Leemos a Alfredo Soto Guillén con su nueva plaquette Luz demorada (Instituto Sinaloense de Cultura, 2025), que forma parte de Colecciones Timonel. Alfredo Soto Guillén (Mazatlán, 1992). Poeta y traductor. Es autor de Por el sendero en la hierba (Instituto Sinaloense de Cultura, 2018). Sus poemas han sido incluidos en revistas como Círculo de Poesía y Rio Grande Review (UTEP). Sus poemas son incluidos en la antología Poetas del Sur de Sinaloa.
Sobre este libro, escribe Mijail Lamas: “En Luz demorada, el poeta Alfredo Soto Guillén emprende una reescritura de los mitos griegos desde la experiencia contemporánea. No hay en estas páginas un canto a las gestas del héroe, sino la constatación de su fractura: el tedio, la ansiedad y la distancia se oponen como fuerzas que doblegan a los Dioses. Esta poesía transita entre lo íntimo y lo mítico, entre la evocación del arquetipo y la vulnerabilidad de la experiencia personal. Soto Guillén convierte el mito en un espejo del presente, un territorio donde los afectos se desgastan y la memoria apenas logra sostenerse. Luz demorada se ofrece, así, como una relectura crítica y simbólica de la tradición clásica, un testimonio de la imposibilidad que tenemos para preservar intacta la claridad pétrea de los mitos en nuestra actual crisis de la modernidad.”
Lycaon
Despiertas. La luz entra por la ventana,
pero hay algo diferente.
Las cuerdas de tu claridad se sienten tensas,
vibrando apenas,
la arritmia amenaza el impulso
de una necesidad inexplicable.
La súbita, insoportable sed,
el ansia ante la perspectiva de un émbolo
que te golpea la sangre acelerando el pulso,
alando al límite el nervio de todos los sentidos.
¿Has despertado un día
desnudo de la amarga evolución, del raciocinio,
tensas las piernas, la mandíbula?
El mundo está perfectamente claro
porque nada, excepto tú, existe y lo que escuchas,
lo que percibe tu cuerpo es el mundo solamente,
el mundo entero cabe en lo que te rodea,
lo entiendes sobre tu piel.
Despierta tu sed un interruptor,
húmedo en tus ojos y tu boca.
Existir significa mirar con ojos limpios, casi luminosos.
Eres el perro que juega a perseguir la vida entre los árboles.
Luego nada: la conciencia.
Percibes lo que existe más allá de ti y te amenaza.
El pulso se detiene, algo cambia,
más locamente pulsa: pánico, ceguera.
Pasas de ser el cazador a ser la presa.
El mundo te depreda: el ciervo
te mira en los ojos del animal feroz que fuiste,
y arde de lujuria como lo hiciera antes
en tu desesperada huida.
El asunto, al final, no es
sino arrancarse la carne mutuamente.
Sobre la valentía de las pequeñas aves en sus nidos
No es el amor el vuelo.
Es lo que va despacio
elevándose apenas, flotando como espuma
Dolores Castro
Para nosotros el silencio no fue jamás una declaración
sino el gruñido sordo de un fúnebre descuido.
Activamente nos alejamos
de la comodidad del cuento
que nos han contado desde siempre y pensamos
que algo está muy mal en el aliento
de quien repite que habremos de crecer y ser felices,
que lograremos ser alguien en la vida.
Y la comodidad nos hizo
merecedores del fruto de nuestra medianía:
comimos de la mano del dinero y del amor institucional,
del mundo voraz con sus expectativas.
Hemos salido ya del cautiverio y renegamos de la tierra,
corremos al borde de los acantilados por la pura emoción de la caída,
del roce esperanzador del viento que habrá de sostenernos.
La madre le dice adiós a sus polluelos
y parte irremediablemente,
los más pequeños se mueven del amor hacia el amor
como de rama en rama en intervalos de su vuelo;
como el que pasa de los quince a los dieciocho años,
de los veintiocho a los treinta y dos.
El cielo a sus espaldas bajo el marco intangible de una fotografía:
su vuelo entre las nubes amaba la esbeltez de un trino en desenfado.
Esa tarde aprendieron a limpiar sus picos de ave contra el suelo,
se limpiaron el sumo sangriento de la sina
y conocieron una cara distinta de la muerte.
¿Más allá del acto de llana comunicación
también las aves cantan?
Han aprendido a confiar en sus alas
y en el viento que se mantiene vivo y circulando,
como firme la tierra para nuestros pies.
También han aprendido el arte de negar en pleno vuelo
la existencia del cristal en las ventanas.



