Rodolfo Hinostroza: una entrevista con Ingrid Sipkes y Víctor Ruiz Velazco

Yohei Moriya Miyakawa conversó con la viuda de Rodolfo Hinostroza (1941-2016), la creadora digital y traductora holandesa Ingrid Sipkes, y con el poeta y editor literario Víctor Ruiz Velazco, principal promotor y estudioso de su obra. Rodolfo Hinostroza fue uno de los grandes poetas de la lengua española durante el siglo XX. Aquí leemos, además, un adelanto de Sangre de poeta, libro de memorias inédito de este gran escritor peruano.

 

 

 

 

A una década de la partida de Rodolfo Hinostroza, su voz poética sigue resonando con la misma fuerza disruptiva de siempre.​​ Este 1 de noviembre se conmemora el décimo aniversario de su fallecimiento, y para evocar su memoria, conversamos en exclusiva con dos personas fundamentales en la preservación de su historia: su viuda, la creadora digital y traductora holandesa​​ Ingrid Sipkes, y el editor literario​​ Víctor Ruiz Velazco, principal promotor y estudioso de su obra. En un diálogo que transitó entre los recuerdos íntimos y el análisis de su trascendencia literaria, los dos invitados nos compartieron una gran noticia para las letras hispanoamericanas: la creación del Premio Internacional de Poesía Rodolfo Hinostroza.

 

 

 

 

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  • Muerte de York​​ permaneció perdido durante casi sesenta años y hoy aparece como una pieza fundamental para comprender el tránsito poético de Rodolfo Hinostroza entre​​ Consejero del lobo​​ y​​ Contra Natura. ¿Qué significa para usted el rescate de este libro dentro de la obra de Hinostroza y qué revela, tanto de su evolución poética como de su relación con la Historia, que un texto concebido en su juventud haya tenido que atravesar tantas voluntades, generaciones y​​ circunstancias —lectores, poetas, críticos, artistas, familiares y editores— para finalmente llegar a los lectores?

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Víctor Ruíz

​​ En el 2007, le propuse a Rodolfo Hinostroza reunir todos sus poemas sin libro en un único tomo. El resultado fue​​ Nudo borromeo y otros poemas perdidos y encontrados. La publicación supuso un riguroso trabajo de archivo y entrevistas a amigos y lectores del poeta con el fin de dar cuenta, sino de todos, sí de la mayor cantidad de esos poemas “perdidos” y sin libro. Me pareció importante que Hinostroza contase la historia de cada poema y le propuse escribir un prólogo que resultó de una riqueza inconmensurable para poder entender parte de su proceso creativo. Sobre todo, porque existía el mito que después de​​ Contra Natura​​ había dejado de escribir poesía, asunto alejado de la verdad. En dicho prólogo, cuando Hinostroza da cuenta de las cinco partes del poema “Crónica”, que incluye en el tomo —y que antes habían aparecido como bonnus tracks en la edición de​​ Consejero del lobo​​ del 2003— explica que estos pertenecían a un antiguo poemario llamado​​ Ejercicio del mando. Hay algo interesante en esto porque el libro que Hinostroza había anunciado en la antología​​ Los Nuevos​​ (1967) se llamaba​​ Muerte de York. Una versión compuscrita de ese libro llegó a manos del librero Carlos Carnero en el 2025, y finalmente pude adquirirla.​​ Ejercicio del mando​​ y​​ Muerte de York​​ se tratan sin duda del mismo libro. Con una salvedad, el primero contenía el poema que le daba título al conjunto. Hinostroza dice que se trataba del más logrado del conjunto y que lamentablemente lo perdió en un taxi y ya nunca más pudo reescribirlo. Hinostroza solo recordaba estos versos:​​ 

 

 

Se que en alguna parte de nosotros existe la grandeza

pero ya es imposible percibirlo

solo es el miedo, el hambre, la colera y la muerte.​​ 

 

 

Muerte de York, por lo tanto, se constituye en el eslabón perdido entre​​ Consejero del lobo​​ (1965) y​​ Contra Natura​​ (1971), y permite describir la curva evolutiva del poeta que, aunque no del todo seguro, ya dudando, cantaba, como los grandes aedas sobre las grandes gestas en su primer libro, a la libertad de credo, consciencia y sexual —en un sentido new age— que experimenta en el libro ganador del Premio Maldoror. En medio hay decepción, autoflagelación, culpa, sentimientos que no convencían a Hinostroza y de los cuales abjuraba como poeta. Pero también hay comprensión, una primera etapa de entendimiento pleno acerca del papel del individuo en el curso de la historia. Ahora tenemos la responsabilidad de publicar este libro y ayudar a completar el corpus poético de una de las voces más importantes de la poesía peruana. Esto, desde luego, también es un privilegio.​​ 

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  • En su recuerdo de Rodolfo Hinostroza aparece una figura que trasciende al poeta: el amigo, maestro, conversador, cocinero, lector apasionado y hombre cuya curiosidad abarcaba la literatura, la política, la gastronomía y la astrología. Además, rescata una frase suya particularmente contundente: «El que se sale de la poesía, es que nunca estuvo». A la luz de los años compartidos con él y de la partida de varios poetas de su generación, ¿cómo entiende hoy esa afirmación de Hinostroza y qué cree que significaba para él permanecer en la poesía no solo como una práctica literaria, sino como una manera de​​ vivir, de relacionarse con el mundo y de mantener intacta la curiosidad y el asombro?

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Víctor Ruíz​​ 

Hinostroza vivía en poesía. No sé exactamente qué significa eso para mí, pero sí sé que eso es lo que sentíamos cuando estábamos cerca de él. Se decía que desde​​ Contra Natura​​ no había vuelto a escribir poesía, pero yo creo que no solo siguió escribiendo poesía “escrita” —valga el uso eielsoniano y la redundancia— que no publicó, sino que llevó esa matriz al desarrollo de otros textos en diversos géneros como el cuento, la novela, el ensayo, la crítica, el teatro, la crónica. Hinostroza no intentó escribir en otros géneros, Hinostroza necesitó expresarse en diversos géneros porque el tipo de poesía que le interesó durante mucho tiempo respondía a una concepción épica y a la vez llana de la experiencia humana. Para el humor, lo fantástico, el juego y demás necesitaba una expresión literaria distinta. Piensa sino en su teatro: delirio puro, erotismo, farsa. Sus cuentos son más borgianos que Borges —por eso lo del “extremo occidente—, sus crónicas recogen la sabiduría de las personas de a pie, del criollo que puede emparentarse más con Jaime Bedoya o Eloy Jáurgui que con Julio Villanueva Chang o Daniel Titinger. En fin, Hinostroza escribió poesía en diversos registros porque los temas necesitaban otro tipo de desarrollo. Él mismo lo dice en un poema temprano: nunca conoció una página en blanco.​​ 

 

  • Rodolfo Hinostroza vivió en París durante una época especialmente intensa, marcada por las transformaciones culturales y políticas de 1968, y además poseía una profunda admiración y conocimiento de la obra de Mallarmé. ¿Conserva alguna anécdota, conversación o imagen particular de aquellos momentos en que lo escuchó hablar sobre el París del 68 o sobre Mallarmé? ¿Cómo era Hinostroza​​ cuando evocaba esa experiencia parisina o se internaba en la poesía de Mallarmé, y qué cree que esas conversaciones permiten descubrir sobre su formación intelectual, su sensibilidad poética y aquella permanente curiosidad que parecía llevarlo a relacionar la poesía con otras dimensiones de la vida?

