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CÍRCULO DE POESÍA

 

La poesía de omar Lara

28 Feb 2013

Presentamos un ensayo del crítico chileno Fernando Alegría (1918-2005) en torno a la obra de Omar Lara (Nuevo Imperial, 1941), uno de los poetas fundamentales de la tradición lírica chilena de las últimas décadas. Lara es traductor, editor y director de una de las revistas de mayor tradición en la lengua española, Trilce. Omar Lara es, sin duda, el poeta chileno contemporáneo más leído en México.

 

 

 

 

La poesía de Omar Lara

 

Pasado el medio siglo, el lector hace una pausa deteniéndose a observar el panorama de la poesía chilena y se pregunta: ¿qué ha sucedido entre los años 60 y los 80? Puede respondérsele que los pájaros de una poesía de invierno, presentida más que racionalizada, volaron sobre la Isla (que nunca fue isla) y, en vez de recrear un silencio de país en ruinas, ostentaron sorpresivas instantáneas de un mundo que parece astuto en el amor y en la nostalgia, en el recuerdo y en la locura de la memoria: es decir, una especie de supervivencia dolorosa e inquietante.

Allá  por las postrimerías del medio siglo poetas del sur de Chile, sintiéndose disminuidos por movimientos terrestres y marítimos, se dispusieron a levantar un muro de contención y convocaron a congresos de poesía en que los hablantes, entre muchos pronunciamientos, acordaron por mayoría que el país había dejado de existir hacía muchos años, que se nutría de ingratas e injustas apariencias, que se había llegado a confundir el tecleo del telegrafista con los misterios de la Piedra del Sol y que, finalmente, era preciso, sin más retórica, oponerse a la fuga del mar propiciada por algunos alcaldes viajeros y a la fuga de las arboledas, los salmones, los locos y otras riquezas nacionales, en manos de improvisados exportadores.

¿Qué nos quedaba, entonces? Omar Lara, por ejemplo. Quedaban también su revista LAR, su poesía lárica, (anunciada y avanzada por Jorge Tellier), su reconstrucción de Chile con paletadas de niebla y rascacielos de pájaros, con parejas en lucha constante sobre camas de agua: tiernos intentos de consignar, una vez más, la primavera de los ríos sureños al son de un pito de árbitro de fútbol, no ya de trenes que aullaron una vez en el amanecer de campos barrocos.

Oigamos a Juan Armando Epple, cronista y poeta en prosa:

Hojeo la colección de hojas de poesía del grupo Trilce, que conservo en una carpeta, publicadas en el curso del primer año de actividades del grupo valdiviano. El registro de textos permite perfilar el radio dialogante que busca convocar el quehacer primerizo del grupo: traducciones de poemas de Lug Estang, Paul Eluard, Saint John Perse, textos de autores latinoamericanos consagrados como Borges, Octavio Paz, Humberto Díaz Casanueva, apertura hacia las voces contemporáneas del Perú (Washington Delgado, Winston Orillo, Antonio Cisneros, Juan Ojeda, Arturo Corcuera), de Argentina (Daniel Barros, Francisco Colombo, Juan Croce), de Chile (Jorge Tellier, Manuel Silva, Hernán Lavín Cerda, etc.) y un espacio bastante generoso a las primeras letras de varios jóvenes sureños, muchos de los cuales canalizaron luego su entusiasmo inicial en otras requisitorias más prácticas.

El grupo Trilce se constituyó, y no es trivial este dato, en una casilla telefónica dela Universidad Austral en abril de 1964, un día en que seguramente la lluvia había postergado las citas con las otras musas. Lo integraban Omar Lara, Carlos Cortínez, Enrique Valdés, Luis Zaror y Eduardo Hunter… (Epple 1997: 288)

 

En 1965, y aprovechando la coyuntura institucional de la celebración del décimo aniversario de la Universidad Austral, los poetas de Trilce organizaron el llamado Primer Encuentro dela Joven Poesía Chilena .

