Una conversación con Carmen Palomo Pinel

Carmen María López López, poeta y académica española, conversó con Carmen Palomo Pinel (Madrid, 1980) a propósito de su más reciente libro, Monstruos y prodigios (Pre-textos, 2026), que mereció el Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás .

 

 

MONSTRUOS Y PRODIGIOS: LA TERNURA DE LO INSÓLITO.​​ 

ENTREVISTA​​ A CARMEN PALOMO PINEL

 

Carmen Palomo Pinel​​ (Madrid, 1980) es autora de​​ Glosas al fuego (Hebel, 2016, edición bilingüe español-italiano, I Premio Internacional de Poesía «Francisco de Aldana»); Las costuras del hambre (Esdrújula Ediciones, 2019, II premio Esdrújula); Un silencio habitado (Diputación de Salamanca, 2021, accésit del VIII Premio Internacional de «Poesía Pilar Fernández Labrador»), DIDO (Universidad Popular José Hierro, 2021, XXXII Premio Nacional de poesía José Hierro), Madre de cenizas (Gravitaciones, 2022, I Premio de poesía «Gravitaciones»), En tu espalda el desierto, (Diputación de Soria, 2023, XLI Premio Leonor de Poesía), Ser mirada (Pre-Textos, 2024, Premio Ciutat de València - Juan Gil-Albert) y Ramas de mirto en la ciudad eterna (Visor, 2024, accésit Premio Jaime Gil de Biedma 2024, Premio Ciudad de Churriana 2025 y Premio de la Crítica de Madrid 2025).​​ Hoy dialogamos con su autora en torno a​​ Monstruos y prodigios​​ (XXXIX Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás), un​​ viaje poético en torno a la extrañeza humana.

 

 

 

El título​​ Monstruos y prodigios​​ proviene de una cita de los pensamientos de Pascal: “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué novedad, qué monstruo, que caos, qué sujeto de contradicciones, qué prodigio!”. ¿Cómo fue este hallazgo y hasta qué punto fue determinante para dar forma al libro?

A decir verdad, el título tiene una inspiración múltiple. La referencia más evidente es un pasaje de los Pensamientos de Pascal que siempre me ha impresionado y al que vuelvo con frecuencia: el pensamiento 433, donde, al reflexionar sobre la condición humana, describe al hombre como «quimera», «novedad», «monstruo», «caos», «sujeto de contradicciones» y «prodigio». Me pareció una formulación extraordinariamente sugerente porque expresa muy bien la complejidad del ser humano, capaz de reunir en sí realidades aparentemente opuestas. Cuando releí ese texto, tuve la impresión de que contenía la clave de lectura del libro: servirme de lo monstruoso y de lo prodigioso para hablar, en el fondo, de lo humano.

Hay también otra referencia importante: la segunda parte del libro se abre con un texto de Ulpiano que transmite una definición de lo prodigioso atribuida a Labéon. Según él, existen dos géneros de prodigios: los que nacen contra la naturaleza (cercanos a lo monstruoso) y los que parecen prodigiosos, lo que los griegos llamaban phantasmata, más cercanos a lo sobrenatural o maravilloso. Esa distinción mostraba que lo monstruoso y lo prodigioso no son idénticos, pero sí profundamente relacionados; no es casual que una célebre obra de Ambroise Paré, llena de curiosísimos dibujos, se titule precisamente Monstruos y prodigios. Lo fascinante es que ambos términos remiten a una misma experiencia: la irrupción de algo que pertenece al mundo humano y, sin embargo, parece excederlo. Lo monstruoso y lo prodigioso señalan una desviación de lo ordinario que nos inquieta y nos atrae a la vez, y a través de ellos quise explorar las contradicciones, los límites y los misterios de la condición humana.

