Nota del editor: Los siguientes poemas de Oswaldo Flores Cumarín, los he tomado de su libro Mal de oficio, libro ganador del Premio Stefania Mosca mención poesía del año 2022. Una de las cosas que me gusta de este libro y que espero desarrollar en una futura reseña —que sirva esta breve nota para comprometerme— es que un poeta puede encontrarse en cualquier oficio, porque todo está mediado por el lenguaje. En el libro, aunque no en esta muestra, se observa cómo el poeta desarrolla la pregunta del poeta como padre—de su propia lengua— y realiza un camino por un sinnúmero de oficios para ello, esta es una de las ideas que espero desarrollar. Deseo sinceramente que lean el trabajo de Flores Cumarín y disfruten la selección que he preparado con entusiasmo para ustedes.
Zorian Ramírez Espinoza.
Caracas, octubre del 2026.
Chofer
I
Uno se sienta
y nada ocurre
No crece flor
ni hay dios que trepe la oración
Dos se sientan
y hay una misa que ocupa al mundo
El poema, tan callado como un ángel de yeso,
espera una altura que lo quiebre
para romperse sobre sí mismo en algo cierto:
una piedra, que rompa el espejo de las aguas
un disparo, que parta en relámpagos el día
un golpe, que pueble la huella de sangre
un dolor, que recuerde la víscera del mundo
II
Y se ha muerto esperando. Ha muerto
Pienso [El poema es un toro de lidia en una sabana de flores]
El poema más poderoso se olvida
en la estación
pero es aún más terrible en vilo
Escribo [El poema es un toro de lidia esperando la estocada de los
[pájaros]
Inmolado
Oración
Alma de todo que es el ritmo,
cuerpo de todo que es la música
huella de todo que es el cuerpo mil veces sobre todo
Esto es la caverna
vientre del primer fuego en el abdomen
brasa de los tiempos de mi augurio
nada atizada y crepuscular
en su crepitar de criatura
Zarza de donde vengo, cuídame
señor, cuídame
Oráculo
La llama se ha visto ajena, y yo no ardo
Arde tú,
otro que va por fuera,
que las sequías de mí son de fuego
Y yo no ardo:
la brisa pinta lo seco en mi espalda, y yo no ardo
la brasa hembra pilla mis pieles, y yo no ardo
el dolor de los hermanos me arroja, y aún no ardo
el fuego del campo no es más
pero arde,
muy lejos
Sacrificio
No basta para encenderme esta hoguera de vivos
el humo es un grito inmolado en otro luto
que miro lejos para encontrar
y ya no hallo
solo el silencio va quedando
en su sentencia
como una llama sola arrojada fuera del fuego
Suicida
Afina la puntería del canto contra las bestias
dijo un hombre
También dijo:
tú escucha y pon atención,
en el oído hay un puente para el arrojo
Esto es un gesto desentendido de fe
Y también dijo:
inventa una palabra o una montonera donde
quedes, y vivas como el mar repitiéndose a sí
mismo.
Espectador
Yo soy el pájaro
si digo: viento, mira la puerta abierta de la jaula
Yo soy la mesa pobre
sobre las migajas
y no el invento de codos modos sobre la mesa
Y soy quien dice «basta el cielo para llevar hambre por la rendija de los ojos
y miro la puerta desde la jaula, pájaro inverso del
[viento que soy, y digo,
soy yo quien sopla a la ventana»
El paraje mira como una puerta desde la sombra
el oprobio de estar sentado a fin de punto impronunciable
y su ventana también es el ojo que yo soy mientras me mira y yo lo miro
Vuelo entre sus piernas arboladas
al puro hogar sin centro y en círculo
profano todo eso sin sombra donde entra lo curtido
y ahí anochezco
ahogado a plena puerta
de lo otro
Narcísimo
Hay que ser tan oscuro
para ser mendigo, dice la sombra
conocer el tizne-rubor de la esquina
vestirse de un vaho príncipe
de un púrpura a solas
y pillar el rubor de los árboles
hasta ser su lazarillo
Hay que oficiar una misa en silencio
arrojar humo blanco para morir cada vez que se pueda
y saber que en tu lugar hay otro
Hay que llenar de huellas cada bolsillo, dice la sombra
de manos que ni torsos
de pies oscuros, casi charcos
Hay que dejar al tiempo anidar en cada hebra de cabello
hasta el ancho del mundo, dice la sombra
y saber mirar en lo profundo
de cada charco
para dar con la huella que te engendró
Sísifo
Ningún ojo abre como el cerro
Nada desprende el encéfalo de tanto ser visto
—ni el mes inclemente en la espalda de este animal herido—
Como un trapo viejo al viento
se orea este mes de moscas
esta piedra que maquina el milagro que nos existe
Pero la mosca,
hecha para morir
anida su prole en la carroña
Poética
El poeta recomienda: ‘Inclinaos, inclinaos más aún’. No siempre sale indemne de su
página, pero al igual que el indigente, sabe sacar partido de la eternidad de una aceituna
René Char
Acto I
El poeta (mendigo de algo) demora el bocado, por ansiedad o por locura. No solamente es el mordisco lo que le sacia. Su extraño alimento está lejos. He ahí la demora. Quizás no exista esa mínima contentura verde de la que disfrutan los mendigos
Acto II
Inclinarse es perder lo cardinal. La relación de orden con las cosas se trastoca en el mapa blanco de las hojas
Acto III
Una sed: El poema es eso que quiere beber del agua que no ha caído
Acto IV
Desear es lo más cercano a lo perpetuo
Acto final
El hambre al momento del hambre parece, si no es, eterna. Pero el mendigo sabe de finitudes, su propia vida cuelga de un hilo. Sabe más finita a la aceituna. Ella por nada siente hambre, pero es motivo de una eternidad que escarba. La aceituna dibujada sobre un papel
Enamorado
A Gonzalo C.
