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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 327: Felipe Benítez Reyes

13 Ene 2012

felipePresentamos el trabajo del poeta español Felipe Benítez Reyes (Cadiz, 1960). Ha merecido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Literatura, el Premio de la Crítica, el Premio Loewe y el Premio Nadal de Novela. Uno de sus últimos poemarios es “Mercado de espejismos”. Esta selección corrió a cargo de la poeta argentina Rocío Wittib.

 

 

 

Arte poética

 

Hay quien levanta
estructuras de sal que se diluyen
con la lluvia
de quien nombra la lluvia en un poema.

Palabras que conocen el sabor de la sangre,
y  la sangre fingida de un corazón que sangra en un poema.

El símbolo cansado de la rama escarchada en el otoño
y el otoño irreal que en el poema deja
tres vocales caídas.

Alguien escribe lago y alguien escribe lágrima:
ambos miden lo mismo en el final de un verso.

Si en un verso leemos que la luna
es la sombra metálica de un vacío en la noche,
la luna sigue intacta: es la luna en la noche.

La evocación de un jardín racionalista
o la de algún amanecer sostenido
por los dedos mojados de la niebla
traza un idéntico espacio silábico
en el que sopla el viento de una voz.

Alguien escribe yo y alguien tú eres,
y ambos están nombrando a estos espectros
que suplantan la vida en un poema.

¿Hay quien habla del mar y el mar se oye?

¿Alguien habla de sí y el tiempo calla?

En esta prestidigitación el mundo existe
del modo en que existimos en él:
reflejados y errantes de nosotros,
eco de unas palabras confundidas,
sin nada que perder, y tan perdidos.

 


 

 

Las ilusiones

 

Si cada cual saliese una mañana
olvidado de sí, desasistido
de todo su pasado, sin memoria,
con un rumbo inconcreto y en los labio
una canción trivial, alegremente,
dispuesto a no volver atrás la vista
para que nada enturbie esa mañana,
diáfana mañana que posee
el inquietante brillo de las tentaciones
que a veces confundimos con la vida,
si saliésemos y de pronto
qué hermosura perfecta, qué alto vuelo
el de nuestro cansado corazón,
tan luminoso ahora, ¿olvidaríamos
de veras el dolor que padecimos,
el miedo y la tristeza y la locura
de creernos por siempre desatinado
al mal y la desdicha? No sabemos.
¿Una mañana apenas bastaría,
diáfana mañana de verano, para hacernos
pensar que aún es posible proseguir,
vivir, después de todo, impunemente?

 

 

 

 

Panteón familiar

Con un dedo en los labios, un arcángel ordena
silencio al visitante que os ha traído rosas.
¿Desde qué paraíso, desde qué oculto infierno
oleréis su fragancia funeral y simbólica?
Ya sé que lo hago en vano. ¿El reino de la nada
tiene dioses benévolos que anulan la memoria,
los recuerdos hirientes como un veneno lento?
Algún día lo sabré. ¿Y yo oleré las rosas
que alguien por cortesía extienda sobre el mármol
de luna helada y muerta?
                                      Toda rosa es de sombra
y es fugaz, y se esparce, y es un mundo imperfecto
destinado a morir. ¿Pero queda su aroma
testimonial de vida y hermosura pasadas?
En ese mundo vuestro, ¿se reordena la forma
de la rosa deshecha? ¿Y yo oleré esa rosa?


 

 

 

En contra del olvido

Si el tiempo en la memoria no muriese
tan lento y torturado, disponiendo
por tanto una manera melancólica
de volver al pasado y de sentirlo
no como un algo muerto, sino siempre
a punto de morir y siempre herido
-y renacido siempre, y de tiniebla.

Si el tiempo, en fin, tuviese potestad
para borrar su estela de memoria,
para enterrar sin daño los recuerdos
en vez de darles rango de abstracción
-y en las tardes vacías recordar;
con algo de tahúr y algo de mago,
lo que ya sólo es ficción del tiempo
como un viento lejano, un eco frío.

Si todo fuese así, si en el pasado
no fuera uno la estatua de sí mismo
en una plaza oscura y sin palomas
o el actor secundario de una obra
retirada de escena, me pregunto
qué sería -imagina- de nosotros,
que sellamos un pacto tan antiguo
como el color del aire en la mañana.
Qué habría de ser entonces, sin memoria,
de nosotros, que hacemos renacer
al juntar nuestras manos esta noche
tantas noches y lunas y ciudades
y tembloroso mar de las estrellas.

