Kenneth Rexroth nació en 1905 en South Bend (Indiana), una pequeña ciudad del medio oeste en la que vivió hasta los trece años, y que abandonó tras la temprana muerte de sus padres. Luego se trasladó a Chicago, ciudad definitiva para su educación estética y sentimental, en la que pasó casi una década y que catalizó las experiencias que hicieron de Rexroth un artista heterogéneo: fue director y actor de teatro, pintor abstracto, activista político y, naturalmente, traductor y poeta. Fue alumno del Art Institute y del Edmund Burke Grammar School, pero el propio Rexroth señala la importancia de su formación autodidacta, que derivó en su gran erudición y cultura. Durante la adolescencia trabajó en un club sirviendo bebidas, y empezó a recitar poesía en la calle, encaramado a un cajón, al tiempo que viajaba por el país a dedo y ejercía los oficios más diversos (leñador, cocinero, empaquetador, etc.). Una ruptura amorosa lo llevó a embarcarse primero a México, donde conoció al círculo de D. H. Lawrence, y más tarde a la meca de los artistas de comienzos del siglo XX: París. Allí frecuentó a los surrealistas, trató a Tristan Tzara y decidió volver a Estados Unidos, a instancias de un amigo que le pidió que no se convirtiera en “un expatriado más” (estos episodios pueden leerse en An Autobiographical Novel, su entretenido recuento de aquellos años).
En 1927 conoció a Andreé Dutcher, una pintora de la que se enamoró perdidamente (según Rexroth, “a primera vista”), con quien se casó y se mudó a San Francisco. La segunda mudanza señala el inicio del período creativo más prolífico de Rexroth, que vivió entre San Francisco y Sausalito hasta su muerte, en 1982.
Dado su carácter autodidacta y omnívoro, las influencias de Rexroth resultan inagotables: su poesía deja entrever una fuerte carga filosófica, política, mística y erótica, además de un núcleo espiritual y metafísico con marcas tanto del catolicismo como del budismo, alrededor del cual orbitó su poesía desde 1967 hasta el final. En términos ideológicos, Rexroth fue un anarquista nato y un socialista crítico; escribió libros comprometidos con la defensa de los derechos de las minorías étnicas y los homosexuales, y fue un ferviente defensor de la libertad individual y de la organización civil. Un poco a su pesar, se lo considera el mentor de los poetas de la generación “beat”, por promover la primera lectura pública de Howl, el turbulento poema de Allen Ginsberg. Jack Kerouack, por su parte, quiso homenajearlo incluyéndolo como personaje en Los vagabundos del Dharma, su novela más “zen”, bajo el nombre Reinhold Cacoethes, representación que no convenció al poeta.
Rexroth es autor de una obra extensa y dispar, que incluye volúmenes sobre música, historia y literatura. De esta última rama cabe destacar su entretenido Classics Revisited (Cita con los clásicos), suerte de canon universal que rescata y revaloriza algunas joyas de la literatura oriental como La historia de Genji, El libro de la almohada o el menos conocido Sueño en el pabellón rojo. Es imposible soslayar su vasta tarea de traductor: tradujo y antologó gran cantidad de volúmenes de poesía china y japonesa, entre los cuales podemos destacar: 100 Poems from the Japanese (1955), The Burning Heart: Women Poets of Japan (1977) y Seasons of Sacred Lust: Selected Poems of Kazuko Shiraishi (1978). La edad madura, la influencia poética y espiritual de Oriente y la pasión amorosa recorren los últimos libros de Rexroth. En lo que respecta a Los poemas de amor de Marichiko, constituyen quizá el punto más alto de esta etapa, y están signados por una condición singular: el poeta decidió ponerse una máscara y encarnar a una mujer.
En sus últimos libros, Rexroth concretó una transformación tan discreta como definitiva. Tenía setenta y tres años cuando publicó Los poemas de amor de Marichiko (1978), una colección de sesenta poemas breves presentados como una traducción del japonés. El punto de vista es el de una mujer, que recrea sus encuentros amorosos y sexuales con un partenaire de identidad ambigua, seguidos del vacío de su ausencia, el reencuentro y, al cabo de un tiempo, el alejamiento definitivo. Tras la muerte de Rexroth, se supo que Marichiko era un avatar, y que la poeta oriunda de Kioto, a quien los lectores habían dado por una mujer “real”, era una invención suya. La revelación produjo cierto extrañamiento, menos por la apropiación de una tradición que le era extremadamente familiar que por la autenticidad con la que logró captar y representar una erótica del deseo femenino. No está demás decir que, en lo que respecta a Japón, Rexroth estaba sobrecalificado para el desafío, y aunque no hizo públicas las tentativas de su libro, podemos imaginarlo en el gesto de despojarse de su última piel, la del poeta-traductor, y lanzarse hacia la intimidad de lo desconocido.
El procedimiento: el poeta, que en principio se finge traductor, es en realidad el autor de lo que dice traducir. Rexroth toma prestada una voz; habla a través de Marichiko. ¿Qué dice, con esa voz prestada? Entre el rencor y la melancolía, entre el desdén y la incertidumbre, a Marichiko podría cifrársela como alguien que arde y espera. Arde de pasión, arde de amor; de anhelo; y arde, también, de confusión.
¿Lo contrario de huir es esperar? Parecieran dos formas de la desesperación. En los intervalos en que espera, Marichiko traza contemplaciones de un mundo que se revela cambiante, opresivo y, sin embargo, dotado de cierta plenitud: la luna entre los pinos, las campanadas de los monasterios, los pájaros, las estrellas multiplicadas, las hojas que caen, su cuerpo atravesado por el deseo y el dolor, las reminiscencias del pasado y los pensamientos circulares sobre las ausencias notorias —y cada vez más prolongadas— de su amante.