 

 ​​ ​​ ​​​​ Víctor Ruíz

Hinostroza era muchas cosas, pero no era nostálgico. A él le interesaba —como a nadie— ser iconoclasta incluso con su propia figura, con su propio mito. Respecto a Mayo del 68, decía que solo había llegado para las últimas marchas, aunque es cierto que las repercusiones de ese mayo fueron mucho más lejos y sin duda marcaron su experiencia de inmigrante. Lo distinto de Hinostroza, respecto de otros peruanos en París, era que —como Eielson—, él logró inscribirse en el centro mismo de la producción cultural de la París de esos años. Trabajó como traductor para Gallimard, fue cercano al grupo Change, donde, entre otros, la figura de Mitsou Ronat descollaba y fue precisamente junto a ella que emprendieron la locura de sacar adelante la edición de “el libro”, que no era otra cosa que la publicación de Un coup de dés… de Mallarmé. Hinostroza ha dado cuenta de esa historia a través de una crónica. Solo aparecieron 48 ejemplares en una edición especial en caja —el resto se vendió en carpetas—, 24 fueron marcados con una letra del alfabeto y 24 fueron numerados en arábicos. Los primeros se vendieron a coleccionistas. Los segundos fueron repartidos entre las personas que formaron parte de la publicación. A Hinostroza le correspondió el número 7, el cual tengo en mi poder y ha servido como referente para que, junto con el pintor Ramiro Llona llevemos a cabo otra locura; la publicación de​​ El libro más bello del mundo. Para este proyecto, Llona ha creado piezas únicas y rescatamos la edición de Ronat y la traducción de Mallarmé hecha por​​ Hinostroza. Este proyecto fue pensado en el marco de la conmemoración por los diez años de partida de Hinostroza.​​ 

 

  • En «Los hijos de Clausen», Rodolfo Hinostroza reconstruye, con una mezcla singular de humor, crudeza, memoria familiar y poesía, la historia de su madre, sus hermanos, sus padres y abuelos, y las sucesivas fracturas, ausencias y sueños que marcaron a su familia. Al mismo tiempo, convierte esa historia íntima en una reflexión sobre la pobreza, la ilegitimidad, el abandono, el deseo de ascenso social y ese imaginario del «Sueño Americano» que atraviesa varias generaciones. ¿Cómo cree que la experiencia familiar de Hinostroza —esa infancia marcada por la precariedad, los conflictos, las separaciones y las figuras familiares tan desmesuradas— terminó influyendo en su personalidad y en su escritura? ¿Piensa que detrás de ese humor irreverente y de esa capacidad para convertir incluso las experiencias más dolorosas en materia poética había también una forma de elaborar, comprender o reconciliarse con su propia historia familiar?

 

Víctor Ruíz

Como intuyes, Hinostroza responde, o intenta hacerlo, esta pregunta a lo largo de su obra. Es por eso que su vinculación con el psicoanálisis está siempre tan presente. Donde Hinostroza elabora de un modo más directo un ensayo de respuesta es en la novela, a través de​​ Aprendizaje de la limpieza​​ (1978) y de​​ Fata Morgana​​ (1994) es que Hinostroza entrevé una conclusión liberadora. Las versiones originales de esos libros no tienen este final que comentó, pero sí las versiones finales que siguió escribiendo durante los años que siguieron a las publicaciones y que reconfiguran sin duda esos libros. Mi​​ idea es publicar esos libros con los cambios que Hinostroza operó al final, cuando terminó de entender que eran las caras de una misma moneda.​​ 

 

  • En «Los huesos de mi padre» y «Con una camioneta llena de chicos soñolientos» aparece una dimensión especialmente íntima de la poesía de Rodolfo: la familia, los hijos y esos instantes cotidianos en los que la felicidad parece irrumpir de manera inesperada y darle un nuevo sentido a la existencia. En este último poema, por ejemplo, habla de sus hijos creciendo «con huellas de divinidad en las narices» y afirma que, a partir de ello, su vida «se llena de sentido». ¿Cómo recuerda usted a Rodolfo en su faceta de padre y de hombre de familia? ¿Cree que la experiencia de tener hijos transformó su manera de relacionarse con la memoria, con el paso del tiempo y con la propia idea de felicidad, y que esa transformación terminó reflejándose de algún modo en su poesía?

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Ingrid Sipkes​​ 

Cuando Rodolfo y yo nos conocimos, él tenía 44 años y yo 35. Ninguno de los dos tenía hijos, aunque ambos los habíamos deseado. Al poco de conocerlo, sentí que a Rodolfo le faltaban hijos para poder volcar toda esa energía que le brotaba a raudales, un centro capaz de darle arraigo y dirección a su vida. Mi edad tampoco invitaba a demorarnos demasiado y, así, en apenas seis años llegaron Cayetana, Lorenzo y Ruy, y con ellos la familia que los dos habíamos soñado.​​ 

Rodolfo no era especialmente expresivo en sus muestras de cariño, pese a la profundidad de sus emociones. Pero aquello que rara vez manifestaba en gestos o palabras cotidianas encontraba cauce en su poesía. En​​ Con una camioneta llena de chicos soñolientos​​ dejó un testimonio conmovedor de lo que significó para él la paternidad: «Así​​ como crecen mis hijos implacablemente / y mi vida se llena de sentido»… ​​ Nunca imaginé que, mientras yo conducía y él iba sentado a mi lado, aparentemente ausente, quizá ya estuviera escribiendo mentalmente ese poema. Hoy me gusta pensar que aquellos versos comenzaron a tomar forma durante nuestros trayectos de regreso a casa. Con el tiempo aprendí que, detrás de esa apariencia distraída y distante, su mente nunca descansaba. Siempre estaba observando, recordando, asociando ideas o construyendo algo en silencio.

Rodolfo fue un padre abuelo en el mejor sentido de la expresión. Cuando nació Cayetana, era el hombre más feliz del mundo. Recuerdo que una gran amiga mía astróloga, al visitarme en la clínica al día siguiente de nacer Cayetana, me dijo: «Nunca he visto a un hombre tan feliz como Rodolfo». Andaba con una sonrisa de oreja a oreja, maravillado ante aquella pequeñísima criatura prematura de apenas 2,4 kilos que acababa de llegar a nuestras vidas y a la que ya habían bautizado cariñosamente como "Rodolfita"…

Hay una anécdota que describe muy bien a Rodolfo como padre. Como siempre le gustó cocinar y hacer él mismo las compras, solía llevarse a Cayetana con él a Wong, que nos quedaba cerca. Un día estaban en los caballitos mecánicos para niños y Cayetana, de unos tres añitos en esa época, estaba montada en uno de ellos. Rodolfo la contemplaba completamente embobado, pendiente de que no se fuera a caer. Justo una señora que salía de la tienda lo vio allí muy pendiente de Cayetana con sus ricitos de querubín, y con las mejores intenciones del mundo, le dijo: «¡Qué linda su nietecita!». Al oír eso, Rodolfo se volteó como tocado por la pólvora e indignado le espetó: «¿¿Mi nieta??...¡¡Su abuela, es MI hija!!».​​ 

Hay que recordar que Rodolfo tuvo canas desde muy joven, así que a los 47 años ya eran parte inseparable de su aspecto.

Cuando nació Lorenzo, en Ciudad de México, las circunstancias fueron muy distintas. Estábamos allí de paso, inmersos en una aventura tan insólita –la del Sheik- que Rodolfo terminaría contando años después en uno de los manuscritos aún inéditos que permanecen hasta ahora en los archivos de Planeta, a la espera de publicación dentro de la saga​​ Sangre de poeta.​​ Rodolfo insistió en estar presente durante el parto. Lorenzo parecía no tener ninguna prisa por venir al mundo y él, literalmente, me ayudó a pujar. Estoy convencida de que, de no haber sido por su presencia y su empeño, el médico habría terminado utilizando los fórceps, que ya tenía preparados, con los riesgos que ello podía implicar.

