De Scrolling, 2026. Taller Blanco Ediciones.
Resuenan mis hermosos cadáveres
No importa que todo esto no sea verdad. En algún
momento llegará a serlo. De tanto mostrarlo,
de tanto decirlo, ocurrirá.
Ven y escucha mi sonido de trueno. Te contaré
una historia que hará que me ames, tan conmovedora
que hasta yo tendré perdones para mí.
Sufrí, lloré y por fortuna no me vieron caer. Entonces
yo no era nadie y nadie me miraba.
Ahora puedo sacarme de bajo tierra,
subir a la montaña en jet, lanzarme, aparecer
en los cielos, como ellos, los hermosos.
Los he visto surcar el firmamento, los he visto sonreír
allá en lo alto.
De tanto mirarlos, aprendí la efervescencia.
Ahora sonrío igual que ellos.
Ya no quiero hacerme más preguntas, mucho menos
me importa saber de cuáles me perdí.
Que lo demasiado no sea la espera, que lo demasiado no
sea el fuera de cuadro, sino todo lo que eres capaz
de hacer por esos blanquísimos dientes junto
a los hermosos.
Yo ya tengo las respuestas, y varios cadáveres
en el armario.
He llegado, estoy en la resonancia.
“Era la más bella de esta famosa serie
de televisión, y así se ve hoy día”
Han pasado 40 años desde aquella serie. 40,
¿me entiendes? 40 años y no vino ninguna nave
extraterrestre a llevársela al otro lado de la Antártida,
enamorados tripulantes de manos dulces no
la secuestraron, no la llevaron a disfrutar unas largas
vacaciones en la tierra de Lemuria, allá donde abundan
los riachuelos sucios de la perenne juventud y donde
nadie conoce la palabra algoritmo.
Ella se quedó de este lado de la tierra, ¿entiendes? Salió
a las calles, al sol, a la lluvia, aguardó la llegada del
amor en sus bares favoritos, y el amor llegó y fue bueno
con ella, y después malo, como de costumbre.
Lloró en las esquinas, en los callejones, se alojó en el
hotel Cecil. Se subió a la azotea y nadó en su estaque de
aguas oscuras que de la vida eterna solo promete la
muerte.
Se masturbó en el sofá, de madrugada, frente a su
personaje en la famosa serie, y tuvo sexting con hombres
de vergas lamentables.
Fue aterrada por fantasmas que tenían su rostro a los
diez años.
Odió a sus padres por amarla demasiado, por dejarla
cumplir sus sueños, y también se odió a sí misma por
haberlos cumplido.
—Cuarenta, han pasado cuarenta años y he muerto mil
veces —dice luego de leer aquel artículo en la red—.
¿Cómo pensabas que me vería, imbécil?
Selfies que no
Lunes, hace frío, no te quieres levantar.
Frente a la cafetera, y toda esa tristeza de lo mismo.
Manejas al trabajo, y las ganas de desviarte.
De irte al mar.
En la sala de conferencias, mientras aquel que se hace
llamar tu jefe te ofende delante de otros.
En el sofá de tu casa, con las luces apagadas,
viendo una serie.
Media hora después, durmiéndote.
Cuando sueñas que alguien te ama.
Cuatro horas más tarde, en plena oscuridad, mientras
recuerdas lo ocurrido en la sala de conferencias.
Cuando piensas en tus padres.
Mientras dibujas para olvidar.
Tus ojos en la lluvia de la ventana.
Cuando nadie te mira, ni siquiera la cámara
del smartphone.
Las mucamas de Mykonos
¿Y si las bellas ya no están cuando yo llegue?
¿Y si encuentro las habitaciones revueltas, no tan
pulcras como esperaba, rastros de semen reseco y
también de náusea?
¿Qué si descubro en el espejo de los baños el vértigo
de sus miradas? (Los baños son siempre lúcidos
—y duelen— de madrugada).
¿Qué si aquel hombre de magras nalgas se parece
demasiado al sofá raído de mis padres? ¿O a aquel tío,
o a aquel padrino?
¿Qué si las bellas me revelan que la entrepierna es la
grieta, que son otras las islas adonde ellas escapan, allá
donde se van para no morir por ellas mismas
humilladas?
¿Qué si al día siguiente no llegan las mucamas, aquellas
mujeres tan iguales a nuestras madres?
¿Qué si no despierto y ellas no aparecen y me quedo
hasta el fin de los tiempos allí olvidada?
Pero no, ellas siempre vuelven. Tienen las llaves, los
rituales. Sus manos de agua bendita corren cortinas,
abren ventanas, y dejan entrar el sol, el aire.
Abajo, en la playa, las saludo; sonreída me tomo
un selfie.
Aquí no ha pasado nada.
Fedosy Santaella (Puerto Cabello, 1970). Narrador y poeta. Ha publicado tanto cuento como novela con editoriales como Alfaguara, Ediciones B y Loqueleo en Venezuela, con Norma en México, y en España con Pre-Textos y Editorial Milenio. En poesía con Oscar Todtmann editores y con LP5 Editora. En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde con la novela El dedo de David Lynch (publicada luego por Pre-Textos). En 2016 se hizo acreedor del premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro con la novela Los nombres, editada también por Pre-Textos. En 2017 obtuvo mención de honor en la I Bienal de poesía Eugenio Montejo. En 2025 publicó el libro de cuentos Los escapistas con Oscar Todtmann editores. En 2026, La ruta de lo lejano, con LP5 editora.
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