Después de la autonomización del campo literario
(Sobre Salchipapa de Julio Barco)
“Soy poeta, pero para vivir, para ganarme algunas monedas, vendo salchipapa con mi Ley. ¿Qué otra cosa puede hacer un poeta en esta ciudad sino vender comida chatarra en la calle?”
Hay una lección que Julio Barco, el autor de estas palabras que abren su manifiesto-arenga y novela-ensayo Salchipapa (Editorial Higuerilla, 2025), ofrece a los aspirantes a escritor, a los poseros, a sus lectores y a quienes están ganándose después de años un sitio en el campo cultural. La lección es seguir con vida en la literatura, aunque no se tenga un sol, un peso, un guaraní, un real, un bolívar, un dólar. Seguir con vida significa seguir escribiendo.
La cita de Salchipapa nos insinúa órdenes anfibológicos de cosas, es decir, que van en direcciones opuestas: por una parte, la precariedad de un escritor que no puede ganarse la vida con su obra; por otra, la desventura de un escritor cuyos productos culturales no son rentables, porque o no son de calidad e interés de las grandes casas editoriales o no han construido lectores dóciles y susceptibles al consumo vacío.
Nótese que he dejado en cursivas la palabra calidad, como un cabo suelto. Me remito a las palabras de Benigno León, profesor de literatura española en la Universidad de La Laguna en Tenerife, en una entrevista concedida a Alexis Rodríguez: “Nunca han existido fórmulas sobre calidad literaria. El punto de excelencia es el talento del escritor”. Sobre el particular y Julio, me remito, en cambio, a mi ensayo Los ritos ardientes: Discursividades en la obra de Julio Barco publicado por Astronómica hace un año. Si insistimos sobre la calidad, tendríamos que entrar en la historia de los libros claves, pero que fueron rechazados por editores en primera instancia. Digo esto, para entrar de lleno en temas que son de suma importancia para las letras latinoamericanas y de los cuales se habla en voz baja o derechamente son irrelevantes.
La referencia es a la autonomía de los escritores en América Latina hoy en día, algo que no se resolverá en este artículo, pero de lo cual es preciso dejar semillas y un brote, como si fuera el experimento del poroto entre algodones para la escuela.
Rebobinando la historia de la literatura latinoamericana, encontramos un espacio de autonomización del campo literario, tal como lo entiende el crítico Julio Ramos, a partir de los escritores-cronistas-reporteros, la referencia precisa es al trabajo periodístico de José Martí y Rubén Darío. El primero en la edición del 14 de marzo de 1892 del periódico Patria exhortaba a quienes tomaban la pluma: “Debe, extractando libros, facilitar su lectura a los pobres de tiempo. O de voluntad o de dinero. Hacer asistir a los teatros, como sentados en cómoda butaca que este efecto hace una alineada y juiciosa revista, a los pobres y a los perezosos. Debe desobedecer los apetitos del bien personal, y atender imparcialmente al bien público (…)”. Rubén Darío, por su parte, oficiaba de gacetista, jornalista (del francés journal) y diarista, todo para resumir sus aportes en la prensa; fue, además, autor de semblanzas, artículos políticos, crónicas de viaje y ensayos breves.
Tanto Martí como Darío actuaban como pararrayos de la cultura, la canalizaban y, en cierta medida, la democratizaban. Asimismo, descentralizaron la figura del escritor del mero escribir y publicar poesía, narrativa y dramaturgia; justamente, llevándola más allá, a lo que en la actualidad se llaman géneros referenciales o, siguiendo al crítico Leónidas Morales, la “escritura de al lado”.
Después de Martí y Darío, a lo largo del siglo XX, hubo muchos, destacándose en Perú, por ejemplo y entre otros, César Vallejo, Blanca Varela, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique. No obstante, llegamos al siglo XXI y la exponencial democratización de la cultura por medio de las redes sociales y, con ello, la proliferación de lectores, escritores y autores. Cabe preguntarse si hasta aquí, además de una modernización literaria, el campo cultural responde a los estímulos e impulsos que vienen a toda velocidad. Me explico: potencialmente, la literatura está al alcance de todas las clases sociales, ¿qué se necesita para ser autor si no hay chances ni plata?
“Wong me habló de la presentación de un escritor pituco: los libros costaban como cien soles y todos lo compraban, aunque su calidad era ínfima. Los ricos pueden pagarse ediciones lujosas, pero no el talento para destacar en las letras”. De este arrebato, el escritor pituco tiene un capital cultural que se transforma en capital simbólico, si damos un vistazo a los postulados del sociólogo Pierre Bourdieu. Ahora bien, nada más que los modos de reproducción del poder, del estatus y ventajas. La pregunta es si la literatura pituca a la que se refiere Julio subsistirá, pero en el presente el rico produce una mercancía lujosa y, tal vez, de autor. Sobre el talento del rico y su lugar en las letras, ¿aquí ponemos al siempre antipático y contrarrevolucionario Jaime Bayly? Queda abierto el debate.
