Poesía chilena: Manuel Illanes

Leemos algunos fragmentos del nuevo libro del poeta chileno avecindado en México Manuel Illanes (1979) Las puertas del Edén, que acaba de ser publicado por Aleteo Poético (2025). El texto corresponde a la tercera parte de em>Tarot de la carretera, publicado por Editorial Fuga en 2009. La fotografía de portada es de Javier Narváez.

 

 

 

 

 

Los habitantes de Miculla habían plasmado -2 milenios antes de nuestro nacimiento-, sobre esas piedras rojizas la gama completa de sus actividades y emociones: posturas amatorias, danzas​​ en homenaje a las divinidades -representadas por el puma, los camélidos, el suri-, escenas de caza o de adoración al sol…todo el espectro que va desde lo religioso a lo profano había sido cubierto en sus petroglifos…casi se podría afirmar que habían figurado sobre la piedra sus miedos y esperanza más íntimos, tan transparentes habían sido en su arte.

 

 

 

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Los españoles fueron lo suficientemente astutos para conservar ciertos restos de la arquitectura inca en el Cuzco; arrasaron los edificios, conservando sus fundamentos, con independencia de razones prácticas concretas (reutilizar el material para la construcción de sus propios templos) conscientes de que algunos lugares dentro de la ciudad poseían el prestigio de lo sagrado, prestigio que se remontaba con seguridad hasta los orígenes de la ocupación del valle por los incas, fundiéndose por tanto con el mito. Sobre estos fundamentos erigieron sus catedrales, buscando traspasar el aura sobrenatural de los primeros edificios a sus construcciones. Hábil maniobra de mercaderes; sin embargo, la majestad de las iglesias cristianas palidece frente a la perfección, a la monumentalidad de​​ estas plataformas. El contraste es demasiado evidente. Las iglesias son meras excrecencias, se podría pensar, musgo acumulado sobre la cabeza de un jayán que yace profundamente dormido.

 

 

 

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Una familia jugando fútbol en la fortaleza de Saqsaywamán: qué manera más bella de honrar a los ancestros que construyeron estos muros.

 

 

 

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En la noche de Cuzco, un grupo bastante grande de manifestantes protestaba por la inminente aprobación de una ley que privatizaría los sitios de interés arqueológico. La manifestación se realizaba en plena Plaza de Armas de la ciudad. Era curioso considerar las reacciones de los turistas que se encontraban cerca: ninguno de ellos parecía evidenciar más que una leve sorpresa, sorpresa que casi podríamos asimilar con la molestia. Desde su perspectiva no existía gran distancia entre que los monumentos fueran administrados por manos privadas a que continuaran en manos de los descendientes de los incas. Lo que para la comunidad del Cuzco era una verdadera castración -en tanto esos sitios​​ están integrados a grupos humanos vivos y forman parte de sus tradiciones y ritos-, para ellos representaba tan sólo un asunto de dinero.

Esta diferencia de perspectivas revela, a mi modo de ver, dos maneras completamente opuestas de entender el pasado: en una de éstas, el Cuzco y sus alrededores constituyen un sitio “postal”, una experiencia de superficie que puede reducirse a fotos, la compra de souvenires, un tour -un pasado fosilizado, sin relación con lo humano, una mitología, en sentido negativo de la palabra. Para la otra, en cambio, Macchu Picchu, Ollantaytambo, Pisaq, Saqsaywamán y las demás ciudades y pucarás distribuidos por el valle sagrado simbolizan más que meros restos de una civilización fenecida: ellas son centros nerviosos de una identidad, ligadas indisolublemente al devenir histórico de los pueblos andinos, extendiendo su luz sobre el presente y futuro.

 

 

 

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¿Qué me une a estas ruinas? ¿Qué ligazón puede existir entre ellas y yo, a todas luces un extranjero, un total extraño al mundo de resonancias y ecos que provocan en Perú? ¿Es real, es auténtica esta sensación de pertenencia que ellas me producen, las raíces que descubren en mi ser? ¿O es tan sólo una entelequia, una necesidad racionalizada de integración, de encarnamiento en una comunidad imaginaria? ¿De dónde nace esta emoción, este temblor que pasa y me reduce a escombros en su presencia? ¿Es sólo sugestión? ​​ ¿O hay algo más?

