100 años Stella Díaz Varín

El 11 de agosto de 2026 nació en La Serena, norte de Chile, la poeta Stella Díaz Varín. Para conmemorar este aniversario, Claudia Posadas, antologadora en México de su poesía (Stella Díaz Varín, Vindictas Poetas Latinoamericanas núm. 7. Material de Lectura. Fomento Editorial, UNAM, México, 2023, selección y nota introductoria de Claudia Posadas), realiza un análisis de su obra bajo una perspectiva feminista que busca desmantelar la narrativa canónico-patriarcal conque injustamente, fue invisibilizada esta obra. Cien años desde su nacimiento han tenido que pasar para que su trabajo comience a ser reconocido en el ámbito hispanoamericano y pueda ocupar el lugar de honor que le fue negado. El presente texto viene acompañado de un poema de la autoría de Posadas, en homenaje a la poeta chilena, “Estela Galáctica”, cuyo enlace de consulta, está al final.

 

 

 

SIEMPREVIVA​​ STELLA DÍAZ VARÍN EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO1

 

Claudia ​​ Posadas2

 

 

La poesía y la figura de Stella Díaz Varín (1926-2006), significa la irrupción de una escritura de vanguardia, disruptiva, rebelde y emancipadora, respecto del canon hegemónico de ese momento, que consecuentemente implicó una propuesta poética original y ante todo genésica, porque señaló caminos de escritura para la poesía latinoamericana realizada por mujeres, al igual y a la par que la argentina Olga Orozco (1920-1999), la costarricense Eunice Odio (1919-1974), la uruguaya Ida Vitale (1923) y sus estrictas contemporáneas: la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) y la peruana Blanca Varela (1926-2009).​​ 

 Es también fundamental, porque en su​​ ética-estética-ethos, visto como un todo, marca la pauta para la gran poesía y literatura chilena de la generación siguiente, la escrita por aquellas mujeres que, bajo la emergencia dictatorial que les tocó vivir, fueron desinstaladoras de todo sistema androcéntrico y patriarcal, en este caso político y literario.

Hablamos de discursos y de determinados activismos fundamentales para entender este periodo vinculados a escrituras y conciencias críticas diversas como las de Diamela Eltit, Carmen Berenguer, Soledad Fariña, Cecilia Vicuña, Teresa Calderón, Paz Molina, Elvira Hernández y Verónica Zondek, entre varias más que me falta estudiar, quienes asimilaron el aporte histórico-escritural y la​​ potencia cuestionadora de Stella Díaz para con ello, posteriormente, contribuir a su relectura y revaloración, como lo demuestra la visibilización que sobre su obra, han realizado Elvira y Zondek para quienes esta figura tan excepcional fue su maestra de vida y de poesía.​​ 

Incluyo en este hilo de conciencia en el tiempo, a generaciones posteriores en voces como la de nuestra querida y llorada Malú Urriola quienes, en post dictadura, asimilaron esta ética-estética de emancipación, mas no tanto desinstaladora sino escéptica, porque asumieron en su discurso la belleza de cierta derrota, la derrota de no haber encontrado, como dijo y quiso Stella “al hombre verdadero”, es decir, al ser humano ético y social.

En este contexto señalo, en primer lugar, el aporte escritural en sí de Stella. En palabras de la poeta argentina Mercedes Roffe, “continúa y renueva la tradición simbolista y la neorromántica”, a la que el crítico chileno Naím Nómez le suma la tradición surrealista.​​ 

En efecto, en un momento definitorio de la poesía latinoamericana,​​ en plena transfiguración y asimilación vanguardista durante la primera mitad del siglo XX, una informada y cultivada Stella asume, más que replica (como sí fue el caso, y a la fecha, de varios autores), estas búsquedas artísticas a su conciencia objetora, a su subjetividad y al ethos que la conformaron, lo que hace única su poesía y en donde, justamente, radica su fuerza, aporte y permanencia tal como lo vemos, cien años después de su nacimiento.​​ 

Lo suyo es un proyecto escritural y humano profundo, honesto, de excelente factura poética. Es una politicidad comprometida con un ethos y una estética, donde cada una de estas dimensiones, en un todo dialéctico, se transforma y define a una y a otra. Es un magma que se mantuvo en congruencia​​ hasta el final y a toda prueba, como sabemos: su línea de vida estuvo marcada por la adversidad y la turbulencia de su contexto, por sus pérdidas humanas de mayor hondura, la de sus dos bebés, casi recién nacidos, por la precariedad en sus condiciones materiales de existencia, por la garra maligna de la dictadura y sobre todo, por el silenciamiento de su trabajo. Veamos.

