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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 213: Eloy Sánchez Rosillo

08 Jul 2010

Eloy Sánchez RosilloA continuación presentamos textos del poeta español Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, España, 1948). Es autor de siete volúmenes de poesía. Ha merecido premios como el Adonais (1978) y el Premio Nacional de la Crítica (2005) entre otros. Figura en las antologías más representativas y difundidas de la poesía española contemporánea.

 

 

tarde de junio 

 

Ahora, juntos, vivimos la hermosura

de esta tarde de junio,

el fulgor de las horas en que nos entregamos

al conocimiento de la verdad del amor,

a la gran llamarada del encuentro.

Ahora sabemos que toda la alegría

cabe en el mundo breve de esta habitación,

en el espacio ardiente de este lecho.

La luz cansada del atardecer

dibuja sobre el tiempo islas doradas.

En un rincón del cuarto

brilla la enredadera de la música.

Un viento súbito sacude nuestros cuerpos,

y lo olvidamos todo.

Después regresan las miradas lentas,

tanta complicidad, ciertas sonrisas.

Y luego contemplamos en silencio

con qué dulzura va cayendo la noche

sobre la indiferente ciudad que nos rodea.

 

(De Maneras de estar solo, 1978)

 

  

 

 

aviso de caminantes

 

En la suma de días indistintos

que la vida da al hombre, acaso hay uno

en que el destino, trágico y hermoso,

pasa por nuestro lado y el azar manifiesta

una insólita luz, un desusado

fulgor inconfundible.

Pero no has de dudar. Ten el coraje,

cuando llegue el momento,

de abandonar las cosas con que siempre

te engañó la costumbre, y sube pronto

a ese carro de fuego.

Poco dura

el milagro.

Después, si te negaras

a partir, sólo noche

merecerás. Y nunca, aunque quisieras,

podrás comprar la luz que despreciaste.

 

 

 

 

a lo lejos

 

Una niña —qué lejos— me sonríe.

Y, desde allí, me mira.

Infancia de mi madre.

Vieja fotografía.

 

 

 

 

epitafio

 

Detened, caminantes, vuestros pasos.

Sabed que aquí reposa alguien que amara mucho

La hermosura del mundo: los árboles, los libros,

La música, el verano, las muchachas.

No preguntéis quién fue, ni desde cuándo

Es ya silencio, olvido de las cosas.

En la tierra que cubre sus despojos

Plácidamente descansad un rato.

Y proseguid después vuestro camino

Bajo el propicio sol que en su noche os desea.

 

(De Elegías, 1984)

 

 

 

 

la playa

 

Nadie podrá quitarme —me digo— la ilusión

de soñar que ha existido esta mañana.

Se ha detenido el tiempo: oigo tu risa,

tus palabras de niño. Nunca he estado

tan conforme con todo, tan seguro

de mi alegría. Juegas junto al agua, y te ayudo

a recoger chapinas, a levantar castillos

de arena. Vas corriendo de un sitio para otro,

chapoteas, das gritos, te caes, corres de nuevo,

y luego te detienes a mi lado y me abrazas

y yo beso tus ojos, tus mejillas, tu pelo,

tu niñez jubilosa. El mar está

muy azul y muy plácido. A lo lejos,

algunas velas blancas. El sol deja

su oro violento en nuestra piel.

Me digo

que es cierto este milagro, que es verdad

el inmóvil fluir de la quieta mañana,

la ilusión de soñar el remanso dulcísimo

en el que acontecemos como seres

dichosos de estar vivos, felices de estar juntos

y de habitar la luz.

 

Pero escucho, de pronto,

el ruido terrible y oscuro y velocísimo

que hace el tiempo al pasar, y la firmeza

de mi sueño se rompe; se hace añicos

—como un cristal muy frágil— la ilusión

de estar aquí, contigo, junto al agua.

El cielo se oscurece, el mar se agita.

Siento en mi sangre el vértigo espantoso

de la edad: en un instante, transcurren muchos años.

