Jaime Sabines en su centenario. Texto de José Natarén.

Jaime Sabines en el centenario de su nacimiento. Texto de José Natarén. En él escribe: “uego de la apoteósica presentación en Bellas Artes, —singularidad finisecular en la historia de la poesía mexicana— el 30 de marzo de 1996, se ha instalado en el imaginario colectivo, que Jaime Sabines es un poeta del pueblo. Popular, aunque en la medida en la que puede serlo un poeta en este mundo, como me ha indicado con exactitud el poeta Marco Antonio Campos”. Natarén además de poeta, estudió Física y Matemáticas.

 

 

LA POESÍA DE JAIME SABINES O EL POLVO DE ORO DE LA VIDA

En el centenario de su nacimiento

 

 

  • CENTENARIO Y CHIAPAS

 

Veinticinco de marzo de 2026.​​ Jaime Sabines, cumple 100 años.​​ Diez meses después que Rosario Castellanos (1925-1974) a quien escribió el conocido Recado. Ambos, considerados los primeros grandes poetas de la entidad, en una tradición cuya modernidad inicia con Rodulfo Figueroa (1866-1899) y que se perpetúa, con prestigio internacional, con la obra de Juan Bañuelos (1932-2017), Óscar Oliva (1937), Elva Macías (1944) y Efraín Bartolomé (1950). Allende lo obvio, el deseo y la conmemoración, inquiero ¿Por qué leo a Jaime Sabines? ¿Qué me motiva a encontrar gozo en su poesía y por qué la celebración de su centenario me entusiasma? A primera instancia, lo ya sabido: Punto crítico, máximo, parteaguas en la historia de la literatura mexicana y en la poesía de lengua española en el siglo XX.

 ​​ ​​​​ Sabines, un poeta que puso en cuestión la tradición en lengua castellana, a la que comprendió y asimiló, como también los ritmos del medio oriente.​​ El hijo menor​​ —el​​ chunco​​ (el “Benjamín”)—​​ del Mayor Julio José Sabines (1888-1961) —venido de Sagbine, Líbano— y de doña Luz Gutiérrez Moguel (1889-1966), descendiente del Gobernador Joaquín Miguel Gutiérrez (1796-1838), héroe epónimo de Tuxtla —Gutiérrez como Juan (1920-1987), Jorge (1923-1993) y Jaime Sabines Gutiérrez— pueblo consagrado a san Marcos, fundado por los dominicos en 1560, en cuya 2ª calle poniente sur nació el poeta, el 25 de marzo de 1926.

 ​​ ​​​​ En 1947, nuestro poeta ha cursado tres años en la Escuela de Medicina en la UNAM, en el edificio de Santo Domingo, pero las operaciones quirúrgicas no son​​ los suyo, sino las poéticas. Luego de un breve regreso para trabajar en la mueblería de la familia, en 1949, ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el edificio de Mascarones. Toma clase con Julio Torri, Julio Jiménez Rueda, Enrique González Martínez, Eduardo Nicol y, como oyente, entra a la clase de José Gaos. Cultiva la amistad con sus contemporáneos: Fernando Salmerón, Ricardo Guerra (parte del grupo filosófico Hiperiones); Emilio Carballido, Sergio Magaña, Rosario Castellanos, Ernesto Cardenal, Luisa Josefina Hernández y Dolores Castro. Además de escribir, dibuja. La prodigiosidad de su memoria le permite corregir mentalmente los versos, y una vez creados en la imaginación, por la acción de su inteligencia, sensibilidad y agudeza para observar y escuchar la realidad, apunta. A veces tacha alguna palabra, anota al margen, las menos. Conserva o destruye. Sólo él puede trabajar así y dar a luz poemas memorables. Sabines, sólo uno.

