Del libro Quijada de burro
Reporteros clase D
Hubo un tiempo en que esto se trataba de denunciar
a los brazos armados que mueven las cercas.
Estudiábamos el olor salado
en las camisas blancas de El Poder,
medíamos el pH de sus manchas en el algodón.
Así supimos cómo se repartían los premios.
Mejor reportaje, crónica, serie televisada.
Mejor lavada de cara al capataz,
dueño de lo que cubra su sombra
y de lo que haya detrás de esa cruz blanca
empotrada en el cerro.
El manual de redacción dice
que hay que restregar muy bien por debajo de su papada,
cortar el hilo de saliva que le cuelga del mentón.
Él pertenece a esa generación que fabricó
una tendencia a sacarse las muelas con alicates.
Pero le sobran recursos, pantallas,
hordas de borregos estudiados,
directores de emisoras, altos magistrados,
para negarlo,
para dejar tallado con un láser en la Luna
que no
que ellos no estaban esa madrugada,
que se escucharon risas de hienas
y disparos desde los techos del palacio,
esa madrugada que atravesamos la plaza descalzos
y nos hicieron dormir en el terminal.
Ya se han publicado fotos
de los fusiles apuntándoles a sus madres,
por más ancianas y patéticas que se vean.
Ya nos han echado la culpa del incendio,
y aquí seguimos,
transmitiendo desde el lugar de las noticias.
Desarmar el lenguaje es obligarnos a cerrar la jeta.
Que nos olvidemos.
Que olvidemos.
¿Qué?
Cafuné
Pasas las puntas de tus dedos
por mi cuero cabelludo
hasta que se me antoja comerme las piñas
que crecen a tres mil metros sobre el nivel del mar.
Con los ojos cerrados encontré una quebrada
donde la corriente no lleva microplásticos
y la naturaleza tiene mal aliento.
A esa altura, mi cama es de cilantro,
tus perniles, el lado fresco de mi almohada.
Vas a contarme un sueño
que cambiará el orden de los meses.
Yo pienso en las palmeras que nacen chuecas,
el nido del loro orejiamarillo,
las lombrices que se ahogan
en los charcos pandos.
¿Qué voy a hacer si nunca se me destapan los oídos
y tengo que escuchar al monte
silbando balaceras?
20 de julio
(thriller político-terror):
Duke es un presidente que transpira
mientras se amarra los zapatos,
y que cada vez que sanciona una ley,
la deja untada con una huella dactilar
de polvo anaranjado de Doritos.
El Día de la Independencia,
se toma un descanso después del desfile militar
para jugar en el Nintendo Switch.
Pide que no le pasen llamadas,
a pesar de las alertas
que vienen de un pozo de fracking.
La codicia por explotar hidrocarburos
perforó una sagrada tumba de los panches,
la última barrera que protegía a Colombia
de los espíritus que vivieron antes de la luz.
Es hora de que Duke escoja
entre cubrir al cartel de narcoempresarios
que lo subió a la presidencia
o salvarse a él y al país que nunca pudo
ni quiso gobernar.
Dir: Mizoguchi Scarbó
Dur: 35,064 horas.
Quijada de burro
I
El temazcal: útero de arcilla, paredes brillantes como la carne
de almeja, horno de ladrillos encendido por el magma ardiente
que eructa el núcleo del planeta.
Un amarre de mi pelo crespo es arrojado a este fogón,
el temazcal tose, contrae sus músculos,
en su interior hace un calor que obliga a blanquear los ojos.
El aire quema la garganta,
nube piroclástica
truenos
lluvia de cenizas
ángeles enfurecidos con espadas flamígeras colgando de cables.
Estas tablas de piedra donde quedaron escritos los
mandamientos son falsas como mis canas,
como esto que estoy sudando,
que parece amor pero es apego.
¿Serías capaz de viajar dieciocho horas por mí?
