José Ignacio Hernández (1988) es escritor y estudiante de música. Publicó en diversas revistas literarias, entre ellas Ceniza, Surco, Buenos Aires Poetry, Irradiación, Ulrica, Santa Rabia Poetry, Phantasma, Grifo, Autores, Portal Azimut, El poeta ocasional. Participo en distintas antologías, como Psicogramas, de la Editorial Palabra Herida; en la segunda Antología de Poesía, de Autores, en la colección La caravana del rayo: 28 poetas panhispánicos, de Santa Rabia Poetry. En 2025 fue seleccionado para estudiar en el Writers Workshop de la Universidad de Iowa, con el poeta Mark Levine. Actualmente, continúa sus estudios de escritura con el poeta Lucas Margarit.
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Sobre Libro de Tormentas, libro inédito de José Ignacio Hernández:
Libro de Tormentas impone a sus lectores una serie de lógicas que, como en toda obra con identidad, le son propias. Su autor es joven, si uno se deja llevar por el calendario. Su autor es un escritor maduro, si uno se queda con la dimensión escrita de su obra. Y vaya si uno se queda con la obra porque, la primera pregunta, está en su título: ¿qué puede un libro con una tormenta? ¿qué puede la fragilidad del papel contra la furia del agua? ¿qué pueden los ojos del lector con la incertidumbre del cielo oscurecido? ¿qué pueden las páginas contra el viento furioso? ¿qué puede la vida contra la muerte? Libro de Tormentas funciona como un artefacto de incógnitas, sin respuestas, sin certezas, casi angustiante. Es, sucesivamente, una lámpara que diluye su propia luz en la oscuridad, una brújula que se enloquece voluntariamente, un texto que cambia su disposición frente a los ojos de su lector.
Siempre leer es salir y volver. Es viajar, exponerse. José Ignacio ofrece, para ese viaje, no el placer ni el lujo, sino una colección de inquietudes que van desde las pasiones hasta las vengativas yakuzas. Es, al parecer, un paseo por las oscuridades y repliegues y, sobre todo, los enigmas de las existencias humanas. En plural, lo repito: los enigmas de las existencias humanas. Porque el Libro de Tormentas es, una bitácora, un registro íntimo de las profundidades de su autor, una tomografía completísima del dolor. Por eso las imágenes de la lámpara y la brújula y el libro que se reescribe son pertinentes, porque esta obra espeja la soledad y el desánimo y la codifica para hablar un idioma universal que nos interpela y nos rasga y nos vuelve a armar pero de otra manera.
La escritura de José Ignacio Hernández impulsa, como una hipnosis, al lector a entrar en sus tormentas. Hay que salir y volver a entrar.
Diego Niemetz
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El siguiente poema pertenece a Libro de Tormentas, libro inédito de José Ignacio Hernández
Lamentación de Moisés
Los comediantes merodean, borrachos,
por el camino gris de la Bahnhofstrasse.
Sus ojos no pueden ver cómo tiembla mi corazón.
Llegan a casa: ¡un susto de Coca!, gritan.
El aliento tan agrio como garganta de gato.
Miran un espejo gris con descaro,
es medianoche, tiemblan sus corazones.
El espejo dijo “Arránquense el pecho”.
Ardiendo, ardiendo,
lo han escuchado cantar, entre tinieblas.
Han visto el sol ardiendo en el cielo.
El mundo duele:
hay música en el río,
hay música en el fuego.
Los dedos se detienen en las cuerdas de la lira,
buscando entrever las palabras que esconde la zarza.
Oír el Principio que hizo el cielo y la tierra.
Los comediantes limpian con devoción los huesos en la cripta,
conocen bien las costumbres del ratón.
Elevan sus ojos invisibles del alma
y los carcome, de pronto, la desesperación.
El ardor de la tierra que nada espera,
gente que nada espera.
Silencio.
Un laberinto está amarrado entre los santos y el cielo.
La puerta quedará sellada.
Cerca de la ciudad de los muros, las tumbas se abren y
están vacías. No son para los muertos.
Busca al ángel que llora,
silencio, silencio, silencio,
busca entre los ángeles,
el campo sagrado alberga tumbas que no pertenecen al cielo.
¡Mira con los ojos del alma!
Silencio, silencio, silencio.
Los comediantes han visto el fuego en la zarza y callaron.
Lenta es la causa de sus heridas y rápida la mano de Dios que las cura.
Arden en bolas de fuego. Gritan y callan.
¡Mire, Biasutto!
Sus ojos han estado atentos, pero ciegos han sido para el alma.
¿Ha visto más allá del fuego que lo envuelve?
¿Biasutto?
¿Ha visto, María Teresa?
¡O voi che siete due dentro ad un fuoco!
¡Voi, ustedes! ¡Han clausurado las puertas!
Desuelan los vientos,
los cebos fundidos decantan en el mar.
La noche había visto todas las estrellas
cuando el remolino los embistió de frente.
Tres veces giraron y en la cuarta
con la espalda ya hundida en el abismo,
los tragó una voluntad desconocida.
¡Ustedes, que han visto la pluma caer!
¿Dónde inhumaron la zarza?
¿Qué secretos guarda la ciudad amurallada?
¿Quién romperá los muros?
¿Quién incendiará las vestiduras de los comediantes?
¿Qué nos dice el fuego?
¿Qué palabras pronuncia el Tzinacán?
Así lo escribió Moisés:
quítense las sandalias, comediantes.
Quítate las sandalias cuando te acerques a esta casa
y escucha con el alma la verdad de Dios.
Harás bien de temer, criatura inmunda, y te cubrirás la cara.
Extiende la mano y agarra la serpiente por la cola.
Los ángeles lloran cuando las tumbas están vacías.
