Algunos apuntes sobre la poesía de Alejandro Salas en Tres.
Un mundo nivelado entre la experiencia y el sacrificio
Eduardo Tovar Zamora
Junio, 2026
Tres es el penúltimo libro de poesía publicado por Alejandro Salas, de 1981, y el tercero, luego de Coloquio bajo la sombra de un piano (1978) y de Señales del solsticio (1979), los cuales conforman una trilogía singular donde en apenas cuatro años y con 21 años de edad, desarrolla lo que será lo más acabado de su obra poética publicada.
El título nos acerca, como bien lo indica, a una propuesta un tanto formal, donde se desglosan un conjunto total de sesenta y cuatro poemas, todos indicados en números romanos, donde sólo algunos incluyen un título adicional. Esta manera de orquestar los poemas permite apreciar una intensión acumulativa, donde se van gestando diversos niveles en la sucesión de propuestas que desarrollará en este poemario. Y es que ese valor acumulativo, irá en un in crescendo ascendente y descendente, tanto en lo temático como el uso del lenguaje, mostrándonos un poesía que parece desarrollarse en un ámbito cercano e íntimo para luego expandirse hacia otros territorios.
Se ha dicho que en los poemarios iniciales de Salas priva una mitificación del universo de la infancia y la adolescencia, y en parte esa observación la podemos constatar en algunos de los primeros poemas de este libro. Pero es también apreciable una decantación que va a por otros linderos, y es donde advertimos que poco a poco se van incorporando imágenes de la cotidianidad y un universo de selectas referencias culturales, creando así poemas donde los recuerdo del pasado reciente se cruzan de manera sucesiva y continua con las vivencias de la cotidianidad urbana, así como en sucesivos deslindes de grávidas connotaciones literarias y universales.
En estos poemas iniciales son diversas las referencias a la casa, el cuarto, los abuelos, las tías, el reloj y los cuartos, la melancolía y la soledad de la niñez, los juegos de la infancia, los parques, los juguetes, los dibujos, la fantasía y la imaginación, todas llena de claves personales en apariencia enigmáticas. Las dedicatorias, por ejemplo, son parte de un compacto universo personal: el poema IX A. E. S. , está dedicado a su padre Eugenio Salas, y hace referencia a un pueblo en la neblina, pues son los andes el lugar de su origen familiar; el poema XVIII “Hasta Abajo”, hace referencia a los siete pisos del apartamento donde vivió en las Residencias Sans-Souci; o el poema LVIII A S. y A., está dedicado a Sonia Sanoja y Alfredo Silva Estrada, quien fuera el que dictó el taller de poesía donde Salas inicia su periplo como poeta, y donde la referencia de Isadora Duncan como figura de la danza es un guiño para Sonia. Todo el poemario está pleno de pistas personales, donde no sólo vemos la cercanía de un universo personal, familiar, amoroso y vivencial, sino que se ve “inundada” poco a poco con elementos de revelan a una profusa erudición sobre temas que serán determinantes en la obra literaria de Salas.
Es así que anécdotas como el regreso del colegio, el tráfico y los semáforos, el ascensor de un edificio, la radio y la música clásica y los libros van mezclándose en otra realidad que se va recreando en el poema, y donde poco a poco se van haciendo cotidianas y cercanas figuras y referencias de la cultura como Raleight, Sara Berhardt, Edgar Allan Poe, Freud, Marx, el perro andaluz, la máquina de coser de Maldoror, Oscar Wilde, Marilyn Monroe, Ra, las carabelas, la armada invencible, el Bosco, Dante, Holbein, el Greco, Savonarola, Nietsche, Pompeya, Chaplin, Billy the Kid, Tyron Power Viena, Florencia, Venecia, constituyendo así una propuesta donde la visión del poeta nivela la experiencia vivida y la experiencia lectora y erudita bajo una misma visión fundacional.
En una entrevista, el propio poeta ya nos advertía que su libro, cito: “Tres es un mundo de fragmentos barridos por el tiempo”. Se trata entonces de un cúmulo de experiencias, que de manera secreta están impregnadas por una corriente, donde el agua es la fuerza que subyace y hace mover el torbellino de fragmentos en ese mundo descrito. Es pues el agua como lluvia, como en un diluvio, el agua en movimiento que cae, es la que parece llevarse todo: Acuerdo surgir con el mar en fatiga (IV, Raleight) La inundación se llevó sus muebles desconocidos, sus ventanas sin abrir. (III); ahora que llueve y continuar sus caminatas (V); con la lluvia de la plaza (IX), ni de hacer la lluvia (XXI); Aún asusta la lluvia, los dioses lavan para que todo comience (XII).