 

 

El taller del poeta es siempre un misterio, incluso para el propio creador. Pero subvirtiendo este enigma, quisiera preguntarte por el proceso de​​ escritura. ¿Contemplas la idea de libro o eres escritora de poemas que luego se hilvanan en una unidad superior?​​ 

Tienes toda la razón al decir que​​ el proceso de escritura es siempre un misterio, incluso para quien escribe, y en mi caso cada libro ha nacido de una manera distinta. Algunos surgieron como una reunión de poemas escritos en momentos diversos que, con el tiempo, revelaban líneas de fuerza capaces de darles unidad. Sin embargo, Monstruos y prodigios fue diferente. No partió de un proyecto previo, no me dije: «Voy a escribir un libro con este título y sobre este tema». Más bien el tema se me impuso a partir de una experiencia concreta.

Todo comenzó durante un congreso de Derecho romano en el lago de Como, un lugar de una belleza extraordinaria. Rodeada de personas muy sabias y preparadas, me invadió una sensación de pequeñez como nunca antes: me sentí diminuta, insignificante, incluso una especie de monstruo en el que nadie reparaba. Pensaba en cómo escondemos deformidades invisibles, heridas y fracturas que pasan inadvertidas, y me impresionó el contraste entre la belleza luminosa del paisaje y ciertas oscuridades interiores: el sufrimiento, la sensación de extrañeza, la impresión de no encontrar el propio lugar en el mundo. De esa experiencia nació el primer poema y, tras él, el libro entero me llegó con una fuerza inusual. Sentí la necesidad de seguir escribiendo sobre lo monstruoso, sobre lo desviado, aquello que parece deformar lo humano y, sin embargo, forma parte de él. Al hacerlo, escribía también sobre el mal y el dolor, pero también sobre la inocencia, la compasión y la posibilidad de comprender al otro. Más que una elección, este libro fue una necesidad que respondió, de manera muy profunda, a un momento concreto de mi vida.

 

 

El poemario se articula en cuatro secciones: “Brevísima introducción al yo”, “Ostentum”, “Gusano” y “Breve celebración en el umbral del fin del mundo” ¿Qué motivó la estructura cuatripartita del libro?​​ ¿Fue una decisión deliberada o un hallazgo fortuito?

La estructura en cuatro partes no fue el resultado de un plan ya diseñado. Como he comentado, este libro se escribió de una manera torrencial y las secciones fueron surgiendo de forma natural. La primera, «Brevísima introducción al yo», funciona como entrada al libro y a la experiencia de extrañeza que está en su origen: habla de esas fracturas interiores, dolores o deformidades invisibles que todos podemos albergar y que permanecen ocultos a los demás.

La segunda parte, «Ostentum», es una galería de figuras extraordinarias tomadas de la mitología y la literatura. Mi propósito no era hablar de esos seres en sí mismos: quise recorrer el camino inverso de cierta tradición poética,​​ que busca revelar lo extraordinario que se esconde en la vida cotidiana, y hablar de lo cotidiano del ser humano a través de lo extraordinario. Esos monstruos, fantasmas y criaturas fabulosas me permitían explorar la identidad, el misterio del mal o la experiencia del dolor. La tercera sección, «Gusano», ocupa un lugar especial: se inspira en textos bíblicos relacionados con la Pasión de Cristo, donde aparece descrito como un gusano, un ser deformado por el sufrimiento. Sus poemas nacen de la contemplación de tres crucifixiones; el más bello monstruo es aquel que asume voluntariamente la deformidad por amor. Finalmente, «Breve celebración en el umbral del fin del mundo» cierra el libro con un único poema largo dirigido a una figura misteriosa llamada el Monstruo.

