Águila
Posada sobre todo lo vivo,
el águila gira brusca su cabeza brusca
buscando nacimientos, esperándolos.
Y luego asciende y cae en su vuelo,
dibujando el círculo de todo lo que nace.
Todo lo naciente tiene un águila
que le hace señas a las cosas que nos encuentran.
El águila toma la forma de tu espíritu
para que puedas entender el idioma de su vuelo.
Un día se posa cerca de tus ojos esperando,
esperando que empieces a nacer.
Desnudez
Las escaleras y las sillas están desnudas.
El desnudo de los cojines
y el de las tablas permanecen esperándonos.
Desnudas las repisas,
las mesas del comedor,
las bañaderas y las ventanas.
Desnudas permanecen como no supimos nosotros permanecer.
Si te recuestas en ellas te acogen como un cuerpo desnudo,
puedes hasta escucharles el palpitar nervioso,
el quedarse quietas luego de ser tocadas.
Si el hombre se parece a un dios,
no es cuando hace nacer del hierro y la madera a estos muebles,
estos pisos, estas mesas que permanecen inclinadas,
estas ventanas que esperan a ser tocadas para abrirse.
Desnudas permanecen las cosas, desnudas,
sordamente desnudas deberían permanecer.
Pero el pudor nos crece como miopía en los ojos:
a los muebles les echamos tapices encima,
los pisos los cubrimos con alfombras,
les ceñimos cortinas a las ventanas,
cuadros a las paredes, manteles a las mesas.
Hay que pasar como un dios que pregunta
por qué están desnudas las cosas,
por qué no se avergüenzan de su desnudez
como nosotros de la nuestra.
Vestimos a las cosas que nos esperan
como se les echa ropa encima
a las más ardientes prostitutas.
Maternidad luminosa
Nuestras manos fueron cortadas por el hacha del mediodía. Nunca quiso el sol verte en sus dominios. Si te asomas, pega el hacha su hierro hirviente contra tu pecho. Ah, enemiga del día, por ley has tenido que ocultarte de la luz, que entra en las cosas desesperadamente para dañarte. Tuviste que ver cómo volvían a crecer mis manos sin que las tuyas retoñaran. Tú existías en las sombras alumbrando toda la casa. Pero yo no entendía cómo alguien que encandila y alivia, alguien que vuelve dorado lo común y vuelve sonora la pobreza podía ser exiliada. Es por ley natural, decían simplemente los sabios de bata blanca. Ahora que veo el mundo desde la alfombra delirante de mi cabeza, he hallado como una piedra preciosa aquello que los sabios nunca supieron: dos astros gemelos jamás deben aparecer juntos sobre la tierra, destrozarían lo invariable y lo armónico. Por eso sería una catástrofe que salieras a la mañana: porque cuando tú apareces, madre mía, ya no nos hace falta el sol.
La caja
¿Qué hay después de esas aguas, madre? Para responderme, mi madre miraba tímida a los alrededores y con su voz más pequeñita me repetía: Creo que el mundo. Teníamos que hablar con una voz pequeña, porque a algunos les molestaba una conversación escandalosa. Vivimos dentro de una caja, para protegernos nos encerraron en una caja color miseria, le digo con una voz más pequeñita a mi madre. Tenemos que andar de rodillas para que nuestras cabezas no se revienten contra el techo. Cuando pregunté por esos que caminaban de pie por la caja, reuniéndose y aplaudiendo, mi madre explicó que eran nuestros cuidadores. Hubo temporadas en que los cuidadores hacían un grito espantoso y los hombres del fondo tenían que acudir. Es que le puede entrar agua a la caja, decía mi madre con su voz más pequeñita. Mi madre que me alimentó con su bondad recién horneada en el vapor del trópico. Mi madre que se acostumbró a caminar sin rodillas. A veces la caja se balancea y nos cae arriba la miseria, y se rompen las lámparas y quedamos oscuros. Los cuidadores dicen que es el oleaje. Pero yo sé que la caja es solo un trozo de vieja madera a la deriva. Un trozo de vieja madera flotando por flotar. No sabemos 18 nuestra latitud. Dentro de una caja todo es siempre igual. Llevo una adolescencia contando los barrotes. A la fuerza, los otros arrodillados abrieron huecos en las paredes más gastadas, pequeños huecos para mirar qué hay fuera, qué hay después de estas aguas. Cuando nosotros abrimos nuestro hueco, la luz humedeció los ojos de mi madre, los humedeció tanto que no podía mirar. Entonces le expliqué el presente con mi voz más pequeñita: Vivimos dentro de una caja que se pudre. Estamos condenados a caminar sin rodillas de un barrote al otro, estamos condenados a ser convencidos. A golpearnos uno contra los otros en el vaivén de los días. A mirar con asco los alrededores, el olor a ruinas. A soportar el peso de la miseria. A vivir como animales domesticados. Porque eso es todo lo que se puede hacer dentro de una caja.