Militante de izquierda, hermosa y pelirrojamente indómita, su figura y obra fueron múltiplemente aplastadas no sólo por la violencia sistémica sino por un canon patriarcal no sólo generacional sino prácticamente hegemónico en nuestro contexto que, dicho sea de paso, y a la fecha, signa la visión literaria, sobre todo en lo que se refiere a poesía, en Chile y claro, en nuestro país. Una visión androcéntrica que no solamente no quiso reconocerla, sino que no supo leerla, obnubilada en el lago narciseante de sus propuestas y que eligió denostar su obra, anulándola estéticamente en lo que podemos llamar un epistemicidio, cuya cúspide es el texto que el poeta chileno Enrique Lihn, compañero de generación de Stella, realizó sobre su poesía y que, inexplicablemente, fue publicado como prólogo a lo que sería el último libro de Stella,​​ Los dones previsibles​​ (Santiago, Cuarto Propio, 1992), merecedor, por cierto del Premio Pedro de Oña en 1986 ―Municipalidad de ÑuñoaSantiago―, y del Premio Mejores Obras Literarias Publicadas del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1993.

En dicho texto, cuya lectura no deja de indignar, y en lo que podríamos llamar un acto de violencia estética, no hay voluntad de reflexión sobre su poética y en cambio, observamos una voluntad desmanteladora de sus aportes y una evidente descalificación a su persona bajo el velo de una crítica un tanto oscura, escrita desde la autoridad que el poeta, en su calidad de gran figura de la poesía chilena, implica. El tema es que, tratándose del autor de quien se trata,​​ varias de sus vetas sombrías se siguen utilizando como parámetros, sin cuestionamiento, para el análisis de esta obra, ya sea por inercia o por falta de reflexión.

Por otra parte, en su momento, este canon le atribuyó ciertos apelativos que, a la fecha, e increíblemente, siguen siendo pautas para hablar sobre esta figura pero jamás sobre su obra. Se trata del etiquetado patriarcal que, en primera instancia, subordina referencialmente un proyecto estético al “proyecto mayor” de un autor. Por ejemplo, “la Bukowsky chilena”, como fue llamada, entre otros epítetos. Esta serie de nominaciones devienen en el llamado “borrado de mujeres” en este caso, a nivel estético.

La negligente recepción, en su tiempo, de la obra de Stella Díaz Varín y su lento posicionamiento como escritora mas no como el personaje degradante construido por este androcentrismo, es un ejemplo emblemático de estas estrategias de disciplinamiento simbólico hacia una autora que no se sometió a los pareceres de su época y que siguió un camino propio.

Pero también es un caso emblemático de supervivencia estética, precisamente por esta conciencia y praxis cuestionadora. Stella no escribió “como mujer”, en el sentido que señala la crítica chilena Patrica Espinosa, es decir, desde “una matriz binaria, patriarcal, encargada de asignar temáticas y modos de escritura a la producción literaria, en este caso de mujeres. Leer y escribir como mujer corresponde a una asignación que implica adoptar un femenino creado por la ideología patriarcal; es decir, subordinado, pasivo,​​ heterosexual, sensitivo…”1, sino desde la tensión constante, la subversión y la polémica respecto de esa​​ episteme esencialista, en términos de Espinosa.

Escribió, lúcida, estructurada, desde donde dolió ser mujer en este contexto: desde una subjetividad atravesada por un sistema opresivo, y desde su ánima desinstaladora y emancipatoria. Por todo ello, pese a este intento de aniquilación humana y artística, su poesía y voluntad se mantuvieron inquebrantables, consolidando un proyecto estético de hondura, honestidad y de resistencia no sólo a sus circunstancias, sino al tiempo y a la finitud misma.