 

 

Monstruos y prodigios​​ es un libro que reflexiona sobre la fragilidad y la ternura de lo insólito. Para ello das voz a seres fabulosos y extemporáneos: monstruos​​ y​​ gigantes​​ cuya enormidad y deformidad esconde a su vez una gran vulnerabilidad. ¿Por qué detienes tu mirada no ya en lo pequeño, sino más bien en lo minúsculo, en esa poética de la insignificancia? ¿Son estos seres una metáfora de la existencia humana?​​ 

Supongo que detengo mi mirada en lo minúsculo porque yo misma me siento insignificante y necesito que alguien sea capaz de mirar esa insignificancia con ternura. Detrás de las figuras monstruosas del libro hay criaturas heridas, solitarias, incomprendidas, que no encuentran su lugar en el mundo y funcionan como metáforas de la existencia humana. Todos tenemos algo de monstruos, no por perversidad, sino porque somos seres incompletos, contradictorios, llenos de grietas interiores; todos conocemos la experiencia de no encajar del todo o de sentir distancia entre quienes somos y quienes querríamos ser.

Los monstruos encarnan esas fracturas, pero también la necesidad profunda de ser vistos y aceptados a pesar de ellas. Por eso la ternura ocupa un lugar central: una de las grandes preguntas del libro es si existe una mirada capaz de contemplar nuestras deformidades sin escandalizarse, que no niegue nuestras sombras, pero tampoco nos reduzca a ellas. Al final, la verdadera monstruosidad quizá no esté en la diferencia o la fragilidad, sino en la incapacidad de reconocer la dignidad que sigue habitando incluso en lo insignificante, roto o desfigurado. Todo el libro nace de esa esperanza.

 

 

Entre estos personajes sobre los que fabulas en el libro, encontraremos a Medusa,​​ Proteo,​​ el Gólem,​​ titanes, vampiros, fantasmas, liliputienses,​​ licántropos, dragones, unicornios, la mujer jorobada, la niña del monstruo de Frankenstein e incluso un​​ hada amputada. Todos ellos son seres que están heridos, tocados por una enorme fragilidad.​​ ¿Cómo surgieron estos personajes​​ y sus voces líricas?​​ ¿La poesía cura a esos seres rotos, alivia lo acre de la herida?

La verdad es que siempre he sido una persona muy imaginativa. Desde niña me han fascinado los cuentos, los mitos, las criaturas fabulosas y todos esos seres que habitan los márgenes de la realidad. De un modo u otro, siempre me han acompañado y han formado parte de mi paisaje interior. De hecho, cuando escribía este libro, creo que llevaba más en el corazón que en la memoria un recuerdo de la infancia: un álbum de cromos dedicado a monstruos de toda clase que me fascinaba y que seguramente muchos niños nacidos en los años ochenta recordarán. Es posible que esos seres llevaran mucho tiempo viviendo dentro de mí y que este libro haya sido simplemente la ocasión de darles voz.

Cada uno de esos monstruos encarna una herida distinta, una forma particular de dolor, de extrañeza o de desajuste con respecto al mundo. Al mismo tiempo, muestran que incluso en aquello que parece​​ más oscuro o desfigurado​​ puede haber una inesperada belleza.

En cuanto a la poesía, no sé si tiene realmente la capacidad de curar. Me cuesta afirmarlo. El dolor humano es demasiado complejo para admitir soluciones tan sencillas. Pero sí creo que la poesía puede acompañar. Puede ofrecer una forma de comprensión, una manera de decirle a alguien: «No estás solo en esto». Y compartir una herida es ya una forma de aliviarla. Por eso no diría que la poesía sea necesariamente sanadora, pero sí que puede ser una compañera fiel en medio de la oscuridad.​​ Y eso es muchísimo.

 

 

De todos ellos me​​ conmovió​​ especialmente​​ la niña del monstruo de Frankenstein, quien ya anciana, es la sepulturera que limpia las tumbas de aquellos monstruos que en otro tiempo fueron sus amigos. El tiempo, el “maldito tiempo”, que arrastra la edad y nos quita los juguetes, es​​ un hilo de reflexión​​ en toda tu obra y en particular en​​ este libro. ¿Por qué el tiempo?