 ​​ ​​​​ Ya a finales de los 40s ha leído mucho a Lorca, a Neruda, a León Felipe, a Juan Ramón Jiménez. A Huxley, a Dostoievski y a Faulkner.​​ A Tagore.​​ Y a más. Por eso, aunque legiones lo han imitado, a nadie le ha funcionado, porque su poesía se sostiene en rasgos personalísimos, de sí.​​ El cúmulo de lecturas y conocimiento de ámbitos poéticos, literarios, filosóficos, médicos y, sobre todo, de la condición humana, no es obvio: su complejidad y el dominio técnico no salta a la vista, tal es la virtud de su estilo.​​ 

 ​​ ​​​​ Más próximo al expresionismo, como lo percibió Octavio Paz ―con quien muchos han imaginado una confrontación real, cuando fue más que todo mediática y crítica, y en realidad cultivaron el trato respetuoso, la llamada de cortesía y un afecto franco― en el prólogo de​​ Poesía en Movimiento, Sabines también abreva de la tradición musulmana y hebrea. Los cuentos de​​ Las mil y una noches​​ que le contaba su padre y la poesía de Jalil Gibrán; el​​ Tanaj, los profetas mayores y menores,​​ el Eclesiastés,​​ los Salmos de David, el Cantar de Salomón.​​ 

 ​​ ​​​​ En una época posterior al auge de las vanguardias en América Latina, pero incluso años antes de la renovación del lenguaje poético que representó la antipoesía de Nicanor Parra y la poesía situada de Enrique Lihn en Chile, así como la poesía exteriorista de Ernesto Cardenal en Nicaragua, la voz de Sabines se yergue como un pronunciamiento contra la rigidez y artificiosidad, el riesgo de la poesía más “difícil”. Ya Efraín Huerta había inaugurado en los 40s una línea de exploración divergente de las orientaciones formales del grupo Contemporáneos, como parte de la generación de Taller. Y aún antes, los Estridentistas también marcaron su raya, hicieron lo suyo, de gran valor. No conforme, y en resonancia, Sabines se asume como adversario de la idea del poeta como iluminado o distinto del resto de los hombres.

 ​​ ​​​​ En 1947, nuestro poeta ha cursado tres años en la Escuela de Medicina en la UNAM, en el edificio de Santo Domingo, pero las operaciones quirúrgicas no son los suyo, sino las poéticas. Luego de un breve regreso para trabajar en la mueblería de la familia, en 1949, ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el edificio de Mascarones. Toma clase con Julio Torri, Julio Jiménez Rueda, Enrique González Martínez, Eduardo Nicol y, como oyente, entra a la clase de José Gaos. Además de escribir, dibuja. Su memoria le permite corregir mentalmente los versos, y, por la acción de su inteligencia, sensibilidad y agudeza para observar y escuchar la realidad, apunta. A veces tacha alguna palabra, anota al margen, las menos. Conserva o destruye. Sólo él puede trabajar así. Sabines, sólo uno.​​ 

 

  • TUXTLA-TARUMBA

Entre 1950 y 1956, el poeta inicia un proceso de subversión intelectual, ejercita una actitud vital,​​ la rebeldía para girar la rueda de la historia de nuestras letras, que se complementa con la intensidad y complejidad subyacente de sus mejores poemas,​​ con los hallazgos verbales. Actitud que sólo a un gran poeta pudo funcionar. Sabines responde a la tradición poética mexicana ―en muchos momentos, escrita desde la torre de la forma― desde la tierra, desde abajo, desde la entraña y la raíz, desde la existencia, el aquí y el ahora, desde el presente continuo que son todos los tiempos, al final.​​ 

 ​​ ​​​​ Horal​​ fue publicado en 1950 (impreso el 31 de mayo de acuerdo con el colofón), como número 3 de la serie de divulgación cultural del Gobierno del Estado, en particular, de la Jefatura de Prensa y Turismo, durante el régimen del General Francisco J. Grajales. Aunque ya había publicado algunos poemas en el periódico del ICACH, “El estudiante” (1943), la bibliografía oficial del poeta inicia con un epígrafe del poeta Isaías, localizable en la Reina Valera y en el que se advierte al hombre sobre la angustia deseante que traspasa a perpetuidad a la especie humana:​​ 

Y será como el que tiene hambre​​ 

y sueña, y parece que come; mas​​ 

cuando despierta, su alma está vacía…

 

