Torre de BabelEl poeta y traductor costarricense G. A. Chaves inicia su columna en Círculo de Poesía: “Crónicas de Babel”. Chaves se ha mostrado como un apasionado de la traducción. Nos ofrecerá poesía contemporánea en inglés, alemán y otras lenguas de occidente. A través de su mano seremos contemporáneos de los poetas del mundo.
 
 
 
TODAS LAS PALABRAS LLEVAN A BABEL
 
En el principio fue La Lengua: la perfecta, simétrica y sólida voz del primer hombre. Luego fue la arrogancia humana, la confusión, la caída, el derrumbe, las lenguas. En la fastuosa Torre de Babel del viejo Brueghel se ve claro: el edificio iba a ser perfecto, simétrico, sólido y ordenado. Es algo que intuimos apenas, porque todo eso queda en el lado oculto de la torre. Lo que queda frente a nosotros es la parte derrumbada, la parte ondulante y floja de un work in progress o de un desastre. La parte sana de la torre está del lado de la tierra firme. La parte derrumbada mira al mar, como en espera del tsunami que le dé el tiro de gracia.
Una vez fue la lengua perfecta: el orden con bases firmes. Luego fue la traducción: el caos a punto del naufragio. Eso, al menos, es lo que nos cuenta la tradición religiosa, esa gran condenadora de las diferencias.
Pero a mí se me hace cuento que fue un castigo Babel. La juzgo tan sagrada como la música y la risa.
Qué provincianos seríamos todos sin la traducción, ha dicho Charles Simic—un poeta serbio que escribe en inglés (y lo dijo en referencia a un belga que escribía en flamenco: Herman de Coninck). Qué mundo tan angosto habitaríamos sin la extrañeza de los paisajes lejanos, de las palabras impronunciables, de las ideas ajenas.
La traducción es esa torre de Brueghel: ese fantástico esfuerzo que nos levanta por encima de nosotros mismos, de nuestras casas chatas y ordinarias. No es la sombra de una perfección, sino un intento más por completar el siempre asintótico gesto de decir. Quienes claman que la traducción es un fracaso anunciado frente al original olvidan que los mismos poetas en sus lenguas maternas han expresado con regularidad su propia incapacidad de decir inequívocamente. Bien lo cantaba Prufrock: “That is not what I meant at all. That is not it, at all.” Y en los Cuatro Cuartetos, Eliot declaró sin tapujos que “cada intento / Es un nuevo comienzo, y un tipo distinto de fracaso / Porque uno si acaso aprende a sacar lo mejor de las palabras / Para aquello que ya no hay que decir, o de la manera en que / Uno no está ya dispuesto a decirlo…”
Seguimos traduciendo por la misma razón por la que seguimos escribiendo: porque algo que se está diciendo aún no se dice.
Mi vecina de al lado habla en hebreo con su familia, por Skype. Hace un rato unos chicos franceses bajaban por la calle haciendo bromas en una jerga que me excluye. Hoy por la tarde un hombre al que nunca había visto se sintió hermanado conmigo al darse cuenta de que yo hablaba portugués, como él. A veces en mi iPod suenan canciones búlgaras que yo cantaba en una vida pasada. Mañana iré al correo a dejar un paquete en el que he garabateado unas palabras en turco. Cada noche me voy a dormir masticando una frase más en polaco. Últimamente se me hace más fácil contar chistes en inglés que en español. Hay una canción en euskera llamada “Iruten” que siempre me hace volver a la infancia. Y hoy intento controlar mis costarriqueñismos para ser entendido por ustedes en México…
Estas son las cosas raras que me hacen estirar el cuello y ver más allá de las cuatro paredes donde cada día cocino y escribo mis cosas. De tanto estirar el cuello, la garganta se me ha hecho más amplia. Cada día salen de ella más palabras extrañas. Y el mundo se me hace más grande. Y Babel más cercana; su sentido menos llano.
Estas son, en breve, las cosas que me han lanzado a esta expedición por Babel. Gracias a todos por la compañía.
G.A. Chaves
Monteverde, Costa Rica. Abril del 2011
 
 
 
 
 
EL SENTIDO LLANO DE LAS COSAS
(The Plain Sense of Things)
  
  
por Wallace Stevens
Después que las hojas han caído, regresamos
a un sentido llano de las cosas. Es como si
hubiésemos llegado a un extremo de la imaginación,
inanimados en un inerte savoir.
Es difícil incluso escoger el adjetivo
para este frío en blanco, esta tristeza sin causa.
La gran estructura se ha convertido en una casa ordinaria.
Ningún turbante atraviesa el suelo disminuido.
El vivero nunca estuvo tan necesitado de pintura.
La chimenea tiene ya cincuenta años y se inclina hacia un lado.
Un fantástico esfuerzo ha fracasado, una repetición
en una repeticidad de hombres y de moscas.
Y aún así la ausencia de la imaginación tuvo
ella misma que ser imaginada. El gran estanque,
el sentido llano de él, sin reflejos, hojas,
lodo, agua como vidrio sucio, que expresa un silencio
de algún tipo, silencio de rata que sale a ver,
el gran estanque y su desperdicio de lirios, todo esto
tuvo que ser imaginado como un saber inevitable,
requerido, así como una necesidad requiere.
(Traducción de G.A. Chaves, 2011.)