Y te veo crecer, y alejarte. Ya no eres

el niño que jugaba con su padre en la playa.

Eres un hombre ahora, y tú también comprendes

que no existió, ni existe, ni existirá este día,

la venturosa fábula de mis ojos mirándote,

la leyenda imposible de tu infancia.

Estás solo, y me buscas. Pero yo he muerto acaso.

Somos sombras de un sueño, niebla, palabras, nada.

 

 

 

 

una muchacha

 

Ha salido, tal vez, de su casa hace un rato.

No va a ninguna parte. Da gusto, en primavera,

pasear a estas horas sin rumbo, mientras cae

la tarde lentamente y vuelan los vencejos

en la luz que declina. Ha estado en un jardín;

pasó por una plaza y por una alameda.

Tiene ganas de andar.

Ahora, el azar la trae,

despacio, hasta mi calle. Yo, aburrido, me asomo

a un balcón de mi casa, y, al mirar hacia abajo,

la veo venir. Tendrá veinte años apenas.

Camina con la gracia que regala la vida

a quien es bello y joven: gloria breve del cuerpo;

milagro de lo efímero, que cifra en su relámpago

visos de eternidad.

Ajena a mi mirada,

se va acercando. El oro del sol último brilla

en su piel, en sus ojos, en el dulce desorden

oscuro de su pelo. En este instante, cruza

de una acera a la otra. No sabe que la observo,

que su fugaz presencia me hace feliz. Muy pronto

pasará por la puerta de la casa en que vivo.

Ya llega. Ya ha pasado. Y sigue. Y va alejándose.

Dentro de unos momentos doblará aquella esquina.

 

(De Autorretratos, 1989)

 

 

 

 

en mitad de la noche

 

En mitad de la noche me desperté. Y había

mucha luz en la casa. Oí, por el pasillo,

ir y venir de pasos apresurados, voces

tristes que lamentaban no sé qué, y, a lo lejos,

como un lento murmullo —diríase— de oraciones

entre llanto y gemidos susurradas. Sin duda,

algo extraño ocurría. Asustado, confuso,

llamé con insistencia a mi madre, mas nadie

acudió de momento. Porfié, y al fin vino

a mi cuarto, afligida, la sirvienta, y después

de acariciarme un poco y abrazarme, la pobre,

me dijo como pudo que mi padre había muerto,

que había muerto hacía un rato, de repente.

Contaba

siete años yo entonces y tenía mi padre,

cuando murió, la misma edad que tengo ahora.

Casi cuarenta años han pasado y aún

respiro aquella angustia. Mientras mi mano intenta

escribir estos versos, voy viviendo de nuevo

los momentos terribles de esa noche remota.

Mi madre está sentada en un sillón, llorando

con total desconsuelo junto al lecho en que yace

el cuerpo de mi padre. Yo me acerco y la beso;

le digo que no llore, que no llore. Su llanto,

en verdad, me conmueve más aún que el cadáver

—tan irreal, tan solo en su quietud— del hombre

que hasta ayer mismo era el centro de esta casa

y jugaba conmigo, con mi hermana y mi hermano.

La muerte transfigura, traza súbitamente

un enigma en su presa, y no reconocía

apenas a mi padre en aquellos despojos

misteriosos, herméticos.

Entonces no lo supe.

Pero hoy sé que esas horas en que tomé conciencia

del tiempo y de la muerte arrasaron mi infancia:

dejé allí de ser niño.

La casa fue llenándose

poco a poco de gente. Familiares y amigos

daban con su presencia lugar a repetidas

escenas de dolor. La noche no avanzaba.

Parecía que nunca iba a llegar la aurora.

 

(De La vida, 1996)

 

 

 

 

LUZ QUE NUNCA SE EXTINGUE

 

Te equivocas, sin duda. Alguna vez alcanzan

tus manos el milagro;

en medio de los días que idénticos transcurren,

tu indigencia, de pronto, toca un fulgor que vale

más que el oro más puro:

con plenitud respira tu pecho el raro don

de la felicidad. Y bien quisieras

que nunca se apagara la intensidad que vives.

