Poesía colombiana: Oscar Parra Barrios

Leemos algunos textos tel poeta colombiano Oscar Parra. Nacido en Aracataca, publicó los poemarios Festejo de lo Perdido (2008) e Hijos de otras jaulas. (2024).

 

 

 

 

 

Óscar Osvaldo Parra Barrios​​ (Aracataca, Magdalena, Colombia)​​ es​​ poeta​​ y​​ ​​ gestor cultural en Riohacha, La Guajira, territorio desde donde impulsa la transformación social y el empoderamiento infantil en comunidades afrodescendientes y wayúu frente a las huellas del conflicto armado.​​ Es director de la Fundación Leer, Pensar, Escribir y de la FILWA (Feria Itinerante del Libro de la Guajira). Asimismo, coordina la tertulia literaria​​ En Casa de Marina​​ (Red Relata en Riohacha) y lidera el proyecto​​ Casa del Arte y Literatura de Riohacha, un espacio enfocado en concienciar a la niñez sobre su historia e identidad mediante la lectura y la escritura.​​ Ha publicado​​ los​​ poemarios​​ Festejo de lo Perdido​​ (2008)​​ e​​ Hijos de otras jaulas​​ (2024).

 

 

 

 

 

 

 

 

De​​ Hijos de otras jaulas

 

 

 

 

LA CASA NOS DESCUBRIÓ A TODOS

 

 

La casa… No sé cuándo me nació…

Pablo Neruda.

 

 

 

La casa nos descubrió a todos…​​ 

El tiempo ha conspirado para volver a nacer.​​ 

En sus paredes cuelgan fotografías de hombres y mujeres.​​ 

Viejos percheros y vasijas de barros narran la vida,​​ 

los cantos, los días.​​ 

 

Y pensar que fue la casa de la niñez. La de los pájaros.​​ 

La de los abuelos. La de los naranjos en flor…​​ ​​ 

 

Cuánta soledad podrá caber ahora en las imágenes a blanco y negro.​​ 

En el papel de amarillo impreso.​​ 

En el fondo azul del patio​​ 

y paredes que han vuelto a pintar.​​ 

 

Sin embargo…

​​ 

nunca sabrán nuestras tristezas,​​ 

nuestros nombres,

nuestras muertes…

 

 

 

 

 

 

 

LA INFANCIA

 

Toda la memoria y la vida de los hombres se reduce a una mirada:​​ 

las casas,

la iglesia,

el cabaret.

 

Se destejen los hilos que cercan los patios y la enramada.​​ 

El olor a leche cuajada en los establos.​​ 

La luz de la tarde sobre el portal.​​ 

Y una música de sinsontes sobre el guayabo,​​ 

pronunciando los nombres de los parientes muertos.

 

Todo cabe en una mirada:

el pueblo,

la estación.​​ 

La infancia.

 

 

 

 

 

 

 

TODO RECOBRA VALOR EN LA POESÍA

 

Quizás un día el hombre se aleje de esta sombra…

Un día, donde el dolor deje de ser ese puñado de geranios

y la ciudad y su estancia no se sigan sumando a la soledad

y los días sin trenes.

 

En la reclusión del tiempo,

hay un intento por mover y remover los cuerpos.

 

¿Pero buscar un lugar posible para quién?​​ 

No hay respuesta a esa pregunta​​ 

donde todo es muerte y podredumbre.

 

En la distancia,​​ 

un vago recuerdo se asocia con la huida de la niñez.​​ 

Alguien canta entre flautas y tambores el himno de la noche.

Pero al igual la noche nos aguarda,​​ 

lejos de otro cuerpo.​​ 

Lejos de otro mar…

 

 

 

 

 

 

 

SENTENCIA

 

Recoge el génesis sus huellas.​​ 

En este afanado abandono de los miedos.​​ 

Donde el silencio juega su último partido:​​ 

Un desfile -de generaciones que arden-​​ 

arrastra miseria.

 

Los poetas,

los que decidieron rebelársele al tiempo,​​ 

han sido presas fáciles para el olvido.

 

Ahora están en Casa de Hierro…​​ 

Condenados a ser lo que siempre fueron:

un oleaje sin retorno.

 

 

 

 

 

 

 

NOVIEMBRE EXTRAÑO

 

Ese noviembre extraño que me persigue​​ 

-en la primera condena de la tarde- ​​ 

clava a mis ojos de niño los arañazos del crucificado.