 ​​ ​​​​ Esa misma administración gubernamental editó​​ Adán y Eva​​ (1952, año en el decide no regresar a la capital del país, por el accidente automovilístico del Mayor), como libro, y como parte del número 5 de la revista del Ateneo de Chiapas en 1954, con circulación circunscrita al ámbito local.​​ Esta última publicación sucede durante el gobierno de Efraín Aranda Osorio (1952-1958), a quien Sabines y sus amigos, los poetas Noquis ―Enoch Cancino Casahonda (1928-2010) y Pepe ―José Falconi Castellanos (1922-1970)― habían acompañado como oradores en campaña, temporada de la que tan sólo obtuvo la claridad para hacerse cargo del negocio familiar, la tienda de telas “El Modelo”, al tiempo que su hermano Juan (1920-1987), el mayor de los tres hijos de don Julio, iniciaba su periodo como diputado federal, como el propio Jaime habría de hacerlo décadas después (1976 y 1988).

 ​​ ​​​​ En este punto cabe destacar la especial atención al afecto fraterno, mismo que tuvo hacia Tony Borges, Gustavo Armendáriz y Antonio Pariente, por mencionar. Al menos, en Chiapas están sus amigos, su familia, y las raíces liberales de su madre.​​ En la tienda de telas, compartió los avances de su nuevo libro a los jóvenes poetas Óscar Oliva y Eraclio Zepeda.​​ ​​ Este libro, uno de los principales de la renovación del medio siglo en el continente,​​ Tarumba​​ (1956) está cargado de la fuerza renovadora y la esperanza por el nacimiento de su hijo Julio (1954), que templa la angustia, el fastidio y la frustración por la hostilidad de la provincia en la que se halla el antes estudiante de la Universidad Nacional.​​ Tarumba​​ (publicado por Jesús Arellano en la editorial Metáfora),​​ libro de transgresión formal, fue celebrado por​​ Pedro Garfias y por​​ los cubanos afines a la revolución como por los hippies, lo que asombró a Sabines. Sobre él, indica:

 

 

Así era y sigue siendo. Todo Tarumba es una protesta contra la vida que lleva uno. Es la rebeldía. En la tienda yo vivía asfixiado… No sé cuándo no he vivido asfixiado, casi nunca he vivido así que diga “chino libre”.

 

 

 ​​ ​​​​ Tarumba, poesía y metapoesía, en cuanto se cuestiona el propio oficio y la figura del poeta. Pese a lo chocante que fue para el autor atender en todas sus necesidades esa tienda, le permitió conocer los contrastes del alma humana. Fundamental para la vida y para la poesía. La experiencia, tan necesaria como la imaginación. Y le llevó a cultivar ciertos valores y desarrollar sabiduría, como lo dijo en la ceremonia de recepción del Premio Chiapas 1959, realizada en abril de 1960:

 

 

 

Detrás del mostrador de una tienda de ropa, en este Tuxtla nuestro y mío, tantas veces negado y repudiado, y tantas amado con asombro, −perpetuamente amado como a la propia mujer, como a nuestra debilidad y nuestra fortaleza, nuestro defecto, nuestro error, nuestra salud y nuestra esperanza−, detrás del mostrador, me puse a aprender humildad y paciencia, y sentí que debía disciplinarme, y que la vida está antes y por encima de la poesía. Quiero decir que comprendí que no se debe vivir a la poeta sino a lo hombre. (Quizás éste sea el truco más sutil de la poesía para exprimir a los que estamos en sus manos).