Si me dices que sí, entiendo que estamos dispuestos
a revolcarnos entre las moronas de la mantecada
entre la tierra sucia que se me pega a la plantas de los píes
entre los huesos de palo de las hormigas
La naturaleza del deseo es chuparse los dedos hasta más allá
de la piel, hasta más allá del músculo y la médula
porosa
púrpura
hasta penetrar la ficción.
II
Un burro
un jumento hermoso
platero de crin negra y tupida como el mostacho
de un dictador tropical
un burro que sabía fumar
mascota de los turistas que adivinaban en su mirada tierna
la adicción a la nicotina
entonces le ponían un cigarro en el hocico le daban candela
y de la dicha se ponía a rebuznar
vivió treinta y cinco años lo máximo que puede vivir su especie
Un juglar
que juró por la verruga de Rafael Orozco la ventana marroncita
y la lenguasopa de Otto Serge que iba a colgar una hamaca
grande desde el cerro La Aguadora hasta los cayos de piedra
de la virgen de Guadalupe para que Andrés Landero y sus
primos que se multiplicaban como iguanas meciéndose en ella
canten las intimidades
canten taba la tortuga debajoel agua debajoel agua c
anten la poesía del miserable caserío donde cada cuadra
es un país con su propia banda criminal:
norteña corridos tumbados las célebres coplas del viejito
Octavio Mesa el Clan del Golfo bailando la propia nubecita
los testaferros tomando ron Tres Esquinas blanco en La
campana que era tremenda cantina donde alguna vez debutó
Diomedes y estallaba todo el día el picó sound system
Una quijada de burro
como la que agarró Sansón
para matar mil hombres
y un juglar
juntos para escurrir la palabra como si fuera un sudario
amarillento casi traslúcido y lleno de agujeros
juntos para chupar la palabra de la teta del estado
sin sintaxis
sin inútiles búsquedas en el lenguaje
puro ritmo
asma:
A ih A ih A ih A ih A
Hi hon Hi hon Hi hon
III
Septiembre, 2017,
Totó la momposina iba a reventar el orquideorama del jardín
botánico de Medellín,
tenía setenta y siete años y todavía ardía en el escenario
como el Sol artificial que los chinos sueñan fabricar.
Cerré los ojos tan pronto cantó Los sabores del porro.
En el chispazo de los platillos de la papayera adiviné el
número de pasos que me hacían falta para llegar a mi
primera casa.
La música del caribe:
esa jam session entre un negro, un conquistador y un indígena
jamás sucedió.
Lo que grabaron en los estudios de Discos Fuentes fueron
las psicofonías de la ciénaga y las sombras de los abanicos.
Totó la momposina no necesitaba micrófono,
brincó de la tarima y se hundió en su público.
Los que bailamos con ella entendimos que después de pasar
más de ocho horas sentados frente a una pantalla,
las caderas
el culo
y el yo, se transformaban en un mamotreto de carpetas
legajadoras,
en una prisión.
Este es el remedio:
métete a la cumbia.
Olvídate por un ratico de querer publicar novelas, de querer
influir, de querer crear imágenes, de querer que te inviten a
leer en voz alta para agitar las masas.
Tírate a la pista,
muéstrame ese tatuaje nuevo
la raja de tu cesárea.
Enséñame la belleza de la anatomía reptiliana
tu mente de colmena
la emisora que captan tus pestañas:
cuando volaba muy alto la tierra me parecía una cumbia gigantesca con
mil velas encendidas amaneciendo que preparen un sancocho que maten
cuatro gallinas que siga la cumbia para bailar con elsa no te asombres si
te digo lo que fuiste una ingrata con mi pobre corazón los negros en cuero
cumbia al rin-tin-tin golpe con golpe yo pago beso con beso devuelvo
la brisa tropical a orilla de la mar le da un rico sabor a tu boquita
décimo quinto festival en guararé al sonar del traqui traqui que sabroso
amanecer con ese ambiente prendido me dan ganas de beber a la rigola yo
no vuelvo más úrsula cien años soledad macondo te llevo amasada en mi
cerebro como cuero de tambor un caballito cerrero que no corra por dinero
quiero sentarme contigo en la yerbita
en la yerbita
en la yerbita
ssa