 

Hay muros más altos que nuestros pesares​​ 

-decía mi padre-​​ 

Sin embargo…​​ 

no asomaban en sus manos rastro de dios alguno.

 

A veces supongo que he nacido en esos aires de contrariedad:

el​​ frío ensalivado por la ruptura de los alares del techo.​​ 

Unos sollozos de mi madre

-a manera de candado-​​ 

dando sepultura a los colores del patio.

 

La cara intranquila de los hermanos en señal de abandono…​​ 

Y esa inútil manía de hacernos falta.

 

 

 

 

 

 

 

SIN HUELLAS DE REGRESO

 

Habíamos llegado por fin al pueblo,

hilvanando pasos sobre el asfalto dormido.

 

Como una enorme vidriera,​​ 

la regadera de la tarde caía sobre nuestros ojos,​​ 

donde de forma salvaje descansaron​​ 

“cien años de dolores”.

 

Nos esperaban en la inmensa orilla​​ 

-de una calle de múltiples cabeceras-​​ 

los andamios caídos que tenían nuestra misma música:​​ 

Un noviembre extraño de gotera sostenida.

 

La última casa de la esquina parecía habitar sonrisas.​​ 

-Es la de ustedes, los Bordas, gritó el​​ delegado-​​ 

Mi hermana Ana y yo nos miramos con cara de espanto,​​ 

cuando habíamos empacado la noche.

 

Noche de brutal desalojo.

 

Mi mirada de ojos de niño recuerda la antigua casa:​​ 

era una quinta vieja y escarchada,​​ 

de árboles añosos y olor a incienso en los cobertizos.

 

Después de veinte años de habernos marchado…​​ 

aún llevo en mí, el perfume de sus ventanas muertas.

 

 

 

 

 

 

PÁJAROS MIGRANTES

 

Al sur,​​ 

las colinas crispadas saludan los pasos perdidos.​​ 

La casa:​​ 

-de árboles añosos y olor a incienso en los cobertizos-​​ 

reclama nuestra morada.

 

¡La sombra del tren​​ y​​ los vagones encendidos

lleva ahora nuestros nombres!

 

Cómo decirle a mi padre

que no somos los mismos​​ 

-Si de tanto dolor por su ausencia-​​ 

Se ha​​ tumbado el maldito cielo a picotazos.

 

 

 

 

 

 

 

CASAS DE LA INFANCIA

 

Después de la casa habitada por los pájaros, vinieron otras casas, deshabitadas, solas y ruinosas a las que llamé refugios, asilos, casa huésped. En cada uno de esos lugares no me hallaba yo con mi infancia.​​ 

 

Existió una casa con estructura para fantasmas; dormíamos todos en un mismo cuarto. De otra, tan sólo tengo recuerdo de las mañanas, por las noches no éramos nosotros: agonizábamos en cada sueño. Alguna vez llegué a pensar que todos éramos los muertos de Comala.​​ 

 

Luego vino la casa del no existir. Estaba ubicada en un barranco y, por lo alto, las calles empinadas no parecían saber nuestros nombres. “Aunque pensándolo bien, por esas callejuelas no se llegaba a ninguna parte”.​​ 

 

Recuerdos certeros tengo de esa casa: existió en ella un árbol de dividivi más solo que nuestras vidas. A falta de hojas lucía cicatrices. Cierto día -mi padre- en uno de sus experimentos de hombre de campo, decidió cortarle las ramas para ver si florecían hojas nuevas.​​ 

 

Fue como si hubiese cortado, también, nuestras manos y brazos, porque con la ausencia de las ramas de aquel árbol de dividivi, se fueron cada uno de los abrazos en la mañana.

 

 

 

 

 

 

 

EL ABANDONO

 

Al abandonar la casa de los pájaros jamás volvimos a ser los mismos.​​ 

Con el desalojo, vinieron otras casas con más soledades y menos abrigos.​​ 

Sitios comunes, de cuartos simples y veraneros​​ 

y uno que otro patio lleno de jazmines.​​ 

 

Eran casas sin violines y sin flautas.​​ 

El canto y la música privada​​ 

venían de otros mares y otros ríos.​​ 

 

La llanura reclamó por siempre​​ 

los últimos soplos de mis nueve años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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