El foco del encuentro estuvo dedicado a la valoración de la obra de la generación inmediatamente precedente (Miguel Arteche, Efraín Barquero, Enrique Lihn,  David Rosenmann, Alberto Rubio, Jorge Tellier y Armando Uribe Arce) y reunió en una `audiencia pública’ a los poetas y a un sector importante de la nueva promoción de críticos y especialistas en literatura. El resultado de esta poco usual experiencia quedó recopilado en el libro Poesía chilena (1960-1965) Santiago: Editorial Universitaria, 1966, editado por Carlos Cortínez y Omar Lara.

En sus palabras de inauguración del connotado encuentro el Rector dela Universidad AustralFélix Martínez Bonati expresó ideas que no se han olvidado. Dijo:

 

Por todo esto, la crítica se consuma al fin en el silencio. Lo que en este silencio oiremos decir a los poetas no puede ser anticipado por nadie. Tampoco por ellos. De ahí deriva la ambigüedad y la radical dificultad de la tarea poética. Su fruto de revelación no puede ser provocado, ni conviene invocarlo. Se le conjura de infinitas e imprevisibles maneras. Y no es extraño que a propósito de la poesía se recuerde tantas veces la magia. Pero la poesía no convoca demonios para bienes o males ocasionales. Con renovados ritos y palabras renacidas, suscita y recoge en la red de la lira de los versos las vibraciones de la substancia. Esta reside, como en cada hombre, en el poeta…

Por ese vibrar es el poeta un transeúnte. La búsqueda a que se entrega sólo tiene en los cantos precursores una orientación incierta. En el peregrinaje se enajena y solo a veces vuelve a recogerse, en el poema, el ser humano (P. 14??????????).

 

En cierta medida, Omar Lara llegó a la poesía chilena a poner puntos sobre las ies, a poner los puentes bajo los ríos, los crepúsculos a la vera de los caminos de tierra, a poner la lluvia en la madera y en los papeles sueltos en el aire, los requiebros de los amantes en la extrañeza de la vida, llegó a señalar los límites de la Frontera no a gritos, como se hacía antes, sino con voces que no siempre son palabras, mas bien dicho, con silencios entre las frases y largas cascadas de color blanco estirando sin fin la extensión de sus breves poemas.

Fijó ciertos límites históricos, por ejemplo, pero no con fechas ni parlamentos de la Frontera en campos que fueron de batalla, sino en imágenes sorpresivas:

 

Una calle bordeada de cipreses altísimos y polvosos

y por un espacio abierto (parecía)

detrás de los cipreses, al otro lado abejas zumbadoras

y un tenso aroma de membrillos

y otro aroma más allá de los  árboles

una alemana larga entre las plantas

en una escalinata sentada de la casa

entre flores y gansos

arriba de los árboles

 

tarde hasta muy tarde en la hierba y mañanas

oliendo más allá  hurgando más allá

frutos en desazón trigales margaritas

hay margaritas poquito fue o fue nada o fue dios mío mucho

los cipreses se hacían más pequeños.

 

Omar Lara trajo un nuevo sentido de irrealidad donde durante años reinó tanto cataclismo de puertas adentro, tanto ejercicio de gatos en entretechos, tanto montar y desmontar entre exclamaciones de arrendatarios desahuciados. Podría decirse que los agujeros de su realidad son ojos de buey y que su barca transcurre sabiamente histórica y, a la vez, haciendo agua en el ejercicio del amor, el perdón, el éxtasis y el olvido.

Hablante diestro y comedido, Lara poda su discurso hasta lograr que su estructura poética descanse más en sus pausas que en sus aserciones. Dice y esconde la palabra, como quien lanza la piedra y, con ella, la mano. Es, pues, un maestro del  boomerang, arte de pueblos fronterizos y de civilizaciones de archipiélagos.

 

La tarde antes de su muerte

cantaron La joven guardia, La Internacional, La morena,

se despidieron así de nosotros.

Nosotros éramos cuatro filas interminables

esperando que nos encerraran en las celdas.

Arriba, desde las casetas de los incomunicados

cantaron vibrantes y temblorosos

esos versos que el pueblo atesora con fervor.

