Tres estaciones para llegar al mar
¿Es posible atrapar a Colombia en un puñado de poemas? Claro que es posible y con esta publicación Jenny Bernal lo logra con gran maestría. Aunque claro, al igual que un escarabajo, Colombia termina escapándosele entre los dedos. Aún así, deja el testimonio. A diferencia del cronista o del novelista, que describen el entorno colombiano con un lenguaje rebuscado o aspiran a ser la voz de la ruralidad, Bernal se sirve en Tres estaciones para llegar al mar de versos transparentes como el arroyo de la montaña y permite que el paisaje hable, que la niebla susurre y que los campesinos se expresen. Contraponiendo los lugares comunes, los clichés y lo manido, hace lo que cada poeta debe hacer: mirar el mundo como si estuviera recién hecho. Este es un poemario que se ha creado caminando, un libro que ha surgido de los abrazos, de las nubes que descienden para tragarnos, del cálido sueño de los lugareños, un libro que como una road movie nos lleva de un punto a otro, que cuando lo cerramos y lo ponemos de vuelta en el estante, ya somos otros, más sabios, más ricos.
Frank Báez
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Esta es la manera de narrar lo intangible
de curar la patria ajena y propia
de descubrir
la arteria desnuda del río
que lleva olvidos
y formas de contarlo todo.
Cuando se es extranjera
se abre una puerta y entra con más fuerza la luz.
¿Hoy quién seré?
Alguien más afable,
menos triste,
hago una pausa, le dejo al afluente las respuestas.
Soy extranjera,
no sé qué cuerpo es este
ni cuántos lo han amado.
Dije adiós a la casa materna,
me pidieron prudencia.
Atrás los arrumes de arena,
la ciudad y mi débil paso sobre el asfalto.
Soy extranjera,
escribo mi historia con una mano sorda
preparo la otra, la que borra.
Arazá
En el patio de una casa humilde
en el centro del árbol
el único fruto maduro.
El exterior está cubierto por una capa
amarilla, frágil,
en el interior el latido del sol
del río Guayas y la quebrada de Las Damas,
las historias de los libros
y una pulpa fresca
que no se pudre
que ignora a los guardianes de acero
—la injuria tallada en el aire—
y borra con su sabor agridulce
el miedo.
Rosario
Se mueven las piedras del río
encallan en la orilla,
dejan el camino libre para la sangre fresca.
Se avista una coreografía de aves entre las 4 y las 5 de la tarde,
tropiezan con un aire enrarecido,
no es el vapor acostumbrado
es el halo de los tiempos de antes,
regresa
para quitarle al camino su seña de luz.
Con el cálamo de una paloma blanca
firmamos un acuerdo endeble,
intentamos honrar la memoria,
pero los amantes de los casquillos de metal
presionan el gatillo
y se sumergen en la danza de la ira.
Los transeúntes
llevan el conteo de sus muertos,
hacen un rosario
con las letras y la carne de otra voz que se silencia.
Nadie escucha los rezos,
los gallinazos se sirven la cena.