También a mí me conmueve ese personaje. Hay un verso en el que, refiriéndose al monstruo, la niña dice: «Él estaba hecho de trozos, pero era yo la que estaba -y estoy- rota». Esa niña-anciana, que sobrevive a todos sus compañeros y cuida sus tumbas, encarna la experiencia del paso del tiempo y la pérdida. Creo que la infancia es, por excelencia, el territorio de los monstruos y los prodigios:​​ de niños​​ habitamos un mundo lleno de maravillas porque todo se nos presenta por primera vez.​​ El​​ mar, un elefante o una montaña pueden parecer tan prodigiosos como cualquier criatura fantástica.

Más tarde, la costumbre nos enseña qué es normal y qué es excepcional. Dejamos de asombrarnos y reservamos​​ la denominación de​​ prodigioso​​ para lo raro o imaginario. El tiempo es importante en este libro no solo porque envejecemos o perdemos cosas queridas, sino porque modifica nuestra manera de estar en el mundo y nos arrebata esa mirada infantil capaz de maravillarse ante lo real. Creo que el arte, la poesía e incluso la investigación científica nacen de la voluntad de conservar algo de esa disposición primera. Una de las funciones más profundas de la poesía consiste precisamente en devolvernos el tiempo: cuando leemos un poema, suspendemos la urgencia de la vida cotidiana y volvemos a mirar las cosas como si las viéramos por primera vez. Quien lee poesía, de algún modo, perfora el tiempo.

 

 

Las dualidades o el mundo bifronte que encubre contradicciones y paradojas son un eje de tu escritura, como evidencian Jano, Jeckyll o Dorian Gray. ¿Es la poesía el territorio más propicio para explorar esas contradicciones y paradojas?

Sí, sin duda. Creo que las contradicciones y las paradojas forman parte de nuestra propia condición. Al menos en mi experiencia, encuentro constantemente en mí movimientos opuestos, deseos que chocan entre sí, impulsos incompatibles que querrían conducir la vida en direcciones diferentes. Como cualquier persona, anhelo una unidad interior, una paz capaz de reconciliar todas esas tensiones, pero no siempre es posible alcanzarla. De hecho, sospecho que el ser humano difícilmente puede lograr esa reconciliación por sí solo. Nuestras fracturas más profundas no se resuelven mediante un simple acto de voluntad, sino gracias a una mirada exterior capaz de acogernos con ternura y de aceptar aquello que en nosotros permanece incompleto o contradictorio.

Pero la paradoja no habita únicamente en el interior del ser humano. También está inscrita en la realidad misma: el mundo está lleno de fuerzas que parecen oponerse, de tensiones que atraviesan todos los ámbitos de la existencia. Por eso me parece que la poesía constituye un territorio especialmente fértil para explorar esas contradicciones. Si todo fuera claro, transparente y perfectamente explicable, quizá no necesitaríamos poemas. Nos bastarían los tratados filosóficos o los sistemas conceptuales cerrados. Podríamos decir simplemente: «El mundo es así», y dar por concluida la cuestión.

Sin embargo, el mundo no funciona de ese modo. Hay en él una dimensión irreductible de misterio, y la poesía encuentra ahí su espacio natural. La paradoja es fecunda porque abre zonas de significado que no pueden agotarse en una explicación única. Un poema puede albergar simultáneamente​​ sentidos diversos e incluso aparentemente contradictorios. Quizá por eso la poesía nos acompaña de una manera que raramente consigue un discurso puramente enunciativo. En un poema nunca está todo resuelto ni completamente explicado, siempre queda algo abierto, algo inabarcable. En ese espacio de incertidumbre es donde muchas veces nos reconocemos mejor, pues también nosotros somos, en última instancia, un misterio para nosotros mismos.

