La hija del sol que nació poeta. Una conversación con Andrea Cote
“No distingo entre la labor de escritura y esas otras labores porque, en todos los casos, se trata de compartir un entusiasmo por la palabra y por las historias propias y ajenas como formas de reafirmación de la vida.” Andrea Cote
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Hay poetas que escriben sobre un territorio y hay otras que parecen llevarlo latiendo bajo la piel. Andrea Cote pertenece a estas últimas. Nacida a orillas del río Magdalena, en Barrancabermeja, ha construido una obra donde la memoria, la infancia, el desarraigo y las cicatrices de un país encuentran una voz serena, precisa y profundamente humana. Sus poemas no levantan la voz; la sostienen, como quien conoce el peso del silencio y entiende que las palabras más perdurables suelen nacer de él. Entre Colombia y Estados Unidos, entre la docencia, la traducción y la escritura, esta hija del sol ha convertido la poesía en una forma de volver, una y otra vez, a la tierra que la vio crecer.
Conversar con Andrea es adentrarse en un paisaje donde la memoria fluye con la fuerza de un río que nunca deja de correr y donde cada recuerdo, por doloroso o luminoso que sea, encuentra en el lenguaje una forma de permanecer.
Tu poesía suele dialogar con la memoria, el territorio y el cuerpo. ¿Cómo ha cambiado esa relación a lo largo de los años y de tus distintos libros?
Desde mi primer libro, Puerto calcinado (2003), la relación entre cuerpo, lengua y territorio constituye uno de los ejes centrales de mi poética. Este primer poemario explora el paisaje quebrado y desecado como representación de la ruptura de la armonía entre el sujeto y la naturaleza. Ese paisaje escarpado y árido constituye también la representación simbólica de una violencia que, en gran parte de los casos, parece comenzar siempre como una violencia contra el paisaje.
Mis poemarios posteriores exploran la idea de la pérdida del territorio, ya sea a través de otros paisajes desolados, como los del invierno y el desierto —La ruina que nombro (2015) y En las praderas del fin del mundo (2019)—, o mediante la relación que se establece entre el migrante y el territorio perdido, uno de los temas centrales de Querida Beth (2025).
J.H: Naciste en Barrancabermeja, Colombia, una ciudad atravesada por profundas contradicciones sociales e históricas. ¿De qué manera ese origen sigue apareciendo, de forma consciente o inconsciente, en tu escritura?
A.C: El paisaje del puerto a orillas del río Magdalena y las circunstancias particulares en las que se formó mi generación han sido fundamentales para el surgimiento de una sensibilidad poética que reconoce, por una parte, que el encuentro con una vegetación exuberante y un clima intenso hizo que el paisaje nunca fuera un simple contexto. Por su contundencia física y su profundo valor cultural, tanto el paisaje como el clima se han convertido en verdaderos personajes de nuestra literatura.
Por otra parte, mi generación padeció la violencia de los años noventa en el Magdalena Medio, donde la disputa por el control del territorio convirtió el cauce del río en el escenario de un país desaparecido. Esa experiencia histórica dejó una herida profunda que continúa marcando nuestra imaginación y nuestra escritura.
J.H: En un tiempo marcado por la inmediatez y las redes sociales, ¿qué lugar crees que ocupa hoy la poesía y qué sigue ofreciendo que otros lenguajes no pueden?
El desafío de la poesía es siempre dotar al lenguaje de la contundencia de la que otros discursos lo despojan. En la poesía, cada palabra recupera su peso y su capacidad de fundar sentido. La poesía es, además, el lugar donde nos hacemos más fuertes precisamente al hacernos vulnerables. En una sociedad dominada por la indolencia y la intolerancia, la poesía cultiva nuestra capacidad de conmovernos y de ejercer la empatía hacia los otros.
4. Además de escribir, has desarrollado una importante labor como investigadora, traductora y docente. ¿Cómo dialogan esas facetas con tu trabajo creativo?
No distingo entre la labor de escritura y esas otras labores porque, en todos los casos, se trata de compartir un entusiasmo por la palabra y por las historias propias y ajenas como formas de reafirmación de la vida. La traducción, por ejemplo, que es un ejercicio que exige despojarse de la ansiedad autorial, constituye una de las formas más profundas de lectura, entendimiento y reconocimiento del otro.
Como docente, ejerzo también una labor de escritura, en la medida en que me identifico como parte de una comunidad de escritores. Mi trabajo consiste, en buena parte, en cultivar y compartir el entusiasmo por la escritura de los demás.
5. Muchos lectores encuentran en tus poemas una tensión entre la belleza y la violencia, entre la fragilidad y la resistencia. ¿Es una búsqueda deliberada o surge naturalmente del proceso de escritura?
No es una búsqueda deliberada, pero entiendo que provenimos de una tradición poética que ha bebido de la intensidad de los contrarios. Desde la aparición de Las flores del mal, de Baudelaire, la poesía moderna ha aprendido a reconocer una estética alimentada por el oxímoron y por la capacidad que tiene toda realidad de convertirse en su contrario. Esa tensión entre fuerzas opuestas constituye una de las formas más profundas del conocimiento poético.
Vivimos, además, en tiempos de gran desolación, acosados por un discurso constante del fin. Y, sin embargo, asistimos una y otra vez a la reafirmación de la vida, al acontecimiento inesperado de la bondad humana, a la persistencia de la solidaridad y de la belleza en medio de la incertidumbre. Debemos aceptar que el ser humano es una contradicción extraordinaria por la que vale la pena seguir luchando.
6. Colombia vive constantes transformaciones sociales y políticas. ¿Consideras que la poesía tiene alguna responsabilidad frente a esos procesos o su compromiso está en otro lugar?
La responsabilidad de la poesía con la construcción de un mundo más justo y comprensivo es absoluta. Su resistencia se ejerce, sobre todo, en tanto se trata de un lenguaje que impulsa la comprensión y la empatía hacia todo lo que nos rodea.
7. ¿Qué autores o autoras —colombianos o de otras latitudes— han dejado una huella más profunda en tu manera de entender la poesía y el lenguaje?
Hay dos autoras que constituyen referentes constantes para mi escritura. La primera es la poeta colombiana Piedad Bonnett. Considero que, junto a María Mercedes Carranza, ha sido una de las voces más importantes en el proceso de establecer, desde la poesía colombiana contemporánea, un vínculo entre lo personal y lo político, mostrando cómo la realidad se revela y también se transforma en los espacios de la cotidianidad.
La segunda es la poeta polaca Wisława Szymborska, cuya obra me apasiona por la manera en que redescubre el lenguaje de lo cotidiano y revela la extraordinaria complejidad de lo aparentemente común. Su poesía demuestra que el verdadero territorio del poema es la experiencia humana y que, incluso en los gestos más sencillos de la vida, palpita un misterio que el lenguaje poético puede hacer visible.
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Noticias del abismo
Madre, padre
al cruzar la espesura de vacío
queda una cumbre,
hasta allí he subido
por traerles noticias del abismo.
Abran el pórtico,
díganle a ella que en la verja me reciba,
y trozo a trozo me desprenda de las botas
el rastro de cantera,
el polvo de animales muertos
que sin querer he arrastrado hasta su casa.
Traigo noticias del abismo
acéptenme el don de lejanía,
la malherida pureza de esta ofrenda,
el racimo en que perviven
las negras raíces
de todos los árboles
que faltan en el mundo.