Después, cuando parece que todo se ha cumplido,

te entregas, cabizbajo, a la añoranza

del breve resplandor maravilloso

que hizo hermosa tu vida y sortilegio el mundo.

 

    Tu error está en creer que la luz se termina.

Al cabo de los años he llegado a saber

que en la naturaleza del milagro

se funden lo fugaz y lo perenne.

Tras su apariencia efímera,

el relámpago sigue viviendo en quien lo vio.

Porque su luz transforma y ya no eres

el hombre aquel que fuiste antes de que en tus ojos,

de que en el fondo oscuro de tu ser fulgurase.

 

    No, la luz no se acaba, si de verdad fue tuya.

Jamás se extingue. Está ocurriendo siempre.

Mira dentro de ti,

con esperanza, sin melancolía.

No conoce la muerte la luz del corazón.

Contigo vivirá mientras tú seas:

no en el recuerdo, sino en tu presente,

en el día continuo del sueño de tu vida.

 

  

 

 

ACERCA DEL JILGUERO

 

Para empezar el día, anoto aquí

que de todos los pájaros que yo he visto y oído

el más mío de todos es sin duda el jilguero.

Cuando digo su nombre mi infancia entera vuelve,

y desando el camino y de nuevo retorno

a aquella casa blanca cuyos muros se alzaban

en medio de los campos, en el centro

del corazón del mundo y del verano.

Y me veo a mí mismo en la mañana de oro

—igual que en el comienzo prometedor de un mito—

por vez primera oyendo un canto que venía

de dónde, de qué ser maravilloso y puro.

Escucha, escucha, niño, y acércate despacio

al lugar del que brota sin cesar

esa música hermosa. No hagas ningún ruido.

Y poco a poco llegas con tus pequeños pasos

hasta el pie de un almendro. Pero miras

hacia arriba y no ves más que hojas verdes

y cielo azul. Insiste. No te muevas, y observa

con atención. Insiste. Sí, ya veo, parece

que algo se está moviendo en esa rama.

Por fin, por fin lo ves: es un jilguero.

Lo ves hoy y lo has visto para siempre.

Quién podría olvidarlo. Lo viste, sí. Y yo ahora

lo sigo viendo aún con nitidez

y apunto emocionado en mi cuaderno

ese cuerpo menudo que al cantar se estremece,

e intento dibujar también la gracia

de su rojo antifaz y la delicadeza

de su ropaje pardo que se adorna

con pinceladas blancas, amarillas y negras.

Canta, canta el jilguero en la mañana

remota del origen. Y después alza el vuelo

y se va por el aire. Mas desde entonces vibra

en tu oído, en mi oído y en la verdad más honda

su canto de aquel día, su milagroso canto.

 

 

 

 

LUNA

 

Luna llena que vas serenamente

haciendo tu camino por el cielo de agosto,

cuánto consuelo al corazón me traes,

qué alivio siento al contemplarte hoy

sobre este mar tan mío.

Me he sentado a mirarte; te estoy viendo

ascender en la noche

y trazar tus efímeros enigmas refulgentes

en las aguas que llegan a la arena

con un leve murmullo.

No hay nada semejante

a tu luz compasiva, esa luz que restaña

tan delicadamente las heridas

inevitables y hondas del vivir.

Con emoción te observo, y voy pensando

que acaso sólo tú logras unir a veces

los distintos momentos de mi vida

con un hilo de plata:

en ti se reconcilian y confluyen

los seres diferentes que en mí se sucedieron,

y el hombre que ahora soy, si tú lo quieres,

encuentra en el amor de tu semblante mágico

al niño que yo era y al muchacho que fui.

Déjame que te cante,

concédeme, señora, que mi voz te celebre

con palabras muy puras,

y no permitas nunca que mis versos traicionen

la verdad que tú eres.

