EL RÍO DE LA VIDA EN ORACIÓN DE LA LLUVIA (2026) DE CARMEN MARÍA LÓPEZ
Oración de la lluvia (Rialp, 2026) es el libro galardonado con el Premio Adonáis de Poesía 2025, cuya autora es la joven poeta Carmen María López (Caravaca de la Cruz, Murcia 1991). Desde el título se destaca, por un lado, la oración, el canto, la plegaria. Por el otro, la lluvia. La larga tradición y carga simbólica que se asimila al sentido de la lluvia y al agua cristaliza en esta obra. La lluvia como algo que purifica, arrasa y nos conecta con lo primigenio. La lluvia en la escritura de Carmen María López no es solo agua que se desprende, que cae ante nuestros ojos, sino el hilo de Ariadna que hilvana la vida, la pérdida, lo divino y lo humano. Se alza como palabra y es la lluvia la que sirve como eje para conectar sus dos partes: “Lo divino” y “Lo humano”.
“Lo divino” se convierte en un viaje de emoción contenida y homenaje a las generaciones y las herencias literarias y culturales. Es un discurso que atraviesa el tiempo, lo pliega y convierte en pasado, presente y futuro en una sola línea literaria con un lirismo bello y luminoso. Y es que como escribieran autores como Eliot, Quevedo o Borges, escribir, vivir, es dialogar con los muertos. “Lo divino es la luz que ahora nos baña / entre la claridad del mes de marzo”. Sí, marzo, el mes de la poesía. Carmen María López encuentra lo divino en la contemplación cotidiana de la vida, abre la pupila a lo insondable, despierta como un párpado abierto por primera vez al misterio del mundo. Pero los humanos estamos muy lejos de ser dioses. En todo caso muñecos, marionetas o títeres del teatro del mundo. Precisamente lo que nos convierte en humanos, lo que nos otorga humanidad, lo que nos acerca a lo divino es esto: la cultura, la pintura, el arte, la música. Por Oración de la lluvia desfilan distintos artistas: Antonio Machado, César Vallejo o Jorge Luis Borges son maestros literarios de una educación sentimental con hondas raíces en la tradición. En el plano del arte, también lo será Miguel Ángel Buonarroti, el autor del David, el artista que pintó la grandiosa Capilla Sixtina en los Museos Vaticanos de Roma.
Oración de la lluvia se detiene en “Lo humano” en la segunda parte, donde la autora nos invita a mirar lo más cercano a nosotros: lo cotidiano y nuestros ancestros. Aquí la lluvia sigue siendo el hilo conductor, guía y luz, símbolo de vida y lugar de las generaciones. La autora no hace sino plasmar una de sus mayores inquietudes ya presentes en su libro anterior, La madre de nadie. Este eje que vertebrará “Lo humano” es la memoria familiar. Así interpela al lector en el poema “La familia”: “La familia es un bosque: te adentras, / caminas a través y tienes miedo”, para culminar en la oscuridad que hay siempre en los sótanos de la memoria, cuando tratamos de reconstruir los instantes de una vida: “Detente y mira ahora: se ha hecho oscuro. / Pero no desfallezcas: este bosque es tu cuerpo y te habla”. El tono elegíaco y de homenaje se transforma. La evocación de la memoria familiar se desborda y explosiona en un mar de emociones. El tiempo se confunde; los tiempos presente y pasado confluyen. Y esta temporalidad cíclica o circular permite la fusión de la abuela, la madre y la hija, convertidas en un “yo poético” que dialoga con todas ellas a través de los recuerdos, del presente y del futuro. El pasado no es un territorio inaccesible, ni idealizado, sino una habitación a la que volvemos sin encontrar la luz: “De la infancia salimos con los ojos vendados”, escribe en “Ceguera”. El pasado es brumoso y ambiguo, moldea el presente y será clave en la construcción del futuro. Por eso, Carmen María teje, cual Ariadna, una serie de lazos familiares que interconectan a la abuela con la madre o con la hija (aún en el vientre) generando un espacio lírico suspendido en el tiempo: “Para trenzar pasado a mi pasado / para anudarlo en oro hasta el presente / pediré hilo roto de lluvia. / Para contarte hija con mi voz de muchacha: una vez fui feliz pero no tanto / como ahora que estás bendiciendo esta lluvia”. El amor por el pasado que nos ha moldeado y esculpido alcanza su punto álgido en los poemas que cierran en libro: el amor es una ofrenda. Y es que, en definitiva, el más complicado de los dones, escribir poesía, se convierte en este poemario en una oración de vida, en amor, temor, recuerdo y dolor. Porque “vivir es ver arder”, escribe la autora, a lo que yo añado: vivir es arder en el amor a la escritura. En la escritura se alberga todo: las voces del pasado, los linajes, las generaciones y, en definitiva, el misterio y el amor a la vida.