Sabiduría
Entre tus cosas está la sabiduría.
Mientras duermes se queda quieta sobre ti.
Si pongo a orear el cuerpo
y me echo con los ojos en paz para que tú me acojas,
la sabiduría chilla en mi oído y en mis ropas.
Con la paciencia que me has remendado diariamente
y con este silencio vacío siempre, voy detrás de la sabiduría
hasta atraparla: en la torpeza riego o destrozo
los dolores amontonados como ropa sucia.
Porque mis hambres son las del tigre, pero mis manos
son las de un hombre tras la sabiduría.
Y entonces cuando la atrapo voy a ti redimido
como quien trae una piedra preciosa y eso basta.
Tú la miras con azoro, por lo estropeada que la traigo,
y sigues existiendo entre las cosas que no sé mirar.
Mientras bajo la lupa de mi asombro miro la sabiduría,
la miro hasta romper mi silencio y no saber que ha escapado,
que al descuido en cualquier tela,
en cualquier ser, en cualquier suceso,
está callando para que nosotros la encontremos.
El lamento
¿Qué ganaría un hombre con enseñar su lamento si ningún oído va a desviarse de su labor para escucharlo? El hombre anda con su lamento encima como un pesado equipaje. Nadie le ayudará a cargarlo porque cada quien lleva su propio equipaje. Pero el tuyo siempre parece el más enorme, el más incómodo. No puedes soltarlo, está cosido a tu brazo como el aire al día. Si los teólogos te vieran desde su lugar común te dirían que tu lamento te pesa como una cruz al hombro, pero en verdad te pesa como un equipaje: porque la cruz te redime, pero el equipaje te agobia, el equipaje crece con cada día que echas en él; días sucios y días recién planchados, días que no quedarán nunca limpios, pero debes usarlos porque son tus únicos días. ¿Qué logra un hombre con mostrar la cicatriz del equipaje si todos tienen una? Solo algunos también fatigados por el peso de su equipaje te darán un puñado de ánimos como almohadillas para tus hombros. Pero nada ganarás con repetirle a las cosas tu lamento, nadie lo escuchará como tú necesitas que lo escuchen, nadie te aplaudirá por soportarlo, nadie vendrá a sacar del equipaje las libras que le sobran y aun así necesitas seguir enumerando tu lamento, y sigues, sigues arrastrando tu equipaje como se arrastra por el suelo una espada cuando ya no la puedes sostener.
La miseria
La miseria es niña y no crece. Cuando pequeños, mi hermano y yo jugábamos con ella como se juega con una prima muy cercana. Nadie más podía verla, solo mi hermano y yo veíamos aquel pelo gris y esa mirada histérica que nos hacía llorar a veces. De tanto agarrarnos a ella para caminar nos acostumbramos a su frío, a la humedad que eran sus dedos. Por eso nos sudan tanto las manos. Un día la miseria puso en el techo a un par de gorriones y les dio de comer telarañas y semillas de cemento. La escoba de mi madre los ahuyentó como un carabinero a un par de gitanos y la miseria se vengó manchando con sus pies amarillos las paredes de la casa. Otro día trajo del patio un tizón y dibujó detrás de las puertas y en la sala unos símbolos que nunca desciframos. Ya solo me conmuevo de mí para conmoverme de ella. Ya solo la miro y de pronto sus ojos se levantan al descuido y sigue jugando. A veces viene misteriosa y me devuelve algún pulóver que le sirvió de almohada. O juega ensimismada con las cosas mías, con el monedero de mi madre, con los zapatos de mi abuela.
Hay ratos en que se pierde y aparecen las monedas en el monedero de mi madre y aparecen los panes, la alegría y la ropa. Luego vuelvo a encontrarla, jugando en el suelo con mis cosas, como si nunca se hubiera ido. Me mira un momento y levanta los hombros como inocente de existir. Entonces baja la cabeza y sigue jugando, ensimismada.
Poetas cubanos del dossier
Taimi Dieguez Mallo / Luis Enrique Mirambert del Valle / Ana Margarita Arada Clavería / Reynaldo Zaldívar / Reineris Betancourt / Lisbeth Lima Hechavarría / Pablo G. Lleonart / Lorena V.F. /