 

 

 ​​ ​​​​ Cuidado con los trucos, en especial, los sutiles. Aquí puede hallarse una clave para leer a Sabines con otra mirada. La poesía lleva al poeta a vivir la vida y a danzar con la muerte, al amor o al odio, a la cólera o a la ternura, de una casa a otra, en continuo exilio o fundación de un sitio para habitar. Le lleva a hablar en una lengua u otra. Pasar de un lenguaje o a otro, ser otro. O no. El misterio de la Torre de Babel y de las lenguas de fuego de Pentecostés. El haz y el envés, águila o sol. La multiplicidad y la unidad de la poesía. Y el “escribano de la vida” crea, instaura o expresa al dar forma a la materia verbal con un instrumental lingüístico, una composición sonora, mediante enunciados o metáforas que configuren la imagen, induciendo un sentido, revelando significados sobre sí mismo, sobre la vida y sobre lo que significa ser humano. ​​ 

 ​​ ​​​​ De lo directo a la figurado, de lo coloquial o a lo culterano, de la sencillez a la oscuridad, del arte por el arte al compromiso con la revolución, el “condenado a vivir” asume, asimila, pone en operación y renueva unas y otras categorías subordinadas a ella, a la poesía, la gran poesía que han escrito autores de registros y​​ orientaciones estéticas y posiciones ideológicas tan variadas y diversas, que muchas veces sólo alcanzan vinculación en la unidad general de la poesía, otro de los nombres del​​ Destino, esa fuerza suprema a la que cantó Juan Ramón Jiménez, equiparable a la​​ Acción​​ del​​ Fausto​​ de Goethe, al​​ Logos​​ de la tradición judeocristiana y al​​ nous​​ griego.​​ Y en efecto, el Jaime Sabines, el Destino se realizó como poesía.​​ 

 ​​ ​​​​ Así como la filosofía vitalista señaló el envejecimiento de Occidente, la concepción de la poesía de Sabines combatió los riesgos de la concepción esteticista del arte, si bien, su propuesta es estética y conlleva consecuencias que sólo él pudo librar en poemas, que serán “recordados en 500 años”, como alguna vez dijo Eraclio Zepeda. Todo intento de replicar los medios y soportes de su discurso, de su voz, han fracasado. El aura de su obra, es suya.​​ 

 

  • PRESENCIA Y AUSENCIA, SABINES Y DIOS

Sabines, sólo hay uno. No hay un desdoblamiento, un hombre y un artista. Uno es el hombre, uno el poeta. Uno es el hombre, y es la voz de todos, del espíritu del tiempo y del pueblo, de la comunidad humana, escindida entre el deseo y la muerte, entre la vida y la angustia, entre la presencia y la ausencia, cuyo balance es restituido por la palabra, la palabra poética en particular, ya sea como testigo de los primeros días de la especie ―como en​​ Adán y Eva― o participando en lo inmediato del misterio de la muerte, como en​​ Algo sobre la muerte del mayor Sabines​​ (1973). En ambos libros, la presencia/ausencia de Dios simboliza lo que, de avasallante, fuera de todo control, neutra, imparcial e indiferente se muestra la realidad, el universo, ese caos que se ordena por la palabra. Este ordenamiento de lo real, es la humanización que de las cosas hace el que habla: recubrir de sentido a la totalidad de callados entes que están a la vista —se le muestran— y, sobre todo, que al oído se revelan en la captación y reflejo de los ritmos, a la par de constatar y dar fe de sus propios ritmos interiores.​​ 

 ​​ ​​​​ Esa cualidad demiúrgica, implícita en el acto poético, en la escritura, y en la lectura del gran libro del universo —donde la vida de la especie humana es apenas ápice— se modifica en la acumulación de los días, con el resabio de los años, templándose a cada experiencia. Ante la conciencia de la libertad que somos y ante la indeterminación que se cierra y abre tras cada decisión en la vida, la aceptación y cierta calma de espíritu se abre paso “la felicidad es un arreglo con uno mismo” dice Sabines, y con mucha claridad, una de sus primeras y principales estudiosas, Mónica Mansour, apunta: “En cada poema, en cada libro, Sabines es un hombre diferente, tal vez menos angustiado, tal vez más triste, pero, desde luego, más sabio que el día anterior y en ese proceso de transformación su Dios lo acompaña como un espejo”.