Cuando nació Ruy, nuestra vida había vuelto a cambiar. Acabábamos de regresar al Perú después de dos años de viajes algo caóticos por México y España y, con dos hijos y un tercero en camino, fue un alivio volver a estar cerca de nuestras familias. Allí estaban Gloria, su hermana, que nunca dejó de velar por él con el mismo cariño de hermana mayor, y mi hermana Marijke, que adoraba a los bebés. En ese entorno de afecto y cercanía, Rodolfo vivió la paternidad con una felicidad tranquila. Disfrutaba profundamente de sus hijos y era uno de sus mayores orgullos.​​ 

Quiso sobretodo ser un buen padre y darles lo que a él no le pudieron dar en su infancia: papá y mamá juntos, y una familia unida.​​ 

Si, la llegada de hijos transformó su vida. Aquella energía emocional que antes parecía dispersarse en tantas direcciones encontró un centro en la familia. En cuanto a su creatividad literaria, redireccionó buena parte de su trabajo hacia el periodismo, la astrología y la gastronomía para sostener las necesidades de una familia. Creo, además, que la paternidad le reveló una forma distinta de felicidad, desligada de los logros intelectuales. Era algo nuevo para él pero mucho más sencillo​​ y, al mismo tiempo, más profundo: acompañar el crecimiento de sus hijos, compartir los días con ellos. Detrás del intelectual, del poeta lleno de inquietudes y angustias, estaba también ese padre capaz de quedarse embobado mirando a su hija sobre un caballito mecánico, o de prohibirle al obstetra que usara los fórceps en su hijo. Por eso, cuando releo ese poema en el que habla de sus hijos, reconozco al Rodolfo padre que yo conocí.​​ 

 

 

  • Durante su estancia en la Cuba de los años sesenta, Rodolfo Hinostroza se encontró, siendo muy joven, en un momento histórico en el que la literatura, la revolución y la política parecían estar estrechamente vinculadas. Recibió, junto con Javier Heraud, la posibilidad de incorporarse a la guerrilla cubana, pero decidió tomar distancia de esa vía, aun cuando compartía una actitud profundamente crítica frente al poder. Poco después aparecería Consejero del lobo, un libro que marcaría el inicio de una de las voces más singulares e influyentes de la poesía latinoamericana del siglo XX. ¿Cómo cree que aquella experiencia cubana y, sobre todo, la decisión de no incorporarse a la guerrilla, influyeron en la formación intelectual y poética de Rodolfo? ¿Piensa que ese momento fue decisivo para que desarrollara una relación crítica con las ideologías y con el poder, prefiriendo siempre la libertad de pensamiento y de creación antes que la adhesión absoluta a una causa?

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Ingrid Sipkes

Quisiera precisar aquí que Rodolfo siempre contaba que lo que le salvó de incorporarse a la guerrilla fue haberse quedado dormido. Poco después de que aquel grupo de estudiantes peruanos llegara a los​​ barracones del ejército cubano, Fidel Castro apareció sin anuncio previo para darles la bienvenida y dirigirles unas palabras. Rodolfo se había quedado dormido en su catre y, cuando despertó, Fidel ya se había marchado y había logrado hacerles un lavado de cerebro a todos. Según parece, Castro poseía un carisma extraordinario y una capacidad de persuasión fuera de lo común. Quienes lo escuchaban quedaban fascinados por sus discursos, cautivados por la fuerza de sus convicciones y de su oratoria. Cuando Rodolfo despertó, encontró un ambiente completamente distinto. Aquellos jóvenes que habían llegado a Cuba gracias a una beca para estudiar en la Universidad de La Habana hablaban ahora con entusiasmo de la revolución y parecían dispuestos a empuñar las armas para defenderla.​​ 

Ninguno de sus compañeros parecía compartir las dudas de Rodolfo. Intentó hacer entrar en razón a sus amigos más cercanos, pero fue el único que sostuvo que todo aquello era una locura.​​ 

Pero le tomó un tiempo poder salir de la isla. La noche del 27 de octubre de 1962, en plena crisis de los misiles, cuando el mundo parecía al borde de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con Cuba en medio, Rodolfo cumplía sus 21 años en una trinchera, sin saber si llegaría a ver el día siguiente. Según contaba, escuchar que Fidel Castro estaba dispuesto a sacrificar miles de vidas en nombre de la revolución fue algo que sencillamente no pudo concebir.​​ 

Toda esta experiencia histórica está recogida en el primer tomo de la​​ saga​​ Sangre de poeta, que sigue estando a la espera de su publicación por Planeta. ​​ Allí cuenta también las peripecias que vivió en Cuba, sus enfrentamientos con distintos mandos militares y las circunstancias que finalmente le permitieron salir de la isla.

En determinado momento, los militares pretendían enviarlo a trabajar a un campo de caña de azúcar, donde habría ganado una miseria y tenido que pasar unos seis meses trabajando para reunir el dinero necesario para costearse el pasaje de vuelta. Sin embargo, los poetas de la editorial El Puente, entre ellos José Mario Rodríguez, creyeron en él y compraron la edición de su primer libro de poemas,​​ Consejero del lobo. Gracias a ese dinero pudo comprar su boleto a Lima en pocos días, aunque todavía tendría que superar algunos obstáculos antes de que pudo abandonar la isla.

Creo que la experiencia cubana marcó profundamente su relación con la política. Después de todo aquello, Rodolfo no quiso volver a involucrarse en ella nunca más. Fueron demasiadas las ocasiones en que estuvo a punto de perder la vida, y demasiados los compañeros que sí la perdieron. De Cuba no sólo regresó desengañado: regresó inmunizado contra los cantos de sirena de la revolución y profundamente desconfiado de quienes aspiran a ejercer el poder sobre los demás.

 

Víctor Ruiz​​  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

El momento decisivo fue la noche del 27 de octubre de 1962. Ese día Hinostroza cumplía veintiún años y ese día se iba a acabar el mundo. La crisis de los misiles nucleares entre la URSS y USA, teniendo en medio a Cuba, había ido en escalada desde el 12 de ese mes y para el 27 parecía que todo había terminado. Hinostroza dice que escuchó a Fidel Castro decir que no le importaba si morían miles de hombres, la revolución iba a sobrevivir. Simplemente, Hinostroza no pudo concebirlo y se desembarcó de aquel sueño, de aquella utopía de la que, ciertamente, ya dudaba. Un registro bastante exacto de ese​​ momento está en “La Noche”. El poeta, dicen, sabe decir dónde le duele. No hay mejor respuesta a su pregunta que ese poema.​​ 

 

  • Rodolfo contó en alguna ocasión la experiencia de haber leído poesía junto a Raúl Zurita a bordo del Huáscar, un lugar cargado de memoria histórica para el Perú y Chile. Él entendía aquel gesto como un pequeño acto de reconciliación simbólica: dos poetas de países enfrentados por una guerra utilizando la palabra, en lugar de la confrontación, para tender un puente entre ambas memorias. ¿Recuerda cómo vivió Rodolfo aquella experiencia y qué significó para él? ¿Conversó con usted sobre lo que representaba leer poesía precisamente en un espacio asociado a la guerra y a la muerte, y sobre su deseo de que la poesía pudiera contribuir, desde su propio lenguaje, a cerrar esas heridas históricas entre peruanos y chilenos?

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Ingrid Sipkes

La lectura de Rodolfo y Raúl Zurita a bordo del​​ Huáscar​​ -el buque peruano capturado por la Armada chilena durante la Guerra del Pacifico, hoy anclado en la bahía de Concepción, Chile, y conservado como museo en homenaje a los caídos de ambos bandos-, tuvo lugar el 24 de marzo de 2007. Fue un gesto simbólico de reconciliación entre un poeta peruano y otro chileno, un intento de tender puentes allí donde la política no lo había conseguido durante más de un siglo. Sin embargo, para gran frustración de Rodolfo, algunos colegas, periodistas y escritores no comprendieron el sentido de aquella iniciativa y llegaron incluso a acusarlo de traicionas a la patria.

Hay que recordar que Rodolfo acababa de regresar al Perú tras quince años en Europa. Le costaba entender que, mientras las naciones europeas habían comenzado a construir un proyecto común apenas​​ una década después de la Segunda Guerra Mundial, entre Perú y Chile siguieran pesando las heridas de una guerra ocurrida casi ciento treinta años antes. Creía sinceramente que los poetas, desde su lenguaje y su vocación humanista, podían contribuir a superar viejos antagonismos.

