Exuvia
La vida se ha ido escurriendo por el sifón de la regadera.
Buscando un nuevo asilo, más óptimo que ese intento de cuerpo agrio,
con la carne hundida, con olor a guardado, con tres pelos y dos dientes.
Cuanto hubiese querido convencerla de quedarse,
pero he tenido que engañarte como a la niña que fuiste y a la que eres
para que usaras el vestido que guardabas.
Ha llegado la ocasión especial.
Te he dicho que no habría ningún tipo de dolor, pero la culpa se me endureció
como cera en los oídos,
para no escucharte gritar cuando recibiste el primer bocado de tierra.
Porque debí ser yo, madre, en aquel cajón y tú quien noche a noche,
recorrieras la casa a oscuras
recolectando mis pestañas.
Siete formas de ver una polilla yendo a la luz.
I
El vuelo de la polilla es un fractal suspendido,
cada giro se repite en miniatura,
para la ecuación del deseo.
II
La polilla atraviesa la lámpara,
como el cuerpo que cruza un muro líquido.
Al otro lado queda suspendida en un idioma que no tiene vocales.
III
La luz es un acelerador de partículas, atrae a la polilla.
Al desintegrarse,
el experimento falla.
No revela sus materias primas.
IV
La polilla toma tres cucharadas de luz:
Cada bocado abre un pozo en la noche.
Al sorber la lumbre se desmorona en su boca.
V
La polilla inventa un tiempo nuevo:
cerca de la lámpara se multiplica en diez dimensiones.
VI
La lámpara es un agujero blanco:
La polilla se precipita en su borde,
su cuerpo se deshace bajo un chorro de materia,
en aquella claridad inhabitable.
VII
La polilla apoya las patas en el vidrio de la lámpara
y el calor le enseña al cuerpo
dónde guarda la luz a sus animales ciegos.
Exhumación
Abrir el armario de la casa vacía no es un acto de nostalgia, sino de taxidermia. Aquí las polillas se comen la lana y el silencio que dejaron las conversaciones interrumpidas en 1986. Mi mamá siempre guarda los diciembres en cajas de zapatos, envueltos en papel periódico, como si el frío fuera una pieza de porcelana que pudiera astillarse. Y al lado, las llaves negras que ya no abren nada, ese metal cansado que hoy solo conserva la grasa de sus dedos.
El terrible roce de una cuchara de plata contra el paladar: el sabor a óxido y a sopa fría, el eco de una genealogía que se alimentó de la misma sombra una y otra vez. Las paredes de esta habitación tienen la piel de un animal que ha hibernado demasiado tiempo; si apoyo la oreja, no escucho el mar, escucho el crujido del barniz expandiéndose bajo el sol. No heredamos linajes, heredamos la costumbre de mirar por la ventana cuando la luz se pone de otro color. Soy la suma de estos escombros domésticos: un dedal de latón, un reloj de pulsera cuyo tictac se detuvo para no estorbar en el vacío. Afuera, el mundo sigue inventando verbos nuevos, pero aquí dentro, el tiempo es una mancha de aceite que se extiende, lenta y cuidadosa, sobre el mapa de todo lo que alguna vez llamamos hogar.