Que tu fulgor me alumbre, que tu piedad me ampare.

Y que cuando se acerque la hora final, mis ojos

te busquen y te encuentren, o te recuerden, mientras

va acabándose el tiempo y todo se termina.

 

 

 

 

CANCIÓN DE MARZO

 

Abrí el balcón y vi la maravilla:

estaba ahí la primavera.

¿Cómo pudo ser todo así, tan simple?

Algo raro ocurrió.

El balcón de una casa

cualquiera, en una calle

de una ciudad cualquiera.

Abrí y miré. Eso tan sólo hice.

Y sucedió el prodigio.

Qué cosa tan extraña.

Mi casa era un palacio.

Yo era el rey de la vida.

El balcón daba a marzo,

a un día de jilgueros.

 

(De La certeza, 2005)

 

 

 

 

EN LA TERRAZA DE UN BAR

 

Hojeo el periódico y contemplo

cómo la luz del sol, muy decidida,

avanza por la plaza y va ganándole

la batalla a la sombra. Se diría

que el mundo está bien hecho (y yo no sé

si en día tan radiante alguien podría

afirmar que verdad tan verdadera

encierra una mentira).

Zurean las palomas y en el suelo

picotean inquietas, perseguidas

por infantiles hordas. Van y vienen

las gentes con sus prisas.

Hay en mi mesa un libro y un martini,

el móvil, un cuaderno, una revista.

En este instante pasa una muchacha

por delante de mi melancolía.

Es muy hermosa y anda sonriente,

camino de las cosas de su vida.

Recién duchada, con el pelo aún húmedo,

llega tarde a una cita.

Por supuesto, me ignora. Ni siquiera

se percata de que este que la mira

es sólo un desdichado que no es

ese que está esperándola y agita

impaciente su mano jubilosa

allí, en aquella esquina.

 

 

 

 

MUDANZA

 

En la cumbre del júbilo,

en las más altas cimas del amor y el deseo,

entona oscuros cantos la elegía.

 

    En la carne del fruto ya maduro

la corrupción fermenta con sigilo

sus flores blanquiazules.

 

    En la mañana soleada y limpia

del corazón sereno, van fraguando

el odio, el golpe, el grito.

 

    Mas no cierres los ojos.

Mira, ve.

 

    Tiene un fin la congoja.

Y cuando acaba, surge del abismo

una gran luna llena.

 

    Bajo la tierra dura del invierno,

verde y frágil se afana, indestructible,

la luz de marzo.

 

    La noche borrascosa y sin remedio

del náufrago es también la noche inolvidable

en las playas tranquilas del estío.

 

    Todo gira sin fin, y canta o gime,

se mezcla, se transforma, se separa,

muere, renace y torna

y se muda de nuevo y recomienza.

 

 

 

 

PALABRAS DE AMOR

 

Las palabras de amor que pronunciaron

tantos y tantos labios, ¿dónde están?

Surgieron siempre como surgen hoy,

vivas y arrebatadas, misteriosas

ascuas del corazón que dan origen

al más hermoso y poderoso fuego.

Eran y son eternas, pero mueren

a cada instante, cuando las apaga

el tiempo en el ahora tan sombrío

de quienes luminosos las dijeron.

¿Qué sucede con ellas? ¿En qué enigma

se funda su fulgor inextinguible?

¿Qué ley las desbarata y las avienta?

 

 

 

 

OÍR LA LUZ

 

Debo decir que cuando yo era niño

y en el campo veía la densa muchedumbre

de estrellas en los cielos del verano,

además de mirar tanto fulgor,

podía oír la luz: se escuchaba allí arriba

como un rumor de enjambre laborioso.

 

  

 

 

ENTONCES

 

Nadie nos escuchó, nadie lo supo.

Pero tú sí me oíste hasta el fondo de ti

y sin ninguna duda lo supiste.

También yo estuve al tanto

de aquel decir cifrado de tus ojos

que, trémulo y audaz, iba llegándome

para que yo tan sólo lograra comprenderlo.

