ABRIL, JUAN CARLOS (2026). LA VIDA NO FUE SUEÑO
VALENCIA: PRE-TEXTOS, COL. LA CRUZ DEL SUR.
La vida no fue sueño es el último libro de poemas de Juan Carlos Abril, quien realiza aquí un aporte lírico cualitativamente mayor, si cabía, a la que ya era una producción literaria de notable valor. La altura lírica de este poemario es difícilmente aprehensible mediante una recensión crítica que, limitadamente, depende siempre de instrumentos, técnica, preceptiva, palabras, al fin, que no podrían nunca captar la esencia poética última de esta obra de verdadero arte. En su quinto libro de poemas, desvela Abril un alma antigua de mirada clarividente tras el desengaño y la lucidez que reporta la edad. En la prosodia de su verso hay armonía, en su sentido intensidad, dolor; sin embargo, hay sutileza y cierta inocencia. El discurso lírico, sin que podamos decirlo de otra manera, es por momentos fiero, rotundo y a la vez delicado. Hay desengaño, pero aún compromiso con la vida y con la posibilidad de perduración, de trascendencia. Acaso inmortalidad.
Asombra que los solos tres poemas largos comprendidos entre las páginas 11 y 50 de este breve libro, con la pulcra edición propia de esta Colección, acumulen tanta profundidad y sutileza. «Hacia el olvido», «Noche del arrepentimiento» y «Balanza de sombras» (ubicados espaciotemporalmente en torno a un crepúsculo, un río y un amanecer) se engarzan en una disposición narrativa que ensambla una oscura noche del alma, y su amanecer a la revelación interna y a la trascendencia. El yo lírico se mira en el espejo interior, analiza, repasa su existencia con valiente crudeza, observa la culpa, la pérdida, confronta el Es del presente con el Ser eterno, sopeando además el tramo existencial último. Todo ello destila honestidad verdadera.
Hay dolor contenido, pero el tono elegiaco no agrede ni incurre en los habituales efectismos sentimentales de otras fórmulas actuales. El autor nos traspasa, no habrá lector que no se sienta tocado por este texto luminoso en verdades, oscuro en certezas, pues la vida es confusión, atisbo, intento e intuición más que plenitud.
Recuerda, con la debida distancia, a la diatriba de «Contra Jaime Gil de Biedma» en el concepto de autorrevisión y autocrítica exigente, de confrontación frente al espejo interior (el espejo supone una llave interpretativa), si bien, esta lejana rememoración queda muy tamizada por la mayor elevación metafísica y fineza del recuerdo de Quevedo en «Contemplando el dulce estado». Se cruza con lo metapoético más sutil de Valente, con el mejor Brines (cuyos versos enmarcan la edición y adelantan el sesgo de su contenido), pero muy especialmente al Eliot de The Waste Land en el calado hondo de su pluma en el análisis lírico de su existencia fantasmagórica como un paisaje alucinado y fragmentario. Nos lo recuerda, naturalmente, desde la debida distancia histórica y literaria.
Asimismo, resulta innegable la relación con el Juan Ramón Jiménez que postula la existencia en el poema y la perduración póstuma en el mismo, a través de la conciencia poética. Una idea también en el Canto V («Lo que dijo el trueno») de la célebre obra ya referida de Eliot. No obstante, la voz de Juan Carlos Abril no se asemeja a la de ninguno de ellos, pues el estilo y su autoanálisis lírico es del todo suyo, personal y único.
Las palabras de cada poema nos brindan interesantes adelantos significativos antes de que profundicemos en el corazón del libro, y este léxico nos advierte aquí de la confusión del existir, del vivir, en el juego de parónimos: «alergias y alegrías», «de intervalos o de intersticios», «lábil habilidad…». Y juegos antitéticos como «calma/tormenta», «sombra/luz», «fugaz/permanencia», «pruebas/dudas», «verdad/sueños», «explicaciones/inexplicables…». Ello contribuye a la atmósfera de alucinación, de una confusión a través de la cual vemos, intuimos… Es vacío revelador, especialmente reiterado el ya referido espejo, una clave importante, pues allí el personaje lírico constata su desaparición y posterior reencuentro en el otro lado, en la lado de palabra y la poesía. A pesar del momento de detención y reflexión vital, de ese aparente estancamiento del espíritu, figuran igualmente metáforas de pulsión más vitalista asociadas al campo léxico de la fluidez: «ribera», «río», «camino», «curso», «corriente», «fluir», «continuidad», «y la vida sigue» que dice Abril.
También juega abundantemente con el metalenguaje que hace referencia a la propia lengua: cita nombres de tiempos verbales y otro léxico lingüístico del que se sirve metafóricamente. La figuración del lenguaje crea un estilo sobresaliente, hay una aparente narratividad que acomoda la lectura, que facilita nuestro tránsito por el poemario como por un camino visual luminoso. A la vez, la estética adquiere altura mediante metáforas del mayor nivel, lo que exigirá una lectura muy activa incluso al lector culto, y por ello nos deleitamos con la recompensa de la belleza poética de un estilo madurado por décadas de escritura y vida.