 

  • LA MÚSICA DE LA PROSA

Para 1959, Sabines vuelve a la capital del país y trabajará veinte años al frente, de nuevo, del negocio familiar: la fábrica de alimento para ganado y vive con su familia: Josefa Rodríguez —doña Chepita— y sus hijos: Julio, Judith, Jazmín y Julieta, en la colonia Santa María la Rivera.​​ Entonces se inicia otro momento del rechazo al anquilosamiento formal como propuesta poética,​​ Diario semanario y poemas en prosa​​ (1961, publicado por la Universidad Veracruzana como​​ Oficio de tinieblas​​ y​​ Lívida Luz​​ de Rosario Castellanos y como​​ Benzulul​​ de Eraclio Zepeda) y continúa con​​ Yuria​​ (1967), palabra sabiniana que a la postre será el nombre del rancho del poeta donde Elianne Cassorla realizó la conocida sesión fotográfica de don Jaime y donde este le ganó un par de partidas de ajedrez a Juan José Arreola.​​ Prosa en la forma mas no en la verdad que instaura, en la potencia creadora, reveladora y aniquiladora de la palabra liberada de lo utilitario.​​ 

 ​​ ​​​​ Útiles son las arengas ideológicas, los tratados doctrinales, los textos legales, las cartas de amor. Todas sirven para algo: para incidir en un público; para glosar una verdad; para establecer reglas; para comunicar y provocar el afecto de alguien. Pero​​ la poesía no. No tiene un fin. Como el Destino de Juan Ramón Jiménez, no tiene un principio, una razón. La poesía es el principio, fin y razón. Sabines nos alumbra al respecto:

 

 

Más que una vocación, la poesía es un destino. En ella se encuentra un cincuenta o sesenta por ciento de oficio, de rigor, de disciplina. Lo demás es lo que antiguamente se llamaba inspiración, aunque actualmente ya no es una palabra muy aceptada. Hay quienes prefieren hablar del subconsciente o cualquier otro término de la psicología moderna. Pero se refiere a lo mismo, es la facilidad con la que al poeta se le dan los poemas, como algo natural.

 

 

 ​​ ​​​​ Todo poeta​​ de la tradición​​ ha sido la voz de su comunidad, atrapa en sus redes lo esencial del espíritu de las sociedades a las que pertenecen. Ya sea Heráclito (de quien Sabines ha tomado unos versos para el epígrafe de​​ La señal, en 1951),​​ Góngora (recuperado en su tricentenario por Lorca y los poetas del 27, tan preciados para Jaime), o Lezama (con quien compartió la responsabilidad del jurado del Premio Casa de las Américas en La Habana en 1965),​​ por mencionar a los bien ponderados en su oscuridad.​​ ​​ Sabines también lo hace y no sólo se detecta en la sencillez y el coloquialismo de los más conocidos pasajes de su obra. Lo hace al nombrar, al designar, al corporizar con palabras las esencias y temas universales de la vida y la poesía:​​ el amor, la muerte y Dios. Al particularizar la melancolía y la desesperanza, la ironía y entenderse con el Diablo y reñir con el ángel del hastío, como lo hizo Baudelaire, un siglo antes. Ambos, poetas en prosa,​​ cantan al máximo símbolo de nuestra modernidad: la ciudad, y pueblan su poesía con los habitantes que no gozan de distinción, así como otorgan dignidad a la prosa con la música.

 

  • UNO ES EL HOMBRE

Primero entre pares,​​ Jaime Sabines hace del verso “Uno es el hombre”, una máxima, el desarrollo axial de una poética y, ante todo, de una visión del mundo. Nos otorga una respuesta a la indagación fundamental que permea los sistemas filosóficos y obras de arte a lo largo de los siglos: ¿por qué existimos? O sea, el porqué de nuestra experiencia en el mundo. Conciencia de la muerte, padecimiento de la finitud y la única posibilidad de salvación: el amor, la carnalidad, lo corpóreo. Para el veneno, el propio veneno. No hay más antídoto para la angustia por el aniquilamiento de la carne, que la carne misma. El amor, el erotismo y la sexualidad, hallados en el cuerpo, para conjurar el horror de la segura descomposición final, la certeza que tenemos desde el día de nuestro nacimiento: hemos de morir. Pero entre esos dos momentos, principio y culmen de la existencia, se sitúan, suceden, como milagro, experiencia límite, o misterio ―ya sea recibido con conmoción o en la contemplación―, se revelan, atisbos de eternidad. No la eternidad de los dioses, exenta de enfermedad, vejez y muerte, sino lo permanente dentro de la existencia, en la perseverancia contra la fugacidad, la piedra en el incendio perpetuo que consume al universo, la palabra poética contra el tiempo. Tiempo contra tiempo.