“Al margen de eso, hay que separar la vida y el arte: tampoco se trata de hacer una literatura de uno mismo, ni de los pensamientos de uno, sin embargo, ¿acaso jugar a ser otros no es el imperativo de nuestra época y es muy difícil intentar ser uno mismo?”. ¿Hasta cuándo con la misma monserga de vida y arte inseparables? Casi cincuenta, desde que Serge Doubrovsky publicara 1977. O casi sesenta de la Autobiografía precoz (1968) de Yevgueny Yevtushenko, cuya primera frase es: “La autobiografía de un poeta son sus poemas”. Digo monserga, porque, en ocasiones, es un arma de doble filo, por ejemplo, tomando Confieso que he vivido (1974) de Pablo Neruda, se puede tirar por tierra una obra monumental, diciendo que es producto de una persona inmoral y criminal impune (aquí recomiendo leer el maravilloso libro de Hernán Loyola, Los pecados de Neruda, publicado en 2019). En mi opinión, claro que vida y obra son inseparables en cuanto a lo que se escribe y a como el autor o la autora es influenciada por lo que vive, siente, lee, pero ¿no es un ejercicio antojadizo hacer un cherry-picking de obras labradas con esfuerzo para desprestigiar gratuitamente? En literatura, ya lo decía hace siglo y medio Arthur Rimbaud: “yo es otro”.
Uno de esos autores que se expone, porque busca un realismo total, es Julio: el ejemplo claro es El nuevo fuego y, como verán los lectores próximamente, El nuevo viento que está actualmente en fase de posproducción. Quienes no leen, juzgan la obra por asuntos que salpican a quien escribe, así visto ¿no son los escritores contemporáneos lo suficientemente transparentes? Pensemos en cuantos libros de entrevistas, diarios y correspondencia se publican; pasa que las redes sociales nos empujan a leernos a máxima velocidad sin reflexionar en lo leído, pero a criticar sin más, escribiendo e impactando en el momento para después languidecer en el vacío del olvido (a veces reflotan los comentarios de este tipo, pero sabemos que los excrementos tienen la capacidad de flotar).
“El peruano come, pero no lee. Caga, pero no consume palabras. No hay cultivo mental: solo intestinal. No cree en las palabras, no cree en lo atroz de los lenguajes: cree en la imagen, en el sabor”. El diagnóstico de Julio es desolador, pero no es alguien que se queja y nada hace: desde libros que buscan insertarse en el Plan Lector del Perú a seminarios en línea gratuitos, pasando por conferencias, artículos, columnas hebdomadarias en Diario Uno, visitas a escuelas y, recientemente, una mini biblioteca popular y libre en El Agustino. El nado contracorriente es también, desde Chaufa y Ceviche, una crítica de un país rico en cultura y no solo en gastronomía. Un negocio de comida es rentable en cualquier rincón del mundo, pero hay lugares en que una librería o una biblioteca es un tesoro; esa es la apuesta de Julio. El consumo, por otro lado, es una huida del pensar y de leer algo que ponga en aprietos a la gente, es mucho mejor comer un buen plato de comida y mirar televisión basura o TikTok. El diagnóstico, en otras latitudes de Helène Ling y Inès Sol Salas, en abril de 2023, es decidor: “Hace ya más de treinta años que en los saturados estantes de las librerías apenas se ve otra cosa que no sean novelas destinadas al éxito”, ¿hablan, en ese sentido, diatribas como Salchipapa?
“¿No creen que un vendedor de salchipapas pudo ser en otras épocas un épico invitado a un festival internacional de poesía cerca de Alexanderplatz? (…) ¿Cómo se llama el poema que me llevó a Berlín? Salchipapa. Y sí, era un poema como papas contra papas y muchas cremas. Las papas eran los escritores malditos que admiraba entonces”. El poema es, precisamente, un homenaje a los escritores malditos admirados, pero también a la simplicidad de tomar un libro y dejarse maravillar con sus páginas: una salchipapa es eso, vienesas cortadas en rodajitas más papas fritas y una salsa. Del otro lado, salchipapa se come incluso en lugares de turismo elitario como en Capri, siendo el plato más barato que puedas ordenar: no es pobreza, sino ingenio de tomar materiales que cuestan poco y hacer una genialidad, eso también es la literatura. Julio come, lee, caga y escribe.