La suya entonces, es una empresa estética- ontológica que supone la búsqueda de un orden consecuentemente más justo y humano, como se dijo, donde la ser a la intemperie que ama, que sobrevive, que escribe poesía, que lucha, impreca en su mortalidad sin respuestas, a un mundo descarnado y muy probablemente sin dioses u olvidado por estos, o bajo la sombra de dioses ​​ falsos (y de allí el gnosticismo que podemos entrever en su obra, sobre todo en poemas como “Ven de la luz hijo”), y es aquí donde entra el ánimo-desánimo existencialista que permea esta obra.

Es imperecedero leerla bajo su esteticidad, bajo su estructura axiológica, humana, genérica y política. Bajo los aportes en su momento y frente a sus contemporáneos, pero, sobre todo, bajo la estela llameante e histórica, que significa para la poesía chilena y latinoamericana. Cien años desde su nacimiento han tenido que pasar para que su trabajo comience a ser reconocido​​ en el ámbito hispanoamericano y pueda ocupar el lugar de honor que le fue negado.​​ 

Como su antologadora en México, es un honor, una enorme alegría haber contribuido y seguir contribuyendo a la difusión de su obra y de su ethos. La reflexión sobre su figura y su poesía ha sido para mí un magisterio de conciencia, de literatura, y de vida y por ello la celebro, en estos, sus primeros cien años de esplendor, con vino blanco, como a ella le gustaría. Viva por siempre,​​ SiempreViva, Stella Díaz Varín.

 

 

 

***

 

 

 


Ven de la luz, hijo

 

Que te ciegue la luz, hijo.

Ven de la luz;

desde donde la pupila sueña

y vuelve atormentada,

como un escombro vivo,

como especie de flor, como pájaro.

Carbón de víscera terrestre,

así como víscera de árbol.

 

Deja que se ensañe la luz, hijo,

Desciende como los antiguos ángeles,

como los malos discípulos,

ardiendo en su pasión, desheredados.

Así como las fieras, hijo.

Incomprendidas del río, intocadas

absolutas, tristes.

 

Ese será el día

—presentimiento que no quise,

tú sabes, los conoces—

que tomaré la forma deseada.

 

Ojo de estiércol, húmedo;

aprisionaré tu llama,

tu superficie extraceleste

tu mirada de centro obscuro,

tu trigal;

la tibia voluntad de tu piel

me ayudará y seremos.

 

Nunca antes pudimos.

Yo era como esas pequeñas fuentes secas.

Desciende, hijo, de la luz;

avizora el espacio,

avizora el horizonte.

La curva que deja el corazón de un muerto,

la mano que se esconde,

la mano que nadie quiso acariciar.

 

Seremos.

Tú y yo venidos

irremisiblemente;

unidos como dos tallos jóvenes aún;

queriendo apenas lo que no se nos dio.

Amando

lo que la luz aconseja:

el vértigo, la hondonada, el silencio,

el color de las piedras;

tantas cosas simples y distintas.

Llegaremos a amar la contextura de Dios

tan difusa;

tan perfecta como tus pequeños ídolos.

La madera de Dios

tan bella y roja

como el corazón de los árboles.

Tan bella y roja

como el corazón del veneno.

 

Que te ciegue la luz, hijo.

Que te atormente.

Ven de la luz, inúndate;

ten la luz y desmiente la tiniebla.

Ven, hijo, arrodíllate.

Cree en los amaneceres.

En la luz son más bellos los ojos de Dios.

 

 

 

 

***

 

 

 

 

Poema homenaje de Claudia Posadas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estela galáctica3

 

Para Stella Diaz Varín

 

 

 

Una rabia en lo decisivo de la tierra,

un talismán​​ extraceleste,

una​​ cabra perdida, dijeron.

 

El diablo para muchos, dijo ella:

un pobre diablo

para aquellos​​ mugrientos del alma, aquellos lavapiés de los monstruos que se​​  ​​​​ 

 ​​ ​​​​ han cebado​​ 

con nuestras glándulas hasta lo indecible,

que se han extasiado con nuestros sexos indefensamente abiertos,

con nuestros pechos impuramente expuestos  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ nuestros jirones​​ 

 ​​ ​​​​ desolladamente colgantes,

porque son bestias que ya probaron la carne humana

asiduos ellos, los podridos, a sus artefactos de dolor, esa potencia

perversa y nuclear desintegrando cada linfa nuestra hasta hacernos mirar a la​​ 

 ​​ ​​​​ muerte

y de inmediato ver su piedad alejarse y el volver y volver de la descarga...