Y no, no pudo ser, no pudo ser,

porque hay cosas que no deben cumplirse,

aunque con tanta fuerza y anhelantes

broten de lo más hondo.

Qué tremenda verdad de luz tan triste

y de tan lenta muerte.

Muerte que nunca muere y que es también

infinita alegría, pues nació

de un centro eterno y puro.

En algún otro mundo, en otra vida

de las que nos aguardan en la rueda del tiempo,

sucederá de nuevo y para siempre

este fuego hermosísimo que ahora

no alcanzó a propagarse

sino en las galerías del deseo.

Y entonces arderá como él disponga,

con la voracidad de su albedrío,

sin que nada ni nadie nos salve de sus llamas

ni consiga impedir que nos calcine.

 

 

 

 

LA CEGUERA

 

Mirar no es sólo asunto de los ojos.

Primero, ciérralos unos instantes

y dentro de ti busca —en tu sosiego—

la facultad de ver.

Y ahora ábrelos, y mira.

Es enero ahí afuera, pero está

muy hermosa la vida esta mañana.

Cuánto sol en los álamos

que en trémulas hileras van creciendo

en esta vieja plaza

de tu ciudad. Un día y otro día,

durante muchos años,

a su lado pasaste y no los viste,

ciego que dabas pena y que hoy, por fin,

de milagro has sanado y puedes ver

y en tu mirar te salvas.

 

 

 

 

EL MIRLO

 

Al mirlo hay que observarlo y entenderlo,

porque, si no, puede llamar a engaño

ese pronto severo que presenta

su enlutado plumaje. A poco que lo mires,

verás que nada tiene que ver con un misántropo

ni nada parecido. Es muy alegre

debajo de un atuendo que sin ningún alivio

persevera en el negro. Pasa el día

realizando trabajos de zapa en el jardín

con su afilado pico de color calabaza,

y no hay gusano por el que no muestre

interés minucioso. Al levantarme,

suelo salir a la terraza a ver

la mañana que hace. Yo madrugo,

pero él se me adelanta. Cuando miro,

se encuentra siempre allí con su pareja,

saltando tan ufano por el césped,

muy repeinado y con la cola alzada.

Traza pequeños y redondos vuelos

y a intervalos ensaya sus metálicos cantos.

En algunos momentos desafina,

mas insiste y corrige sus errores.

Tantas veces lo veo que, sin duda,

también a mí me ha visto y me conoce,

y, al descubrirme aquí, parado y pensativo

—no sé si, en ocasiones, incluso hablando solo—,

seguro que a sí mismo se habrá dicho:

«Qué tipo tan extraño. ¿Qué hará ahí

un día y otro día casi a la misma hora?

Desde luego, es bien serio, por más que a ratos silbe.

Parece inofensivo, con la pinta

de soñador que tiene. Y qué curiosa

su obstinada manía de mirarme».

 

(De Oír la luz, 2008)

 

 

 

Datos vitales

Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, España, 1948) ha publicado siete libros de poemas: Maneras de estar solo (1978), con el que obtuvo el Premio Adonais, Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989), La vida (1996), La certeza (Tusquets, 2005), al que se le concedió el Premio Nacional de la Crítica, y Oír la luz (Tusquets, 2008). Los cinco primeros títulos mencionados están ahora recogidos en Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2003 (Tusquets, Barcelona, 2004). Hay también una antología de su obra, Confidencias (Renacimiento, Sevilla, 2006), editada posteriormente en México bajo el título de El manantial del tiempo (Universidad de las Américas, Puebla, 2007). Ha publicado asimismo el ensayo La fuerza del destino (Universidad de Murcia, 1992) y tradujo una Antología poética de Leopardi (Pre-Textos, Valencia, 1998). Figura en las antologías más representativas y difundidas. Alguno de sus libros y selecciones de su poesía han sido traducidos a diversos idiomas. Es profesor de literatura española en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia.

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