Círculo de Poesía Ediciones inició en agosto de 2025 sus trabajos en Uruguay en alianza con la Fundación Cultural Esteros y bajo la dirección de la poeta Carolina Zamudio, con la publicación de sus cinco primeros títulos, a los que en esta ocasión se suma Los amantes tienen derecho al odio del poeta ecuatoriano Juan Suárez, del que compartimos un poema y la portada del libro, que podrá conseguirse tanto en Uruguay como en México, así como en línea junto a todo nuestro catálogo aquí.
LOS AMANTES TIENEN DERECHO AL ODIO
Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.
Eduardo Lizalde
Fue cierto alguna vez. Amábamos
y las ventanas estaban siempre abiertas a los páramos de la dicha.
Ni las goteras, ni el hambre,
ni la escarcha aleteando en mis manos
ni las palomas mensajeras del error en nuestra boca
podían evitar que la felicidad fuera un pueblo
avecindado dentro de nosotros.
Pero siempre alguno de los dos
clava las uñas donde no debe
y sin saberlo
abre la crisálida del dolor
y feroces polillas pueblan nuestra ropa, los cepillos, los espejos.
Entonces lo sabes: una ventana abierta no es igual a una ventana rota.
Descubres
que una musculatura herida
no sirve como casa.
Y que puede morir para siempre el pan.
Y que la desnudez puede volverse un cuchillo.
Y que han pasado años
sin que una luciérnaga patrulle por los pasillos interiores.
Ah, ese día inolvidable
en que en algo así como el destierro}
entorpece nuestras manos
y nos puebla de las versiones más deshechas
de nosotros mismos.
Sucede, entonces, el odio:
higiénico, celestial, coloso
como un pájaro que picotea la frente de nuestros cadáveres.
El odio amiguísimo,
que nos hace repudiar
la existencia de las moscas, las hojas verdes
los gatos a los que arrojamos insultos y escupitajos
porque se nos acabaron las piedras
y nos rehusamos a deshacernos de los solemnes escombros que somos.
Comprende,
entre las úlceras del amor burbujea el odio.
Es eso. Hay que nombrar correctamente a las cosas.
Y para qué engañarse:
está bien
vivir así,
con las larvas del odio,
deseando la misma carie en la risa del otro,
deseando que le falte cada tarde la belleza indispensable,
deseándole el mismo, interminable sollozo que nos sobra,
y que se vuelva la misma sal su lengua. Y que se vuelva la misma piedra
su rostro
y que tampoco nadie escuche a su voz pedir perdón.
Está bien, supongo, es nuestro derecho
nuestro deber acaso,
huir de todo lo que no se parezca
a una mano sobre el corazón.
Odiemos, pues, amantes rotos.
Nuestro es el mundo de la derrota
y las casas donde no amanece.
Aceptemos nuestro lugar entre las cosas abandonadas de la tierra.




