Aforismos de Martín B. Campos

Leemos aforismos de Martín B. Campos (Paraná, 1997) pertenecientes a A favor del fuego (2026). Desde 2019 difunde literatura en redes sociales, desde la cuenta @pueblolector. También ha coordinado talleres de lectura. Es editor de la revista La sociocultural.

 

 

 

Martin B. Campos, seudónimo de Lucas Barreto (Paraná, 1997), es un escritor argentino. Estudia filosofía y biotecnología en la Universidad Nacional del Litoral y ha desarrollado su obra en los géneros del cuento, el ensayo, la novela y el aforismo. Desde 2019 difunde literatura en redes sociales, desde la cuenta @pueblolector. También ha coordinado talleres de lectura. Es editor de la revista​​ La sociocultural​​ desde 2021, donde publicó relatos, artículos, ensayos y entrevistas. Ha publicado aforismos en​​ Zenda​​ y​​ Círculo de poesía, y ha participado como invitado en eventos literarios en Monterrey, Trujillo y Pamplona. También ha trabajado como editor y reseñista de autores hispanohablantes. En 2026 publicó su primer libro de aforismos,​​ A favor del fuego​​ (Buenos Aires Poetry). Su escritura se sitúa en el cruce entre filosofía y literatura, con un interés particular por la memoria, la identidad y ese límite en el que las explicaciones conocidas dejan de alcanzar.

 

 

 

 

***

 

 

Presentación de​​ A favor del fuego

O ¿Cómo seguir creyendo?

 

 

Como aquel caballero, de quien hablan las leyendas,​​ 

que de pronto ve un pájaro raro y se empecina en seguirlo [...]​​ 

pero el pájaro escapa siempre, hasta que cae la noche y el caballero,​​ 

lejos de los suyos, ya ignora su camino en la soledad.

 

Søren Kierkegaard

 

Entonces el uruguayo, ese que quiere ser escritor, me dice:

—Estoy tratando de fotografiar la realidad.

—En ese caso lo que necesitás es una cámara de fotos —le digo—. Las Nikon andan bien.

Siempre traté de cuidarme de hablar en nombre de la realidad.​​ Lo lamento, pero es la realidad, te dicen, mientras te muestran una foto de un bebé decapitado en Siria, apoyándose en la palabra realidad como si fuera la última frontera del conocimiento. Con ese criterio, dos repitentes jugando al Free Fire en la escuela también son la realidad. Lo que haría falta es aclarar que esas escenas no son toda la realidad. Para captar toda la realidad habría que salir del universo y ver de una vez por todas de qué se trata esta incubadora de estrellas.

Pero ¿a qué se refieren con eso de la realidad? En general, eso que llaman realidad se parece mucho, muchísimo, a su propio punto de vista, a sus valores, a las cosas que les gustan, las que no, sus pequeñas hipocresías y sus caprichos. Prohíben la menta granizada en nombre de la realidad ignorando al montón de gente que la pide en sus cucuruchos. Y ahí es donde, para mí, entran la imaginación y la atención. El hecho de que no podamos hablar de la realidad en su totalidad no quiere decir que no valga la pena hablar de la mejor manera posible​​ de aquello que conocemos. Es obvio que no podemos iluminar toda una casa con la luz de un fósforo, pero podemos iluminar una baldosa y así ver durante un segundo la cara del que tenemos enfrente. Ese con el que hemos convivido durante veinte años pero que aún no conocemos. Aclarado este error, voy a hablar del mundo que conozco, de lo poco que me ha dejado ver mi fósforo, de lo que no puedo negar porque ha pasado por la aduana de mis ojos. El mundo que conozco, sí, esa expresión me deja en paz. Quiero hablar del mundo en el que me ha tocado vivir, de las repeticiones psicológicas que he visto y que me permito llamar, por esta vez, trampas para ratas de dos patas.​​ 

Algo que fue cambiando con el tiempo es que cuando empecé a escribir yo creía que los escritores eran gente sabia, tipos y tipas que habían llegado a cierta verdad universal, que habían conseguido la verdad como si se tratara de una espada incrustada en una piedra y ellos fueran un montón de Arturos, los elegidos, los destapadores de mermeladas del conocimiento. Escribiendo entendí que era justo lo contrario: los escritores son las personas que menos saben del mundo. O al menos yo. Yo soy un ignorante profesional, y no me da vergüenza decirlo. El deseo de escribir nace de la ignorancia y la perplejidad. Por cada libro que leo, me entero de diez autores que no conocía, y cada vez me vuelvo un punto más chiquito, como una arveja que pasa de su lata de conservas a la pileta municipal.​​ 

