LATITUD CERO: EL PUNTO MÁS CERCANO AL SOL DESDE LA TIERRA
Javier Cárdenas García (Lucena, Córdoba, 12 de julio de 1997).e s graduado en Medicina por la Universidad de Córdoba y, en octubre de 2019, debutó en la poesía con su primer poemario, Jardines del ánima (Exlibric, 1ª ed.). Durante 2020, a tenor de la pandemia, desarrolló una destacada labor de promoción, protección y divulgación de la poesía a través de las redes sociales. Ese mismo año recibió la Mención de Honor en el I Concurso de Poesía “Elena Martín Vivaldi” por su poemario, aún inédito, Donde habite el fuego; obtuvo el I Certamen Literario Internacional de Poesía “Poetes de la Marina Alta”, el I Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena “Lara Cantizani” en la modalidad Haiku Prometeo, y el XXIII Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven con su obra Hijos del asedio.
A lo largo de su trayectoria ha sido reconocido con otros galardones de ámbito nacional, entre ellos el XXXII Premio Nacional de Poesía Acordes por Los archipiélagos, el XXV Certamen Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos por Paritorio y el Premio de Ecopoesía Puente del Guadiana por La última ciénaga.
Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como médico residente en un hospital del centro de la ciudad y ha sido nombrado finalista del Premio Adonáis de Poesía 2025.
Hoy dialogamos con el autor a propósito de la publicación de Latitud cero (Pre-Textos, 2026), libro con el que ha obtenido el XVIII Premio de Poesía Joven RNE-Fundación Montemadrid.
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Latitud cero es un libro marcado por un viaje a Ecuador y el descubrimiento de toda una geografía andina y amazónica. ¿Cuál fue su origen y cómo viviste su proceso creativo?
Es una pregunta especialmente importante. Al contrario de lo que podría pensarse, el origen del conjunto no se produjo como una elaboración posterior a la experiencia, sino que el proceso de creación comenzó mientras me encontraba, físicamente, en Ecuador. Poemas como «Mitad del Mundo», «GMT-5» o «La tumba de los maizales» fueron escritos íntegramente allí y apenas recibieron correcciones durante el viaje de regreso.
La experiencia fue una verdadera embestida de los sentidos: los colores, los pájaros, las frutas, las arquitecturas desconocidas… Mi compañera, Pilar, suele recordar que iba de un lado a otro, anotándolo todo en un cuaderno. La mirada lo era todo. Me interesaba especialmente la sonoridad de lenguas tan desconocidas para mí como el shuar chicham o el quechua, que en muchas ocasiones se entremezclaban, en cada rincón de los valles andinos, de una manera singular.
Había palabras afiladas, destinadas a nombrar el acto de abrir la tierra para levantar una casa; y otras, de una delicada resonancia casi divina, que parecían contener la esperanza del regreso incluso ante la inminencia de la despedida.
Fue entonces cuando surgió la necesidad de elaborar un conjunto de poemas que permitiera preservar aquellas voces antes de que mi frágil memoria terminara por borrarlas para siempre.
El libro se articula en tres grandes partes: “0º0`0”: Equinoccio no hace verano”, “Un lugar que está lejos del mar” y “Cuaderno con citas ilegibles y dibujos de niño: una madre traduce al quechua la palabra amor”. ¿Qué motivó la estructura del poemario? ¿Fue una decisión deliberada durante su escritura o un hallazgo posterior?
Una decisión plenamente consciente. Tenía mucho que contar y un espacio relativamente limitado para dar forma a todo aquello. De una manera necesariamente esquemática, describiría las tres partes en el mismo orden en que aparecen: el yo extranjero, el tú habitante y el nosotros como espacio de creación cultural.
La primera parte narra, en primera persona, ese impacto social; indaga en las razones culturales que lo han conducido hasta esta geografía nueva e inexplorada y revisa el orden de su propio reloj interno. Pienso, inevitablemente, en algunos de los pasajes de intenso carácter atmosférico de Olvidado Rey Gudú, de Ana María Matute. De algún modo, su presencia atraviesa todas estas experiencias vividas allí
La segunda parte se sitúa en la relación honesta con el otro. En muchas ocasiones, desde la atención a enfermos o la prestación de asistencia sanitaria a quienes la necesitaban, trata de adentrarse en una tradición y una cultura nuevas, frágiles como una casa de nieve a punto de fundirse. Mi abuelo está aquí, y también mis padres: la mirada y el abrazo se estrechan a medida que transcurren los días y avanzan, inexorablemente, hacia el regreso.