Resulta curioso, y a la vez paradójico, que Rodolfo fuera en el fondo un hombre profundamente pacifista y, al mismo tiempo, tan vehemente y temperamental. Se enfadaba con facilidad y no era raro que una conversación terminara en discusión.​​ 

Sin embargo, para mí, Rodolfo tenía dos grandes virtudes, que yo reconocía no tener: sabía pedir disculpas y era una persona auténtica y directa. Si tenía algo que decirte, te lo decía a la cara, sin ambages. Nunca perteneció a esa categoría de personas que sonríen en público para luego criticar a los demás a sus espaldas. Fue precisamente esa franqueza lo que más me atrajo de él. Y quizás esta explicación ayude a responder a quienes nunca entendieron mi elección de compañero de vida y que me decían “tú te lo buscaste…”.  ​​​​ 

Después de una década moviéndome en círculos diplomáticos, tanto en mi vida profesional como en lo personal, había terminado sintiéndome prisionera de una jaula dorada. Me saturé de las apariencias, las medias verdades y esa hipocresía escondida tras modales impecables. Por eso la irrupción de Rodolfo en mi vida, con su franqueza a veces brutal y su incapacidad para fingir, fue como una brisa de aire fresco. Con él siempre sabría a qué aternerme…

Sin duda alguna, su experiencia en Cuba contribuyó a reforzar su rechazo a la guerra y su desencanto con la política. Rodolfo era un hombre difícil, pero también fascinante: un universo lleno de contrastes, sorpresas y proyectos, alguien de quien se podía aprender enormemente, siempre que uno estuviera dispuesto a pasar por alto sus​​ asperezas y algunos comentarios, a veces hirientes. Definitivamente, obra de su Marte en Aries...

 

  • Rodolfo no entendía la gastronomía peruana únicamente como un conjunto de platos, sino como el resultado de un encuentro cultural en el que las migraciones —japonesa, china, italiana y otras— terminaron dialogando con una tradición culinaria propia y con la enorme riqueza marina del Perú. En ese proceso tuvo además un papel activo como investigador y periodista, hasta el punto de identificar y bautizar como cocina nikkei esa extraordinaria fusión entre las técnicas japonesas y los sabores peruanos. ¿Cómo recuerda usted esa faceta de Rodolfo como gastrónomo y qué significaba para él descubrir, investigar y ponerle nombre a fenómenos culturales que todavía no habían sido plenamente reconocidos? ¿Cree que su manera de aproximarse a la gastronomía —con curiosidad, irreverencia y una voluntad constante de experimentar— tenía algo en común con su manera de aproximarse a la poesía?

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Ingrid Sipkes

Rodolfo solía decir que era un excelente titulero. Había trabajado durante años en agencias de publicidad, donde aprendió a condensar una idea compleja en unas pocas palabras capaces de captar la atención del público. Esa experiencia le otorgó un talento especial para encontrar nombres que no solo llegaban de inmediato a la gente, sino que actuaban como una llave capaz de abrir una puerta conceptual y revelar una realidad que muchos percibían, pero que nadie había definido del todo.​​ 

Eso fue precisamente lo que ocurrió con la cocina nikkei. La palabra surgió durante nuestras aventuras gastronómicas por el Callao, en​​ largas conversaciones con amigos restauradores. Hablábamos de las distintas generaciones de inmigrantes japoneses y sus descendientes: los​​ issei, la primera generación, nacida en Japón; los nisei, sus hijos; los​​ sansei, sus nietos; y los​​ yonsei, sus bisnietos. Llegaba un momento en que nos perdíamos entre tantos términos japoneses y resultaba mucho más sencillo hablar de nikkei, una palabra que ya existía para designar a los emigrantes japoneses y sus descendientes. Rodolfo terminó utilizando ese término para referirse a aquella extraordinaria fusión de técnicas japonesas y sabores peruanos que íbamos descubriendo plato tras plato. Con el tiempo, una palabra que designaba a una comunidad terminó nombrando también una expresión gastronómica que hoy forma parte de la identidad culinaria del Perú.

Creo que su condición de poeta le daba una ventaja extraordinaria a la hora de describir la comida. En sus artículos semanales para la revista​​ Caretas,​​ La verdad de la milanesa, en los que los lectores descubrían restaurantes y huariques, utilizaba las palabras con la misma precisión y el mismo efecto con que construía un poema. Los dueños de algunos de esos locales nos contaban después que, el mismo día en que aparecía el artículo, comenzaban a llegar comensales con la página de la revista abierta para pedir exactamente los platos que Rodolfo había descrito. Sus descripciones eran tan vívidas y sensoriales que hacían salivar a los lectores en la misma lectura. Con una precisión poética, conseguía evocar aromas, texturas y sabores hasta el punto de que uno sentía el deseo inmediato de probar aquellos platos.

En casa, su pasión por la gastronomía tenía también su lado divertido. Cuando cocinaba para los amigos, era capaz de enviarme a recorrer medio Lima en busca de un ingrediente que faltaba para completar un plato.​​ 

Recuerdo especialmente una ocasión en que me pidió encontrar eneldo. En el Perú de hace treinta años no era precisamente un producto fácil de encontrar. Después de recorrer sin éxito supermercados, mercados fichos y tiendas especializadas, terminé encontrándolo en un vivero y regresé a casa con varias macetas bajo el brazo. Para Rodolfo, cuando cocinaba para amigos, era impensable terminar una receta sin el ingrediente que consideraba indispensable. ​​ Le encantaba invitar a sus amigos, que rara vez se perdían aquellas reuniones porque sabían que siempre se comía bien.

Pero también tenía su lado práctico. En épocas de vacas flacas abría la refrigeradora, examinaba su contenido y, si encontraba algunas verduras y huevos, anunciaba con total convicción: «Hoy vamos a comer​​ ratatouille».

 

Victor Ruiz

Hay mucho de azar y de destino en ello. Hinostroza era un gourmet que afinó su paladar en París, aunque el amor por la cocina lo tenía desde niño. Como cuenta en uno de los poemas de​​ Memorial de Caza Grande​​ (2005), su tía Lucha era una gran cocinera que había aprendido técnicas francesas cuando se preparaba para monja. Hinostroza, como decía, aprovechó mucho su estadía en París y cuando volvió al Perú vio todo el potencial que la comida de nuestro país tenía. Solo faltaba que alguien lo pusiera en vitrina. Durante años bregó y bregó, pero al final, como sabemos, fue Gastón Acurio quien tomó esa consigna y logró hacer realidad el sueño de Hinostroza. Como los grandes patriarcas que no llegan a Tierra Prometida, igual. Hablaba del azar porque en el caso de la comida nikkei, se trató de una confusión pues Hinostroza creyó escuchar que Sato (el dueño y cocinero del mítico restaurante Costanera) se había referido de ese​​ modo para hablar de la comida peruano-japonesa. Hinostroza lo escribió en una crónica y la palabra quedó. Hinostroza no solo sabía de técnicas y teoría, era un gran ejecutor y en varias ocasiones tuve la suerte de que cocinara platillos extraordinarios para agasajarnos a sus amigos

 

  • Tu ​​ casa cerca de Yantaló, en medio de la selva peruana, parece ser un lugar muy especial por su entorno, su tranquilidad y el contacto permanente con la naturaleza. ¿Qué significado tiene para ti ese lugar y qué recuerdos guardas de los momentos que compartiste allí con Rodolfo? ¿Cómo era él cuando estaba lejos de Lima, en un ambiente más íntimo y rodeado de naturaleza? ¿Había alguna actividad, costumbre o pequeño ritual que disfrutara especialmente durante esas temporadas, y crees que ese paisaje llegó a influir de alguna manera en su sensibilidad, en su escritura o en su manera de mirar la vida?

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Ingrid Sipkes

En realidad, Rodolfo nunca llegó a conocer Yantaló. Nos dejó muchos años antes de que yo comprara ese pequeño terreno y construyera mi casa de bambú en la faldas de un cerro de la ceja de selva.

Sinceramente, no estoy segura de que le hubiera gustado vivir aquí. Rodolfo era, ante todo, un hombre de ciudad. Necesitaba tener cerca un quiosco donde comprar sus tres periódicos, un cine donde volver a ver películas que ya habia visto diez veces y una bodega o mercado donde comprar los ingredientes con los que iba a cocinar ese día. Le encantaba caminar por las calles, observar a la gente, conversar y sentirse inmerso en el bullicio urbano.