 ​​ ​​​​ Plenitud de la transitoriedad, es lo que se canta en la poesía de Sabines. Tiempo vivo, en fuga, tiempo puro, en movimiento. La llama consumiéndonos, la carne y el espíritu. No adolece de regodeos retóricos, elucubraciones metafísicas, no hace gala de cultismo, oropel, ni pulcritud estéril. En este sentido, es claro el carácter áspero del lenguaje, la bravura y la cólera que animan la sinceridad, claridad y precisión de la expresión directa.​​ Por todo esto se ha vuelto lugar común afirmar que es una poesía sencilla.​​ El​​ distanciamiento de la retórica,​​ la mayoría de las veces ha sido mal imitado,​​ porque​​ es la distinción que eslabona las particularidades de la escritura de​​ Sabines. Lo que en él es virtud, en los replicantes es debilidad. La supuesta sencillez, las cacofonías, las rimas involuntarias, la preponderancia de lo confesional y de lo enunciativo sobre lo metafórico, en otros se muestra como vicio, como defectos de una prosa de intención poética. Pero en Sabines deslumbra, conmueve, suscita el reconocimiento de nuestra desnudez original, de nuestra vulnerabilidad, cuya única defensa es el amor, a la mujer y a la familia, a los hijos y a los padres, a la especie humana y a la vida misma.

 ​​ ​​​​ En él, la intensidad emotiva, la contundencia y capacidad estética prevalece pese a prescindir en muchos momentos de los recursos sintácticos, tropos y figuras comunes en la poesía. En la poesía de Jaime Sabines, se ha conjugado lo anterior con acierto, con intensidad y vigor afectivo, con un arrebato de energía que viene desde su propia sangre, de sus vísceras, desde la sangre misma de la humanidad. Cabe traer a cuentas lo que puntualizó José Emilio Pacheco en 1977: “Jaime Sabines aparece bajo este criterio como uno de los escasos poetas mexicanos que verdaderamente ha hecho obra: un impresionante Recuento y, digamos, cinco poemas (no necesariamente los mismos para cada lector) que están entre los grandes de su lengua y de su siglo. No puede pedirse más ni puede aspirarse a más por inmensas que sean las ambiciones. Sabines se equivoca como todos, pero acierta como pocos”.

 ​​ ​​​​ No se trata de escribir con sencillez, sino de escribir con la sangre, con la fuerza de la vida. La poesía de Sabines, uno de cuyos temas cruciales es la muerte, es una afirmación de vida, una celebración de nuestro paso por la tierra, una canción antes de la vuelta a la noche original. “No se puede leer sin pasión a Jaime Sabines”, asegura Jaime Labastida en la presentación de​​ El amor, el sueño y la muerte. ​​ Vida y muerte, muerte y vida. En medio, lo humano. Ser humano equivale a experimentar la contradicción, la dialéctica, la lucha de opuestos. Sabines, en un grito de dolor con el que toda forma es repudiada, nos advirtió: “¡Maldito el que crea que esto es un​​ poema!”. Aunque​​ Algo sobre la muerte del Mayor Sabines​​ es uno de los principales poemas del siglo XX en nuestra lengua y posee una arquitectura tan distinta a la que edificaron Gorostiza y Manrique para traducir el grito y el silencio ante la pérdida. Cada uno determinado por modos históricos determinados. Sabines nos​​ invita a creer​​ que, por su carácter transitorio, lo único por lo que vale la pena vivir es por el polvo de oro de la vida, por la vida misma, humanizada, cargada de sentido.​​ El poeta, nos enseña, con su conciencia de la muerte, que es prioritario celebrar nuestro tránsito por la Tierra. Y sí, pese a la verdad de su verso, este polvo de oro sí vuelve cada que leemos sus grandes poemas.