“¿Y qué es ser poeta? ¿Acaso ser poeta es publicar libros? Y yo, que había dejado todo para publicar por mi cuenta mis libros nacidos de un esfuerzo diario, me paré de la mesa, di el último brindis y me marché, ¿qué saben esos estúpidos de poesía?”. A contrapelo, el ejemplo del poeta chino Xu Lizhi, un trabajador de Foxconn, la empresa encargada de ensamblar en China el iPhone, suicidado en 2014, a veinticuatro años. Xu escribió, por ejemplo: “quieres morir / y te pones a escribir poemas”; “Me han entrenado para ser dócil. / No sé cómo gritar o rebelarme, / quejarme o denunciar. / Sólo sé sufrir en silencio hasta el agotamiento”. Cada instante de pausa, solo al salir del trabajo angustiado de tener que volver al otro día, es un momento para verterse sobre la página en blanco. La poesía dilató la muerte de Xu que nos dejó este testimonio, frente a él, ¿qué sabemos de la poesía? En el caso de Julio, la precariedad no mata, pero ser escritor, ser poeta es un sacrificio de cada día, es un quedarse en la palabra, es buscar que la profesión de escritor vuelva a pagar. Se sabe que él tiene una entrega sinigual y reinventa espacios para poder generar ingresos, especialmente, editando, vendiendo, imprimiendo y promocionando sus libros por sí solo, ¿estamos lejos de una nueva autonomización de la literatura, digamos en el siglo XXI, sin morir en el intento?
A veces llegan satisfacciones, premios literarios, reconocimientos, críticas literarias y el pan a la mesa, Salchipapa es, al final, una nueva crónica que sigue la herencia de Martí y Darío y que, como en el grueso de la obra de Julio, nos habla de la dificultad que es ser escritor en el Perú, en un país ingrato con sus escritores: el escritor tiene que ponerse a vender ceviches y salchipapas, a trabajar en un taller mecánico o en la cadena de montaje de teléfonos para seguir extendiendo su mensaje.
Es tiempo de pensar en nuevos agenciamientos para difundir la literatura y no solos, sino que colectivamente, como yo que hago una lectura en voz alta de este libro necesario y la firmo. En primera persona, he conocido, en carne y hueso, que la actividad literaria, a estas alturas, es recortarse un poco de tiempo destinado al goce, al sueño, a la nada, y transformarlo en lectura o escritura de cosas que, en principio, nadie leerá. Cuando la literatura sucede, disloca y confiere un margen de libertad e independencia inigualable, que es preciso cuidar. Quizás esa sea la nueva autonomía de la literatura; solo que habría que considerar el ser escritor, una profesión que respetar y proteger, además con seguridad social y mayor presencia en la sociedad. El trabajo intelectual y literario debiese ser tratado como trabajo. Para no repetir un tiempo que Roman Jakobson lamentó hace casi un siglo, esto es, una generación que haya desperdiciado a sus poetas. Los escritores serán historia, lengua y conocimiento, pero también son el hoy, aunque no lo creamos ni los veamos, aunque estén vendiéndonos salchipapa en una periferia.
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Nicolás López-Pérez (1990) es un poeta, traductor y crítico literario chileno. Ha publicado diez libros de poesía y uno de ensayo. Sus libros más recientes son la antología Un volantín yéndose paila (2025), La división de ciertos días (2026) y la traducción de los poemas de Rocco Scotellaro, Mi patria está donde la hierba tiembla (2026). Escribe crítica literaria en la revista argentina Metaliteratura y en su Substack, L’officina del fulmine. Actualmente enseña lengua y culturas hispanas en la Universidad de Salerno y vive en Nápoles.
Julio César Barco Ávalos nació el 10 de agosto de 1991 en Lima, capital del Perú. Es uno de los poetas latinoamericanos nacidos en el fin de siglo más prolíficos de la actualidad. Ha publicado más de treinta libros entre poesía, narrativa y ensayo. Sus últimos títulos son El nuevo fuego (2023), Cantar de Chancay (2024), Chaufa (2024), Sol suicida (2025) y El viaje de Violeta (2025). Ha recibido, entre otros, los premios Gremio de Escritores (2018), Huauco de Oro (2019), una mención honrosa en el Premio Poeta Joven del Perú (2021) y, recientemente, el segundo lugar en los Juegos Florales de la UNI (2025); además, ha sido reconocido por el vecindario donde reside.
Su obra ha sido publicada en Perú, Chile, Argentina, Colombia, México, España, Italia, Alemania, Francia y Estados Unidos; y ha sido, en parte, traducida al inglés, el francés, el italiano, el alemán y el húngaro. En 2023 se estrenó en el Centro Cultural de España en Lima el documental basado en su vida como poeta Canción de la intensidad. En 2025 se publicó el primer ensayo crítico sobre su poesía: Los ritos ardientes. Discursividades en la obra de Julio Barco de Nicolás López-Pérez.
Desde hace más de un lustro encabeza la editorial Higuerilla. Hoy por hoy, gestiona diversas instancias de difusión cultural como la incansable red de literatura Lenguaje Perú, conduce el programa televisivo Café Barco y sus columnas cada sábado en el Diario Uno, de circulación nacional en todo el Perú.