Sin embargo, aunque probablemente no le hubiera gustado la selva como lugar para vivir, sí disfrutaba enormemente de los viajes. Tenía​​ una gran capacidad de percepción frente a los lugares nuevos y una curiosidad insaciable por las culturas, las personas y, por supuesto, la comida. Lo que realmente lo nutría, no era tanto el silencio de la naturaleza como la gente que encontraba en sus recorridos.

La tranquilidad que hoy encuentro en Yantaló responde más a una necesidad mía que a una necesidad suya. A mí me encanta meter las manos en la tierra, sembrar, podar y regar. Soy feliz cuando camino descalza todo el día sobre la tierra, las piedras, el pasto o las hojas caídas. Siento que mis pies se cargan de energía y se funden con el entorno que me rodea.

Rodolfo, por el contrario, vivía mejor rodeado de libros, periódicos, restaurantes, cafés y conversaciones interminables. Era, en el mejor sentido de la palabra, un hombre profundamente urbano. A mí la naturaleza me aquieta; a él lo estimulaba la ciudad. Yo encuentro inspiración en el silencio, el crecer de las plantas y en descubrir formas caprichosas de las nubes en el cielo tropical. Él la encontraba en el movimiento constante de la vida urbana, en las librerías, los mercados, los cines y, sobre todo, en los amigos.

 

10 . Rodolfo entendía​​ Contra Natura​​ como una búsqueda deliberada de los límites de su propia escritura: partir de una matriz formal y llevarla hasta sus últimas consecuencias para entrar, como él mismo decía, «en carne viva» en la materia poética. Además, su estudio de Mallarmé y de​​ Un coup de dés​​ lo llevó a desarrollar una concepción espacial del poema y a observar la poesía casi como quien desmonta una máquina para comprender su funcionamiento. Desde su cercanía con Rodolfo, ¿cómo recuerda esa relación entre su pensamiento y su práctica poética? ¿Era también en su vida cotidiana una persona que necesitaba desmontar, experimentar y llevar las cosas hasta sus límites para descubrir qué había detrás de ellas? ¿Y cree​​ que esa actitud experimental fue fundamental para comprender la radicalidad de​​ Contra Natura​​ y, en general, la manera en que Rodolfo concebía la poesía?

 

 ​​ ​​ ​​​​ Victor Ruiz

Como Mallarmé, Hinostroza también intentó, a lo largo de su vida, de escribir “el libro”. Ese libro que valiera por todos los que nunca llegaría a escribir. Cada una de sus entregas es testimonio de esa voluntad. Eso, sin duda, también explica sus largos silencios. Como albacea de su obra, puedo decir, sin embargo, que aún hay mucho y de mucha valía por descubrir de Rodolfo Hinostroza.​​ 

 

  • Rodolfo Hinostroza no se limitó a la poesía: transitó también por la narrativa, el teatro, la crónica y, de manera particularmente singular, por la astrología, a la que llegó a dedicarse profesionalmente. Fue, además, pionero en la utilización de computadoras para elaborar horóscopos y cartas astrales, como si buscara tender un puente entre el conocimiento ancestral de los astros y las nuevas herramientas de la modernidad. ¿Qué lo llevó a interesarse tan profundamente por la astrología y qué lugar ocupaba realmente en su vida y en su pensamiento? ¿La concebía como una forma de conocimiento, como una herramienta para interpretar el destino o, de algún modo, como otra manera de acercarse a ese misterio que también perseguía a través de la poesía? ¿Llegó alguna vez a hablar con usted sobre su propia carta astral o sobre lo que los astros podían revelar acerca de su vida?

 

 ​​ ​​ ​​ ​​​​ Víctor Ruíz

Hinostroza es un hombre despierto. Esto lo digo parafaseando ese verso sobre el César como un hombre que duerme y no entiende nada sino del poder y su necesidad de demostrarlo. El problema es que, precisamente, cuando el poder se muestra, se exhibe, es que muestra sus fisuras. Hinostroza presenció de primera fuente cómo el poder lo corrompía todo, y cómo, frente a la “idea”, el individuo era desplazado, reducido a un guarismo.  “El poder corrompió a la Idea”, dice Hinostroza, no habla de ideologías, de derechas ni de izquierdas. Por eso es que busca una verdad fuera de estos esquemas de pensamiento, mira hacia los astros como un viejo patriarca y decide habitar ahí. Un día en París, mientras Hinostroza caminaba, vio una tienda que tenía una inmensa computadora que ocupaba casi todo el salón y que, por unos cuantos francos, podía arrojarle su carta astral. El azar, el ensueño, podía ser medible. Eso fue lo que llevó a Hinostroza a ese viaje que terminó dándole grandes frutos, incluso el de conseguir un​​ best seller​​ pues su libro sobre astrología vendió más de 100,000 ejemplares y muchos de los astrólogos que ahora tienen millones de seguidores en redes hablan de ese libro como “el Hinostroza”, el libro que les cambió la vida. Yo tuve la suerte de publicar una versión actualizada de ese libro hace unos años a través de Planeta y te puedo decir que Hinostroza sabía muy bien de lo que hablaba.​​ 

​​ 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

Como parte de este homenaje especial, les ofrecemos un adelanto exclusivo de​​ Sangre de poeta, la esperada y aún inédita novela fusión de Rodolfo Hinostroza. Agradecemos profundamente a Ingrid Sipkes por brindarnos el privilegio de difundir este fragmento, permitiendo a los lectores acercarse de primera mano a una faceta íntima e inexplorada de la genialidad del poeta peruano.

 

 

 

 

 

 

LA ISLA DEL DESENCANTO

 

 

A César Calvo

In memoriam

 

 

LIMA, PERÚ

2014

 

 

 

A manera de Prólogo

 

Una tarde de lluvia en Huaraz, cuando yo tenía 14 años, descubrí un viejo cofre de cuero que había pertenecido a mi bisabuelo, pues llevaba sus iniciales claveteadas con chinches de bronce. Lo abrí, y recordé al instante que era en ese​​ cofre que mi padre guardaba sus libros y revistas, cuando yo era niño. Allí estaban, en efecto,​​ Crimen y Castigo​​ de Dostoievsky,​​ La Piel de Zapa​​ de Balzac,​​ Veinte años después​​ de Dumas, y​​ El Quijote, entre otros, en viejas ediciones de TOR y de Sopena. Seguí hurgando entre los libros, y encontré una colección de la revista “Folklore”, donde se había publicado muchos poemas de mi padre en varios números, que leí ávidamente. Era poesía indigenista de la década de los 30 y 40, pues esta revista era el órgano de difusión del indigenismo, y mi padre colaboraba en ella, con Hildebrando Castro Pozo. Yo no sabía gran cosa de poesía en ese entonces, sólo lo que me habían enseñado de niño: Rubén Darío, Juana de Ibarborou, Amado Nervo, pero la poesía de mi padre tenía una sonoridad semejante a la de Darío, y me encantó. Leí “El Cohetero”, leí “Los Arrieros”, leí “Nocturno Lluvioso”, que eran estampas de la sierra y sus personajes, pero el que más me impactó fue su “Elegía a la muerte de la Engracia”, que hasta ahora me estremezco al leerla:

 

 

Suenan plañidos, que la Engracia ha muerto

En la alborada de su carne bronce.

 

Era en los trigos que a dorarse empiezan,

Roja amapola de cimbreante tallo,

Y en fuente y cántaro de inicial frescura

Y ya en sus senos floreció temblores

Y ya en sus labios anidó torcazas

Y en sus zarcillos rutiló promesas

Y en sus pupilas apresó distancias

Y los rediles de sus brazos dieron

Calor al huacho del vellón primero….