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  • EL CALDERO DE LAS BRUJAS

A diferencia de los románticos, inquietos por la muerte de Dios, encantados por las visiones oníricas, Sabines advierte cierta confabulación cósmica, como Gorostiza. Un Dios oculto, no sabemos dónde. En este caso, el poeta nos aproxima a un dios crudelísimo al que impreca con ternura y clama con desesperación. Que, si no ha muerto, como el padre ―su análogo terreno―, se esconde y se ríe de la tragedia del hombre, como precisa el poeta Evodio Escalante en “Jaime Sabines, la imprecación que no cesa”. Un Dios al que evoca no sin cierta ironía​​ y al que volverá reconciliado en otro poema en los 90s.​​ 

 ​​ ​​​​ Estos contrastes y matices, nos hablan de la complejidad subyacente de su poesía, en correspondencia con la contundencia y la eufonía en el sustrato fónico, la musicalidad de los versos —ya sean medidos o acentuales, en poemas, ya sean ceñidos a las formas métricas convencionales o estructurados en verso libre— condición​​ sine qua non​​ de la lengua poética. Compleja no a primera vista y plena de significados, de atributos poéticos, principalmente la insuperable sonoridad y la precisión rítmica, la escritura de Sabines sigue siendo​​ rara avis​​ de la poesía mexicana. Es claro que el dominio de las pausas y cesuras es crucial, puesto que, a​​ la intervención activa, transformadora de la materia verbal ―en el tumulto de los días y en la sacralidad de lo cotidiano― acompaña el mutismo fecundo del que surgen todas las palabras, ese reposo nutricio en el que se sublima la realidad, se encumbra el deseo. Esto nos lleva al endecasílabo que tiene tanto de belleza como de verdad: “el amor es el silencio más fino”.​​ 

 ​​ ​​​​ Al final, como buscaban los románticos, como Novalis, o los malditos y simbolistas como Rimbaud, la poesía de Sabines funda verdad, y nos conduce al conocimiento, al conocimiento de nosotros mismos y de la realidad. Hace habitable el mundo, lo humaniza y lo desnuda en su condición esencial: la fugacidad. El fuego que todo consume y destroza los vasos que al agua contienen, las formas se mudan en nuevos cuerpos, la sustancia en continua mutación, en un contante dejar de ser. Vate, el poeta ha probado del caldero de las brujas y está envenado de vida.

 

  • “EL​​ POETA​​ NO​​ CREA, DESCUBRE”

Sabines​​ creó como habló, escribió como vio. El​​ abracadabra​​ de la poesía, cuyo tema es la condición humana. El amor y el deseo, el dolor, la soledad, la angustia, la esperanza se revelan en imágenes poéticas sensoriales, con una visión del mundo, una convicción no filosófica, pero sí traspasada por una posición frente a la realidad, una actitud vital tan particular. El autor de​​ Maltiempo​​ (1972) precisó:​​ 

(…)​​ el poeta no crea, descubre. En esto le lleva un buen terreno al filósofo, que quiere llegar a las cosas a través del intelecto. El filósofo piensa, el poeta ve.

 ​​​​ Con esto, el poeta tiene una posibilidad mayor que el filósofo de ser aceptado como una figura loable y a la vez cercana en el imaginario popular, pese a los prejuicios que sobre él ―no sin causa— pesan. Porque el poeta lleva consigo la memoria de la especie, la enriquece y la renueva, como Sabines. El poema es propicio para entrar en comunión con la familia de las criaturas vivientes, con la especie humana.​​ Comulgar en el asombro conmovedor de la poesía. En entrevista con el poeta Marco Antonio Campos, Sabines responde:

 

 

¿Qué ha sido para mí la poesía? Lo dije en el discurso de recepción del Premio Nacional de Letras: la poesía es un destino. Te toca y ya, fatalmente, y tienes que escribir a fuerza, y ella vendrá tarde o temprano. Vendrá. Irremediablemente la necesitas. Es otra respiración. Es un puente para llegar a los otros, para suprimir tu soledad. Es como una mano que se tiende al vecino. Ya lo he dicho otras veces: la poesía es un río al que cada quien va a beber en una de sus orillas.

