Bárbara Aguilar Carmona (Córdoba, 1985). Es educadora social y desarrolla proyectos socioeducativos con adolescentes en los que la poesía se convierte en una herramienta de expresión, pensamiento crítico y transformación social. Ha participado en antologías como Autores (2024) y en la VI Antología de Poesía de Aliar Ediciones, donde fue finalista en 2024. Publica en revistas digitales como Vislumbre. En 2025 fue seleccionada para una residencia de mujeres creadoras organizada por la Diputación de Córdoba.
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La poesía de Bárbara Aguilar se adentra en un territorio donde la naturaleza no es paisaje, sino lenguaje vivo. En estos poemas, la piedra, el musgo, la savia, la raíz o el silencio forman parte de una misma respiración que antecede a la palabra y la sostiene. Su escritura despliega una mirada atenta a los procesos mínimos y a las transformaciones imperceptibles, convirtiendo cada imagen en una invitación a escuchar aquello que suele permanecer oculto.
Con una voz de gran delicadeza sensorial y una notable precisión rítmica, Bárbara construye una poética de la escucha y del origen. Sus versos exploran los límites entre materia y lenguaje, entre percepción y pensamiento, para finalmente conducir al lector hacia una experiencia de extrañamiento y revelación. En ellos, el mundo parece nacer una y otra vez en el instante mismo de ser nombrado.
Cabe mucho de esperar de una voz como la suya, nueva y antigua, pero siempre en estado de germinación constante.
Juan Antonio Bernier
ENTRE TU VOZ Y LA MÍA NACE
EL PRIMER SONIDO DEL MUNDO
Entre tu voz y la mía
crece un musgo:
bajo la brizna brota
un brillo de barro.
Allí respiran las abejas,
posan su pulso en el polen,
el polvo, el pozo del sol.
La rama roza la orilla del aire,
tiembla sin viento,
vuelve a vivir en su rumor.
El primer sonido del mundo
brota otra vez de la savia,
blanda, secreta,
sosteniendo la semilla.
EL SILENCIO SE CURVA CASI VIVO
Se curva el silencio, vivo casi,
como espiga que escucha.
Bajo la corteza
late una lengua lenta;
sobre la piedra
se asienta el musgo y mira.
De agua la orilla
me nombra despacio:
sisea la sal, se ciñe la luz
a las hojas.
Allí, donde reposa,
respira la palabra
antes de ser.
¿Y LA RAIZ DEL DÍA?
Desciende.
No con los pasos,
con la respiración.
La tierra te abrirá
su umbral oscuro.
Detente
ante la hondonada primera,
aquella que no figura
en los campos verdes.
Inclina la frente.
Que la sombra te mida.
Toma un puñado de limo
y déjalo caer sobre el silencio.
Nada responderá.
Cuando el olor del suelo
cambie de peso,
cuando el aire se vuelva suelo,
cuando la piedra empiece a latir
por debajo de sí misma,
entonces extiende la mano
hacia la oscuridad que tiembla.
No busques luz.
Busca la forma.
AQUÍ, DONDE LA LUZ TOCA EL MUSGO
Aquí, donde la luz
toca el musgo y retrocede,
algo se mueve en diagonal.
Un desplazamiento oblicuo,
impreciso, casi perfecto.
La piedra se ondula
sin moverse,
como si la rigidez
fuera solo un recuerdo.
El musgo, que parece quieto,
hace un pliegue interno,
un gesto invertido
que no coincide con el tiempo.
Un hilo verde, apenas verde,
apenas hilo, avanza en espiral
sobre un punto que no existe.
Donde la luz toca el musgo
y oigo el otro lado
de la voz.