Vuelvo a la palabra Realidad, porque también es un invento, una ficción que forma parte de esa orquesta sin fin que es la realidad, la otra, la que solo existe como un craquel de realidades. Hoy mi intención es hablar de la Realidad con mayúsculas, la que inventamos a lo largo de los años, esa en la que yo, personalmente, no creo. Y, para que sepan que hablo en serio, les voy a contar algunas de las trampas en las que caí, igual que un dorado al sentir el tirón ni bien muerde la lombriz. Me refiero a cada una de las trampas que llevan a alguien a perder confianza. Y hay un hecho psicológico que es importante recordar: cuando uno empieza a desconfiar de una institución exterior, también empieza a​​ desconfiar de una parte de sí mismo. Perdemos la confianza en nosotros mismos cada vez que uno de nuestros ideales fracasa. Un tipo acumula moneda tras moneda en un chanchito de dos metros cúbicos hasta poder cambiar el celular y el auto tres veces por año y solo entonces darse cuenta de que ahora necesita cambiar el auto dos veces por día. Un estudiante se recibe con el mejor promedio y la bendición del clero académico, y en medio del doctorado se da cuenta de que el vacío no se llena con bibliografía y normas APA. Una chica baja quince kilos, maquillaje, suplementos, lifting, modelaje y canjes, y se da cuenta, al ver una arruga nueva en la seda de su cara, de que lo que buscaba desde un principio era volver a tener veinte años. La trampa consiste en que uno tiene que emplear varios años, a veces décadas o vidas enteras para conseguir esas cosas, y en esos años uno es capaz de emplear todas sus energías, toda su inteligencia, pero ya sabemos como terminan los que persiguen repetir el éxtasis de una línea de coca. Un espiral para mosquitos. No es muy distinto. Son ideales basados en resultados, no en modos de vida. Para obtener un resultado solo hace falta energía y recursos. Para alcanzar un modo de vida hace falta una ética. Una ética sirve en cualquier lugar del mundo, porque se lleva puesta como un marcapasos. Un auto no sirve en la punta del Everest, un promedio no sirve frente a un diagnóstico terminal, hace falta más que bótox para seducir al ciego.​​ 

—Baudelaire no parecía tener una ética —me dice el uruguayo.

—Los escritores son muy mentirosos: no reconocen influencias, inventan otras, aseguran que escriben para ellos, que casi no corrigieron ese soneto perfecto, pero se la pasan observando y escribiendo y puliendo cada palabra. Baudelaire se podía pasar una noche entera buscando la palabra perfecta para pedirle azúcar al vecino. Una ética, entonces, uruguayo. No le creas nunca a un escritor que admirás si dice que funciona solo por inspiración. Mirale las manos, seguro están llenas de tinta.

Para leer también hace falta cierta ética. Hay escritores que me dan ganas de escribir, que hacen que la sangre me corra como caballos por el túnel subfluvial, que me llenan de entusiasmo. Lo mismo me pasa con ciertas personas, con cierta música. Otros escritores son peores que un somnífero, son un batazo profundo en la nuca. A esos dejalos para las noches de insomnio. Sería bastante estúpido si no intentara acercarme a las cosas que me llenan de entusiasmo, de fuerza, ¿no te parece? Hay varios obstáculos a los que uno se enfrenta si tiene la intención de ser artista. Así que uruguayo, tomá nota, porque es fácil perderse en un diccionario si uno no conoce el alfabeto.

Para empezar, éxito y fracaso son dos obras de arte, igual que la Gioconda y el Guernica, representaciones completamente humanas. Google o McDonalds fichan igual. Dos ficciones, dos cosas que empezaron en la mente de un artista. Los artistas son expertos en tirar la piedra y esconder la mano. Dante sacó la piedra del estadio y parecía manco. La​​ Divina comedia​​ se sostiene sola, como una estrella en el medio de la nada. Las ideas de éxito y fracaso también. Hemos ido modelando esas ideas con mucha paciencia y atención a lo largo de unos siglos. Te muestran un tipo manejando un auto que parece una nave espacial en Punta del Este y te dicen​​ esto es el éxito. Y sería igual de arbitrario a que te muestren otro cabalgando en una granja y te dijeran lo mismo. Dentro de esa compra-venta de ideales los que no participamos somos justamente nosotros. Pero nadie tendría que decirnos qué deberíamos buscar más que nosotros mismos. Nada posee las características intrínsecas de lo​​ buscable. Es el marketing el que se encarga de producir esas mentiras, y nosotros caemos como mosca en basurero.​​ 

Recuerdo algunas situaciones, momentos que me marcaron igual que el hierro a la vaca. Una vez, trabajando en un servicio de catering para un cumpleaños de quince, un colega quedó parado al lado mío mientras la quinceañera repartía las velas a quince personas importantes para ella. Nosotros estábamos en el umbral de la cocina, en plena oscuridad:

—A mí nunca me dieron una velita —me dijo el colega.​​ 

No lo dijo con tristeza, solo estaba confirmando un hecho. Creo que se lo estaba diciendo a sí mismo. Después, ese mismo mozo pidió que le guardemos un globo para llevarle a su hija. Había unos trescientos globos con helio en el techo del salón. Parecía un cielo con nubes rosas. Pidió uno solo. No lo volví a ver, y me gustaría que hoy estuviera en esta pieza con su hija, y darle una velita a él y un globo a ella, pero no sé ni su nombre.