 

 

Seguí registrando el cofre, y en el fondo encontré un montón de páginas del diario, “El Departamento”, donde había poemas de mi padre, pero también informaciones sobre él, muy elogiosas. Dobles páginas centrales celebraban el estreno de sus piezas “La flor en la roca”, y “Los caballeros del poncho de vicuña”, que él mismo había dirigido, y asimismo rendían cuenta de los banquetes con que lo agasajaban, con fotos y discursos incluidos, pues mi padre era, visiblemente, ​​ una celebridad en la provincia. Había sido guionista de una de las primeras películas peruanas, “El Guapo del Pueblo” en 1938, y conservaba amistad con Ima Sumac y Moisés Vivanco, Jesús Vásquez y Alicia Lizárraga, que habían pertenecido al elenco del film.​​ 

 

Esto se sumaba al hecho de que en aquel año, 1956, Radio Nacional transmitía una radionovela escrita por mi padre, “La Conquista”, de corte y de dimensiones épicas, con las grandes figuras de aquella gesta guerrera como protagonistas: Atahuallpa, Pizarro, Callcuchima, Almagro, Manco Inca, etc. Durante todo ese año se transmitieron sus 52 capítulos, y a no dudarlo esa fue la obra de mayor envergadura que mi padre jamás escribió, aunque fueron muy pocos capítulos los que pude escuchar en la vieja radio de la casa, que no siempre funcionaba…  ​​ ​​ ​​​​ 

 

Ese hallazgo me cambió la vida. Después de la traumática separación de mis padres, cuando yo tenía 9 años, la figura de mi padre había sido tremendamente vapuleada, ridiculizada, vejada por la feroz familia de mi madre, unos bajopontinos callejoneros, ignorantes y misios. “El viejo vago de tu padre”, “El viejo inútil de tu padre”, “El viejo de porquería de tu padre”, es así como me lo designaban mi abuela y mi tía, con quienes por desgracia fuimos a vivir. No perdían ocasión de denigrarlo a sus espaldas, de rebajarlo ante nuestros ojos, de ponerlo como ejemplo de lo que no se debía hacer, de modo que esa avalancha de basura que esas arpías eran expertas en regar, terminó por mellar mi estima​​ por él, a quien ya no veía como un ejemplo a seguir, y más bien me avergonzaba cuando venía a visitarme con su terno raído, sus zapatos polvorientos. Cuando yo fuera grande quería ser ingeniero, o químico, pero nunca poeta como mi infeliz padre, no faltaba más.​​ 

 

Entonces cursaba el tercero de media en el colegio “La Libertad”, donde mi padre también había estudiado en su juventud, y algunos de los profesores eran sus amigos y aún se acordaban de él. Es más, yo me había traído a Huaraz mi laboratorio de química, a la que era precozmente aficionado, y asombraba a mis amigos con mis experimentos. Pero el encuentro con ese baúl fue mi Camino de Damasco, que habría de cambiar la orientación de mi vida para siempre.​​ 

 

En el colectivo que me llevó de regreso a Lima, cumplido mi tercer año de media, se me ocurrió la idea de un cuento. A poco de haber llegado lo escribí, y le puse por nombre “La Montaña”, y luego siguieron otro, y otro, y otro… ​​ Un amigo de la casa, el poeta Demetrio Quiroz-Malca, un día los leyó, con asombro, y me hizo publicar “El Noveno Tranvía” en el suplemento cultural de “La Crónica” del domingo 29 de junio de 1958, día de San Pedro y San Pablo.

 

Por aquellos años mi padre aún trabajaba en “Radio Nacional”, pero ya no como libretista sino como glosador de un programa dominical de música criolla. Se cachueleaba también escribiendo memorias y discursos para terceros, como una especie de escritor fantasma, y soñaba con publicar sus obras algún día. Seguía escribiendo incansablemente, teatro y poesía, que a nadie le importaban en la inhóspita Lima. Siempre nos leía ​​ sus poemas, a mí y a sus sobrinos, los que habitaban una vieja casona en Barranco, donde yo solía pasar algunos fines de semana. Un día me preguntó: “¿Cuál de mis poemas te gusta más?” ​​ y yo respondí sin vacilar “Elegía a la muerte de la Engracia”. Se me quedó mirando, dubitativo, y al fin se animó a hablar, y me dijo: “Sabes cómo escribí ese​​ poema?” y me contó que una mañana soleada, sentado en el corredor de la casa de Huaraz, él estaba resolviendo un crucigrama cuando lo llamaron del otro lado del patio para pedirle algo. Se incorporó pues y cuando estaba en el centro del patio, la inspiración poética lo fulminó como un rayo, y allí mismo se puso a escribir el poema, pues felizmente llevaba lápiz y papel. Es un poema relativamente largo, pero los versos le venían como dictados, redondos y perfectos, el aliento dramático se desplegaba sólo y el poema volaba… Cuando hubo terminado guardó el lápiz, cerró el cuaderno, y terminó de cruzar el patio, para responder al llamado… y el poema quedó, mágicamente perfecto: corrigió dos palabras, cambió una línea, y eso fue todo.

 

 

Voces que llegan de ancestrales llantos,

Llantos que fluyen de palabras últimas,

Quejas que cobran diapasones fúnebres,

Toda una gama de plañidos, llora,

Canta y se queja con palabras llenas

De lo instintivo que al amor se aferra

De lo instintivo que se aferra a tierra,

Cobra los ecos que los campos surcan,

Muge en vacadas y en ovejas bala,

Se acorta en ayes y se alarga en sílabas…

 

 

No supe si creerlo. No es que dudase de su palabra, pero me parecía imposible que se pudiera escribir así, de un solo tirón, y con tal perfección, pero es que mi padre me estaba hablando de los misterios de la inspiración, que sólo los verdaderos poetas conocen… ​​ Muchos años más tarde me ocurrió exactamente lo mismo, y escribí uno de mis poemas más largos, “Imitación de Propercio”, en​​ dos sentadas, arrebatado por la inspiración, entre París y Normandía. Le cambié solamente dos versos, y allí quedó, tal cual está.​​ 

 

La muerte de mi padre me sorprendió en París. Yo estaba saliendo a mi trabajo, temprano por la mañana, cuando me llegó la fatídica carta, que leí en la escalera. Esa misma noche, cuando yo estaba tomándome un trago con mi primera mujer en el café “Le Select” de Montparnasse, del que era habitué, de pronto me asaltó una enorme crisis de llanto ante los ojos espantados de ella y de la concurrencia. No podía parar, y comencé a hablarle a ella de mi padre sin cesar de llorar, sin ocuparme de la gente, y así estuve durante interminables minutos, tal vez una media hora, como no he vuelto a llorar por nadie.​​ 

 

 

Pincullo y tinya de elegiacos sones

Concierten aires, y en rituales danzas,

Penas remotas y presentes llantos

Ritmen los ponchos y las sayas giren.

 

Dancen distancias, que la Engracia ha muerto.

Silben los ichus, que la Engracia ha muerto.

Giman las tórtolas, que la Engracia ha muerto.

 

Ya la amapola de los trigos de oro

Yace truncada, con la frente pálida.

Llegue el aroma de las mentas, y unja

El joven cuerpo que reposa en tierra.

 

Suenan plañidos, que la Engracia ha muerto

En la alborada de su carne bronce.

 

 

Años más tarde, yo, a mi vez, escribí una elegía a la muerte del poeta. Se llama “Los huesos de mi padre”, y es el único poema que me sabe hacer llorar.  ​​ ​​ ​​​​ 

 

 

 

………

 

 

 

Mi madre era una mujer casi demasiado bella para ser poeta, oficio donde son raras las grandes beldades, y este fue un ​​ don que determinó su vida para ​​ siempre, para bien y para mal, y la mía de paso, si uno lo piensa retrospectivamente. Era relativamente alta, digamos 1,65 m de tez muy blanca, rasgos delineados, frente amplia, hermoso perfil, y un cabello claro que con tiempo y las canas se volvió un día de un rubio platinado. Parecía una belleza nórdica, y en realidad de cierto modo lo era, porque su padre había sido un ingeniero danés establecido en Lima, y tenía todo el tipo. Cuando yo era niño me pasaba horas mirándola, como hipnotizado, maquillarse lenta, metódica, meticulosamente, frente al espejo de 3 cuerpos de su tocador, porque era muy consciente de su propia belleza, y dedicaba mucho tiempo a cultivarla. Cuando terminaba su largo ritual le echaba una última mirada altanera al pobre espejo, y se despedía de mi con un beso apenas sugerido, no se le fuera a correr el maquillaje… ​​ 

 

