Poesía mexicana: Diana Juarrod

Leemos poesía mexicana. Leemos dos poemas de Diana Juarrod. Recibió el Premio José Carlos Becerra y el Premio Rodulfo Figueroa. Es Directora audiovisual de varios cortometrajes, entre otros, de Como la noche llega

 

 

 

Diana Juárez o Diana Juarrod​​ es​​ Comunicóloga. Publicó los libros de poemas​​ Campanita negra, Premio José Carlos Becerra (IEC, Tabasco, 2012);​​ Soltar la mano del tiempo, Premio Rodulfo Figueroa (CONECULTA, Chiapas, 2012) y​​ Hábito del extravío, Premio estatal de poesía Teresa Vera (UJAT, Tabasco, 2010). Videopoeta y tallerista, en el Laboratorio de Videopoesía “Goliardxs para el fin del mundo”, proyecto audiovisual colaborativo y autogestivo (CDMX, 2021-2026). Es ilustradora en @dinosauriosemplumados. Directora audiovisual de varios cortometrajes como​​ Sin miedo al éxito​​ (2023),​​ La niña y el cráneo​​ (2023) o​​ Como la noche llega​​ (2022),​​ entre otros. ​​ 

 

 

 

 

 

 

Joker

 

(a Batman de José Carlos Becerra)

 

Recomenzando como siempre en el asiento del bus (ballena de las calles),​​ 

reconociendo como siempre a ese niño del asiento de enfrente que nos mira​​ 

y baja el telón de silencio (en defensa del “musical”) con los reflectores​​ 

 ​​ ​​​​ encendidos hacia tu déficit,

donde el pequeño fisgón nos acusa de romper en risa o romper la risa,​​ 

o retorcer entre las vocales, la brisa, el advenimiento de la anti alegría como​​ 

 ​​ ​​​​ condición​​ 

o descompostura que nunca pasa desapercibida en los espacios públicos​​ 

estallando en medio de todo (el camión),​​ 

la​​ guasa​​ que a todos asusta por durar demasiado tiempo suspendida en el​​ 

 ​​ ​​​​ escenario (el camión);​​ 

un gas lacrimógeno que nos atraviesa tan random como una vaca marina en la​​ 

 ​​ ​​​​ carretera automática del día, “ese”…​​ 

“el bromas” que soy se retuerce
en el asiento ante la mirada atómica de la madre del niño,​​ 

que podría ser nuestra madre (y se ríe),​​ 

del niño que podríamos ser nosotros (y se ríe),​​ 

o también la madre que nosotros podríamos ser (ella no se ríe).

Ella ¡Bam! te escupe​​ ¿Alguien quiere pensar en los niños?​​ (comediantes​​ 

 ​​ ​​​​ verdaderos)

y según el prójimo, no hay tarjeta de acreditación neurológica que explique este​​ 

 ​​ ​​​​ comportamiento irrisorio, más que la sola burla, el irrespeto, la falta de abuela,​​ 

 ​​ ​​​​ entonces (no lo entenderías) la propia risa nos da risa y toma posesión del​​  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​​​ cuerpo.​​ 

Recomenzando como siempre ese lagrimeo en la ruta del​​ oso

​​ y mientras performamos el descontrol nos protege un demonio llamado risa,​​ 

espiral que trajera al destino su poder decadente. Sonríe al miedo, dice y pasan cosas como el​​ sin aliento, con su gesto azul inframundo.​​ No lo entenderías​​ ​​ 

 ​​ ​​​​ (insertar meme).

Mientras ellos te quedan viendo, con cara de “gente bien”, pero en ciudad​​ 

 ​​ ​​​​ Defecto, son todxs unos artistas; de ahí que el barrendero baila y la mucama​​ 

 ​​ ​​​​ escribe​​ 

maravillosas notas suicidas que ni se cumplen ni se publican;​​ 

el guardia es tenor y la nana, fotógrafa. El godín inventa voces a cada objeto de​​ 

 ​​ ​​​​ su oficina, porque: ventrílocuo. En esta ciudad hasta un payaso de fiesta

podría ser ya sabes… (Insertar meme)​​ Vivimos en una sociedad…

De nuevo la risa que enfurece a los actores, el demonio humedeciendo los muros del rostro con su dolor ambiguo, y mientras el cuerpo tiembla​​ 

 ​​ ​​​​ ensordecido de tanto jajá,​​ 

una parte de nosotros se divide y los asalta, —ya se la saben… el arte o la vida,​​ 

la cartera, el celular y los poemas.​​ 

La otra parte regurgita, una buena risa reconforta tanto como el llanto,​​ 

ese ahogo de tos silábica que ellos envidian, los que no saben reír ni ver caricaturas.​​ Vivimos en una sociedad​​ meme, con su esquizofrenia artificial y su​​ 

 ​​ ​​​​ internet de las cosas…​​ 

muertas, con su post verdad, que sostiene a las empresas para que puedan​​ 

 ​​ ​​​​ trabajar los artistas,​​ 

viajar en los camiones que mueven sus carnes de ida o vuelta como dioses, pues​​ 

 ​​ ​​​​ el conductor es dibujante y realiza trazos por la ciudad con sus neumáticos.