La tercera parte, que no es la última en importancia, habla de la cultura, la leyenda y la herencia. Ecuador es un crisol cultural, lleno de ornamento y de cantos de animales. Viajamos hasta la reserva del Yasuní, en la Amazonía, y atravesamos el país en autobús, pasando largas horas leyendo a Lorca y explorando rincones que conservaban las huellas de su pasado colonial español.
Latitud cero recupera poéticamente la geografía andina, las palabras del quechua que remiten a toda una cartografía física y emocional como es Ecuador. ¿Qué claves le darías a los lectores?
Les diría que se dejaran arrastrar por la corriente de la lengua, por su sonido y su cadencia, sin prejuicio alguno y con la mirada de quien contempla el mundo por primera vez: con la asombrosa inocencia de un niño ante aquello que acaba de descubrir.
¿Qué escritores/as y, en particular, poetas han influido más en tu tarea creativa y por qué? ¿Se nota la voz de estos maestros literarios en Latitud cero?
Es curioso, porque Latitud Cero, dentro de mi trayectoria artística, destaca precisamente por apartarse de todo cuanto había creado hasta entonces. He leído y observado a muchos autores, y siento que, de algún modo, mi escritura se encuentra muy diversificada. Sin embargo, si tuviera que centrarme en la voz con la que construí el poemario, señalaría tres nombres fundamentales, sin cuya influencia el libro no sería el mismo: Luis Rosales, Federico García Lorca y Mario Obrero.
En el poema “Mitad del mundo”, que es pórtico o prólogo a las tres secciones en que se estructura el libro, escribes: “Si me subo a esta piedra, / puedo guardarme en un bolsillo / la luz del mundo. / Nunca he estado tan lejos de mis muertos”. ¿Cómo surgió esta imagen tan potente, la contemplación desde una perspectiva cenital y la evocación de los muertos?
Una ráfaga en mitad del viaje. La autoconciencia de encontrarme en un lugar geográfico tan singular como un refugio de alta montaña en el Cotopaxi, que, aunque no sea el punto de la Tierra más cercano al sol —distinción que corresponde al Chimborazo—, me proporcionó una suerte de clarividencia y deslumbramiento semejantes. Ascendí a un pequeño altar de piedra y, mientras contemplaba los valles andinos, comprendí hasta qué punto estaba solo y qué extraño resultaba hallarme tan lejos de casa.
Por un instante, inhalé aquella brisa y llegó hasta mis oídos un paisaje de olivares, casi crepuscular, de la campiña cordobesa, acompañado por el Concierto de Aranjuez. Estaba en casa, pero sin la herencia de los fallecidos de mi familia.
Si pensamos en Chejov o en Doctor Zhivago, la imagen del médico poeta (sea este el autor o un personaje ficcional) es un lugar común en la historia literaria. ¿De qué manera tu oficio como médico influye en tu tarea creativa? ¿Son facetas afines o diferenciadas?
Ambas son imprescindibles por sí mismas y, al mismo tiempo, la una para la otra. Siempre lo he descrito como una suerte de círculo de dos pescadillas en el que ambas se alimentan y se sostienen mutuamente. No existiría la medicina sin mi poesía, ni la poesía sin mi medicina. Mi mayor aspiración en la vida es a ser un médico humanista, y la poesía es la expresión de esa vertiente humana que reivindico.
No podemos olvidar la fortuna que supone poder entrar en las casas y en las historias de mis pacientes, poder acompañarlos e intentar ejercer sobre sus vidas una influencia positiva, por pequeña que sea; alcanzar, siquiera, un mínimo impacto en la inmensidad irrepetible de cada uno de ellos. Pienso en Gregorio Marañón y también en Santiago Ramón y Cajal, a quien, por cierto, debo uno de los libros que me han acompañado siempre y que ha sido para mí un libro de cabecera: Charlas de café.