 

Un pobre diablo idealista, mientras una mujer, un niño, un país,

mueran de indefensión, profanados del miedo a esos monstruos que no​​ 

 ​​ ​​​​ podemos ver,

los instaladores de la sombra que infestan cada uno de nuestros respiraderos,

que han sellado una por una cualquier escapatoria de la tumba,

los voraces que observan cada una de nuestras palabras y actos esperando​​ 

 ​​ ​​​​ cualquier delación​​ 

para saltarnos encima y desnudarnos, arrancarnos los nervios,

la cabeza.

 

Una muñeca rusa​​ que bailaba en las mesas de los bares de buena muerte en la​​ 

 ​​ ​​​​ madrugada de​​ 

nuestras horas más sombrías, aunque horas de belleza en que éramos libres y​​ 

 ​​ ​​​​ dueños de la vida​​ 

y de lo justo y derrocaríamos a los impíos

ah, el pacto, aquella vez (a pocos días de terminar la infancia)… aún arde en​​ 

 ​​ ​​​​ mi antebrazo izquierdo,​​ 

como aún y fatuamente en los cúbitos de Lafourcade y Lihn,

la espada trepanando el cráneo del traidor al que debíamos matar.

 

Que era un hacha, decían,​​ 

sí, aunque más suelta que mi cabellera de fuego desafiante retando a los​​ 

 ​​ ​​​​ malacatosos infectos.

 

Y aún y todavía, desde mi exquisitez de espíritu, esa mirada mía observando,​​ 

 ​​ ​​​​ Oblicua, a los​​ rotos​​ 

ignorantes; el rostro altivo, el mío, aun cuando mirase de frente sin entornar​​ 

 ​​ ​​​​ los ojos.

 

Sí. Una insolencia alzada como una columna anómala de fuego que se levanta​​ 

 ​​ ​​​​ de la tierra al​​ 

cielo;

sí, la ira, la impotencia: la plaza invadida por bestiales; el grito desde la​​ 

 ​​ ​​​​ ventana de mi​​ 

desarmada​​ casa (hoja por hoja mi casa…) a las multitudes desmembradas,

mi grito perdido entre las ráfagas y el humo lacrimógeno,​​ 

mi insignificante rebelión, miserable esquirla ante el inmenso matadero

y de pronto las cuencas desangradas de los ojos,

los cientos de ojos estallados por ese monstruo que nunca se muestra,

los globos oculares de quienes han sido capaces de mirar su espectro informe

sorbiendo nuestro encéfalo.

 

De pronto el atropello, la sangre coagulada cegándome los ojos de camino al​​ 

 ​​ ​​​​ Quiebraespaldas,

mi despertar sin dientes y con las piernas rotas en medio de los cuerpos de los​​ 

 ​​ ​​​​ desaparecidos…

 

Una madre que fue la más bonita bailarina de su tierra

(me decían mis nietos para amainar mi hiel);

una madre que amó a su único hijo en el mundo, contra toda violencia​​ 

 ​​ ​​​​ inconcebible,

contra aquel día de la infamia;

una madre que amó contra la última, la sin nombre, la más insoportable​​ 

 ​​ ​​​​ prueba:

eran guaguas preciosas,

pero una tras otra,​​ hoja por hoja, fueron cayendo, su inocencia,

a ese otro quebradero que nos rompe,

aunque no a mí.

 

Una madre que nunca pudo ver el resplandor y los rasgos de sus amadas​​ 

 ​​ ​​​​ criaturas.

 

Soy un diamante de aristas cercenadas por los tajos con que esculpieron mis​​ 

 ​​ ​​​​ huesos.

 

Pero no he bajado la guardia, sigo gritando desde mi ventana y entornando mi​​ 

 ​​ ​​​​ rostro.