Me gusta la ponderación del estilo, siempre mesurado y armónico, en perfecto equilibrio entre dos cauces de expresión que integra con fluidez: de un lado, la mención directa y racional, explicativa-narrativa; de otro, la alucinación y la metáfora, que, como advertía, en este libro se eleva, es más notoria, más talentosa, más efectiva e impactante. Esto siempre resulta, desde luego, un juicio muy del gusto personal, pero considero objetivamente excelentes las luces de imágenes como: «dejar al pasado flotando en sus deshielos; la dignidad de las estrellas sin destino; la inmensidad vivida en el espejo deshaciéndose; en esta noche de los enemigos, noche adentro de los relojes», y tantas otras que colman la obra.
Del lado estilístico más racional, se distinguen menciones referenciales directas muy notables, a veces de profundidad aforística: «identidad que se fragmenta debajo de la máscara… / aquella herida a la que no pusiste atención marcará tu identidad… no eres lo que te pasa, sino lo que haces con lo que te pasa… nadie muestra un camino que no conoce…». El autor integra ambos estilos, que coexisten y se fusionan, perfectamente ensamblados, sin que percibamos los engranajes de su constitución estilística.
Es una obra que se disfrutará en su segunda lectura, en su tercera… pues posee capas de significados de distintas densidades, apela a los grandes temas de la vida, el amor, la pérdida, la dualidad del yo: «te enfrentarás contigo mismo y tu yo precedente», la oposición entre el ser íntimo y el personaje que construimos, en el que nos perdemos. La imagen del «derrumbe» como metáfora etopéyica y del deterioro físico, envejecer en la pérdida, en la desaparición del joven que fuimos y en el sueño perdido. «Vacío», «nada», «tiempo», «olvido»… Y todo gira en torno al colapso interior y temporal, al pasado no resuelto del que se huye, a la herida, a la desaparición. Resulta destacable el tratamiento del «tiempo», el tiempo huido «que se desgrana y deshace en recuerdos líquidos», en «el afán perdido». El tiempo como una textura casi visual, casi palpable, de efecto sinestésico en la lectura, participando de la ensoñación que este libro provoca en el lector atento.
Importa especialmente la trascendencia de la muerte a través del arte: «Mi dignidad es la poesía / entregada a su suerte», nos dice, o «la poesía libera», e insiste en «permanecer en la escritura». Y es aquí donde se ubica el corazón del libro. O su nudo. Al modo de Juan Ramón Jiménez, en su búsqueda por crear un artefacto lírico perfecto que resistiera el paso del tiempo y le proporcionase la eternidad; a lo largo de los tres poemas, Abril crea un poemario de excepción en el que finalmente se sumerge: el personaje lírico se fusiona con la obra, Abril juega con lo imaginario y mágico para, de alguna forma, sugerir que es este personaje lírico el que crea el poema desde dentro.. Antes, parte de una desaparición previa, incluso se refiere a la transparencia de los brazos, hay una pérdida de corporeidad, si bien, el personaje transita los tres poemas, como un fantasma o lírico flâneur. El título, pues, funcionaría como epitafio. Por eso «fue».
Alguien que ha desaparecido escribe este libro, alguien que está desapareciendo, que se encuentra en el tránsito hacia la muerte y la extinción. Por eso existe una pulsión del Tánatos tan intensa. La idea de la muerte y la desaparición, su vencimiento a través de la poesía, se encuentra al fondo de todo. En el poema segundo, el poeta pierde la voz, en el tercero ya no tiene voz, han desaparecido los sentimientos, el poeta ya es un completo espectro; por ello este último poema empieza ante el espejo, cuando ya ha desaparecido. Sin embargo, el yo lírico ya forma parte de la sustancia misma de la poesía. Ante el azogue, mágicamente a través de la misma poesía el autor recupera la voz, pero desde la otra dimensión, más allá, desde la palabra poética donde se está gestando el poemario. Hay un claro guiño a la lección juanramoniana cuando al final advierte que «se quedarán los pájaros cantando», y es entonces cuando el poeta se «sostiene en el poema», ya forma parte de su textura artística, ya se ha textualizado.
Juan Carlos Abril muestra el camino de su visión, lo que ve, incluso lo crea al nombrarlo, nos toma junto a él y atravesamos su alucinación. «Adelante. Entra, entra en el sueño», nos invita. Una obra magnífica que exige a un lector de altura, un libro lleno de matices de difícil recensión, esquinas ocultas, una obra a la que hay que volver y, a la vez, de la que no saldrás nunca. Así el buen arte, donde deposita el autor su alma en la palabra exacta y logra vencer la muerte, como aquí se produce.




