Sobre Yo también no tengo piernas de Diego Armando peña. Texto de Daniel Alejandro Montenegro

Daniel Alejandro Montenegro reseña Yo también no tengo piernas del poeta colombiano Diego Armando Peña (1996). El libro recibió el premio nacional de poesía Obra Inédita y fue editado por Valparaíso Ediciones.

 

 

 

La noche que Kurosawa se dio cuenta que él también no tiene piernas

Sobre​​ Yo también no tengo piernas​​ de Diego Armando Peña

 

 

El diálogo con la obra de un maestro del cine no siempre requiere de imágenes en movimiento. A veces, la palabra​​ puede tender un puente entre tiempos y geografías, construyendo un espacio íntimo donde el espectador y el creador se encuentran en un plano de igualdad vulnerable. El poemario​​ encarna este encuentro, transformando la admiración en conversación y el homenaje en una exploración compartida de la condición humana. La obra se estructura como una serie de epístolas dirigidas a Akira Kurosawa, donde la voz lírica no solo evoca sus películas, sino que se apropia de su universo visual para interrogar la naturaleza del arte, la memoria y la fragilidad del cuerpo.

Desde sus primeros​​ versos, el poemario establece una relación íntima con la figura del director, invocándolo directamente como un interlocutor presente. Esta elección trasciende el gesto retórico; construye un espacio dialógico donde la distancia entre el genio consagrado y el poeta contemporáneo se desvanece. La comunicación se revela como un flujo​​ unidireccional que, aun así, espera recibir una respuesta.​​ Un giro metaficcional que subvierte la dinámica tradicional de influencia y convierte el proyecto en una meditación sobre la creación como acto colectivo. La incorporación de una nota final, escrita por una tercera voz que actúa como intermediaria, añade una capa de verosimilitud y misterio, enfatizando que el arte es, en esencia, un mensaje que​​ viaja,​​ se pierde y es rescatado por manos inesperadas.

En el corazón de este intercambio creativo late un trueque fundamental de materias primas perceptivas: el píxel contra la palabra. El píxel, como unidad​​ mínima de la imagen lumínica, representa la memoria artificial capaz de congelar instantes con fidelidad visual. La palabra, como unidad mínima de la imagen​​ escrita, encarna la memoria orgánica que evoca lo ausente con profundidad conceptual. Este trueque no es una simple traducción, sino​​ un choque​​ donde ambos lenguajes se desafían y complementan. La palabra no compite con el píxel en su terreno de fidelidad visual, sino que lo trasciende al otorgarle conciencia y biografía a lo mostrado; mientras el píxel ofrece la inmediatez sensorial que la palabra anhela incorporar como ideal perceptivo. Esta simbiosis alcanza su máxima expresión en la noción de legado: el píxel ofrece la inmortalidad de la repetición idéntica, la palabra ofrece la inmortalidad de la reinterpretación constante, y juntos crean una nueva movilidad creativa donde la luz se convierte en significado y el significado en​​ luminosidad.

Uno de los pilares temáticos del libro es la exploración del cuerpo como territorio de batalla existencial. Frente a la enfermedad, el dolor y la decrepitud, la voz poética encuentra en las narrativas fílmicas del director un espejo donde examinar la propia carne. La creación artística se presenta entonces no como un escape, sino como un modo de habitar y conferir sentido a la vulnerabilidad física. Esta materialidad del cuerpo dialoga constantemente con la naturaleza efímera de la huella humana, simbolizada en objetos e imágenes que persisten más allá de su origen, interrogando nuestra relación con el tiempo y el legado.

La reflexión sobre la identidad y la representación recorre todo el poemario. La imposibilidad de capturar una esencia única, la multiplicidad de máscaras que adoptamos y la naturaleza elusiva de la verdad son cuestiones que se articulan a través de metáforas visuales poderosas. La imagen recurrente de superficies que reflejan y deforman​​ (lentes, pantallas)​​ sirve para cuestionar la fiabilidad de toda imagen, ya sea cinematográfica o personal. En este sentido, la obra no solo dialoga con el cine, sino que se sumerge en la problemática de cómo nos​​ construimos a nosotros mismos y a los otros a través de relatos y representaciones.

Finalmente, el poemario se erige como un testimonio del poder del arte para crear comunidad a través del tiempo. La voz que escribe y la que responde, la que encuentra el mensaje y la que lo custodia, tejen una red de significados que trasciende la individualidad. La obra sugiere que la creación verdadera no concluye con el artista, sino que se completa y se renueva en cada espectador, en cada lector que se apropia de ella y la hace suya.​​ No es solo un diálogo con Kurosawa, sino una invitación a reflexionar sobre el arte como un espacio de encuentro donde, en la oscuridad compartida de la sala o en la intimidad de la lectura, descubrimos que nuestra humanidad herida es el territorio común desde donde toda creación auténtica emerge y a donde, inevitablemente, regresa.

 

 

 

Kagemusha (1980)1

 

Somos una raza de reemplazantes  ​​ ​​​​ Akira

Seres disfrazados de nosotros  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

y

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ de los otros

 

Ahora mismo me equivoco si escribo que soy una espectadora

una que anota frente a tu pantalla su palabra

o si escribo que soy un director de cine sin piernas

uno que cincela la transformación de un pillo en un rey

 

¿Si alguien más ve por nuestra mirada

​​ si detrás de nuestros ojos hay cámaras

​​ si nuestro cuerpo es la sombra del que observa

​​ si dios es un hombre que hace zapping con su control remoto

podremos continuar con la vida?

 

Ni a la filmadora

ni a la grabadora de voz

ni a la ropa parece molestarles tomar forma ajena

 

Ya sabes que yo también no tengo piernas

ignoras que me las he amputado para retratarte en esa ausencia

pero tampoco así descubro tus contornos

 

Quizá la gloria radica  ​​ ​​​​ Kurosawa

en insertarse millones de ojos entre dos párpados​​ 

y traducirlos en unos pocos píxeles

 

 

 

 

 

***

 

 

Diego Armando Peña​​ (Bogotá, 1996). Es Profesional en Creación Literaria de la Universidad Central de Colombia y Magíster en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Buenos Aires, Argentina. Actualmente se desempeña como profesor en la Universidad Central de​​ Colombia, donde acompaña procesos de formación literaria. Ganador del concurso de poesía Pablo Neruda, tercer puesto en el concurso de cuento Andrés Caicedo y finalista en el concurso internacional de poesía Paralelo Cero (2021). Su poemario​​​​ Yo también no tengo piernas​​ recibió el premio nacional de poesía Obra Inédita y fue editado por Valparaíso Ediciones.​​ 

 

Daniel Alejandro Montenegro. Estudiante de creación literaria de la Universidad Central.​​ 

1

​​ Tomado del libro​​ Yo también no tengo piernas​​ de Diego Armando Peña.​​ 

 

 

 

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