Un alma cortada en medio del mar
Estaba sentado a la mesa; desde la ventana veía cómo se encorvaban las colinas bajo el peso del atardecer. Abrió el libro casi como se abren los ojos de una mujer después del amor. Era la primera edición, aquella publicada en Inglaterra titulada The Whale, Editorial Richard Bentley, Londres, 18 de octubre de 1851. Acariciaba las páginas con los dedos, las rozaba, pero aún no lograbа pasarlas.
Frente a él acomodó una hoja en blanco y la pluma fuente, con el plumín de color dorado aún brillante. Había leído el libro varias veces, pero nunca había abierto la primera edición. De golpe, como una vela impulsada por el viento, se puso a buscar las palabras que sabía que no podría traducir.
La primera era “Gam”; en ella se había encallado como un arado contra una piedra. Estaba acostumbrado al encuentro silencioso de los campesinos en los pastizales de las montañas y no tenía idea de cómo se saludan dos capitanes de un velero en medio del océano.
Buscó una solución en los diccionarios que rodeaban el escritorio, pero no había ninguna explicación en una sola palabra. Ni siquiera el clarinete de Nuto tenía una nota que encerrara el chapoteo del océano y el saludo marinero. Tampoco sus viajes: (...) de joven llegó a tocar el clarinete en la banda más allá de Canelli, hasta Spigno, hasta Ovada, del lado donde sale el sol. (...)
“Gam” lo había derrotado, como la otra noche, jugando con el vecino a la scopa en la taberna del Salto. Se puso a mirar las colinas, convertidas ya en una sombra en el horizonte, y decidió que el viaje de la palabra “Gam” había terminado como una fogata en la luna y debía quedarse hecho cenizas: inmóvil en la noche que se tragaba los pueblos uno a uno. Decidió dejar, en su versión, la palabra sin traducir. Sentía un dolor en la mirada, casi una ceguera repentina. Como si la sal del mar de hierba que llenaba la habitación hubiera traspasado sus anteojos.
Pero quería viajar, quería correr en el trineo marinero de los cazadores y sentir en un instante el miedo del arpón arrastrando la barca. Ese “Nantucket Sleighride” que corre desbocado tras el dolor del cachalote. El frío húmedo de la noche otoñal se había colado bajo la ropa como los recuerdos que todavía aterran. Era poco más que un niño cuando con un trineo había decidido lanzarse entre las hileras de vides.
Había elegido la colina más alta, que parecía una ola gigante de esas que se ven en el cine. Se arrojó de cabeza, ladera abajo, y cuando la ebriedad y el temor se convirtieron en un solo placer, una pequeña elevación lo hizo volar por el cielo gris. Al recordarlo, volvía a sentir el miedo y el impacto contra las vides que, como una red, le atraparon las manos y la cabeza.
Sabía que no se podía traducir literalmente, pero el miedo y la suerte le permitieron una versión que lo hacía aferrarse a las maderas arrastradas sobre el océano helado.
Cuando entró en las páginas que pasaban sobre los hilos de hierba doblados por el rocío, sin darse cuenta, se cerraba a sus espaldas el portón de la iglesia de los Santos Santiago y Cristóbal, y un padre Mapple con acento langarolo* le recordaba su primer encuentro con el agua: el agua del bautismo.
Desde luego, el púlpito no tenía una escala de gato como la de los veleros y el olor del pisado de la uva llenaba el aire, pero él ya era Jonás dentro del vientre de la ballena. Mapple, inclinado sobre el púlpito como un marinero en la cofa para avistar la ballena o la tierra de la salvación, lo embestía con sus palabras (...). Con este pecado de desobediencia encima, Jonás insulta aún más a Dios al intentar huir de Él. (...) Y, finalmente, Santo Stefano Belbo desaparecía en el horizonte y comenzaba su viaje infinito a Turín.
Un alma cortada en medio del mar. Uno, en un tren lento o en tierra firme, se podía ahogar, o tal vez simplemente no llegar nunca, como una bailarina a la que se espera bajo las gotas de una ola de cielo. Un ballenero sin arpón y una nasa de palabras nuevas.
Como todo marinero, volvía a su puerto, a ese vaivén de colinas que llegan a arrojarse al mar. Pero las meriendas con su amigo Nuto, acompañadas por un buen vino tinto y el tocino cortado con maestría por el diestro cuchillo de su amigo, lo lanzaban cada vez a la cubierta del Pequod. Ante las órdenes gritadas por Ahab de despojar al cetáceo de su “pieza de cubierta” (la capa de grasa que lo cubre), ese blanket-piece intraducible pero que daba paso a la potencia de las palabras de Melville.
A menudo el traductor se relee en un intento por encontrar la palabra justa, la atmósfera justa, la imagen justa, y en un 27 de agosto de 1950 volvió a leer el comienzo: (...) entonces decido, que es hora de hacerme a la mar. Este es mi sustituto de la pistola y la bala (...).
Este soy yo: Ahab arponado a la ballena.