Recuerdo otra cosa: El año pasado visité a una persona y tenía la mesada llena de cajas de benzodiazepinas: clonazepam, diazepam, midazolam, etcétera; y el mismo día, en otra casa, vi una repisa con proteína de huevo en polvo, creatina, vitaminas, aceite de coco, vitamina B12 y ácidos grasos de pescado. Sentí ganas de fumar un cigarrillo tras otro y tomar el vodka más barato hasta perder el conocimiento. Pero elegí encerrarme a escribir seis horas, que es la mejor forma de matarme. El contraste de esas mesadas me dejó pensando por días. Pastillas y polvos, unos sobreviviendo, otros queriendo vivir más tiempo. Los que se quieren ir de la fiesta ni bien llegan y los que piden una más cuando ya prendieron las luces y empezó a aclarar. Y esas personas se cruzan en el supermercado, en el trabajo, en los semáforos.​​ 

Un tercer recuerdo:

Estábamos viajando en taxi, un poco borrachos a las dos de la mañana. Yo iba hablando con una amiga sobre el amor después del amor y la conductora miraba de reojo. Decidí preguntarle a ella:​​ 

—¿Qué opinás, se ama igual después de los cuarenta? ¿Se ama?

Era obvio que tenía unos cincuenta y cortos.

—Si viene de antes puede ser, sino la gente prefiere viajar.

Era cierto. Resultó filósofa. Y mi amiga, después:

—Yo creo que soy incapaz de amar.​​ 

Y ahí mi cabeza se detuvo o, mejor dicho, hizo lo que hace mi cabeza desde siempre que una idea me impresiona: una parte de mí se queda en el presente, sentada en la parte de atrás de un Corsa dos mil cinco y otra, una que tiene noventa años y teje con unas manos muy ágiles, esa sacó el ovillo y empezó a tejer un suéter para un oso: ¿cómo una persona llega a considerarse incapaz de amar? Incapaz de creer en el amor, en cualquier tipo de amor. La incapacidad de amar es síntoma de otra cosa, igual que la fiebre botonea una infección. Después de esa noche estuve sin dormir por dos años.​​ 

Pensé en C. S. Lewis, el de​​ Las crónicas de Narnia, cuando se quedó viudo y no sabía qué hacer con tanta ausencia; pensé en ese poema de Idea Vilariño escrito por el dolor y para el dolor, pensé en Poe desmayado de alcohol en un callejón cuando se le murió la esposa. Pensé en hombres y mujeres destruidos como personajes de Carver que no supieron qué hacer con esa piedra de la locura llamada ausencia, pero no había pensado en el sufrimiento de aquellos que no eran capaces de amar. Esa es la enfermedad, el peor vicio:

—¿Y para qué necesita amar un escritor? —me pregunta el uruguayo.

—Porque es lo único de lo que podemos hablar —le digo.​​ 

Tengo un amigo que siempre me pregunta si escribí algo sobre mujeres. Y yo siempre lo decepciono. Creo que es porque uno escribe sobre las cosas que está listo para empezar a entender. Con las mujeres me paralizo. Supongo que es porque todavía no me las puedo sacar de encima, las veo cada vez que me miro al espejo. Están ahí, en el desgaste de mis ojos, en mis uñas desprolijas, en los rayos de luz que se cuelan por la ventana. Yo creo que si me ponen electrodos en​​ la cabeza van a encontrarse el mismo baldío que encontrarían en un tipo con dos divorcios encima. Los míos fueron divorcios no oficiales, pero el efecto fue similar, y en la división de bienes ellas siempre se llevaron el futuro. Las que quise eran de las que ponen cáscaras de huevo en las plantas para que tengan calcio. Y ahora no me puedo hacer ni un omelette en paz. A veces me quedo mirando un vaso vacío y pido por ellas, por su salud, por sus familias, y trato de creer que si el futuro me trae otras plantas con cáscaras de huevo, voy a saber merecerlas.​​ 

El uruguayo me mira con desconfianza:

—Te hablé para aprender a escribir y solamente me estás contando historias.