Comediante, criatura inmunda,
no salvarás la tierra que nada espera.
El remolino tragará tu ambición y tu poder
y un pájaro de fuego convertirá el agua del Nilo en sangre.
¿Quién da la boca al hombre?
¿Quién lo hace mudo o sordo o perspicaz o ciego?
El pájaro verá cómo tiembla mi corazón y abrirá los ojos de mi alma.
Así lo escribió el Tzinacán:
Vendrá un gran pájaro que romperá los muros y fundirá los bronces.
Explotará los vidrios de las cúpulas.
Quemará las vestiduras de peladas cabezas.
Las velas caerán como lluvia sobre el río.
El pájaro reunirá las partes que fueron robadas
y el fuego reunirá lo necesario.
Con la pluma que cae
romperá los muros
pero no purificará la tierra que nada espera.
Ve, yo estaré en tu boca, dice el Señor.
Y el pájaro vendrá.
¿Cuál será tu lugar en esta danza de alas infernales?
Serás un subastador de migajas, como el comediante,
o acaso tan mentiroso como el poeta,
trágico, heroico, inexistente,
o santo aguerrido, sin escrúpulos.
Serás Atenas, o María Teresa.
Serás Ofelia, o bruja.
El ministro pronuncia las palabras.
LQS: sobre la mesa acanalada vuelcan su sangre.
Invocan al ángel.
¿Qué has hecho, criatura indefensa?
¿Qué has hecho?
Mira con los ojos del alma,
Mira lo que nos dice el fuego.
No lo calles.
¡Ustedes, los que vieron la zarza!
El mar murmura contra el amargo cebo,
tiene sed de las errantes,
almas que hacen alas de sus remos.
¿Qué nos une al grito solitario del trueno?
Este grito que se esconde y golpea el aire entre las rocas.
La piedad más grande es el olvido,
el estupor,
o la voz de los siete cielos.
Sin desperdiciar la flor, el gemido óseo retorna.
Señor de las criaturas,
rey errante,
montaña que pendula entre costillas abiertas
y oráculos bajo un cielo estéril.
Señor de las criaturas,
tu grito herido retorna.
No escribas nada de lo que oyes,
no escribas lo que dicen los cielos plateados.
No escribas su canto ermitaño y gris.
Hasta dónde hemos de seguir la decepción de este pájaro,
su olor a estrellas y ese frío desagradable.
No puedo hablar, soy tan joven y
sufro.
Sufro más allá de las palabras,
con esta pluma solitaria en las manos.
Tiemblo como la montaña
cuando la sombra de Estacio entró en los cielos;
los custodios de Dios doblaron sus rodillas ante la noche.
¿Qué habremos de dejarle a esta pobre humanidad?
¿Qué haremos con este mundo frágil?
Criatura mundana,
tus palabras no son las de Adán
ni tu música el glorioso decacordio.
¡Hora novissima!
Tampoco Eva tejerá tus sueños.
¡Tempora pessima sunt!
¡Criatura!, tu palabra es la verdad.
No se salvará por sí sola
pero es más grande que la luz.
Vigilemus.
¿Dónde están los siete valles?
¿Dónde está la sombra que se perdió en el sol?
¿Dónde el espejo que mostraba lo que fuimos?
¿El montón de polvo?
¿El vil montón de tierra?
¿El aniquílense en mí y en mí se encontrarán?
¿Qué hay del sol, ímpetu espejado de majestad?
¿Dónde la Sombra que cae?
¿Dónde, ahora, el éxtasis y el deseo?
Nomina nuda tenemus.
Nomina nuda tenemus.
Nomina nuda tenemus.
Tiresias, mira este fuego más allá de sus llamas
y regálanos la verdad que otros callan.
¡Oh, Tiresias!
Profeta, padre de Manto,
que legaste tus dones a Virgilio, el gran mago.
En la tarde violeta, hora en que renace el deseo,
hora en que el campanil retumba bajo el agua,
hora en que estaremos solos.
¡Oh, Tiresias, dime quién estará en mi corazón cuando llegue la hora!
Dime, por Virgilio, a quien siempre amaste,
cuándo vendrá mi hora.
¿Podré acaso reposar donde siempre quise estar?
Dime si desde el Hades pudiste ver los cantos carbunculares de Ulises y sus
hombres
cuando se hundían.
Ven, háblame del gran sueño de Babilonia
y de aquel gigante que lloraba lágrimas eternas.
Dime, ¿dónde está Dios?
¿Dónde está el Señor?
Habla su Nombre, muéstranos su Rostro.
Todo está ardiendo,
todo lo que vemos, todo aquello que se aleja,
todo lo que duele,
todo lo que nos une.
¡Oh, Virgilio, allí es el fuego!
Llamen a este pájaro, díganle que ha extraviado su pluma
y que la danza se desate.
Pierdo el temor.
Me entrego a la sorda desesperación de los comediantes.
Diminutas criaturas,
inexplicables y contaminadas
como la tierra que nada espera
y arde, incansablemente, ciegamente.
Ardiendo, ardiendo,
hemos arrancado el corazón de nuestros pechos.
¿Qué haremos ahora?
Fríos con un mundo en nuestras manos.
Con nuestra sangre en la boca.
Silencio, silencio, silencio.
¿Qué haremos, ahora que las heridas no sanan?
¿Qué haremos?, pobre humanidad.
Habremos de temer y cubrirnos la cara.
Los ángeles lloran lágrimas eternas.
Porque la hora ha llegado y estamos solos.
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Otros autores
Valeria Pariso / Inés Aráoz / Lucas Margarit / César Cantoni / Gustavo Caso Rosendi / Diego Muzzio / Andrés Neuman /