Ella y sus hermanos, Olga y Rodolfo, eran hijos de un valiente danés, chiquito y colorado, con una criolla de callejón bravo, en ese barrio tradicional que ahora llaman El Rímac … Los tres vástagos del gringo habían​​ pues salido de una apostura rara, que llamaba la atención, y como consecuencia lógica de ello, un día mi madre fascinó a mi padre, el poeta huaracino Octavio Hinostroza, y se casó con él, inopinadamente, cuando era una colegiala de apenas 19 años, que no había terminado secundaria y él le llevaba unos buenos 24 años de edad. Tengo para mí que uno de los factores que influyeron para que se realice este desigual matrimonio fue precisamente el hecho de que mi padre fuera poeta, pues ella también escribía poesía y adoraba la poca literatura que le habían enseñado en el colegio. ​​ 

 

Esto era algo inusual para la época, porque pocas mujeres se atrevían a entrar a este terreno tradicionalmente dominado por los hombres y en los años ’40 no había feminismo, pero no hay que olvidar que ya habían florecido importantes voces femeninas en toda América Latina, agitada por movimientos de reforma social: Delmira Agustini y Alfonsina Storni en Argentina, Juana de Ibarborou en Uruguay, y sobre todo Gabriela Mistral en Chile, que se había ganado el Premio Nobel 1945. Y en el Perú estaba la poeta aprista Magda Portal, ​​ amiga y camarada de luchas de mi padre. ​​ Estas fueron los modelos ​​ con los que ella se identificaba, y con los cuales aprendió a escribir, bajo el magisterio de mi padre, una poesía marcada por el modernismo, cuyo Papa reconocido por todos era el nicaragüense Rubén Darío, que era el poeta venerado en la casa, el “padre y maestro mágico” que hasta los chicos conocíamos de memoria. Apenas ​​ había yo cumplido un año de edad, y mi hermana dos, mi padre se llevó a toda la familia a su tierra, ​​ Huaraz, donde fuimos felices y comimos perdices durante toda nuestra primera infancia.​​ 

 

Los primeros poemas de mi madre, dedicados a nosotros sus hijos, estaban muy a tono con lo que se esperaba de ella, en esa casa huaracina profundamente cristiana y conservadora, en que mi padre escandalizaba a su​​ poderosa familia de hacendados ancashinos, declarándose ateo “por la gracia de Dios”, como lo había antes hecho su propio padre, que era un reputado comecuras, y se declaraba además aprista, que en aquella época era el partido revolucionario e inspiraba más miedo que el lejano comunismo ruso. ​​ Mamá por su parte, había traído a esa casa la juventud, la belleza y la alegría, además de dos hijos que eran casi tan bonitos como ella, y pronto se hizo querer por ​​ aquella familia tierna y generosa, en especial por tía Luchita Ruiz-Huidobro, la tía abuela de mi padre.​​ 

Cuando se divorció de ​​ papá, con quien estuvo casada 11 años, fue por razones nunca bien dilucidadas, pero que tenían que ver ciertamente con la diferencia de edad: Mi madre estaba en ​​ sus gloriosos 30 años, en el esplendor de su belleza, mientras que él declinaba físicamente, pues en aquellas épocas uno ya era viejo a los 50 años, y esto lo tenía a mal traer, y al final deliraba imaginando que mi mamá se escapaba por el techo, con su amante diplomático, pero a pesar de que este grotesco delirio sonaba a broma, él se lo tomaba bien en serio.

Después de la separación de mi padre, ella quedó en una situación  ​​​​ tremendamente frágil porque era una señora “separada”, que vivía sola, con un par de hijos chibolos, trabajaba como secretaria todo el día en la vieja Lima, y no contaba con un hombre oficial y presente que la defienda en este mundo de machos. Tenía la autoestima baja, como tantísimas limeñas educadas a golpes y a gritos, y nos fuimos a vivir con la abuela y tía Olga, en la Unidad Vecinal número 3, por la avenida Colonial, para hacer mancha autodefensiva, cosa que nos salió cara a los chicos a causa de la brutalidad manifiesta de la familia de mi madre.

 

Pero siempre había incidentes con esto de su belleza; por ejemplo, cuando le llevó sus poemas inéditos a un destacado crítico y profesor de San Marcos, este casi la viola en un salón vacío, y tuvo que defenderse arrojándole​​ carpetas y sillas, porque mi madre era hueso duro de roer, digna representante del combativo signo de Aries, y dejó al erudito mal parado. ​​ Todo el tiempo le pasaban estas cosas, ella quería hablar ​​ de poesía, y ellos solo pensaban en tirársela....

Años más tarde mi madre vivió un largo romance con el poeta Demetrio Quiroz-Malca, porque Gloria no había desistido de su primigenia vocación, o sea que insistía en ser poeta. ​​ Lo triste fue que cuando se aventuró en la ​​ poesía moderna, bajo el padrinazgo de Demetrio, no pudo dar la talla y su primer libro editado, ​​ “Moneda de Luz” fue duramente vapuleado por un odiado crítico limeño, para resuello de ​​ las poetisas limeñas de su generación, que temían que los poemas de mi madre estuvieran a la altura de su belleza física, en cuyo caso sería el acabose... Pero mi madre quedó tan desilusionada que nunca más volvió a escribir poesía.​​ 

 

 

Cuando al filo de la angustia

Alguien acaba de decirnos:

“no quiero”, “no tengo” o “yo no puedo”;

Cuando en torno vemos, bajo cruces,

la sangre de que nosotros florecimos;

Cuando en todo el rostro no hay sino pupilas

para llorar el golpe

que un más grande nos ha dado;

Cuando estamos de pie sobre las ruinas

de todos nuestros ídolos caídos;

Cuando la pena nos crece desde adentro

como un helecho selvático y monstruoso,

y parece salirnos por los ojos, las orejas,

los labios y las muelas;

Cuando el ruego y la blasfemia regresan del espacio

como piedras vencidas;

Entonces,

con qué fuerza nos pegamos a la pared de rocas

para dejar que pase la avalancha inaudita

sin arrastrarnos.

 

Más siempre se nos lleva

un trozo de la carne, del vestido,

y quedamos al borde, sangrantes y desnudos.

 

 

Cuando regresé de París para establecerme en Lima, en 1984, mi madre acababa de jubilarse en un banco en el que había trabajado cosa de 30 años. Estaba ya separada de Demetrio, sin pasiones ni ilusiones en la vida, pero siempre aguerrida y con un gran sentido del humor. Orgullosa y contenta de mis éxitos literarios me confesó que ella no se orientaba bien en la poesía moderna que yo y mis amigos practicábamos, sino mejor en la prosa, el cuento específicamente. Y en verdad que ella estaba mucho más dotada para la prosa que para el verso, y demoró mucho en reconocerlo. Se pasaba las noches escribiendo cuentos y una novela “El Árbol”, que nunca publicó, pero sacó una mención honrosa en el Premio Nacional de Novela, y llegó a ​​ ganar una Mención Honrosa en el “Cuento de las mil palabras” concurso convocado cada año por la revista “Caretas” con un cuento llamado “Un navío llamado Libertad”.​​ 

Su único personaje parecía navegar al garete en un barco vacío, dando tumbos, angustiado y sediento, esperando una luz que no llegaba. Me encantó, porque me pareció muy bien escrito, aunque me desconcertó su ambientación, su único personaje desorientado, la inusual situación de​​ naufragio. Le pregunté abiertamente cuál era finalmente el tema de ese cuento tan bien ambientado como desconcertantemente abstracto, y ella me dijo:​​ ”Tu padre. El tema es tu padre”.​​ Y siguió: “En este cuento traté de comprender a dónde quería ir, a dónde se dirigía”. “Es un retrato de mi padre? Así tú lo veías?”. “Si”​​ repuso mi mamá con un suspiro​​ “siempre con los pies fuera de la tierra.”...

 

 

 

 

I

EL ​​ PARAÍSO

 

 

SAN MARCOS

 

Tenía 19 años, y todavía no me pasaba nada….

