MEMORIA O LA PROMESA DE LA POESÍA
Memoria de Lizette Espinosa (La Habana, Cuba), constituye uno de esos textos que no se leen, se caminan. Desde la cita inicial de Jorge Teillier, Lo que importa no es la luz que encendemos día a día, sino la que alguna vez apagamos para guardar la memoria secreta de la luz, el libro se instala en una zona fronteriza, entre lo que se recuerda y lo que se reinventa, entre la casa que se tuvo y la que se construye con palabras. No es casualidad que la viñeta de portada reproduzca La persistencia de la memoria de Salvador Dalí; el título mismo funciona como una doble declaración, es el nombre del libro y también su materia. La dedicatoria A mis padres, mis tíos, mis abuelos, los niños de la casa y la frase que le sigue: Te has vuelto niña, madre, y yo aún no termino de crecer, establecen los ejes que sostendrán toda la obra.
I. EL LIBRO COMO TERRITORIO AFECTIVO
Memoria de Lizette Espinosa es un volumen definido y coherente. Estamos ante un texto que no se limita a registrar hechos, sino que construye, desde ellos, su propia estética. Su propuesta es clara. La memoria no es un depósito de anécdotas, la memoria es una luz que se conserva como un arma. Por eso el título opera como categoría poética que designa la materia y el espacio donde se enuncia. No hay una narración lineal, el cuerpo textual se organiza en espacios superpuestos donde el presente y el pasado conviven con peso propio.
II. LOS CAMPOS SEMÁNTICOS Y LA CONFIGURACIÓN DE SU IMAGINARIO
El universo poético de Lizette Espinosa se articula a través de campos semánticos que se entrelazan y se refuerzan, dotando al texto una unidad simbólica notable:
- El hogar y la ruina: “casa”, “umbral”, “llave”, “ventana”, “muro”. Estos elementos no solo remiten a espacios físicos, sino a la arquitectura de la identidad. La casa que se derrumba es también el sujeto que se deshace y se reconstruye en el lenguaje.
- La infancia y su desaparición: “columpio”, “río”, “puente”, “juguete”. La niñez no es una etapa superada, es un lugar imaginario al que retorna una y otra vez, confirmando que el tiempo no avanza, pero sí se quiebra.
- El agua y la sequía: “lluvia”, “mar”, “fuente”, “sed”. El agua es metáfora de la memoria que fluye o se agota. En el poema Otra criatura de isla, el mar deviene en frontera, en límite último entre lo propio y lo ajeno.
- La luz y la penumbra: “faro”, “estrella”, “crepúsculo”, “sombra”. La luz no es revelación; la luz se atenúa, se comparte, se pierde y, en La voz de la penumbra, se convierte en un espacio estético, en un lugar de encuentro donde la claridad no es necesaria para reconocerse.
- El cuerpo y la herida: “mano”, “garganta”, “cicatriz”, “temblor”. El cuerpo es el soporte material de la memoria, se recuerda con la carne, no con la mente. En Reminiscencias, el cuerpo se convierte en un archivo que busca sus huellas digitales.
Por supuesto estos campos no operan de forma aislada, su interacción confiere al texto su densidad y su tono. La melancolía no es abandono, es una forma de atención.
III. ANÁLISIS DEL LIBRO EN TRES POEMAS
A. OTRA CRIATURA DE ISLA
La orilla como estética del desarraigo
Parece que huimos del centro de la tierra,
viajamos a la costa,
recorremos sus bordes
hasta encontrar el punto más próximo a la fe.
Mirar como quien busca
o como quien espera.
Pisar lo húmedo, aquello que se hunde
hasta encontrar las manos
de los que levantaron nuestras casas.
Tú decías anclar
y en tus ojos las velas parecían plegarse.
Decías olvidar, sembrar, establecerse,
yo veía las aves partir hacia el poniente,
los niños en la arena enceraban maderas
que ya enceraron antes.
Tú decías echar raíz, desentenderse,
que una estación ya no sucede a otra,
una calle se olvida en otra calle.
Decías frente al mar: las tormentas ocurren
para ordenar las cosas.
Yo veía a las nubes congregarse en el cielo.
Este poema actúa como un manifiesto de identidad. La criatura de isla no es un sujeto exiliado, sino un sujeto que habita los límites, el espacio intermedio entre la tierra firme y el mar. Aquí la poética de Espinosa se declara desde el desplazamiento. No hay un centro, la pertenencia se redefine en la orilla.
Se establece un diálogo entre dos impulsos: el del arraigo —anclar, olvidar, sembrar— y el de la partida —las aves que se alejan hacia el poniente—. La estética que surge de esta tensión no busca resolverse, asume la contradicción. La isla no es un refugio, es una condición. Todos somos islas, todos miramos el horizonte. El poema no reclama una patria, el poema reivindica la mirada desde el borde.
LA VOZ DE LA PENUMBRA
Comunión en la media luz
Atentos a la voz de la penumbra,
donde se esconde acaso la luz pura
y se resiste el roble a caer,
el hombre a levantarse.
Somos aún, estamos entre otros.
Como gasa a la herida,
la sal a la renunciación.
Atentos al ardor, la quemadura,
aguzada la vista ya sin vernos,
ensalzando palabras ya sin bocas,
cerca de los escombros
donde florece el cardo y aquel viejo deseo,
donde la mano encuentra
su humildad, su temblor.