 

 

 

 

Kasida y Rondó

Las ciudades sin ti no las recuerdo

Son las flores cerradas del mundo

Las ciudades sin ti no tienen nombre

Las ciudades sin ti no las recuerdo

La noche solitaria que parece

Tan sólo una tiniebla vagabunda

La noche en que no estás tiembla mi noche

Si el vacío me mira con tus ojos

Vale más el vacío que la vida

Si me mira el vacío con tus ojos

La noche en soledad corrompe sueños

La noche en que no estás tiembla mi noche

 

 

 

 

Confidencias

 

Como todos los jóvenes, yo también he buscado

esa luz inquietante que brilla en la aventura.

Como todos los jóvenes, he arrastrado mis sueños

por el fango celeste de la vida nocturna.

 

El alcohol –que seduce– y los cuerpos –que embriagan–

me han dado la medida de unos mundos secretos

que van ya convirtiéndose en jardines de hastío,

y la pasión primera en un jardín de invierno.

 

Todo cansa y aburre. Las manzanas mordidas

dejan el gusto amargo de una falsa promesa:

su seducción se cumple y de pronto no es nada.

Consumar un deseo es besar a la niebla.

 

Como todos los jóvenes, he apostado al diablo

y he vendido mi alma a precio de inexperto;

supongo que he perdido la inocencia y la Gloria,

pero nunca los jóvenes temimos el Infierno.

 

Y aunque me quede tiempo y aunque el halago equívoco

del mundo me sujete, he muerto a las pasiones.

Porque todo es un lento bostezo. Y no me importa

apostar al fracaso. Como todos lo jóvenes.

 

 

 


Advertencia

 

Si alguna vez sufres –y lo harás–

por alguien que te amó y que te abandona,

no le guardes rencor ni le perdones:

deforma su memoria el rencoroso

y en amor el perdón es sólo una palabra

que no se aviene nunca a un sentimiento.

Soporta tu dolor en soledad,

porque el merecimiento aun de la adversidad mayor

está justificado si fuiste

desleal a tu conciencia, no apostando

sólo por el amor que te entregaba

su esplendor inocente, sus intocados mundos.

 

Así que cuando sufras –y lo harás–

por alguien que te amó, procura siempre

acusarte a ti mismo de su olvido

porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.

Y aprende que la vida tiene un precio

que no puedes pagar continuamente.

Y aprende dignidad en tu derrota

agradeciendo a quien te quiso

el regalo fugaz de su hermosura.

 


 

 

Al cumplir 23 años

 

Lo que sin duda he perdido no lo sé.

Y debe de ser bastante, porque ahora que intento

poner en claro el orden trivial de aquellas cosas

que al parecer ostentan el raro privilegio

de dar algún sentido a la existencia,

ahora que intento, en fin, reconciliarme

con mi corto pasado, me asalta la sospecha

de que nunca he sabido qué es en verdad la vida,

ese halago cruel y delicado, esa miniatura

de excesivos detalles (que el recuerdo aligera

por miedo a enloquecernos).

Y como quien regresa de un viaje marcado

por la degradación, el tiempo a mí regresa

en su forma más fría: la memoria,

y así puedo alejarme hacia una edad mejor,

sentida como abstracta y como ajena.

Es invierno en el alma cuando el alma recuerda.

Y he recordado tantas cosas de pronto, con tanta nitidez,

que me obligo a pensar que hubo algo de vano en el vivir

si sólo la nostalgia ya sustenta

ese tiempo espectral, embarcado en la nave que no vuelve.

La ordinariez de todos los futuros posibles

desasosiega y cansa, destruye y trivializa

el sueño adolescente de una existencia noble.

Lo que haya de venir yo no lo sé.

¿Y pagaré mi precio, y arrojaré mi alma

a los perros que aúllan en la noche sola de la vida?

Lo que habrá de venir yo no lo sé.

 

 

 

 

Caballo muerto en la batalla

 

Su galope era triste.

El destino le otorgó un jinete excelso.

Cayó en campo de acantos;

lo remató una espada compasiva.

 

No lamentéis su muerte, que no era inocente:

daba él hermosura a la batalla.

 

 

 

Datos vitales

Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, España 1960), poeta, novelista y ensayista. Publicó entre otros Paraíso manuscrito, 1982; Los vanos mundos, 1985; La mala compañía, 1989; Sombras particulares, 1992; El equipaje abierto, 1996;  La misma luna, 2007. Sus poemas están reunidos en los libros Poesía (1979-1987), 1992, Paraísos y mundos, 1996 ambos de Hiperión y Trama de niebla, 2003 publicado en Tusquets. Entre sus novelas se destacan El novio del mundo, 1998 y Mercado de espejismos, 2007. Su obra ha sido reconocida por el Premio Nacional de Literatura, Premio de la Crítica, Premio Loewe y Premio Nadal de Novela y su obra ha sido traducida a varios idiomas.

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