El agua parece haber nivelado todo en mismo plano, donde todo está presente, ha hecho que todo comience nuevamente, y donde todos los personajes de la historia, de la más refinada cultura artística e histórica, incluyendo la cultura pop, fluctúan ahora niveladas en una misma experiencia en el poema: LVIII (las resurrecciones del Greco/Thot/Miakoski/Alfredo/Esenin/Lenin/Marx/Isadora/París/Ra/Dante); LIX (Edgar Allan Poe/Marilyn Monroe/disco/Marx/Lewis Caroll/Hollywood/Oscar Wilde/Reading/Filadelfia/Brooklin/cine), por ejemplo.
La palabra y la poesía es al mismo tiempo la expresión de ese barrido y la necesidad de expresar ese caos como elemento que se antepone al tiempo. Es en suma la tentativa de toda palabra, resistir al tiempo, constituir un “ser” fuera del tiempo, donde todo es nombrado nuevamente en una nueva experiencia estética y sensible. Esta nivelación de la experiencia cotidiana con referentes culturales en el poema, permite la creación de una licencia primigenia donde todo sucede de manera simultánea en la visión del poeta, y que llegará luego a removerá hasta la propia sintaxis del lenguaje en el poema. Es así como en algunos poemas se subvierte la grafía del verso, invirtiendo el sentido de las palabras, mezclando latinismos y voces antiguas, y donde adicionalmente se sobreponen referencias de antiguas ciudades, dioses, mitos, tradiciones, geografías, bajo una decantación abrumadora y a veces puramente enunciativa.
El “relato poético”, lleno de diversos registros, se cierra sobre sí mismo, en ese mismo movimiento ascendente y arremolinado, justamente con una referencia al infierno de Dante, deliberadamente en un estarse quieto como testigo de tanto tiempo y fragmento disperso. Es la forma en la que el agua ha sosegado y consagrado el recuerdo y el pasado, para ofrecerse ahora como ofrenda que arde bajo un nuevo sentido en las palabras.
INQUISITIO HAERETICAE PRAVITATIS, SANCTUM OFFICIUM
MANTENERSE QUIETO EN EL FUEGO, perder este recinto
desmoronándose con las tabulaciones, desmoronándose
los gritos cimbran más los leños, carcomen
el alma, ausentan los cantos de mi cuerpo, CUERPO
PARA SALIR DEL INFIERNO
pero conozco ahora, círculo, el otro nombre de Dios
y así, atado a las voces del templo, comienzo a perderme
arrasado, quemado, tanto como fui
en la sombra de todos, también del viento.
Los jueces no han asistido, lagrimean en las paredes con mi fuego.
LXVI, Tres.
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Alejandro Salas (Caracas, 1960-2003). Poeta, ensayista, traductor y editor. Colaborador en varias publicaciones literarias venezolanas. Tallerista de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg (1976-77). Estudió artes plásticas en la Escuela Cristóbal Rojas (Caracas). Estudios, monografías y ensayos: Diccionario biográfico de las Artes Visuales en Venezuela (Fundación Galería de Arte Nacional, Caracas, 2005). La gruta de Pope y otros ensayos (2004). Obra compilatoria: Antología comentada de la poesía venezolana (1989). Obra narrativa: Textos para antes de ser narrados (1980, cuentos). Obra poética: Coloquio bajo la sombra de un piano (1978), Señales del solsticio (1979), Tres (1981) y Erotia (1986).
Fundó junto a la fotógrafo y diseñadora Nélida Mosquera las Ediciones S&M, referencia importante del “libro de artista” en Venezuela. En sus libros incorporaba grabados de notables artistas gráficos a textos de no menos notables autores, en cuidadas y limitadas ediciones: Autorretrato en espejo convexo (1988) de John Ashbery, Charles Meryon por Alejandro Salas (1988), Poesía – Pintura (1990) de Santos López y Miguel von Dangel, Poesía – Fotografía (1990) de Juan Liscano y Nélida Mosquera, o Kurt Leonhard – Luisa Richter (1991) de Kurt Leonhard y Luisa Richter, La Barca de la Muerte de D.H Lawrence – Miguel Arguinzones entre otros.
Eduardo Tovar Zamora (Valle de la Pascua, 1964). Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Estudió Filosofía y una maestría en Historia de la Arquitectura y del Urbanismo en la misma universidad. Fue editor de la Revista de Ensayos Umbrales y la colección Umbrales de la Fundación Metrópolis.