Somos aún, estamos entre otros.
Aquí la penumbra no es oscuridad, es el espacio donde la luz y la sombra se equilibran, donde las formas se difuminan y la distinción entre el yo y el otro se atenúa. El verso Somos aún, estamos entre otros funciona como eje. Su afirmación de la existencia no es singular, es colectiva. La imagen de la gasa sobre la herida condensa su estética del cuidado. Espinosa sabe que la poesía no cura ni resuelve, pero acompaña, limpia, protege sin borrar la herida. La repetición del verso final no es una redundancia, es resistencia. La voz colectiva sustituye a la individual, el sujeto se hace plural para no desaparecer.
REMINISCENCIAS
La lucidez del rastro
Uno se busca en los espacios entrañables,
hurga en lo ido, en las reminiscencias
y sólo halla hebras de un ropaje anterior.
Uno apaga las luces, las enciende
con la esperanza de las apariciones.
Se ha debido dormir,
o ha muerto y otra vida le persigue.
Ha podido perder un tren, quemar las naves
para que no le sea permitido el regreso.
Apostar a no perder más de lo necesario,
recostar la cabeza en el regazo innumerable
jugando a ser el loco,
el huérfano de tierra,
el hermano menor.
Uno sigue los pasos que pudieron dejar
una huella imborrable
y sólo le conducen al olvido.
Este poema despliega la conciencia del límite, la memoria no recupera el todo, solo fragmentos, hebras, indicios. El paso del yo al uno impersonal marca un distanciamiento. El sujeto se observa desde fuera, como un extraño que busca lo que no está. Aquí la belleza del fragmento se impone. La infancia reaparece como figura del desamparo. Por eso el loco, el huérfano, el hermano menor. El final no es derrota, es lucidez. Lo imborrable no existe, escribir es la única forma de detener el instante.
IV. DIÁLOGO CON LA TRADICIÓN: FILIACIÓN Y DIFERENCIA
La escritura de Lizette Espinosa se inscribe en una línea de poetas latinoamericanas que han hecho de la intimidad un territorio de indagación. No se trata de influencia, se trata de conversación. Con Blanca Varela comparte la lucidez de la desolación, la mirada sin concesiones hacia la familia y la soledad. Si Varela es tajante, Espinosa es melancólica. En Reminiscencias, la duplicidad del sujeto retoma la división del yo que recorre la obra de Varela. Con Yolanda Pantin mantiene el diálogo de la infancia. Pantin dialoga con la niña que no está, Espinosa la retiene. En Otra criatura de isla, la infancia es una orilla, algo que se recorre sin poseer. Con Lina de Feria comparte la oscura delicadeza como posición estética, lo bello que se desvanece, la certeza de que el retorno requiere de una voz que lo acoja. Con Ida Vitale coincide en la economía verbal, en la precisión de la imagen, en la palabra justa. Lizette Espinosa recibe una tradición que hace suya y la transforma en una voz inconfundible.
V. LA MEMORIA, ESA PROMESA
En un contexto que impulsa la renovación, escribir constituye un acto de resistencia. Recuperar lo que el tiempo desvanece no es mirar atrás, es afirmar que sin el pasado no hay identidad digna que se nombre. La infancia, la pérdida, la orilla, todos estos temas convergen en una misma pregunta ¿cómo permanecer cuando todo cambia? La respuesta que este libro ofrece no es inmóvil. La aceptación de lo que desaparece no es rendición, es la forma más libre de amar lo que se va. La pérdida, la muerte, la desaparición de los seres queridos atraviesa esta publicación sin convertirse en lamento. La poeta no se queja, constata. Acepta que los seres se alejan, se vuelven sombra, aire, árbol. Serás aire, seré árbol crecido, apunta.
Hay una evolución que se advierte a lo largo del libro: los primeros poemas se centran en la recuperación del pasado, luego la mirada se ensancha, se torna filosófica. Aparecen referencias al destino, a la fe, al sentido de la existencia. El torreón de Muzot evoca a Rilke, el poeta que supo que la única respuesta ante la vastedad es la paciencia.
Al cerrar Memoria, la impresión que queda es de permanencia. La poeta ha recorrido los espacios, ha llamado a las puertas, ha buscado las llaves, habló con quienes no responden. La luz que alguna vez apagamos —esa luz de la que habla Teillier— no se ha perdido, sigue ahí, esperando que alguien la encienda.
Memoria confirma una voz que define con claridad su poética. Lizette Espinosa escribe sin ornamentos, por eso conmueve. Su libro no cierra el tiempo, lo mantiene abierto. El yo lírico actúa como puente entre los muertos y los vivos, entre lo que se fue y lo que aún no llega, entre la generación de los padres y la de las hijas. Todas las vidas están en ésa que me trajo a tu puerta, señala. No es el centro del libro, sino el cruce. No narra una historia lineal, recorre espacios: la casa, el río, el puente, la habitación donde alguien duerme a su lado y es ella misma. La intimidad no es reducto, es espejo. Lo que ocurre en esta casa, en esta familia, ocurre también en cada una de las nuestras.
Esa es la promesa de la poesía y ése es el llamado que Lizette Espinosa cumple con fidelidad: recordarnos que mientras haya una voz, nada se pierde.