Son dos universos que se necesitan mutuamente para subsistir. Cuando uno falta, el otro queda despojado de una parte esencial de sí mismo. No sé qué será de mi vida en el futuro, pero jamás renunciaré a ninguno de los dos de manera consciente. Son facetas inseparables de mi manera de comprender y experimentar el mundo.
Eres un poeta joven, pero ya atesoras un palmarés literario muy destacado. ¿Cómo estás viviendo estos reconocimientos literarios? ¿En qué proyecto creativo estás trabajando ahora?
La realidad es que con muchísima ilusión y, sobre todo, gracias a la generosidad infinita de los jurados. Viéndolo ahora con cierta perspectiva, nunca tuve una formación académica propiamente literaria. Todo cuanto sé lo he aprendido no solo de los grandes maestros de la literatura, sino también de mi propia perseverancia: de acudir a diario a las bibliotecas públicas, de leer y escribir hasta horas intempestivas y de mantener intacta la voluntad de seguir aprendiendo.
Es importante ser consciente de que es posible llegar lejos en cualquier ámbito incluso cuando las oportunidades para hacerlo son escasas. El hecho de haber sido galardonado precisamente en el ámbito que más me apasiona no hace sino acrecentar mi gratitud. Me siento profundamente dichoso por el trabajo realizado y, sobre todo, por las personas que me acompañan día tras día, que me sostienen y me ayudan a continuar este camino.
Estoy explorando la vertiente más humana del trato a los pacientes, no sé qué caminos me permitirá recorrer, pero por el momento están siendo caminos amables y fructíferos.
Si solo pudieras salvar dos poemas de Latitud cero (al estilo del escrutinio de la biblioteca en el Quijote o de Fahrenheit 451, ¿cuáles elegirías y por qué?
Difícil elección, pero vamos a arrojarnos al vacío: «GMT-5» y «La tumba de los maizales». Son, quizá, los dos poemas que salvaría de ese escrutinio.
GMT-5
Para poder hablar contigo, puedo
anticipar seis horas un reloj. Mi equipaje
es entender que puedo
saberme de memoria la hora en que te levantas,
vas a tomarte un vaso de café bien cargado,
te haces el recogido o buscas el pijama
del hospital en el montón de ropa
sucia, quince minutos antes de ir a salvar
el mundo diminuto de un enfermo.
Una hora es del tamaño del niño que se aleja
de ella, aunque no pueda contenerlo.
Para poder hablar contigo, puedo
restar el otro lado de una puesta de sol
que hemos visto morir en nuestros brazos.
El tiempo lleva en sí su noticia de jaula,
alguien debe quedársela
para que pueda continuar vacía.
HUAYNA CÁPAC
Para poder llegar a casa atravieso la calle de Huayna Cápac
como quien incorpora la guitarra que aloja un aguacate para permanecer.
El aire nos empuja y huele a pan con higo. Hay muchísima gente
la calle nos descubre a Atahualpa en su moto
optimizado en plumas de todos los colores, y lo observo en las niñas que
enarbolan
su anaku porque anaku es decir una madre y también es hacer existir lo
nombrado,
lo celebro en los rostros de mujer del Pumapungo como pelícanos en flor
bajo la luna andina de mediados de marzo, lo mantengo aquí a un lado
y lo doy en ofrenda.
La calle es una lealtad donde laten mecánicos bajo el ácido ascórbico
de la tarde absorbida, donde niños levantan paredes con los nombres de sus
madres
y el arcén es un templo torrencial que derrama los zumos de coco y de
canela
para que nazcan las semillas como pájaros llenos
de frutas disponibles sobre los puestos donde no se es deseado.
La calle nunca ha visto un cocodrilo, ni espera ser retenida en los bosques
de polen castigado con hibiscos y eucaliptos, ni sabe del oso de anteojos
ni conoce a los niños que pescan truchas mansas con estómagos llenos
de preñadillas, no
la calle ya no alberga árboles de papel ni hongos que se alimentan de su
madera vieja,
la calle es un latido de cadáveres y el acto de equidad que no depende
del dolor para enmascarar su trazo,
es la coincidencia que atravesamos para poder llegar a alguna parte
donde también la noche quizás por pájaro, mantenga el hábito de una cosa
privilegiada.




