Leemos una selección de poemas de Fernando Díaz Cid (Ciudad de México, 1969). Poeta, pintor y semiólogo. Es autor de los libros de poesía Paroxismo sutil, El repliegue de los espejos, Derrubios del vacío e Instante abisal, publicados en México y en España. Ha sido antologado en Licencia para mentir (Alicante), Bichos en vitrina (México), Humanos en concierto (México) y Antología a la paz (Madrid). Es miembro de la Unión Hispano-Mundial de Escritores y colabora con la Confederación Internacional de Escritores.
HÁNDICAP
Mientras cabalgo
siento el fustigar de las riendas
con dura hebilla.
La muserola me hiere y me desdeña.
Quiero cambiar mi dirección
pero con fuerza
me guían a un lugar que no comprendo.
Añoro la libertad del trote en el terruño.
Reclamo con furia a los siete cierzos.
Un latigazo me grita que calle
que no piense, que corra
hacia una meta ciega.
Mi felicidad se desangra por las espuelas.
Más tarde, a las seis en punto
el aullar de un cronómetro
dicta su malvada sanción:
Mañana nuevamente en la oficina
serás la misma marioneta.
CERRADUMBRE
Hoy escribo la nostalgia en las paredes.
Develo los recuerdos en sus grietas.
Un nardo vigoroso rompe el suelo
y reclama en su tallo a la quimera.
Un abedul renace entre mis sueños
y desgarra el paisaje del acero.
Su silueta destruye la memoria.
¡Oh! soledad que gime tras las rejas.
¡Oh! soledad que grita entre rencores.
La muerte se pasea por la niebla
en impúdico vuelo tras la noche
sólo queda escapar junto con ella.
ECOS
Junto mis manos
para beber la tarde
desde la arista de un acantilado.
Las nubes del reflejo se retiran.
Busco un atardecer
con resplandores sin cristales
que dignifique
mi caminar descalzo
y disuelva lo distante en las letras.
Siembro estrofas en un surco de afanes.
Y escucho ese paisaje
con sus ecos lozanos.
Su belleza deslumbra las esclusas.
Su fulgido despierta el sueño.
Con la red de mis brazos
capturo sus esquirlas y las guardo
en un maletín donde lo incierto se diluye.
Más tarde en un viaje a la boira
las utilizo para iluminar
mis noches en silencio.
MOLINOS SIN VIENTO
El canto de la lluvia
llama al recuerdo de una voz
que permea en la tierra.
Las espirales de nieve fragmentan su paso
dan vuelta en la cornisa.
El reposo adormece los instintos.
La nostalgia se esconde entre los pliegues.
En su desliz se escuchan los lamentos del tiempo.
La niebla baja por los peldaños del vestigio
se observa el silencio de su gesto.
Una imagen la guía
cuando sumerge su mano en el lago
y su alma grita en la añoranza.
El relato aparece lejos
duerme en las almohadas de alguna distopía.
El agua de su búsqueda
alimenta los campos
y el mundo se extravía
entre molinos
sin viento
mientras se desploman sus aspas.
En la bruma la sombra muere.
El cierzo borra la memoria
y muestra su mirada repleta de vacantes.
TELÓN DE FONDO
Detrás de las tormentas
está la nube de un desorden.
Los mares trazan surcos indelebles
en la coraza de mi borde.
Se reescriben las espumas.
La inercia arrastra
amores y despojos.
Surgen barricadas que se diluyen
con la pasión de nuestros besos.
Se sueltan los enlaces
y escucho una obertura en tu mirada.
Vibro intensamente en el leitmotiv
que surge de tus labios.
Se levantan las velas.
El crepúsculo alumbra
un reflejo en las candilejas.
El inhóspito mar
se dobla.
El tifón del deseo entra en escena…
CENTINELA DE LOS SILENCIOS
Escucho la voz que solemos callar entre los ruidos
Andrea Montiel
Hoy soy quien persigue un refugio.
Quien anhela respirar el sigilo
en la brisa desde un acantilado.
Quien se deleita con la energía de las brasas.
Soy una ceniza forastera
en el fluir de tejidos
que viven en su muerte.
Eco nutrido en la voluntad de los alientos.
Subsueño
de la incógnita asidua.
Capaz de llegar hasta los límites del cierzo.
Ser arrojado
al acantilado de sus enigmas.
Quien recae en la búsqueda
del verso
desde una barca
ensamblada con astillas de Orión.
Hoy soy centinela de los silencios.
Ceniza forastera.
CONCILIO DE ESPUMAS
En el mismo instante en que enfrento
a un concilio de espumas.
Sepulto a la rutina
bajo los cienos de Leteo
y se embellece
la vereda de los exhaustos.
Lacero témpanos de esquirlas
y diluyo al ciclón con energía
entre el escombro.
Como navío osado
escucho en mi fragilidad
emblemas que se esfuman
ante la estoica
mirada de la cordillera.
IMPACIENTE
En cada parpadeo percibo tus angustias
entre lamentos que reclaman
la nulidad de tu palabra.
Te sabes breve
buscas reducir el fastidio de los destellos.
Olvidar el aroma
que emiten las flores heladas
y expeler el dolor con tu clemencia.
Viajas sin moverte entre los espacios
en ese sueño por ser libre
fuera de esta prisión de sábanas y paredes.
Desconsolado
sobre almohadones mohínos
tu violenta mirada exige
un acto de bondad
con tu eutanasia.