—¿Y eso no te da una pista? Fijate muy bien cómo usás la palabra​​ solamente.​​ 

¿Querés un consejo de escritura? Tenés que saber darte maña para inventar material. Yo tengo una especie de test sociológico que a veces uso con la gente. Muchacho uruguayo, deberías hacer como Boswell con el doctor Johnson, preguntar cosas insólitas. Yo pregunto a la gente si baila sola. Lo hago desde que leí un fragmento de​​ La hora de la estrella, no la mejor de Lispector pero sí la que más me gusta. Dice así:

“Entonces, al día siguiente, cuando las cuatro Marías cansadas fueron a trabajar, ella tuvo por primera vez en su vida una de las cosas más valiosas: la soledad. Tenía el cuarto sólo para ella. No creía usufructuar mucho espacio. Y no se escuchaba ni una palabra. Entonces, en un acto de absoluto coraje pues su tía no la hubiese entendido, se puso a bailar.”

Parece una estupidez, y muchos hombres que podrían ser mi padre me responderían, con toda la razón de su época, que “los hombres no bailan”, y yo les preguntaría por qué no. Y ellos me dirían que el baile es cosa de mujeres. Entonces yo me sacaría el sombrero y me retiraría asombrado ante semejante división aristotélica.​​ 

Pero sigamos dividiendo, entonces. Yo divido mentalmente a las personas entre las que bailan solas y las que no, y hago mis apuestas respecto a las que dejaron de hacerlo y después les pregunto, para ver qué tan errado estaba.​​ 

Como ya se imaginarán, yo soy de los que bailan solos. Pero hubo un tiempo en el que no podía. Y recuerdo perfectamente el día que espontáneamente volví a intentarlo. Estaba solo en el departamento en el que vivo, escuchando a Milo J, y sentí un impulso inexplicable de bailar. Y enseguida sentí vergüenza. Sentí que algo externo y abstracto me miraba desde una esquina del techo, desde una mancha de humedad ennegrecida por los hongos, y decía:

—Qué ridículo, qué estupidez.

Ahí estaba yo, colorado en mi cocina, ejerciendo una pequeñísima revolución, un mínimo acto de coraje, de libertad.​​ 

El uruguayo me mira un rato, como si nunca se hubiera planteado que yo pudiera sentir vergüenza.​​ 

Entonces lo pongo a prueba, para ver si aprendió algo:

—¿Por qué baila la gente? —le digo.

Se queda pensando.​​ 

—Porque elige la música —me dice sin mirarme, sin esperar mi aprobación.​​ 

 

 

***

 

 

 

No es que no se pueda vivir sin belleza, lo terrible es que se pueda.​​ 

 

 

 

 

Exigir es una forma de la impotencia. Quien puede, es compasivo.​​ 

 

 

 

 

Si la desproporción viene del latido, no hay nada que corregir. Ni es una desproporción.​​ 

 

 

 

 

Solo alguien muy inocente sube las escaleras de a dos escalones. ¿Quién se apuraría después de notar que la escalera no tiene fin, como la de Penrose?

 

 

 

 

 

Condición de poeta: vivir como si ya se estuviera evocando.​​ 

 

 

 

 

 

Lo importante no es el abismo sino las paredes que lo contienen. Las paredes son el abismo.​​ 

 

 

 

 

 

Mientras haya ídolos, la humanidad es posible.​​ 

 

 

 

 

 

¿Quién​​ querría​​ ordenar el mundo después de verlo?​​ 

 

 

 

 

 

La ficción no interpreta la realidad: la hace posible.​​ 

 

 

 

 

La imaginación es tan honda como el desacuerdo con el mundo.​​ 

 

 

 

 

Yo también confundí la infelicidad con la sabiduría.​​ 

 

 

 

 

Era de esas personas que escuchan por la boca.​​ 

 

 

 

 

Toda sociedad se inventa la verdad que justifica sus vicios.​​ 

 

 

 

 

La verdadera desgracia es estar vivo en un mundo que pertenece a los muertos.​​ 

 

 

 

 

Nos pasamos la vida persiguiendo fantasmas. Cuando nos cansamos, nos persiguen ellos.​​ 

 

 

 

 

Un jarrón en un mundo de almohadones: la desesperación de no poder romperse.​​ 

 

 

 

 

Es por la plomada que la caña llega tan lejos.​​ 

 

 

 

 

Cinco dedos índices no hacen una mano.

 

 

 

 

Toda teoría fracasa frente a una nueva necesidad.​​ 

 

 

 

 

Abandonar todo no lleva al origen, lo niega. Nadie está tan encadenado a su tierra como el fugitivo.​​ 

 

 

 

 

 

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