 

Estudiaba el primer año de Medicina en la Universidad de San Marcos, vivía sólo con mi madre porque mi hermana ya se había casado, y recién estaba emergiendo de una atormentada adolescencia, marcada por la separación de mis padres hacía ya varios años, y mi inadaptación a la ciudad de Lima, que me parecía inmensa, donde nos habíamos instalado después de abandonar Huaraz. Mi primera enamorada me había dejado por un muchacho mayor, y yo andaba medio acomplejado, mal vestido y misio, pateando latas con mis amigos del barrio que no habían ingresado a la universidad. Consideraba que mi vida era anodina, y mi porvenir por lo menos confuso porque no me sentía a gusto en mis clases de medicina, y me pasaba los días leyendo novelas y libros de filosofía que no sé si entendía correctamente. Había dejado de creer​​ en Dios inmediatamente después de leer a Unamuno, y me había declarado ateo, cosa que mi madre ridiculizaba llamándome “Mateo” en lugar de mi apodo familiar,​​ Shanty, por Santiago. ​​ 

 

Había descubierto que en el Patio de Letras de la universidad se reunían los jóvenes poetas de mi edad, y por ahí se aparecían de tarde en tarde famosos poetas, como Gonzalo Rose, Alejandro Romualdo, Washington Delgado, que trabajaban de asistentes de algunos catedráticos. Intentaba escribir poesía, y me leía a todos los autores que estaban de moda entonces: Pablo Neruda, César Vallejo, Miguel Hernández, Nazim Hikmet, García Lorca, Nicolás Guillén, todos de izquierda desde luego, y hasta a Marcos Ana, un poeta que había sido encarcelado durante unos 20 años por Franco y era notoriamente comunista.​​ 

 

Yo ​​ tenía la ventaja de tener un padre poeta, que me había iniciado a la poesía desde niño, y me conocía de memoria largos poemas de Rubén Darío, que era mi ídolo, y también de Amado Nervo, de Gustavo Adolfo Becquer, de Manuel Acuña, de José Asunción Silva y en fin de una serie de modernistas que eran admirados por mis padres. Mi mamá también escribía poesía, aunque no tan bien como mi padre, y la poesía era algo así como la cultura familiar de la casa. Me pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, mismo Don Alonso Quijano, leyendo y escribiendo, pero mis poemas eran todavía bien torpes, y muy influenciados por los españoles de la generación del 27, y se parecían a los que hacían todos los poetas jóvenes de San Marcos, con la misma receta. Yo me daba cuenta de eso, y buscaba diferenciarme asimilando influencias pero de otros poetas ajenos a la tradición española, como Walt Whitman o Carl Sandburg, que eran mis íconos por aquellos años, pero me salían unos poemas raros, que no me atrevía a leer a mis amigos.​​ 

 

César Calvo era el líder indiscutible de la nueva generación de poetas, que asomaba las narices por la universidad de San Marcos, la cola por la Católica.Era​​ flaco, alto, muy guapo y carismático,​​ y tenía una fosforescente fama de mujeriego. Se reía alto y fuerte, huracanadamente, y era muy ingenioso, alegre, ​​ picante y provocativo. Siempre andaba muy elegante,​​ con ternos impecables, porque su abuelo era​​ el maestro Soriano,​​ un sastre reputado que siempre lo vistió a la​​ ​​ moda.​​ Por eso César​​ se ponía a veces un smoking cuando iba a recitar al Salón General, para gran escándalo de los apristas, que veían en ello una provocación. ​​ 

 

El flaco, como lo llamábamos, era un héroe byroniano apasionado del amor, un romántico escapado del siglo XIX, un ser desmesurado, insolente, desgarrado, a quien debemos algunos de los más hermosos poemas de amor de nuestra lengua. Tenía a quien salir mujeriego, pues su padre, el pintor César Calvo de Araujo había sembrado hijos en toda la Amazonia, de la que se proclamaba pintor e intérprete. Tengo para mí que César se sentía abandonado por su admirado padre, y esa fue una herida interminable de la que nunca llegó a curarse, y lo hizo sufrir toda su vida. ​​ 

 

Una mañana, a eso de las once, estaba yo en la pileta del Patio de​​ Letras, huraño, preocupado por tener tan descuidados mis estudios de medicina, ​​ cuando pasó ​​​​ César ​​ con cara de mala noche, los ojos rojos y sin afeitar.​​ “Y?”​​ me saludó​​ “¿qué​​ te pasa que​​ tienes mala cara?”, y yo le solté sin más​​ trámite mi problema: que si iba a ser médico o​​ poeta, que si iba a perder el año, que si​​ podría​​ transferir mi matrícula a Letras sin dar examen, o tendría que pasar otro examen de ingreso el próximo año… El flaco me miraba sin decir palabra, y de pronto exclamó, apasionadamente:​​ “Yo lo he dejado todo por la poesía, y si quieres ser poeta, tú​​ tienes que hacer lo mismo!​​ Deja todo lo demás! ​​ Si no, no sale, no funciona!​​ No puedes ser al mismo tiempo médico​​ y poeta, olvídate!​​ Tienes que decidirte ahora, hermano...”​​ Y acto seguido paso a contarme que Edgardo Pérez Luna y Gustavo Valcárcel habían sido estudiantes de medicina​​ antes de ser poetas, y el mismísimo André Bretón,​​ fíjate,​​ el surrealista, estudió medicina… “Pero no se puede ser, al mismo tiempo, médico y poeta. No hay tiempo​​ para las dos​​ cosas, que​​ son demasiado absorbentes...” ​​ Y mirándome a los ojos me dijo:​​ ​​ “Ser poeta es ponerse en manos del destino, recuérdalo”.​​ Y con una palmada, el​​ flaco continuó su periplo, dejándome fuertemente impresionado. Esa misma tarde decidí​​ dejar la Escuela de Medicina,​​ con todas las consecuencias que se derivaron de este acto, que sería decisivo para mi vida. ​​ 

 

Cuando le anuncié a mi madre que quería ser poeta, y no médico, ​​ me hizo un tremendo lío “O sea que quieres ser poeta, como tu padre? Y de qué vas a vivir?”​​ me espetó. “Ves cómo ha terminado él? No tiene ni dónde caerse muerto, y tú quieres seguir su ejemplo, tienes que estar loco para eso!” me gritó furiosa. Unos días después, el día de mi cumpleaños, que celebramos con unos tragos, volvimos a la misma discusión, pero más virulenta, y esta vez las cosas se salieron de control y terminó botándome de la casa, porque no quería mantener vagos, según me dijo.​​ 

 

Me conseguí pues una pequeña chamba en una agencia de publicidad donde trabajaba un amigo, ​​ y ahora alquilaba un pequeño apartamento por el rumbo de ​​ Pueblo Libre, y ya no asistía a mis clases de medicina aunque seguía yendo a la universidad, a reunirme con mis amigos los poetas.

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

Los bajos fondos (I)

 

Estaban ya distribuidos

los más altos oficios...

 

Ahora que se hunden las nodrizas inglesas

en túnicas brillantes, como cuchillos con astas trabajadas,

ahora que en los corredores de los monasterios

vuelven a surgir apariciones (bolas de fuego,

gavillas donde aúlla el verano asesinado, un altar bizantino

sostenido por ángeles curiosos). Ahora que la

responsabilidad

de las espaldas rotas

se le atribuye al tiempo, hoy que bibliotecarios

desconfiados

se parapetan en las tapas metálicas de un tratado de

montería

y avisan a los suyos

que se construyen muchas torres de Babel, hoy sube,

como el vaho de un crimen, la certeza

del primitivo parentesco del poeta con los criminales.

¡Y ese júbilo

que se advierte en las callejuelas de hojalata, en los barrios

torcidos como un juego de dados, preludia

las fiestas del reconocimiento!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poema “Eclipse” de Rodolfo Hinostroza, que aparece solamente en la edición cubana (1964) de «Consejero del lobo».

Reproduzco la entrevista que le hicieron los miembros del comité editorial del suplemento ASALTOALCIELO en su primera fase (Jack Quintanilla –pseudónimo de Róger Santiváñez–, En La Luna –pseudónimo de Dalmacia Ruiz-Rosas– y José Antonio Mazzotti), publicada el 11 de mayo de 1986 en el número 3. Fue una grata e intensa conversación en un otoño limeño que nunca olvidaron.

 

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