 

Soy una estrella opaca y triste acercándome al Gran Confín,

Última Causa lejos, muy lejos de cualquier esperanza que nunca tuve, por​​ 

 ​​ ​​​​ cierto,

aunque de pronto me veo Iluminada por los rostros de luna de mis pequeños​​ 

 ​​ ​​​​ nacidos allá más​​ 

lejos todavía,

en las distantes cordilleras terrestres,​​ 

besada por su esplendor de astro que me hincha de luz y desintegra mi hiel

(poco a poco se desvanece la espada atravesando el cráneo maldito que brilla​​ 

 ​​ ​​​​ por última vez)

 

ah, el pacto, el pacto era con la muerte,

pero en el fondo era con la vida,

la vida pasada por espanto

sólo para hallar, en el último vacío,

los rasgos de ternura de mis pequeños Soles:

ven de la luz, hijo,

inúndate y desmiente la tiniebla,

encontraremos juntos la palabra escondida,

la canalla, la tramposa,​​ 

aquello intolerable, lo indecible,​​ 

aquello para lo que justamente no existe la palabra

y si acaso importa ya desde mi nueva y verdadera forma de gigante roja de​​ 

 ​​ ​​​​ cabellera estelar​​ 

recorriendo en su largura de años luz y con ustedes a mi espalda

o coronándome,

mis hermosos renacidos,

los eones entre Aldebarán y Andrómeda

y no volver jamás

 

al tiempo de materia y de espanto.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

​​ Patricia Espinosa,​​ Escrituras en resistencia. Lecturas críticas de poesía de mujeres, Ediciones Libros del Cardo, Santiago de Chile, 2026, p. 18.

 

1

​​ Stella Díaz Varín. En 1947 llega a Santiago, donde se integró a los círculos culturales de la época. Marxista por convicción, y perteneciente a la “Generación de 1950” ―grupo de escritores nacidos entre 1920 y 1934 como Jodorowsky, Lihn, Teillier, Donoso―, trabajó en diarios de su país como​​ El Siglo,​​ Extra,​​ La Opinión​​ y​​ La Hora. Publicó los libros de poesía​​ Razón de mi ser​​ (Santiago, Morales Ramos, 1949);​​ Sinfonía del hombre fósil​​ (Santiago, Ediciones Salamandra, 1953);​​ Tiempo, medida imaginaria​​ (Santiago, Ediciones del Grupo Fuego, 1959);​​ La arenera​​ (tríptico autoeditado, Ediciones Villaquinte, 1987) y​​ Los dones previsibles​​ (Santiago, Cuarto Propio, 1992), que le valiera el Premio Pedro de Oña en 1986 ―Municipalidad de ÑuñoaSantiago―, y posteriormente, el Premio Mejores Obras Literarias Publicadas del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1993. En 1994 se publica la única antología de su obra editada fuera de Chile, hasta ahora,​​ Stella Díaz Varín: Poesías​​ (Cuba, Arte y Literatura). En 2011, la prestigiada editorial feminista chilena Cuarto Propio, recopila la totalidad de su poesía bajo el título de​​ Obra reunida. Stella Díaz Varín fallece en Santiago de Chile, en 2006, a los 79 años.

 

 

2

​​ Claudia Posadas, México.​​ Ha publicado, entre otros,​​ Liber Scivias​​ (2010), Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2009, reeditado por la UNAM (2016), y las antologías de las poetas chilenas​​ Carmen Berenguer. Plaza tomada. Poesía, 1983-2020​​ (UANL, 2021) y​​ Stella Díaz Varín​​ (Colección Vindictas Poetas Latinoamericanas, Material de Lectura de la UNAM, 2023), ambas selección y prólogo suyo. Ensayos, poemas y entrevistas suyas con y sobre autores hispanoamericanos de primer orden han sido incluidos en antologías y publicaciones de Latinoamérica y España. Ha sido becaria de varios programas de la Secretaría de Cultura a través del Fondo Nacional para la cultura y las Artes, hoy SACPC, entre ellos el de Residencias Artísticas para Chile (2008), y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, en 2011 y 2016.​​ 

 

 

 

3

​​ Poema incluido en​​ Antología de poesía latinoamericana, edición, notas y presentación de Max G. Sáez, Mago Editores, Santiago de Chile, 2023.

 

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