El bien que vi
¿A dónde vas, el bien que vi?
¿A dónde buscaré tu nombre repentino?
Yo no puedo pronunciar tus iniciales,
ni la noche maniatada que deploro
seguir tu silencio de gacela.
Las memorias demasiadas te repiten,
y me duermo en el olvido necesario,
me olvido en los pasos que no encuentro,
en los pasos ambarinos de tu lustro.
Ve adonde vas, el bien que vi,
redoblando tu camino por las frondas
undantes del tiempo venidero,
y regresa adonde vas, si yo te vi
con los ojos de la noche detenidos.
Amatoria
Tu voz a voz de pronto, mis pestañas
─un segundo cómo late─
todo la misma cosa:
como trenza de giros simultáneos,
mis horas son tu risa de por medio,
trasdoble corazón.
Se figuran recuerdo que colapsa.
Mis insomnios, los tactos, las andanzas
son repeticiones de tus insomnios,
de tu piel semoviente, de tus pasos.
Lejos los horizontes son de nada,
páramos del allá que son de nada,
son de nada, como siguieron años
al no, al quizá del mediodía,
trasdoble corazón.
Y son así, aquí los años todos
que las sombras percuten en tus párpados,
palomas inmediatas que regresan
en el tiempo a la fuente del amor.
Aquí se rompen las ventanas bajo tierra,
y salgo desde tus labios a tus ojos
por mis manos sepultas en tu nuca:
nada después la misma cosa.
Como inmanente esta visión del cuerpo,
mis días son tu risa a voz de pronto,
suma de las preguntas amatorias
que se responden a sí mismas.
Irradiación
También en estos espejos
bocabajo
deslicé mis manos, amplias,
en el reflejo de un suspiro.
Como soplos,
como las semanas lejos,
sentí vibrar lo que vuelve
en sí —lo que me duerme.
No soy yo
este polvo que rebota,
el martillo del ambiente,
la suspensión de mi recámara,
allá en el recuerdo. Soy
como someto mis palabras
lejos, lejos,
como inhesión,
estas semanas lejos.
La fuerza
llevar un clavo entre los dedos y pensar
esto es la cruz
tomar un hocico entre las palmas y pensar
esta es la fuerza
es haber descortezado las superficies
y desflorar también las apariencias
¿quién es capaz de sostener
aquí
como quien ha de regresar un vencejo contra el aire
sus puños
en sus manos?
El peso
van en agosto mis noches tropiezan las hienas que tiran de enero
tropeles de lobos que ruedan panteras que corren los años
cadenas que caen de bruces el polvo levantan la vista los perros
los perros levantan las horas se pierden al viento qué tarde
se ven los minutos cansados el rastro del odio, la sombra
del trance felino que sopla la niebla; la luna que sopla,
la voz que responde ─esta voz que responde, con sol y mañana,
a las grupas rendidas de mis ratos. La arena sin huellas
que no recuerdo haber dejado al aire nocturnal,
la arena tibia que se escurre pronto para el cielo,
así como sumisos estos lomos y colmillos
sin un ladrido terco, entre mis dedos,
y el mes naciente que tanto, tanto es de día
se aploman, y los busco bajo el suelo
con uñas que yo sé que sangrarían
si no durmiera el ruido mi tiempo
en las raíces
de la nada
aquí
[aquí.