 

 

 ​​ ​​ ​​​​ A diferencia de muchos poetas mexicanos, que además de la sonoridad, colocan su fuerza las más de las veces en la eficacia de la metáfora, Sabines canta, exalta y conjura la existencia, expresa estados afectivos, las realidades del mundo, el alma de las situaciones mediante la interacción directa de las palabras y las cosas, las palabras y los seres, las palabras y la muerte, las palabras y dios, las palabras y lo femenino. Aquí cabe una disculpa, puesto que hacemos lo que justo ironizó de la crítica: Hablamos “sobre (…) las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada” en la obra del poeta que tuvo la convicción de decir: “pinche piedra”, pero que, con eso y más, cambió de dirección los relámpagos olímpicos.​​ El peatón de la pinche piedra es el más poeta de los poetas.

 

 

Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: “Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la​​ luz pare colores cóleros”, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen “pinche piedra”. Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado “Sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada”. —De ellos es el Olimpo que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.

 

 

 ​​ ​​​​ La fuerza lírica de​​ Sabines no depende de la doble operación de la metáfora​​ —por la que se establecen y suspenden semejanzas y diferencias entre objetos mediante significantes—​​ para decir algo más, algo que no se había dicho de ese modo. Sonido y sentido ya están sintetizados en la realidad y Sabines descorre el velo. El hallazgo: la poesía no se elabora, sino que se revela, de golpe. Aún con esto, al hundirse en el corazón humano, el poeta no elude la natural aparición de la metonimia y del encabalgamiento, de la anáfora, de la reiteración. Y sí, cuando aparecen, las metáforas son contundentes para​​ expresar​​ lo indecible, para decir el grito, el llanto, el silencio, la muerte: “gusano lento a lo largo del alma”, “ampolla de vinagre”, “playa de algodones”, “marea de sombras”, “larva de Dios”, “semilla de esperanza”, “cielo enterrado”, “manantial aéreo”, “ramas del cielo”, “copa de su vientre”, “ataúdes del agua”, “caracol recordando la resaca”. Metáforas definitivas para expresar el dolor de la ausencia, el sufrimiento. “Cedro del Líbano, robledal de Chiapas”, para nombrar al héroe, cuya simiente es parte de la historia de la entidad más austral del país, así como la literatura nacional y la poesía del mundo.

 ​​ ​​​​ Emoción radical, destellos y deslumbramientos vueltos versos que se desgajan de su voz con ímpetu fulgurante cuando no con ternura o amargura, con desesperación o con esperanza. En Sabines se revela que la existencia, la vida humana, la realidad,​​ el mundo y las experiencias de profundo sentido, por sí mismas, ya constituyen, en su cotidianidad, el milagro de la poesía.

 

CODA

Luego de la apoteósica presentación en Bellas Artes,​​ —singularidad finisecular en la historia de la poesía mexicana—​​ el 30 de marzo de 1996, se ha instalado en el imaginario colectivo,​​ que​​ Jaime​​ Sabines es un poeta del pueblo.​​ Popular, aunque en la medida en la que puede serlo un poeta en este mundo, como me ha indicado con exactitud el poeta Marco Antonio Campos.​​ 

 ​​ ​​​​ Es necesario recordar que el siglo anterior, un poeta convocó a​​ los más distintos sectores de la sociedad,​​ propios y extraños, ya sean parejas de amorosos o amargos animales heridos de la vida y de la muerte.​​ Es necesario​​ leerlo con nueva mirada, descubrirlo de nuevo en el siglo XXI, nuestra época, de crisis civilizatoria, deshumanización, pulsiones de muerte colectiva desatada y confusión. Jaime Sabines es más necesario que nunca.

 

 

 

 

 

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