 

 

En​​ un poema​​ escribes: “Era la realidad lo prodigioso”. El asombro, el anhelo de hallar lo extraordinario en lo ordinario es nota de tu escritura. ¿Es la realidad el verdadero prodigio?​​ 

Sin duda. Parafraseando a Hegel, o más bien corrigiéndole suavemente la formulación, en lugar de afirmar que lo real es racional y lo racional es real, yo diría que lo real es lo prodigioso y lo prodigioso es lo real.​​ 

 

 

El libro se cierra con un poema que canta y celebra al monstruo como una criatura prodigiosa: “A ti, Monstruo, te bendigo, / porque nos has mirado en lo profundo / y no te has espantado del hombre”. Sin duda destaca la mirada llena de extrañeza​​ hacia​​ esa figura y la cierta compasión del monstruo hacia el hombre. ¿Qué simboliza y qué te inspiró?

Cada lector puede interpretarla a su manera: como Dios, como una imagen simbólica de aquello que excede toda comprensión humana o incluso como una representación de la dimensión prodigiosa y monstruosa que habita en​​ nosotros mismos. En cualquier caso, quería terminar con una mirada de compasión. Después de recorrer todas esas variadas formas de la monstruosidad, el libro concluye sugiriendo que alguien es capaz de contemplar al ser humano entero, con todas sus contradicciones, sin horror y con infinita ternura.

 

 

¿Qué​​ artistas y, en particular, poetas han influido más en tu tarea creativa​​ y artística?​​ ¿Se nota la voz de estos maestros literarios​​ en tu poesía?

Como no soy filóloga ni crítica literaria, me resulta difícil hablar en términos técnicos de influencias o poética. Prefiero pensar en mi trayectoria lectora como una historia de gratitudes. Si tuviera que señalar una figura central, diría sin duda San Juan de la Cruz: su obra me acompaña siempre por su hondura espiritual y su intensidad verbal. Creo que todo lo que leemos deja una huella, aunque sea imperceptible; la poesía propia no surge de una sola voz, sino de muchas lecturas sedimentadas. Me gusta pensar en mi escritura como un tejido de deudas felices, resonancias y gratitudes que van configurando, poco a poco, una voz personal.

 

 

Si solo pudieras salvar dos poemas​​ Monstruos y prodigios​​ (al estilo del escrutinio de la biblioteca en el​​ Quijote​​ o de​​ Fahrenheit 451, ¿cuáles elegirías como emblema de ese mundo poético extraño, exuberante, prodigioso?​​ 

Me cuesta un montón, me he encariñado mucho con todos mis monstruos. Pero si es obligatorio elegir, me quedo con Medusa y con esa niña, ya anciana, del monstruo de Frankenstein.

Medusa es quizás la figura que mejor encarna la paradoja central del libro: es víctima y monstruo al mismo tiempo, y no por turnos sino simultáneamente. Su deformidad le fue impuesta como castigo por un crimen que no cometió, y sin embargo el poema no la presenta como una inocente desamparada sino como alguien que ha asumido su rareza con una especie de orgullo herido. Hay en ella deseo, memoria del amor y un lucidez feroz sobre el propio dolor. Lo que me interesaba era precisamente eso: que no pudiera reducirse a ninguna de las dos categorías, que la mirada compasiva y la mirada aterradora fueran la misma.

Y la niña de Frankenstein, ya anciana, porque ese verso​​ –"él estaba hecho de trozos, pero era yo la que estaba (y estoy) rota"–​​ contiene, creo, todo el libro en miniatura.

 

 

 

Dos poemas de​​ Monstruos y prodigios

 

 

 

Medusa

 

Mi rareza es mi realeza,

pero toda serpiente tiene un pasado de lágrima

y la palpación bífida

de ese oscuro placer de malgastar la vida.

 

Mujer, si quieres encontrar el paraíso

jamás oses buscarlo.

Déjame ir hacia ti, te dije,

aunque me abrase y me agote y nunca vuelva.