Recomenzando como siempre la escapada ¡bajan!, pides,​​ 

con los bolsillos repletos de morbo y miradas de usuarios.​​ 

En la esquina donde la risa puede ser Lady Gaga, o una bomba de tiempo al​​ 

 ​​ ​​​​ interior activada.​​ 

Y urge salir de esta ballena que no llega a tiempo, como un Jonás yonqui​​ 

 ​​ ​​​​ expulsado por un surtidor.​​ 

Lejos de este mar de pasajeros donde todos te filman.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciudad Gótica

 

Yo que nací cueva, aldea y entorno

al fuego círculo. Yo que fui creciendo​​ 

en habitantes hasta perder los bordes.

Yo tampoco estoy. Yo también falto.  ​​ ​​​​ 

Yo me perdí entre hojas de búsqueda​​ 

y diarios fugaces que viven​​ en la nota​​ 

para convertirse después en paño

de lágrimas, de espejos y ventanas

oscurecidas por el dióxido

de un pensamiento amargo.

Entre listas de nombres vacíos​​ 

y fotos en cartones de leche.

Un rumor que envidia al musgo

en el tronco al acecho del rayo,

pues la vida modesta reverdece​​ 

mejor ignorando los peligros.

 

Pequeño habitante,​​ 

pensar en mí abre tu insomnio

​​ a un silencio abarrotado,​​ 

​​ de camiones de carga y sirenas.

Soy ese barullo persecutorio.

​​ Mezcla todo en el cuenco del oído

–ferias, lamentos, cohetes, balazos–

y escucharás el mar citadino,

de donde algunos no vuelven.

 

Soy ese miedo específico​​ 

que te observa escurrirte​​ 

de la casa al trabajo,​​ 

de la oficina a la duda,​​ 

de la pregunta al hambre,  ​​​​ 

​​ de la escasez al tedio

y del odio al trabajo,

nuevamente. Mi corazón es​​ 

una caja fuerte asediada por

pingüinos de cuello blanco.​​ 

 

Todos mis lujos provienen​​ 

de tu alegría, workaholic,​​ 

no poseo el don de soñar,​​ 

me lo inyecto. Un pase de​​ nieve​​ 

en las arterias con peor flujo​​ 

vehicular y a seguir circulando.

Al fin, sumergida en alcohol,​​ 

me lavo de maquinaciones

la jornada y finjo que no

 

sé de manos que llevan y luego shhhhh,

algo se cocina en lo oscuro, tacos de tripa,​​ 

disturbios,​​ sapos​​ verdes en todas partes​​ 

¿los escuchas? en el agua quemada,​​ 

en el pasto fosforescente.

cantan secretos.

 

La noticia –por fuego– muda en ceniza

y esta noche alguien no vuelve a casa.

Un cuerpo humano atraviesa el espejo​​ 

ácido, en la penumbra y al amanecer

apenas un asiento de café en la taza.

 

Hubo una joven espalda, donde ahora flores.

Asustados ojos de niño, donde hoy verdugos.

 

Un hueso húmero recocido en la olla​​ 

gira sobre el hervor del ocaso,​​ 

rugió el caldero, el pozole está presente.

((((¿Mas ella?)))))

 

Un grito despierta convertido en mosca

​​ bebe de la rutina, su diario mutismo,

apunta la trama en su pequeña libreta​​ 

de periodista, y frotando antibacterial​​ 

en sus patas, sobrevuela los rascacielos​​ 

orgullosamente rubios.

 

Pregunto a las piedras​​ 

blancas,​​ que se miran entre sí,​​ 

por el​​ niño​​ ahogado en el pozo,

por el​​ perro​​ dormido bajo las raíces,​​ 

por la​​ muñeca​​ inflable en el vertedero,​​ 

y por su madre la rastreadora que oteaba​​ 

pistas en el bosque desencantado.​​ 

Llamo a las puertas​​ 

del inframundo​​ 

de la duda.

​​ Me visto con papeles que firmo,​​ 

me acuesto entre huesos y huellas,​​ 

pego una foto en los altares del rumbo,​​ 

pero sólo cuchillos de hielo entre labios​​ 

que dicen que no, que nadie los ha visto​​ 

desde el día en que se fueron a la siembra.

¿Dónde brotarán los retoños de su carne?​​ 

¿Detrás de la puerta como un beso?

¿Bajo la cama, junto a los otros?​​ 

¿En una zanja de pesadilla? O quién sabe​​ 

bajo terrones de sal, en el noticiero,​​ 

más allá de las piedras que se miran entre sí,​​ 

en la cima del Monte Rushmore.

 

¿Escuchas? alguien busca,​​ 

alguien llama a su​​ amor secuestrado,

deja un caballito esperando en la mesa,

una veladora abierta entre los mundos,​​ 

la ventana encendida por las noches,

y no se raja. Patea, grita: se aparece.

 

Si las paredes hablaran, si se grafitearan solas,

si me pusiera un tatuaje de silueta humana​​ 

en todos los lugares donde fueron abducidos,

como restos blancos de bicicletas colgadas,

como cruces en mitad de un parque infantil.

​​ Si​​ nos diéramos color​​ con lo que sabemos,

se dañaría mi oscura elegancia,​​ 

de vergüenza los arbotantes rotos

y sangrando las bóvedas de crucería.

Bajo capas y capas y capas​​ 

de concreto, confirmo.

 

No hace silencio una boca​​ 

cerrada, ni una máscara de papel​​ 

mirando desde el muro.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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