Y no serán estas líneas que escribo

entre la náusea y el estupor,

las que hagan perdurar la memoria

de Fernando Krause, René Barrientos, el Pepe

y tantos otros

cuyos nombres desconozco.

Pero queden aquí no importa que estos versos

se disuelvan en el viento.

No será este papel el que encienda sus voces. (Ibid.p. 66).

 

La rúbrica y la fecha  perduran en otro poema:

 

En los últimos días de su vida

Fernando Krause le cantaba a su hija Camila.

Camila tiene tres años.

Un día ella le cantará  a su padre

en las calles limpias de Chile. (Ibid., p. 67).

 

Dirán que su poesía es un instrumento para conocer la fuga de los sentidos románticos en la era espacial. Verdad a medias, porque en cada espacio en blanco que las parejas de Omar Lara dejan después de experimentar el amor o el rechazo, la sorpresa, la pena o el espanto, hay un peso y una gracia pletóricos de delirio. Sus amantes vienen de vuelta, es verdad. Pero ¡cómo aman la irrealidad de su amor y la carga de su nostalgia!

Poema del gran amor de una ausencia es, por ejemplo, “Las horas del lobo”:

 

Mas hay amor mío

lugares y destinos que parecieran estar

al otro lado del mapa

invisibles pero ciertos

con tranquilos crepúsculos

y en la distancia

cuerpos que se deshacen en dirección al sol

mientras salan sus piernas en la espuma. (1984: 24-26)

 

 

Asordinados, dichos en apartes, los poemas de Omar Lara se alzan firmes y claros en estructuras sin ataduras, son móviles de abstracciones que apuntan a las cosas amadas, sufridas y olvidadas por lectores a quienes el mundo se les va llenando de gente que se despide.

Omar Lara sigue viajando entre sus lares sureños y el centro de una capital extraviada. A veces, no sé si con una sonrisa en los ojos, recuerda otros tiempos:

 

  Toque de queda

Quédate

Le dije

Y

La toqué.  (1991:17)

 

Omar Lara, Adelantado que no presume de adelanto alguno, le enseñó la ruta al hermoso grupo de corredores dela Frontera: escribir, editar, antologar, y va en punta. Acaso, es el único que reconoce el círculo ya cerrado donde una vez hubo una meta.

En la poesía chilena del medio siglo, de tan vastas y profundas visiones, Omar Lara y los suyos abrieron una huella y dijeron las cosas por su nombre y por su magia escondida, huella no fácil de descubrir y definir, e imposible de borrar. La llamaron “Trilce” y sabían por qué. En ella Lara ocupa un lugar señero: es el nexo entre lo amanecido y lo subterráneo.

Su lenguaje tiene en los años 80 la misma “imprescindible claridad del día” que mostró en los poemas de Imperial (1960-1963). Claridad y limpia oscuridad que se alzan como un himno al hermano mayor a quien recuerda en “Los días del poeta”. Pero, no está  en su camino el hacer cantos épicos al andar. Más bien, acerca el oído a los pasos perdidos de sus ancestros:

 

Mis abuelos no vieron (ni soñaron) este paisaje duro,

este roquerío incandescente;

ellos murieron allí donde nacieron y vivieron…

Fuera de un memorable viaje a Valparaíso

mis abuelos no tuvieron otro cielo que el de Nohualhue,

no pisaron otro suelo que el de la huerta victoriosa

y las polvosas calles de Imperial.

 

Omar Lara deja en su obra la crónica mágica de un viaje por la geografía y la historia de un mundo que fue, y de otro que nace entre los humos y las banderas del país que amamos y reconocemos.

 

 

 

Referencias bibliográficas

Epple, Juan Armando. 1997. “El grupo Trilce y la promoción chilena de los sesenta”, en Revista de crítica latinoamericana, Año 23, Nº 46: 287-300.

Lara, Omar. 1991. Cuaderno de Soyda. Chile: Editorial Tiempo.

—————. 1984. Fugar con fuego. Madrid: Editorial LAR.

 

 

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