Déjame ir, que el dolor por la ausencia de la luz​​ 

es también una luz.

 

Pero te digo ahora

un día me verás la lengua alucinada,

los cabellos ardiendo

prendidos por un rayo del país de la ira,

las pupilas volviendo a las estrellas

de las que un día nacieron.

 

Hace falta separar la cosa de su nombre​​ 

para que la visión​​ 

crezca​​ 

y el ojo se haga intensamente ojo.

¿Por qué no puedo convertirme en piedra​​ 

mirándome a mí misma?

¿Y qué hacer con lo muerto?

¿Qué hacer con el lugar donde más brilla la existencia?

 

Contra la enfermedad de acostumbrarme, lanzo

una dentellada a lo absoluto.

No le digas a nadie quién soy yo,

que mi corazón no tiene dónde​​ 

reclinar la cabeza.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

La niña del monstruo de Frankenstein

 

No he vuelto a ver a mi amigo.

 

Al final, todo monstruo se pone frente a una niña

una vez en su vida

y tiene que confrontarse con la pureza,​​ 

que es eso que jamás entenderemos.

 

Él estaba hecho de trozos

pero era yo la que estaba (y estoy) rota.

 

Y sucedió:

el fogonazo más grande de este mundo

es la piedad recíproca.

Cuando ocurre, si ocurre,

se abre una inmensidad que no halla término.

 

Ahora soy ya muy vieja, y aún no lo he olvidado.

 

Me hice sepulturera. Limpio cada día las tumbas​​ 

de los monstruos que fueron mis amigos.

Otros no tuve.

 

Se ocultan en lugares infrecuentes:​​ 

el arrullo de una paloma rosa, la toquilla​​ 

de los recién nacidos, la flor de lis​​ 

dibujada en la luna de un meñique.​​ 

 

También cada lágrima que no llega a aflorar

es la tumba de un monstruo.

 

Nadie sabe de su existencia ni de su ubicación,

pero yo las recorro cada noche,

rezando a un corazón que se entrega a sí mismo

del modo más salvaje y monstruoso,​​ 

corazón de gusano, no de hombre:

Monstruo nuestro, que estás en el cielo.

 

La nieve cae sobre ellas​​ 

con silente clemencia​​ 

y luminosa.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

Carmen Palomo Pinel (Madrid, 1980) es profesora titular de Derecho Romano en la Universidad San Pablo CEU de Madrid y poeta.​​ Ha publicado los libros Glosas al fuego (Hebel, 2016, edición bilingüe español-italiano, I Premio Internacional de Poesía «Francisco de Aldana»); Las costuras del​​ hambre (Esdrújula Ediciones, 2019, II premio Esdrújula); Un silencio habitado (Diputación de Salamanca, 2021, accésit del VIII Premio Internacional de «Poesía Pilar Fernández Labrador»), DIDO (Universidad Popular José Hierro, 2021, XXXII Premio Nacional de poesía José Hierro), Madre de cenizas (Gravitaciones, 2022, I Premio de poesía «Gravitaciones»), En tu espalda el desierto, (Diputación de Soria, 2023, XLI Premio Leonor de Poesía), Ser mirada (Pre-Textos, 2024, Premio Ciutat de València - Juan Gil-Albert),​​ Ramas de mirto en la ciudad eterna (Visor, 2024, accésit Premio Jaime Gil de Biedma 2024, Premio Ciudad de Churriana 2025 y Premio de la Crítica de Madrid 2025) y​​ Ereignis​​ (Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2026). Su libro​​ Monstruos y prodigios​​ ha obtenido el 39º Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás y ha sido publicado por la editorial Pre-Textos.​​ Además de estos, su poesía ha obtenido otros premios y reconocimientos. Su trabajo ha sido parcialmente traducido al francés, italiano, griego y rumano. Muestras de su obra aparecen recogidas en diversas revistas y antologías.

 

 

 

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