lo que en su pecho vuelve al mundo
Eugenio Montejo
se infla el pecho
se infla
hay algo aquí que vuelve al
mundo
lo tomo de las cosas que
transpiran
de las que arrebolan bajo la
llovizna
y temen trashumar
—cambiar el sol por una hoja o la lumbre por un cristal frío—
del pájaro, su canto
se inca y traduce desde la pluma
de mí, la niebla
una sombra que pronuncia el
nombre más delgado
y robustez abominable en el
pecho
alguien aquí se ahoga
si por cada sílaba hay un canto a
donde vuelvo, un silencio en la mueca donde
existo
algo aquí vuelve al mundo
se infla en el pecho
y ya no es nombre
PADRE
no importa lo que corras
siempre llueve
REO
el clavo echa su sombra
sobre la tierra
pero es el mediodía
FORENSE
el hueso es
del dolor
el hijo más dócil
Oswaldo Flores Cumarín. Caracas, 1985. Poeta, docente y licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Actualmente cursa la maestría de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Impartió talleres de aproximación a la escritura poética para la Fundación Casa de las Letras Andrés Bello, entre los años 2012 y 2016. Fue miembro de talleres de lectura con los poetas Rafael Castillo Zapata (Celarg), Luis Alberto Crespo y Ximena Benítez (Monte Ávila Editores). Poemas suyos han sido publicados en distintos portales web como digo.palabra.txt, Letralia y la revista Ciudad de la Hoz. Integró en 2019 el colectivo poético musical Los Cuatro grados del fuego, y el espacio poético alternativo La casa del Guachimán, en La Pastora, Caracas. Con su libro Mal de oficio, Flores Cumarín fue merecedor del Premio Nacional de Literatura Estefania Mosca 2022.
Nota del editor: Los siguientes poemas de Oswaldo Flores Cumarín, los he tomado de su libro Mal de oficio, libro ganador del Premio Stefania Mosca mención poesía del año 2022. Una de las cosas que me gusta de este libro y que espero desarrollar en una futura reseña —que sirva esta breve nota para comprometerme— es que un poeta puede encontrarse en cualquier oficio, porque todo está mediado por el lenguaje. En el libro, aunque no en esta muestra, se observa cómo el poeta desarrolla la pregunta del poeta como padre—de su propia lengua— y realiza un camino por un sinnúmero de oficios para ello, esta es una de las ideas que espero desarrollar. Deseo sinceramente que lean el trabajo de Flores Cumarín y disfruten la selección que he preparado con entusiasmo para ustedes.
Zorian Ramírez Espinoza.
Caracas, octubre del 2026.
Chofer
I
Uno se sienta
y nada ocurre
No crece flor
ni hay dios que trepe la oración
Dos se sientan
y hay una misa que ocupa al mundo
El poema, tan callado como un ángel de yeso,
espera una altura que lo quiebre
para romperse sobre sí mismo en algo cierto:
una piedra, que rompa el espejo de las aguas
un disparo, que parta en relámpagos el día
un golpe, que pueble la huella de sangre
un dolor, que recuerde la víscera del mundo
II
Y se ha muerto esperando. Ha muerto
Pienso [El poema es un toro de lidia en una sabana de flores]
El poema más poderoso se olvida
en la estación
pero es aún más terrible en vilo
Escribo [El poema es un toro de lidia esperando la estocada de los
[pájaros]
Inmolado
Oración
Alma de todo que es el ritmo,
cuerpo de todo que es la música
huella de todo que es el cuerpo mil veces sobre todo
Esto es la caverna
vientre del primer fuego en el abdomen
brasa de los tiempos de mi augurio
nada atizada y crepuscular
en su crepitar de criatura
Zarza de donde vengo, cuídame
señor, cuídame
Oráculo
La llama se ha visto ajena, y yo no ardo
Arde tú,
otro que va por fuera,
que las sequías de mí son de fuego
Y yo no ardo:
la brisa pinta lo seco en mi espalda, y yo no ardo
la brasa hembra pilla mis pieles, y yo no ardo
el dolor de los hermanos me arroja, y aún no ardo
el fuego del campo no es más
pero arde,
muy lejos
Sacrificio
No basta para encenderme esta hoguera de vivos
el humo es un grito inmolado en otro luto
que miro lejos para encontrar
y ya no hallo
solo el silencio va quedando
en su sentencia
como una llama sola arrojada fuera del fuego
Suicida
Afina la puntería del canto contra las bestias
dijo un hombre
También dijo:
tú escucha y pon atención,
en el oído hay un puente para el arrojo
Esto es un gesto desentendido de fe
Y también dijo:
inventa una palabra o una montonera donde
quedes, y vivas como el mar repitiéndose a sí
mismo.