Eventualmente, Marichiko anticipa el final; no solo de un vínculo que no le traerá respuestas ni soluciones, sino de su propia vida, que empieza a apagarse, a desvanecerse “como las estacas que sujetan las redes contra la corriente del río Uji”. De su deriva ardiente nos queda una voz que, antes de extinguirse, y con la belleza del relámpago, ilumina un camino ya vacío, por el que ha transitado la magia, el amor y el erotismo.
Una palabra sobre la traducción: traté de seguir honradamente el consejo de Mirta Rosenberg, es decir “traducir al medio, ni literal ni libérrimo”, sin por ello renunciar a la búsqueda de una textura amigable a nuestro castellano del Río de la Plata. Por otra parte, las muchas buenas versiones que existen de este libro, en particular los fragmentos que Diana Bellesi tradujo para el Diario de Poesía, me sirvieron de guía en una empresa siempre difícil. Y, por último: debajo de la tersura aparente de los versos de Marichiko yace oculta una red de referencias budistas que, quizá, hubieran justificado una serie de notas. Sin embargo, me pareció más oportuno no interrumpir la lectura con explicaciones accesorias a los propios poemas, que gozan de suficiente elocuencia.
Gastón Navarro
***
VIII
Un solo rayo al amanecer,
la dicha de nuestro amor
es incomprensible.
No hay sol que brille allí, ni
luna, ni estrella, ni relámpago,
ni siquiera una lámpara.
Todas las cosas son incandescentes
con el amor que enciende el mundo entero.
XI
El uguisu canta en los árboles en flor.
Las ranas cantan en los juncos verdes.
En todos lados el mismo llamado
de un ser a otro ser.
Las nubes sombrías se mecen en el vacío.
Los botes pesqueros se mecen en la marea.
Las velas se los llevan mar adentro
pero las sogas, tejidas como antes,
con el pelo de sus mujeres,
los traen de vuelta
surcando sus reflejos sobre las verdes profundidades
hasta los puertos del amor.
XIII
Tendida en el prado, abierta a vos
bajo el sol del mediodía,
una bruma difusa oculta a medias
los pétalos de mi rosa.
XXI
La luna llena de primavera
se eleva desde el vacío,
y desplaza la red
de estrellas, una esfera de cristal puro
sobre terciopelo pálido, engastada con gemas.
XXV
Tu lengua late y se mueve
adentro mío, y yo me ahueco
y ardo con luz
arremolinada, como al interior
de una vasta perla que se expande.
XXVIII
La primavera se adelantó este año.
Laureles, ciruelos, duraznos,
almendros, mimosas:
todos florecen a la vez. Bajo la
luna, la noche huele a tu cuerpo.
XXXIII
Mientras nos despertamos para hacer el amor,
después de una larga noche,
no puedo olvidar
el crepúsculo perfumado dentro del
triángulo de mi vello negro.
XLII
¿Cuántas vidas pasaron
desde que entré por primera vez
en el torrente del amor,
para descubrir por fin que no hay orilla?
Y sin embargo, sé que volveré a entrar
una y otra vez.
XXXI
Algún día
todo lo que queda
de nuestras mentes enardecidas,
todo el mundo urdido por nuestro amor,
su origen y su muerte,
quedará reducido a seis pulgadas de ceniza.
LII
Alguna vez brillé
como una montaña nevada.
Ahora estoy perdida,
como una flecha disparada en la oscuridad.
Se marchó y debo aprender
a vivir sola,
a dormir sola, como un ermitaño
hundido en lo profundo del bosque.
Aprenderé a andar
sola, como el unicornio.
VIII
A single ray in the dawn,
the bliss of our love
is incomprehensible.
No sun shines there, no
moon, no stars, no lightning flash,
not even lamplight.
All things are incandescent
with love which lights up all the world.
XI
Uguisu sing in the blossoming trees.
Frogs sing in the green rushes.
Everywhere the same call
of being to being.
Somber clouds waver in the void.
Fishing boats waver in the tide.
Their sails carry them out.
But ropes, as of old, woven
with the hair of their women,
pull them back
over their reflections on the green depths,
to the ports of love.
XIII
Lying in the meadow, open to you
under the noon sun,
hazy smoke half hides
my rose petals.
XXI
The full moon of Spring
rises from the Void,
and pushes aside the net
of stars, a pure crystal ball
on pale velvet, set with gems.
XXV
Your tongue thrums and moves
into me, and I become
hollow and blaze with
whirling light, like the inside
of a vast expanding pearl.
XXVIII
Spring is early this year.
Laurel, plums, peaches,
almonds, mimosa,
all bloom at once. Under the
moon, night smells like your body.
XXXIII
I cannot forget
the perfumed dusk inside the
tent of my black hair,
as we awoke to make love
after a long night of love.
XLII
How many lives ago
I first entered the torrent of love,
at last to discover
there is no further shore.
Yet I know I will enter again and again.
XXXI
Some day in six inches of
ashes will be all
that's left of our passionate minds,
of all the world created
by our love, its origin
and passing away.
LII
Once I shone afar like a
snow-covered mountain.
Now I am lost like
an arrow shot in the dark.
He is gone and I must learn
to live alone and
sleep alone like a hermit
buried deep in the jungle.
I shall learn to go
alone, like the unicorn.