 

 

 

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Tristeza de comprobar que la pirámide yacía sepultada bajo toneladas de tierra y rocas, que los altares de piedra habían sido desecrados, que las estelas fueron destrozadas por bárbaros codiciosos en busca de oro. Aquella hermosa construcción, recubierta con una capa de piedras de un intenso tono verde, relucía en la meseta y podía ser apreciada desde kilómetros de distancia en los tiempos de esplendor. Ahora permanecía invisible para las miradas, fracturada en su mayor parte, de igual manera que la maravillosa Puerta del Sol, construida en un solo bloque de piedra andesita y tapizada de misteriosos relieves, entre los que destacaba la luminosa imagen de Wiracocha, centro de la cosmogonía Tiwanaku. Alrededor de su figura hierática, plena de solemnidad, se había levantado esa ciudad magnífica, alimentada por sus rayos de piedra.​​ 

Los ojos del dios dibujado sobre la Puerta habían sido animados en el pasado remoto por el hálito del sol, y ese soplo se había extendido por las venas de la ciudad y de los hombres que la habían poblado en forma de lenguaje, maíz, presencias tutelares, terrores sin nombre, un mundo habitado por figuras terribles y compasivas al mismo tiempo.

Los ojos de Wiracocha, el dios dibujado sobre la piedra, lucían apagados en la tarde nublada. Aún está lejos la apoteosis, el solsticio que volverá a darles vida, me imaginaba, me repetía entristecido en el camino de vuelta a La Paz.

 

 

 

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No es mistificar lo que pretendo al describir las distintas estancias de los viajes (o de EL viaje en singular, el paradigmático), de manera oblicua, en forma de breves disquisiciones que se circunscriben dentro del terreno de lo que llamamos de forma ridícula “poesía”; no, de ninguna manera. Aunque parezca un lugar común, lo que pretendo, en el fondo, es alcanzar lo que está más allá de las palabras, el invunche secreto que taconea como el torpe albatros de la Literatura sobre la cubierta del lenguaje, con la única herramienta que tenemos a nuestra disposición: la palabra misma. De esa aparente (pero profunda) contradicción, se deduce la anatomía particular de estos fragmentos, la fractura y la impotencia que los signan, esa pulsión insensata que los conduce directamente a las arenas.

 

 

 

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En el templo Kalasasaya del complejo Tiwanaku, los antiguos habían plasmado, en una de las murallas externas, una reproducción del oído humano en forma de embudo; al apoyar tu cabeza sobre él, podías escuchar, amplificado de una manera maravillosa, cualquier sonido que se produjera al interior del templo, incluso a grandes distancias. Como pájaros inflamados las conversaciones venían a enterrar su ceniza en nuestros tímpanos, acudiendo presurosas desde los rincones más ajenos. Aquello simplemente rozaba el milagro. La cultura Tiwanaku había domesticado lo misterioso, incorporándolo a la vida cotidiana​​ de sus habitantes. Qué lejos se encontraba ese logro superior de aquellos que nos ofrece nuestra existencia posmo, representados por iconos devenidos esfinges, que no hacen más que atemorizar o desconcertar sin establecer terreno sagrado, instalándonos en un vacío al que se tilda de “libertad”. Toda nuestra complicada y dramática arquitectura de signos enmascara un gran cansancio, la certeza banal de que nos encontramos en un camino sin salida.

 

Valorar la simpleza de ese caracol de piedra es reconocerse por un segundo del otro lado de la pared en la que se estrellan nuestros esfuerzos, avergonzados por el vértigo de una deslumbrante inocencia.

 

 

 

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Seguimos un estrecho sendero que bordeaba el precipicio e iba girando alrededor de la montaña, casi como si la abrazara, que avanzaba de manera interminable y serpenteaba entre los riscos, siempre en ascenso, hasta culminar en una explanada repleta de grandes piedras labradas extrañamente. Habíamos llegado con la respiración entrecortada a la cima. Llovía con intensidad, estábamos completamente empapados.

Hubo unos minutos de silencio, en los que adoramos el cielo cubierto, apostados en el Inti Huatana.

 

 

 

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