Espectador
Yo soy el pájaro
si digo: viento, mira la puerta abierta de la jaula
Yo soy la mesa pobre
sobre las migajas
y no el invento de codos modos sobre la mesa
Y soy quien dice «basta el cielo para llevar hambre por la rendija de los ojos
y miro la puerta desde la jaula, pájaro inverso del
[viento que soy, y digo,
soy yo quien sopla a la ventana»
El paraje mira como una puerta desde la sombra
el oprobio de estar sentado a fin de punto impronunciable
y su ventana también es el ojo que yo soy mientras me mira y yo lo miro
Vuelo entre sus piernas arboladas
al puro hogar sin centro y en círculo
profano todo eso sin sombra donde entra lo curtido
y ahí anochezco
ahogado a plena puerta
de lo otro
Narcísimo
Hay que ser tan oscuro
para ser mendigo, dice la sombra
conocer el tizne-rubor de la esquina
vestirse de un vaho príncipe
de un púrpura a solas
y pillar el rubor de los árboles
hasta ser su lazarillo
Hay que oficiar una misa en silencio
arrojar humo blanco para morir cada vez que se pueda
y saber que en tu lugar hay otro
Hay que llenar de huellas cada bolsillo, dice la sombra
de manos que ni torsos
de pies oscuros, casi charcos
Hay que dejar al tiempo anidar en cada hebra de cabello
hasta el ancho del mundo, dice la sombra
y saber mirar en lo profundo
de cada charco
para dar con la huella que te engendró
Sísifo
Ningún ojo abre como el cerro
Nada desprende el encéfalo de tanto ser visto
—ni el mes inclemente en la espalda de este animal herido—
Como un trapo viejo al viento
se orea este mes de moscas
esta piedra que maquina el milagro que nos existe
Pero la mosca,
hecha para morir
anida su prole en la carroña
Poética
El poeta recomienda: ‘Inclinaos, inclinaos más aún’. No siempre sale indemne de su
página, pero al igual que el indigente, sabe sacar partido de la eternidad de una aceituna
René Char
Acto I
El poeta (mendigo de algo) demora el bocado, por ansiedad o por locura. No solamente es el mordisco lo que le sacia. Su extraño alimento está lejos. He ahí la demora. Quizás no exista esa mínima contentura verde de la que disfrutan los mendigos
Acto II
Inclinarse es perder lo cardinal. La relación de orden con las cosas se trastoca en el mapa blanco de las hojas
Acto III
Una sed: El poema es eso que quiere beber del agua que no ha caído
Acto IV
Desear es lo más cercano a lo perpetuo
Acto final
El hambre al momento del hambre parece, si no es, eterna. Pero el mendigo sabe de finitudes, su propia vida cuelga de un hilo. Sabe más finita a la aceituna. Ella por nada siente hambre, pero es motivo de una eternidad que escarba. La aceituna dibujada sobre un papel
Enamorado
A Gonzalo C.
lo que en su pecho vuelve al mundo
Eugenio Montejo
se infla el pecho
se infla
hay algo aquí que vuelve al
mundo
lo tomo de las cosas que
transpiran
de las que arrebolan bajo la
llovizna
y temen trashumar
—cambiar el sol por una hoja o la lumbre por un cristal frío—
del pájaro, su canto
se inca y traduce desde la pluma
de mí, la niebla
una sombra que pronuncia el
nombre más delgado
y robustez abominable en el
pecho
alguien aquí se ahoga
si por cada sílaba hay un canto a
donde vuelvo, un silencio en la mueca donde
existo
algo aquí vuelve al mundo
se infla en el pecho
y ya no es nombre
PADRE
no importa lo que corras
siempre llueve
REO
el clavo echa su sombra
sobre la tierra
pero es el mediodía
FORENSE
el hueso es
del dolor
el hijo más dócil
Oswaldo Flores Cumarín. Caracas, 1985. Poeta, docente y licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Actualmente cursa la maestría de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Impartió talleres de aproximación a la escritura poética para la Fundación Casa de las Letras Andrés Bello, entre los años 2012 y 2016. Fue miembro de talleres de lectura con los poetas Rafael Castillo Zapata (Celarg), Luis Alberto Crespo y Ximena Benítez (Monte Ávila Editores). Poemas suyos han sido publicados en distintos portales web como digo.palabra.txt, Letralia y la revista Ciudad de la Hoz. Integró en 2019 el colectivo poético musical Los Cuatro grados del fuego, y el espacio poético alternativo La casa del Guachimán, en La Pastora, Caracas. Con su libro Mal de oficio, Flores Cumarín fue merecedor del Premio Nacional de Literatura Estefania Mosca 2022.



